miércoles, 19 de octubre de 2016

Julio Bañados Espinosa. La Batalla de Rancagua. Sus Antecedentes y sus Consecuencias

ADVERTENCIA
Ha tiempo tuve el proyecto de escribir una historia completa de la Patria Vieja, entendiendo por tal el período de la revolución de Chile que comienza el 18 de setiembre de 1810 y concluye en octubre de 1814. En estos cuatro años se meció la cuna de la República, tuvieron lugar los primeros esfuerzos que nuestros padres hicieron para emanciparnos del extranjero, se dieron combates memorables con reclutas que no tenían más táctica que el heroísmo, más disciplina que la unidad de miras y más ideal que la independencia de la patria, se soportaron inmensos sacrificios para romper con la esclavitud e ignorancia del coloniaje, y se echó la primera piedra de nuestra nacionalidad.
Acopiados ya los materiales de trabajo, resolví ejecutarlo en otra forma, diversa en el título y en el plan, pero igual en la idea dominante y en el fondo. En las investigaciones que tuve que hacer en los sucesos de esa época, encontré a un jefe distinguido cuya biografía no ha sido escrita con la extensión que merece y un acontecimiento que es digno de ser narrado con la abundancia de datos y detalles de una historia particular. Me refiero al hábil general Juan Mackenna y a la batalla de Rancagua.
Mackenna, que llegó a Santiago en 1809, figura entre los protagonistas del gran drama de la Revolución de la Independencia desde que se inició hasta julio de 1814. En la parte final de la vida de Mackenna se desarrollan los principales sucesos de las primeras campañas. Sólo faltan los que con súbita rapidez se verificaron desde el golpe de estado que dio José Miguel Carrera el 23 de julio de ese año hasta que Osorio estableció de nuevo el poder real con la reconquista. Estos hechos posteriores caben en una historia especial de la batalla de Rancagua, tumba gloriosa de la Patria Vieja.
Nuestro proyecto primitivo ha quedado reducido, pues, a bosquejar, alrededor de Mackenna y de la batalla de Rancagua, la historia completa del primer período de nuestra Revolución.
Hoy doy a luz el segundo de estos libros y próximamente, si para ello tengo tiempo y fuerzas, que en cuanto a voluntad y entusiasmo me sobra, daré a la imprenta la Vida del general Juan Mackenna.
Para que se tenga una idea clara de las causas verdaderas de la derrota de Rancagua, he creído indispensable exponer a la ligera los acontecimientos que la precedieron, comenzando con la deposición de José Miguel Carrera del mando del ejército patriota y el nombramiento en su reemplazo de Bernardo O’Higgins el 27 de noviembre de 1813, porque en esta fecha aparecen en la escena política los dos partidos que fueron el origen de la reconquista española. Hablamos del partido o’higginista y del carrerino. Con el cambio de general vienen las divergencias en el seno mismo de la revolución, las discordias que levantaron odios tan implacables, y las divisiones intestinas que produjeron tantas desgracias.
Inútil me parece decir que al escribir la historia de las hazañas y faltas de los hombres que aparecen en aquel período histórico, me siento con la fuerza moral bastante para permanecer en el terreno de la más absoluta imparcialidad y para ser un juez frío, tranquilo y desapasionado.
No soy ni o’higginista ni carrerino; no persigo ni los aplausos ni los ataques de nadie.
He preparado con perfecta serenidad de espíritu el proceso de aquella época y después de comparar pieza por pieza, de analizar los documentos más importantes, de comprobar las diversas opiniones y de trasladarme con la imaginación al tiempo mismo en que pasaron los sucesos narrados, llego a conclusiones y doy fallos que he tratado siempre de ajustar a la lógica al buen sentido y a la más estricta verdad histórica.
Para arribar a estos fines he estudiado cuanto se ha escrito sobre la materia, cuanto existe en los archivos públicos y privados que tenga relación con lo acontecido y cuanto papel de algún interés he podido proporcionarme. También me he consultado con personas que conocieron a varios de los protagonistas de los hechos que narro.
Para formarme un juicio más exacto de la batalla de Rancagua y de los planes propuestos por Carrera y O’Higgins para resistir a Osorio, he recorrido personalmente el terreno y las localidades. Así, conozco como testigo ocular la Angostura de Paine, los caminos de Aculeo y de Chada, la ciudad de Rancagua con sus alrededores, los ríos Maipo y Cachapoal y los fundos y senderos que unen el pueblo de Rancagua con la hacienda de la Compañía que en aquel entonces fue teatro de importantes operaciones.
Habiendo sido mi ánimo hacer un verdadero proceso a los hombres de este período, quise en un principio escribir según el sistema ad-probandum; pero muy luego comprendí que tal método sólo se puede aplicar cuando los hechos y acciones que van a ser analizados en el crisol de la filosofía y de la crítica están comprobados de un modo que no quepa controversia acerca de la autenticidad y existencia de ellos. Esto no se verifica en el caso actual. La mayor parte de los sucesos de aquel tiempo, sobre todo, los que ser relacionan directamente con la batalla de Rancagua, son oscuros y a veces contradictorios, al extremo que hay serias divergencias entre los historiadores.
Hay sobre los hombres y acontecimientos de 1814 muchos problemas por descifrar, muchos enigmas casi impenetrables.
Por eso he adoptado en lo posible un sistema ecléctico: expongo y discuto; narro y analizo: doy cuenta minuciosa de los hechos y a la vez los estudio a la luz de los preceptos que en las investigaciones aconseja la filosofía de la historia.
En mi corazón de chileno rindo culto a la memoria de los esclarecidos patriotas que algo hicieron por la libertad e independencia de Chile. Respeto y confundo en un mismo cariño a O’Higgins y San Martín con los tres Carrera y Manuel Rodríguez. Todos sin excepción, éstos por un camino y aquéllos por otro, han hecho laudables esfuerzos y soportado amargos infortunios por hacer de esta lonja de tierra que corre entre el Pacífico y los Andes un país libre, honrado, laborioso y grande. La igualdad de miras, de ideal y de aspiraciones, y la obra que con su sangre y sus sacrificios realizaron, hacen olvidar las debilidades inherentes a los hombres que viven entre los oleajes de una revolución entre las sacudidas y vaivenes de la política.
Al reprochar los actos de alguien en el curso del libro, no es, pues, por odios ni rencores preconcebidos; es porque así lo cree mi conciencia después de investigar a fondo los hechos.
Cuando analizo algún punto oscuro o de suma responsabilidad histórica, antes de emitir mi juicio, acostumbro exponer las opiniones tanto del inculpado como de los que han escrito a favor o en contra de él. Si este procedimiento rompe de cuando en cuando el hilo de la narración, en cambio es una prueba de mi imparcialidad.
Al concluir esta Advertencia quiero dejar estampado mi sincero agradecimiento al señor Diego Barros Arana por la benevolencia con que ha atendido varias preguntas que le he hecho y al señor Vicuña Mackenna por su generosidad al disiparme algunas dudas y al facilitarme sus archivos que son los más ricos que existen en el país.
Bibliografía.
Estimo de importancia para las personas que deseen estudiar el período histórico que abraza este libro, poner a continuación el título de los trabajos principales que me han servido para consultar y conocer los diversos sucesos narrados.
1. Historia General de la Independencia de Chile, por Diego Barros Arana. Es una obra notable por los datos, el plan, el elevado criterio, la honradez en los juicios y por las concienzudas investigaciones. La batalla de Rancagua está descrita según documentos curiosos y según las noticias verbales que dieron al autor el coronel Ballesteros, Manuel Barañao, Antonio García ayudante de Maroto, Antonio Millán y Nicolás Maruri.
2. Diario Militar de José Miguel Carrera (Manuscrito). Es una pieza histórica curiosa y preparada con sumo talento y excelente acopio de datos. Está probado que fue escrito mucho después de los sucesos que narra. Fue hecho en Buenos Aires y Montevideo. En general procura defenderse de los cargos que le hacían en su tiempo acerca de sus actos a contar desde el 25 de mayo de 1810 hasta después de la batalla de Rancagua. Es muy apasionado cuando ataca a O’Higgins, Mackenna, San Martín y demás enemigos personales de él. En resumen vale mucho como noticias y poco como juicios.
3. Primeras Campañas de la Guerra de la Independencia de Chile, memoria presentada a la Universidad por Diego José Benavente. Esta historia ha sido calcada sobre el Diario de Carrera y la Historia de la Revolución Hispano-Americana, por Torrente. Está escrita con cierto brillo y habilidad, aunque demasiado parcial. Compañero de Carrera en las campañas, no pudo olvidarlo al redactar esta memoria histórica. Prohija algunas calumnias contra O’Higgins que hacen desmerecer mucho al autor como publicista. Tiene, sin embargo, el interés de que narra sucesos que ha visto como testigo ocular.
4. La Reconquista Española, por Miguel Luis y Gregorio Víctor Amunátegui. Es una memoria bien escrita, aunque creemos que los autores se han presentado como miembros del partido carrerino. En datos es de lo más completo que existe sobre la materia. Es un estudio que honra las letras nacionales
5. Revista de la Guerra de la Independencia de Chile, por don José Ballesteros. Es un libro mal escrito; pero lleno de noticias curiosas. Tiene la importancia de que el autor fue el jefe de la 1ª división del ejército de Osorio y que escribe en gran parte lo que ha visto.
6. La Dictadura de O’Higgins, por Miguel Luis Amunátegui. Una de las obras más notables de este historiador. La batalla de Rancagua y sus antecedentes están tratados sumariamente.
7. Vida del Capitán general de Chile don Bernardo O’Higgins, por Benjamín Vicuña Mackenna. Esta historia por demás interesante, llena de documentos preciosos y escrita con una elegancia de estilo extraordinaria, es una segunda edición más detallada y completa de El Ostracismo del general O’Higgins que el mismo autor dio a luz el año 1861. Este último libro comprendía la vida de O’Higgins desde su nacimiento hasta 1823 en que fue desterrado. La otra obra, más reciente, abraza el mismo período, más lo que falta en la vida de tan eminente ciudadano a contar desde 1823 a 1842, fecha de su muerte. Sobre la batalla de Rancagua hay documentos muy exactos y además el autor reproduce unos Apuntes de don Juan Thomas, íntimo amigo de O’Higgins.
8. Vida del general Juan Mackenna, por Benjamín Vicuña Mackenna. Hay datos curiosos acerca de las primeras campañas de la independencia.
9. Historia de la Revolución Hispano-Americana por Torrente. Ha sido escrita principalmente para sostener la causa de España.
10. Historia Física Política de Chile, por don Claudio Gay. Tiene buenos datos acerca de la independencia, así como la parte de la colonia está plagada de errores, Gay conoció personalmente y tuvo largas consultas con O’Higgins, Freire y varios otros generales de la revolución. El Gobierno le facilitó también los archivos oficiales. De aquí por qué es de interés consultar esta parte de su historia.
11. Memoria de los principales sucesos de la revolución de Chile desde 1810 a 1814. (Manuscrito). Es atribuida a Bernardo O’Higgins. Fue regalada por doña Rosa O’Higgins, hermana del general, a don Manuel Cerda Campos. Ambos han asegurado que fue redactada por O’Higgins. Hay datos buenos entre muchas inexactitudes. Está escrita con demasiada pasión y con poco esmero en el estilo como en el plan. Parece que fue trabajada después de los sucesos. De todos modos es necesario consultarla para imponerse de algunos detalles episodios. Se encuentra en la Biblioteca Nacional.
12. Memoria Histórica de la Revolución de Chile, por el padre Melchor Martínez. Vale mucho por los documentos sobre las primeras campañas de la independencia.
13. Memoria del Exmo. señor don Bernardo O’Higgins, Capitán general de la República de Chile, Brigadier en la de Buenos Aires, Gran Mariscal en la del Perú y socio protector en la Sociedad de Agricultura. Fue mandada escribir por la Sociedad de Agricultura al socio don Casimiro Albano, que fue amigo de O’Higgins que en consecuencia ha podido dar a luz noticias nuevas. Sin embargo tiene grandes vacíos y errores de consideración.
14. El Chileno instruido en la historia topográfica, civil y política de su país, por el reverendo padre fray José Javier Guzmán. Es un libro lleno de faltas; pero con algunas noticias de Interés Como testigo ocular, narra lo que vio en Rancagua después de la batalla y cuenta lo que oyó de boca de varios de los que asistieron a ella. Por lo demás la obra vale poco.
15. Manifiesto que hace a los pueblos de Chile, el ciudadano José Miguel Carrera. Es un volumen de 64 páginas que publicó dicho general el año 1818 para hacer violentos cargos a O’Higgins y a otros jefes, y para vindicarse. Reproduce algunos documentos y tiene el mérito de ser la expresión de un testigo.
16. El parte oficial que sobre la batalla de Rancagua presentó el virrey Abascal el coronel don Mariano Osorio. Al lado de algunos detalles de interés, tiene errores de mucha monta.
17. Don Bernardo O’Higgins, apuntes históricos de la Revolución de Chile. Serie de artículos publicados en El Araucano por don Manuel Gandarillas el año 1834. Aunque están redactados con marcado odio contra O’Higgins y demasiada parcialidad hacia los Carrera; sin embargo, valen por las numerosas piezas históricas que se reproducen.
18. Hoja de servicios y Certificados del coronel don Nicolás Maruri. (Manuscrito).
19. La Corona del Héroe. Reunión de estudios, datos y preciosos documentos sobre Bernardo O’Higgins, publicada bajo la inmediata dirección de don Benjamín Vicuña Mackenna.
20. Archivo de los generales O’Higgins y Carrera. Es una reunión de la correspondencia de dichos jefes que está en poder del señor Vicuña Mackenna. Sin cuestión que es el más completo e importante que existe en el país.
21. Apuntes sobre la batalla de Rancagua, hechos por don Juan Thomas y publicados por el señor Vicuña Mackenna en el Ostracismo y en la Vida del general O’Higgins. Tiene datos muy curiosos y están escritos con suma elegancia de estilo.
22. Épocas,  hechos memorables de Chile, por don Juan Egaña. Este hábil publicista fue comisionado por Bernardo O’Higgins para hacer una historia de la Independencia. Por diversos motivos no pudo dar cima a su obra; pero dejó estos puntos cronológicos que son indispensables para precisar las fechas y los acontecimientos principales de los primeros tiempos de la revolución. Están publicados en El País al año 1857.
23. Biografía del doctor José A. Rodríguez Aldea, por Francisco de P. Rodríguez Velasco. Hay documentos curiosos.
24. Conducta militar y política del general Osorio. Folleto publicado en 1814 por dicho jefe español. Entre los documentos figuran algunos de indisputable mérito.
25. Diario de los sucesos ocurridos en Santiago de Chile desde el 10 al 21 de setiembre de 1810 por el doctor Argomedo. De mucha estimación. Fue publicado en El País el 18 de setiembre de 1857.
26. Memoria sobre los antecedentes y progresos de la Revolución de Chile. Se ignora el autor y solo se conserva una parte. Aunque inclinado a la causa real, está bien escrita y con abundancia de datos. Fue publicada en El País el año 1857.
27. Relación de la conducta observada por los padres misioneros del Colegio de Propagan da Pide de la ciudad de Chile desde el año 1808 hasta fines del 1814, que hace su prelado el reverendo padre fray Juan Ramón, en virtud del oficio que para ello le pasó el reverendo padre fray Melchor Martínez, comisionado por el superior gobierno del reino para la colocación histórica que manda S. M. se haga de los sucesos acaecidos en este Chile, desde su ausencia de la monarquía, hasta su restablecimiento en el trono. Es una pieza histórica de suma importancia y no se pueden conocer bien los hechos de aquella época sin tenerla a la vista. Fue publicada en El País en 1857.
28. Carta sobre el desembarque de Pareja, por el Gobernador de Talcahuano don Rafael de la Sota. Es un documento de interés que tiene el mérito de narrar lo que ha sido visto y palpado por el autor.
29. Apuntes sobre la guerra de Chile, por el Brigadier español Don Antonio Quintanilla. Tiene algunos datos; pero varios errores y vacíos. Arranca su mérito de que el autor asistió a todos los hechos de armas de que da cuenta.
30. Diario de las operaciones militares de la división auxiliar mandada por el coronel don Juan Mackenna, por el capitán don Nicolás García. Es una narración bien detallada de lo que ejecutó la división mencionada desde su salida de Talca el 19 de diciembre de 1813 hasta el 3 de mayo de 1814.
31. Diario de las ocurrencias del ejército de la patria que lleva el mayor general don Francisco Calderón y da principio el día 14 de marzo de 1814. Es una de las piezas históricas de más autenticidad que se han conservado de aquellos tiempos.
32. Diario de las ocurrencias que tuvieron lugar en la defensa de Talca en mayo de 1814 hasta su ocupación por los realistas. Es de algún interés.
33. Diario de las operaciones de la división que a las órdenes del Teniente Coronel don Manuel Blanco Cicerón, salió de la capital de Chile para recuperar a la ciudad de Talca el día 9 de marzo de 1814. Es dictado por un oficial que sirvió en dicha división hasta su derrota.
34. Tratados de Lircay. Fragmentos de un diario de O’Higgins que comprende los hechos sucedidos en abril y mayo de 1814. Tiene un valor histórico notable.
35. Bosquejo histórico de la Constitución del Gobierno de Chile durante el primer período de la Revolución desde 1810 hasta 1814, por José Victorino Lastarria. En su género es lo mejor que se ha hecho hasta el presente. Hay noticias y documentos que valen mucho para conocer el espíritu y tendencias de la época.
36. Archivo de Manuscritos de la Biblioteca Nacional. Hay piezas de trascendental importancia.
37. Además he recorrido los periódicos publicados desde 1812 para adelante y he estudiado las hojas de servicio de varios de los próceres de la independencia.
38. Acusación pronunciada ante el Tribunal de Jurados de Lima, por el doctor Juan Ascencio, contra el Alcance al Mercurio Peruano publicado por don Carlos Rodríguez y denunciado por el Gran Mariscal del Perú don Bernardo O’Higgins. Hay algunos documentos y noticias de interés.
39. Un aviso a los pueblos de Chile, por José Miguel Carrera. Este folleto como el Manifiesto y algunas hojas sueltas, tienden a un mismo fin, es decir, a atacar a sus enemigos y a defenderse de los cargos que se le hacen.
40. Colección de leyes y decretos del Gobierno desde 1810 hasta 1823. Su sólo título manifiesta su valor histórico.
41. Galería Nacional o colección de biografías y retratos de hombres célebres de Chile, escrita por los principales literatos del país, dirigida y publicada por Narciso Desmadryl, autor de los grabados y retratos. La revisión corrió a cargo de don Hermógenes de Irisarri. Esta es una obra de absoluta necesidad para conocer los hombres de la época.
42. Historia general de la República de Chile desde su Independencia hasta nuestros días. En los tomos 1º  y 2º que comprende las memorias de Tocornal, de Benavente y de los señores Amunátegui, hay notas preciosas y documentos justificativos publicados por el señor Benjamín Vicuña Mackenna.
43.El general Freire por Diego Barros Arana. Tiene noticias del todo nuevas.
44. Informe sobre los Carreras, publicado en el núm. 15 de El Duende, por Juan Mackenna.
45. Ensayo acerca de las causas de los sucesos desastrosos de Chile, por Camilo Henríquez. Vale poco (Manuscrito).

Capítulo I

CAPÍTULO PRIMERO
Primeras operaciones de la Revolución.- Sitio de Chillán.- Destitución de José Miguel Carrera del mando del ejército patriota y nombramiento de Bernardo O’Higgins.- Desembarco de Gabino Gaínza.- Juan Mackenna se atrinchera en Membrillar.- Lentitud de O´Higgins y causas de ella.- Batalla del Membrillar.- Combate del Quilo.- Unión de O’Higgins  y Mackenna.- Paso del Maule.- Defensa de Quechereguas.- Estado de la revolución en la América española.- Llegada a Chile del Comodoro Hillyar.

El 18 de setiembre de 1810 Chile formó la primera Junta Nacional y entró en el camino de la revolución, rompiendo así con el gobierno español.
Cuando Abascal, virrey del Perú, tuvo conocimiento de los propósitos que animaban a los caudillos de este país y cuando vio que el movimiento entrañaba un gran peligro para la causa del monarca, envió con presteza al general Pareja con la orden de ahogar en su cuna la sublevación y de castigar con severidad a los rebeldes.
Después de los combates de Cancha Rayada y San Carlos, los realistas fueron obligados por los insurgentes a encerrarse y fortificarse en la ciudad de Chillán. En el curso de las operaciones militares de la campaña, agobiado por crueles y amargas decepciones y por dolorosa enfermedad, sucumbió Pareja, sucediéndole en el mando el tenaz y porfiado capitán Juan Francisco Sánchez.
Los patriotas, dirigidos por José Miguel Carrera, apoderados de Concepción y Talcahuano, pusieron sitio a Chillán, que estaba hábilmente defendida con trincheras y empalizadas, el 8 de julio de 1813.
El sitio se abrió en el rigor del invierno. Los patriotas establecieron su campamento a la intemperie, sin más techumbre que los cielos, recibiendo de frente las lluvias torrenciales, el rocío de las noches y los vientos helados de la cordillera. Tenían que batirse, emprender asaltos y resistirlos a su vez, sumidos en el barro y en anchas pozas de agua que cubrían la tierra a causa de las lluvias. A pesar del hambre, del frío y de las resistencias de la naturaleza, los insurgentes se batían mañana y tarde, dormían con el arma en el brazo y el lanzafuego encendido a los pies de los cañones. La situación llegó a ser desesperante. No hay colores bastantes vivos para pintar aquel cuadro de horror.
A la naturaleza se agregó la fatalidad. Un proyectil enemigo cayó en uno de los parques del ejército sitiador e hizo volar las últimas municiones con que se contaba para seguir el bombardeo de la plaza. Inútiles fueron los viriles esfuerzos de Carrera, O’Higgins y Mackenna. El 7 de agosto, la irresistible fuerza de los acontecimientos hizo que los patriotas levantaran el sitio, y que, diezmados, sin caballos, abatidos por las inclemencias del tiempo, pero con el alma entera, se replegaran a Concepción.
Este sitio verdaderamente desastroso para la patria, comprometió el prestigio de José Miguel Carrera a los ojos de los oficiales y sobre todo en la capital en donde se diseñaron disgustos que luego se tradujeron en cambios y medidas de alta trascendencia para la marcha de los acontecimientos. En Santiago llegó a tal extremo la oposición contra Carrera, que se acordó que la Junta de Gobierno, compuesta de los esclarecidos patriotas José Miguel Infante, José Ignacio Cienfuegos Agustín Eyzaguirre, se trasladase a Talca con plenos poderes para dar nueva organización al ejército y vigoroso impulso a la campaña. Los actos de la Junta eran inspirados por el enérgico revolucionario José Miguel Infante, cuyo carácter inquebrantable, cuyo corazón ardiente y pasiones vigorosas, lo arrastraban a obrar con valor y audacia.
Apenas la junta se persuadió que podía contar con oficiales y soldados en número bastante para vencer las resistencias que pudiera oponer Carrera, envió a éste el 9 de noviembre de 1813 una larga nota que concluía exigiéndole la renuncia de su puesto de general en jefe. Más tarde, viendo la Junta que Carrera vacilaba y aun pensaba resistir las órdenes superiores, no trepidó en dar, el 27 del mismo mes y año, cuatro decretos por los cuales destituía de sus cargos respectivos a los tres hermanos Carrera y nombraba en lugar de ellos a personas que le inspiraban plena confianza. Fue designado para general en jefe, don Bernardo O’Higgins que con tanta bravura y modestia se había batido en el sitio de Chillán y en diversas campañas a la frontera araucana. El 1º de febrero de 1814, don José Miguel Carrera entregó el mando del ejército a su sucesor.
Un día antes, el 31 de enero, había desembarcado en el puerto de Arauco el brigadier español don Gabino Gaínza que venía del Perú en reemplazo de Pareja, trayendo consigo víveres, armas y municiones en abundancia. Apenas puso pie en tierra, procedió a agitar con energía las operaciones de la campaña, se incorporó a las tropas de Sánchez, se hizo reconocer como jefe del ejército con solemnidad, se puso al habla con los mejores oficiales para penetrarse de la situación de los beligerantes, mandó organizar guerrillas a los intrépidos Ildefonso Elorreaga y Manuel Barañao, y dio las órdenes necesarias para romper las hostilidades.
O’Higgins, tomado el mando y sabido el desembarco de Gaínza, desplegó los recursos de su gran voluntad y patriotismo a fin de organizar sus soldados profundamente abatidos con el sitio de Chillán y divididos con el cambio reciente de jefes. El ejército patriota estaba distribuido en dos partes, la una en Concepción con O’Higgins y la otra en Quirihue a las órdenes de Juan Mackenna.
El secreto de la victoria estaba en la unión de ambas divisiones, circunstancia que no se escapó a la mirada escrutadora de Mackenna ni al ojo de experto soldado de O’Higgins. Gaínza comprendió también que el secreto del triunfo de las armas realistas estaba en batir en fracciones a los patriotas.
Concebir el plan y proceder, fue algo simultáneo en el jefe español. Al efecto, desparrama ágiles guerrillas en la extensa zona que separa las divisiones patriotas y, dejando cubierta su retaguardia, avanza contra Mackenna. Este experimentado oficial, luego que supo los propósitos de Gaínza, abandonó a Quirihue y acampó en el Membrillar, punto estratégico muy bien escogido y que Mackenna atrincheró de un modo admirable. Fortificado allí por la naturaleza y el arte, dirigió repetidas notas a O’Higgins, su superior e íntimo amigo, exigiendo de él la pronta movilización de sus tropas para que así ambas divisiones se unieran antes que Gaínza las destrozara en detalle.
O’Higgins, que estaba en perfecto acuerdo con Mackenna en cuanto a la rápida concentración de los patriotas, no podía levantar su campamento con la presteza deseada por carecer de caballos, municiones, víveres y medios que le permitiesen lanzarse en socorro de su subalterno en peligro. Sin embargo, haciendo heroicos sacrificios y esfuerzos sobrehumanos, dejó 200 hombres en Concepción y marchó a reunirse con Mackenna.
La marcha fue muy penosa al través de campos recorridos sin cesar y en todas direcciones por las guerrillas y montoneras enemigas. Después de sobrellevar con paciencia mil amarguras y contratiempos, de resistir con evangélica resignación los rigores de una naturaleza que parecía haber firmado pacto de alianza con los realistas y de vencer los golpes de mano y las celadas que le tendían los españoles, pudo llegar el 19 de marzo a las escabrosas alturas de Ranquil y derrotar el mismo día en Quilo a una gruesa partida de 400 soldados que al mando de Manuel Barañao estaban encargados de impedir la unión de los patriotas.
La lentitud en los movimientos de la división de O’Higgins, ha sido criticada con dureza por el hábil historiador don Benjamín Vicuña Mackenna, tanto en la Vida del general Mackenna, como en la Vida del Capitán General de Chile don Bernardo O’Higgins y en las notas que el año 1867 puso a la Memoria que, con el título de Primeras Campañas de la Guerra de la Independencia de Chile, presentó a la Universidad don Diego José Benavente.
En la Vida del General Mackenna, el señor Vicuña llega a decir estas palabras respecto de O’Higgins:
“La confusión, la flojedad, la contradicción aún y una irresolución extraña en sus disposiciones, eran la causa de su demora, que iba a perder el país si la Providencia no hubiese inspirado a Mackenna, en los momentos en que debió sucumbir, una calma heroica, y a sus soldados el denuedo de la desesperación”.
Para ensalzar la conducta de Mackenna en la gloriosa defensa del Membrillar, no hay necesidad de reprochar tan acerbamente a O’Higgins.
El sucesor de Carrera tuvo razones muy poderosas para no acudir al llamado de su compañero de armas y amigo con la rapidez que se lo pedían sus propios deseos y su patriotismo. Que alimentaba idea de obrar con más ligereza, lo demuestran las cartas citadas por el mismo señor Vicuña y escritas más con el vivo anhelo del alma que con la pluma.
¿Por qué entonces no ejecutaba sus planes y realizaba sus aspiraciones?
Porque su ejército estaba en el peor estado de disciplina, de moralidad y de falta de recursos que imaginar se puede. Las penurias del sitio de Chillán primero y las disensiones que nacieron con el cambio de jefes después, lo habían reducido a una situación por demás precaria y en consecuencia o imposibilitaban para abrir una campaña difícil, en medio de las inclemencias del tiempo y contra un enemigo más o menos fuerte y organizado.
Don Claudio Gay, en el Tomo VI de su Historia Física y Política de Chile, hablando de la situación del ejército de O’Higgins, dice:
“Su marcha fue tan lenta como penosa. Muchos soldados de caballería estaban desmontados desde la derrota de Hualpén, los víveres eran tan escasos que los soldados se mantenían con uvas, que merodeaban en los campos inmediatos”.
Pero démosle la palabra al Mayor General de la división de O’Higgins, don Francisco Calderón, que como protagonista, es el mejor juez sobre la materia. En una nota de su Diario de las ocurrencias del ejército de la Patria que da principio el 14 de marzo de 1814, pieza histórica notable que permaneció manuscrita en poder de don Diego Barros Arana hasta que éste la publicó en el número 79 de El País, periódico que dirigía el mencionado historiador el año 1857, que dice:
“Nada se ha dicho del estado en que salió el ejército de Concepción. El ejército desnudo, las armas en muy mal estado, sin plata, víveres ni auxilios, escasos de todo, y la tierra que pisábamos enemiga, porque la poseía el godo: así fue que nos habilitábamos con las bayonetas, marchábamos con cuanto pillábamos. Se amansaban yeguas, potros y hasta burros con lo que nos habilitábamos”.
O’Higgins, por su parte, en la Memoria sobre los principales sucesos de la Revolución de Chile, que está manuscrita en la Biblioteca Nacional y cuya redacción es atribuía a él, a la letra dice:
“Esta poca tropa (la de Concepción) estaba tan inmoral como indisciplinada, sin armamento, desnuda y entregada a sí misma, la caja militar y la del tesoro no tenían un peso ni arbitrios de donde sacarlo, los oficiales divididos en facciones, los pueblos exasperados y reducida Concepción a una Babilonia inentendible”. (1)
Conocido esto: ¿hay derecho y justicia para lanzar sobre la memoria de O’Higgins, siquiera la duda, de que no tuvo la pericia y voluntad suficientes para comprender la necesidad de unirse con Mackenna y de que pudo tener “una irresolución extraña en sus disposiciones”?
No, mil veces no.
El hecho es que como pudo y sobrellevando dificultades enormes y, para otro jefe de menos coraje y patriotismo, insubsanables, llegó a Ranquíl y se cubrió de laureles en Quilo.
Gaínza, al siguiente día de estos últimos sucesos, es decir, el 20 de marzo, cargó con bríos y desesperación a Mackenna que bizarramente se defendió con un puñado de valientes en los reductos del Membrillar. Este lugar, escogido con talento y atrincherado con arte, permitió a los patriotas equilibrar en parte la desigualdad que tenían en el armamento y el número de combatientes respecto de los realistas. Mackenna en persona construyó las barricadas y distribuyó los pocos cañones y soldados que había a sus órdenes.
En este asalto que duró cuatro horas fue derrotado Gaínza por el valor y habilidad estratégica de Mackenna.
El 22 del mismo mes, O’Higgins, unidos los ejércitos patriotas, pudo felicitar personalmente al vencedor del Membrillar.
Chile estaba salvado sólo en parte.
Gaínza no se arredró con los últimos desastres. Con audacia superior a su carácter y al temple de su alma, concibió un proyecto que sin duda se lo inspiraron los avezados capitanes que militaban a sus órdenes. Se propuso concentrar sus tropas y, en seguida, a marchas forzadas dirigirse a la capital que estaba desguarnecida, para dar así un golpe mortal en el corazón mismo de la revolución.
O’Higgins comprendió con facilidad las intenciones del enemigo y resolvió, como era de esperarlo, impedir que Gaínza llevase a cabo el plan, cualquiera que fuera los obstáculos que hubiera que vencer, cualquiera los sacrificios que se tuviera que soportar y cualquiera los combates que hubiera necesidad de resistir. La cuestión era de vida o muerte para el país.
Casi a un tiempo realistas y patriotas levantan sus campamentos y vuelan con dirección al caudaloso Maule a fin de cruzarlo lo antes posible, burlando el más diestro al que por su poca actividad quedase a retaguardia.
Los ejércitos marchaban como en dos líneas paralelas, desplegando los oficiales de ambos una cautela, un sigilo y una constancia propias de la empresa que llevaban entre manos. Se reposaba lo muy necesario. En las noches, los centinelas y las avanzadas sondeaban el horizonte y tenían el oído atento a cualquier ruido sospechoso que en sus alas trajese el viento. Los infantes dormían arma al brazo, los artilleros con el lanza-fuego encendido y los soldados de caballería al pie de sus cabalgaduras.
En un mismo día y a una misma hora llegaron a las márgenes del río disputado y lo cruzaron, los realistas en cómodas embarcaciones y los patriotas con el agua hasta el pecho.
Al amanecer del 4 de abril se encontraron los dos ejércitos en la orilla opuesta. La victoria era del más activo. Comprendiéndolo así O’Higgins, siguió a paso redoblado su marcha al norte, venció en el encuentro de Tres Montes una partida realista, atravesó a tiro de pistola de las guerrillas enemigas el río Claro y, aventajando en táctica y rapidez a Gaínza, acampó en la hacienda de Quechereguas. Allí dio descanso y buen alojamiento a sus tropas mortificadas con tantas evoluciones y contratiempos.
Sólo en a mañana del 8 de abril se presentó Gaínza con miras hostiles, guiado por la resolución de obtener por la fuerza de las armas lo que no pudo ganar con ágiles movimientos. La empresa no era tan hacedera. Los patriotas estaban fuertemente atrincherados en las casas de la hacienda. Debido a esto y sobre todo el valor de los defensores, los asaltos emprendidos por los realistas ese día y el siguiente fueron infructuosos, al extremo de haber experimentado una completa derrota que contribuyó a desmoralizarlos. Gaínza, perdidas sus esperanzas de victoria, evaporadas sus ilusiones y sus sueños militares, despechado con tantos desastres e infortunios: concentró su ejército, reunió las fuerzas disponibles y, triste, sombrío, sintiendo en el alma el escozor de amargas decepciones y divisando en la cima de sus proyectos de reconquista tan sólo negro caos, se dirigió a Talca a fin de encerrarse allí y entregarse a las veleidades del destino.
Al pasar revista a sus tropas, notó con viva sorpresa que el descontento no tenía límites, que los últimos combates las habían casi aniquilado, que en la caja militar no existía dinero para pagar los sueldos, que los víveres estaban escasos y que la mayor parte de los soldados ansiaban volverse al seno tranquilo de sus hogares. Aquellos hombres, arrancados de los brazos de sus familias y de las chozas queridas con falaces promesas, sentían en el corazón los desgarradores efectos de una verdadera nostalgia.
El ejército patriota, por el contrario, había recibido de la capital el auxilio de una división mandada por Santiago Carrera y una buena cantidad de provisiones de boca y de guerra. Había en él más moralidad y entusiasmo que en sus adversarios.
Pero, si es cierto que la situación de nuestros soldados era hasta cierto punto lisonjera, en cambio, en el horizonte político de la Europa y de la América se diseñaban graves acontecimientos que eran un peligro para Chile y una amenaza para su libertad e independencia. En el diáfano cielo de las esperanzas y triunfos de los patriotas, se dibujaban a lo lejos pequeños puntos negros y fugaces nubecillas, precursores de la tempestad.
En efecto, los ingleses y los españoles que se habían aliado con el propósito de expulsar de la Península a los franceses, habían obtenido sobre las tropas de Napoleón I dos espléndidas victorias en los Pirineos y en Vitoria. Estos sucesos hacían esperar con fundamento una próxima restauración de Fernando VII, quien al empuñar de nuevo su cetro de hierro, enviaría a Chile expediciones capaces de apagar hasta la última chispa de insurrección y capaces de encadenar hasta el último patriota que alimentase entre las ilusiones más queridas las nobles ideas que entrañan las palabras libertad e independencia.
En América sucedían hechos de no menos trascendencia. El león ibero no soltaba su presa. Los argentinos habían sido derrotados en Vilcapugio y Ayouma; la infortunada Venezuela había sido reconquistada a sangre y fuego; el virrey del Perú, con las victorias que Pezuela obtuvo contra las tropas mandadas por Belgrano, podía sin peligro organizar otra expedición que viniera a Chile a sofocar la rebelión deshojando así las esperanzas que como esmaltadas flores habían brotado en el alma de los patriotas.
A pesar de esto, O’Higgins organizaba sus soldados para lanzarse a Talca y atacar a Gaínza hasta en sus últimos atrincheramientos.
Pero de repente, en medio de sus preparativos, tuvo que suspender sus movimientos a causa de una orden expresa recibida del gobierno de la capital.
¿Qué podía detener nuestras bayonetas que, inclinadas hacia el sur, esperaban ansiosas la hora del combate y de la victoria?

Notas:
1. Creemos la utilidad citar todavía la nota que envió O’Higgins desde concepción el 3 de febrero de 1814, el mismo día que tomo los inventarios del ejército a Mackenna, dándole cuenta del estado de las tropas: “Con esta fecha noticio al Exmo. Gobierno Supremo del Estado, mi llegada a esta ciudad el día de ayer a las seis y medía de la tarde e igualmente quedar recibido en las divisiones de este ejército por general en jefe del Restaurador, en virtud de la orden dada el día 1º cuya copia dirigí a Ud. desde a Planchada de Penco; asimismo detallo en globo el lamentable estado de estas tropas, su desnudez y créditos pendientes a su favor. Los ningunos víveres para su subsistencia escasez de caballada para entrar en acción y últimamente el desagradable aspecto que de este conjunto resulta. Ello es que si no se socorren con mano franca estas urgentes necesidades, el ejército se destruye y el pueblo perece. Mi honor queda comprometido y de sus funestas consecuencias no podré ser responsable: todo lo que noticio a US. para que continuando sus sacrificios en servicio de la patria, active con su notorio celo las diligencias a fin de que tenga efecto a la mayor brevedad la remisión de caballos, vacas, víveres, dinero y vestuario, pues el pequeño número que de los citados artículos conduje, sabe Ud. muy bien es reducido al consumo de pocos días. Sin estos auxilios nada se puede avanzar sobre las operaciones militares contra el enemigo ni menos poner a las tropas en el indispensable y esencial requisito de una ciega subordinación cortando al mismo tiempo la raíz infecta de los demás vicios que son consiguientes y de que se hallan corrompidos hasta lo sumo.
Dios guarde, etc.- Concepción, febrero 3 de 1814.- Bernardo O’Higgins.- Al señor general de la división auxiliadora señor Juan Mackenna”.

CAPÍTULO II
Toma de Talca por los españoles.- Nombramiento de Francisco de la Lastra de Director Supremo.- Instrucciones y misión del comodoro Hillyar.- Estado del ejército patriota.- Situación general de Chile.- Se nombran plenipotenciarios de Chile para negociar con Gaínza a Bernardo O’Higgins y Juan Mackenna.- Preliminares y discusiones entre los agentes de ambos ejércitos para llegar a un avenimiento.- Tratados de Lircay.

Poco después que la Junta Gubernativa volvió del sur por haber ya cumplido la misión de destituir a José Miguel Carrera, la ciudad de Talca, defendida por una pequeña legión de bravos mandada por el bizarro coronel Carlos Spano, cayó el 4 de mayo de 1814 en poder del jefe realista don Ildefonso Elorreaga, no antes de una resistencia sublime. Allí murió “el valiente Spano, a quien se encontró acribillado de heridas al pie de la bandera que tuvo la gloria de defender hasta el último instante de su vida” (1).
Este desastre que costó a los patriotas víctima tan ilustre, levantó en Santiago la más honda indignación. Se hicieron repetidos cargos a la Junta y se la hizo responsable de los desaciertos que motivaron la caída de Talca. Asediada por mil amenazas y envuelta en la corriente de tenaz oposición, la Junta se vio obligada a renunciar y poner las riendas del mando en manos de un Director Supremo. Este puesto, lleno de responsabilidad, fue dado al coronel Francisco de la Lastra, gobernador de Valparaíso, hombre honorable, pero de un carácter algo débil, irresoluto, sin la avilantez y energía superiores que requerían las circunstancias por que atravesaba el país.
En los mismos días que Gaínza se encerraba en Talca a causa de los desastres de Quechereguas y que O’Higgins se ponía en marcha para batirlo, se presentó en Santiago el comodoro inglés M. James Hillyar que el 8 de febrero había llegado a Valparaíso al mando de los buques de guerra la Phoebe y la Cherube. Hillyar “venía comisionado por el virrey del Perú para pacificar el reino de Chile por medio de una honrosa rendición de las armas insurgentes” (2).
Para que Gaínza le diese entero crédito, el virrey Abascal había dirigido una nota a dicho jefe, fechada el 11 de enero de 1814, en la que le ordenaba que marchase en perfecto acuerdo con Hillyar. Entre los artículos de que constan las instrucciones dadas por Abascal al comodoro inglés, es digno de llamar la atención el número 10º que dice lo siguiente: “siempre que los chilenos ratifiquen el reconocimiento que han hecho de Fernando VII, que en su ausencia y cautividad reconozcan la soberanía de la nación en las cortes generales y extraordinarias, y reciban y juren la constitución española hecha por las mismas, los recibirá en sus brazos (el virrey) como un verdadero padre, echando en olvido todo lo pasado sin que directa o indirectamente se proceda contra ninguno por más o menos parte que haya tenido en la revolución, en el concepto que deben admitir la audiencia, gobierno y empleados por la soberanía, como lo estaban antes, con sólo la diferencia dictada por la propia constitución, y que para el resguardo de las personas, propiedades y sostén de la administración de justicia han de recibir la guarnición necesaria de tropas chilotas interín se organiza otra de todo el distrito”.
Lastra escuchó con atención las palabras de Hillyar, quien lo describió con negras pinceladas el cuadro que presentaba la América en aquellos momentos de general desgracia. Los argentinos derrotados, México subyugado, Caracas reconquistada, España próxima a independizarse del poder extranjero, el alto Perú libre de revueltas, Abascal en situación de dar cualquier golpe de mano con un ejército numeroso, la revolución desprestigiada a los ojos de la Europa.
Lastra por su parte conocía muy bien el estado de Chile. Es cierto que las tropas de O’Higgins, aunque diezmadas con los combates y marchas, estaban en aptitud de atacar con éxito a Gaínza; pero, también es cierto que el país estaba esquilmado, pobre, abrumado con la guerra, sin recursos, sin caudales para pagar a los valientes que peleaban por el honor e independencia de él. La superioridad de nuestro ejército era relativa. Valía algo tomando como punto de comparación el realista, es decir, era menos malo que las despedazadas y poco morales legiones que conservaba la causa real en Chile; pero no por ello dejaba de ostentar en su disciplina, en su organización, en sus medios de combate y en la clase de su armamento, vacíos profundos difíciles de llenar, anchas heridas que era casi imposible cicatrizar a causa de la miseria y carestía general que reinaba en campos y ciudades.
Esta situación precaria es la que hace sostener al señor Vicuña Mackenna en la Vida del general Mackenna y en notas puestas a la Memoria de Benavente, el hecho de que las divisiones patriotas eran víctimas de una carencia absoluta de medios de acción, lo que las ponía en la triste emergencia de estar a la defensiva y expuestas a ser asaltadas y vencidas con facilidad.
Encontramos exagerada esta opinión y creemos que O’Higgins y Mackenna podían atacar a Gaínza con noventa probabilidades de victoria. Pero, al mismo tiempo que pensamos esto, estamos en perfecto acuerdo con el triste cuadro que con maestría pinta el señor Barros Arana en las líneas siguientes:
“La campaña del sur se había alargado todo un año sin fruto alguno; el erario público se había agotado sin que los donativos voluntarios bastasen a satisfacer las necesidades del ejército; todos los chilenos tenían que lamentar males y perjuicios causados por la guerra: el comercio estaba paralizado; las tropas habían asolado las ricas y fértiles provincias de su tránsito: y cada batalla costaba a la patria algunos centenares de chilenos, porque, por desgracia, eran chilenos los soldados de ambos ejércitos.
“En el campamento, es verdad, no se había sentido aún desfallecer el espíritu marcial, pero en las ciudades y particularmente en Santiago todo el mundo miraba la guerra con disgusto. Ya no se creían las victorias del ejército insurgente, acostumbrados como estaban todos a ver celebrar por tales las acciones de la campaña de 1813; y si faltaban quienes propusieren rendirse al enemigo era sólo porque temían los castigos a que los hacían acreedores sus compromisos” (4).
Esto no puede ser halagüeño. Una tregua, o un armisticio, era un descanso, un alivio para poderse reorganizar y curar las llagas abiertas por la guerra. Estos móviles no otros fueron los que hicieron peso en el ánimo de Lastra, en el de su inspirador, José Antonio de Irisarri, que era Intendente de Santiago en aquel entonces, y en el de José Antonio Errázuriz, Camilo Henríquez, Gabriel José Tocornal, Francisco Ramón Vicuña y Juan José de Echeverría que componían el Senado Consultivo.
Convenidos en el plan de los tratados, después de largas conferencias y debates con Hillyar, se envió a O’Higgins la nota que lo detuvo en su avance. En ella se le daban las instrucciones necesarias para que, sirviendo de Plenipotenciario en compañía de Mackenna, entrase en arreglos de paz con Gaínza según las bases que le incluían en copia y aprobadas por el Director Supremo y el Senado (5).
En cumplimiento de esta misión se dirigieron al sur el Comodoro M. James Hillyar y el notable abogado argentino don Jaime Zudáñez que estaba comisionado para servir de consultor en derecho a los plenipotenciarios patriotas.
Aceptados los cargos por los jefes del ejército, Hillyar marchó a Talca, en donde estaba el Cuartel general de Gaínza, el 27 de abril de 1814. El jefe español recibió con exquisitos cumplimientos al Comodoro inglés y desde luego no aceptó el proyecto cuya aprobación se le exigía. Se fundaba en que no lo creía digno para la causa real y además en que le hacían mucho peso las órdenes primitivas que al embarcarse en el Perú con dirección a Chile le dio Abascal, órdenes que le prohibían de un modo categórico y muy explícito tratar con los patriotas y acoger cualquiera solicitud en ese sentido que no entrañase el propósito de rendirse a discreción.
Sin embargo, poco más tarde, visto el estado lastimoso de su ejército, el avance que hizo O’Higgins con sus soldados hasta colocarse a cuatro leguas de Talca para intimidarlo, la carencia y miseria en que se encontraba y el desastre seguro que se le esperaba si ofrecía la menor resistencia; aceptó una entrevista con los plenipotenciarios patriotas la que se señaló para el día 12 de mayo (6).
A la hora fijada los negociadores de ambos ejércitos se dirigieron a un rancho que se empinaba en un punto casi equidistante de Talca y Santa Rita, pequeño lugarejo que está a poco más de legua y media de aquella ciudad. Gaínza venía acompañado de su secretario, el experto abogado chillanejo José Antonio Rodríguez Aldea, y escoltado por 25 soldados de caballería mandados por el capitán Ángel Calvo. O’Higgins y Mackenna, llevando de asesor para las cuestiones de derecho a Jaime Zudáñez de que ya hemos hablado, se presentaron protegidos por otros 25 dragones a las órdenes de don Ramón Freire. Hillyar llegó también en momento oportuno.
La discusión fue acalorada y larga, sobre todo entre los dos abogados que parecían haberse desafiado a quien citaba más leyes y a quien desplegaba mayor locuacidad en la defensa de sus ideas.
Había momentos que, mientras O’Higgins y Gaínza, como dos buenos y antiguos amigos, se paseaban por los alrededores del rancho para calentar un poco el cuerpo con los rayos del sol y discutir con más tranquilidad los puntos generales del tratado y las causas que impulsaban a las colonias americanas quererse emanciparse del poder español; los dos abogados, impasibles en sus puestos, tenaces hasta la exageración y constantes en sus ideas, se batían con singular entusiasmo y sostenían enojosas polémicas por una palabra, un epíteto, una coma. Era aquello un verdadero certamen forense.
Después de algunas horas de un debate, a veces pacífico y otras veces tempestuoso, se convino en una redacción determinada que, casi aprobada del todo, los plenipotenciarios realistas quisieron madurar a solas. Al efecto se encerraron en el rancho y salieron a las dos horas trayendo una serie de enmendaturas y correcciones.
Al imponerse O’Higgins de ellas, exclamó con marcada indignación:
-- Esto no es proceder de buena fe; seguirá la guerra.
En balde Gaínza y Rodríguez Aldea, le hicieron numerosas observaciones para convencerlo. Tanto O’Higgins como Mackenna, permanecieron inflexiones en sus primeras ideas.
Gaínza, buscando un medio de transacción que subsanase los obstáculos que impedían un arreglo, dijo a O’Higgins:
-- No veo inconveniente para que mientras vienen respuestas del virrey, los dos gobernemos provisionalmente el país, con independencia el uno del otro; Ud. podría encargarse de la parte que se extiende al norte del río Maule, y yo de la que hay al sur.
A tan original y extraña proposición, O’Higgins contestó en el acto:
-- No, de ninguna manera; perdemos el tiempo; no habrá tratado si se rehúsan las bases propuestas que ya habían sido aceptadas.
Gaínza, vencido por la actitud firme de los patriotas, tuvo que ceder.
El jefe realista, perseguido por dudas que como fantasmas cruzaban por su espíritu y dejándose llevar más por la corriente de los sucesos que por sincero convencimiento, aprobó los tratados, llamados de Lircay por haberse celebrado cerca de ese riachuelo, y se volvió a su campamento, silencioso, absorto, sumido en las sombrías cavilaciones que le causaban lo que había hecho.
El 3 de mayo quedaron los Tratados definitivamente canjeados y firmados.
En el fondo, lo que se acordó fue un olvido del pasado y retrotraer las cosas al estado en que estaban antes de abrirse las hostilidades con la península.
El artículo 1° del tratado, base de él, dice:
“Se ofrece Chile a remitir diputados con plenos poderes e instrucciones, usando de los derechos imprescriptibles que le competen como parte integrante de la monarquía española, para sancionar en las Cortes la Constitución que estas han formado, después que las mismas cortes oigan a sus representantes; y se compromete a obedecer lo que entonces se determinase, reconociendo, como se ha reconocido, por su monarca al señor don Fernando VII y la autoridad de la regencia por quien se aprobó la Junta de Chile, manteniéndose entre tanto el gobierno interior con todo su poder y facultades, y el libre comercio con las naciones aliadas y neutrales, especialmente con la Gran Bretaña, a la que debe la España, después del favor de Dios, y su valor y constancia, su existencia política” (6).
Por el artículo 2°., los realistas debían abandonar la ciudad de Talca en el espacio de treinta horas y en un mes el resto del país.
Por el 3º se declaraban libres los prisioneros de ambos ejércitos.
Por el 11, se especificaban la clase y número de rehenes que debían mutuamente darse como prenda del cumplimiento del tratado.

Notas.
1. Gay. Historia Física y Política de Chile. Página 26 del tomo VI.
2. Barros Arana. Historia general de la independencia de Chile. Tomo II. Página 405.
3. Barros Arana. Historia general de la Independencia. Tomo II. Página 409.
4. Véase el proyecto de tratado en el Apéndice número 1.
5. Los señores Amunátegui en su concienzuda obra La Reconquista española, dicen que la conferencia tuvo lugar el 3 de mayo. Seguimos la fecha que O’Higgins pone en unos fragmentos de un Diario redactado por él y publicados por el señor Barros Arana en el número 81 de El País.
6. Véase el número 2 del Apéndice.

 CAPÍTULO III
Lo que significaron para Chile los Tratados de Lircay.- Espíritu que guió a los jefes patriotas al firmarlos.- Fueron solo un armisticio.- Documentos que comprueban este aserto.- Efectos que produjeron en ambos campamentos.- Demostraciones hostiles de los patriotas.- Esfuerzos de los jefes de ambos ejércitos.

Los tratados de Lircay serían un mancha indeleble, si hubiesen tenido los patriotas la sincera resolución de cumplirlos y si hubiesen alimentado en sus corazones de hombres de honor y de valientes soldados la idea de volver a poner a Chile el grillete de ignominiosa esclavitud.
Al aceptar los tratados fue porque envolvían una tregua, una suspensión de armas que permitía al país organizarse y que le daba medios para borrar en parte siquiera las hondas huellas que tras sí deja una guerra llevada a cabo sin gran respeto a las leyes internacionales.
Así lo demuestran documentos que por felicidad ha salvado el tiempo que se han conservado para minorar la falta que cometieron los próceres más queridos de nuestra independencia. No hay que olvidar por un solo instante que entre los autores de la paz de Lircay están Camilo Henríquez, el primero en Chile que tuvo la varonil audacia de pedir en alta voz y en medio de la vacilación general la proclamación de la independencia; Bernardo O’Higgins, el famoso soldado de nuestra revolución que hizo del heroísmo un deber y del amor a la patria un culto; Juan Mackenna, el más instruido de los jefes de aquel tiempo, oficial pundonoroso y bravo; Lastra, honrado ciudadano cuya falta de carácter desaparece ante sus nobles sentimientos y su sincero cariño al país; y tantos otros que como Errázuriz, Echeverría, Irisarri habían dado y darían elocuentes pruebas de odio a la esclavitud y de entusiasmo por la libertad.
Pero de todos modos, los tratados de Lircay entrañan una vacilación en los principios, una duda, aunque aparente, sobre la justicia de una causa santificada ya con la sangre preciosa de muchos mártires, afianzada con promesas solemnes hechas con las armas en la mano al mundo civilizado, y bendecida con las lágrimas derramadas a raudales en el seno de muchos hogares que habían perdido numerosos deudos en defensa de la independencia nacional.
Sin embargo, la posteridad tiene que perdonar con largueza esta falta a los que la cometieron y a los que más tarde la aceptaron, porque ellos supieron antes y después probar que el temor no cabía en sus pechos y que la fe por la revolución ardía inextinguible en el alma.
¿Qué efecto produjo en los beligerantes el tratado de Lircay?
El más triste y doloroso.
Los realistas quisieron hasta sublevarse contra Gaínza y los patriotas amarraron en la cola de sus caballos las escarapelas, emblemas de antigua servidumbre, que les dieron para colocarlas en lugar de las que habían brillado en sus kepis en crudas campañas y fieras luchas.
La bandera española fue despedazada por algunos oficiales y en Santiago fue puesta por el espacio de dos días en la horca destinada a ultimar a los criminales. En cambio la joven tricolor, ese bello jirón que los había guiado en las batallas y consolado en las fatigas, ese estandarte que parecía reflejar en sus matizados pliegues el azul del cielo, el blanco de las nieves eternas y las rojas llamas de nuestros volcanes, esa bandera, decimos, no quería ser soltada por los valientes que habían asistido a su bautismo de fuego y que a habían ilustrado con glorias inmarcesibles.
En balde Lastra y algunos jefes hacían esfuerzos para ocultar la pública indignación. Los murmullos que como en mar embravecido se dejaban oír en las reuniones populares, y la oposición que levantaba sus ardientes protestas en los corrillos, los salones, las tertulias y la plaza de Santiago; minaban la autoridad del Director Supremo y hacían presagiar días de rebelión y tormenta.
Lastra, abrumado con la responsabilidad que pesaba sobre su conciencia de honrado patriota, y lleno de zozobras, no sabía qué hacerse con un poder que lo tenía desesperado. “Esto no es para hombres de bien y de honor, decía a O’Higgins, sino para granjearse el descrédito y perder su reputación. Ambicionen enhorabuena este lugar de disgustos y sinsabores, que yo lastimaré siempre al infeliz que por comprometimiento ocupe su asiento”.
Los señores Amunátegui en su obra, La Reconquista española, se empeñan por probar que Lastra y su círculo obraron de buena fe al celebrar el tratado de Lircay y “que los gobernantes chilenos de entonces, aunque se hallaban decididos a conseguir por la razón o la fuerza una constitución liberal que diese a los naturales del país una grande injerencia en la administración de los negocios públicos, no pensaban de ninguna manera en desconocer los derechos del monarca legítimo” (1).
En una palabra, creen que sinceramente rechazaban la independencia, Henríquez, lrisarri y demás inspiradores del Director Supremo.
A nuestro juicio, los señores Amunátegui experimentan una paralogización proveniente de la suma importancia que han dado a las notas públicas y oficiales de Lastra, olvidando que ésta es sólo una de las fases del negocio.
Gracias a Osorio y a la casualidad se han salvado dos notas privadas que Lastra, en nombre del Gobierno de Chile, envió en un mismo día a dos de sus agentes diplomáticos en el extranjero.
La primera es dirigida al Enviado Extraordinario de Chile en Londres, don Francisco Antonio Pinto, y dice:
“Acompaño a U. duplicado de el que dirigí por la fragata Phoebe, con los más documentos, que glosa, y el impreso de tratados de paz, que también duplico en ésta.- Como dicha correspondencia fue por conducto extranjero, y que se decidía tanto por España, fue preciso prever contingencias, acomodarse a su opinión, y expresar con rebozo y sin franqueza el concepto de Chile; pero esté U. cierto que no sucumbe; que está resuelto a ser libre a toda costa, que mientras más conoce sus derechos, más odia la esclavitud; que ha olvidado absolutamente el sistema antiguo, que apetece un sistema liberal, y que proporcione a esta parte de América, la más abandonada y abatida, las ventajas que hasta hoy ha desconocido. Estos son los íntimos y verdaderos sentimientos de Chile, y estos los principios liberales, bajo que se ha propuesto sostenerse. Si en la correspondencia oficial notase U. alguna ocasión expresiones que digan otro sentido, debe U. creer, que la variación es accidental, porque las circunstancias o conducto así lo exigen.- Por este seguro antecedente dirija U. todas sus operaciones y planes, y sólo cuando U. vea en estos reinos tanta fuerza que no podamos resistir, dirá U. que Chile cederá al exterior con interior oposición  y violencia que harán algún día su efecto. Al efecto cuando sólo puede este gobierno explicarse con generalidad, sin excusadas prevenciones, es preciso que las principales obras de Chile sean de U. que ve de más cerca lo que le conviene y cuanto puede avanzarse a favor en que jamás habrá exceso. Para otra ocasión diré con más extensión lo que ocurra, y U. hará lo mismo, aprovechando cuantas se proporcionen para dar el pormenor de todo. Dios, etc. Santiago, Mayo 27 de 1814.
Francisco de la Lastra.
Señor don Francisco Antonio Pinto (2)”.
La otra nota es dirigida al diputado de Chile en Buenos Aires. En ella, después de exponerle la manera cómo se está dando cumplimiento a las cláusulas de los tratados de Lircay y después de manifestarle que había enviado por conducto extranjero una nota a don Francisco A. Pinto, le dice:
“Como aquella correspondencia (la mandada a Pinto) fue por conducto extranjero (por intermedio del Comodoro Hilliar), que manifestó tanto interés por la España, fue preciso que Chile, previendo contingencias, expresase con tino y sin libertad su concepto. U. que puede proporcionar segura ocasión de escribir a dicho Pinto, bajo de cubierta de algún comerciante de honor, no se cansará de prevenir lo que Chile está resuellto a ser libre a toda costa que mientras más conoce sus derechos, más odia la esclavitud, que ha olvidado absolutamente el sistema antiguo, que apetece un sistema liberal, y que proporcione a esta parte de América la más abandonada y abatida, las ventajas que hasta hoy ha desconocido, y cuanto más concurra a descubrirle nuestros íntimos y verdaderos sentimientos.- Acompaño a U. duplicado de la carta que a él se escribe, y otra de esta fecha, de ambas dejará U. copia para su inteligencia.
(A continuación le habla de la fuga de los Carrera de la cárcel de Chillán y de las medidas que ha tomado para hacerlos aprisionar). Dios guarde, etc. Santiago, Mayo 27 de 1814.
Francisco de la Lastra.
Señor don Juan José Pasos” (3).
Estas notas demuestran con claridad los móviles verdaderos que animaban en sus actos a los caudillos patriotas. Pero la prueba más evidente que hay contra la opinión de los señores Miguel Luis y Gregorio Víctor Amunátegui, es la opinión sustentada por el mismo don Miguel Luis en La Dictadura de O’Higgins. En la página 103 de la 3ª edición de este libro, se lee:
“Ni el general Gaínza, ni los mandatarios chilenos habían estipulado estas condiciones de buena fe. Ni una ni otra de las partes contratantes estaban dispuestas a darles cumplimiento.
Para Gaínza aquel convenio era sólo un pretexto mentiroso, un ardid fraguado para retirar con descanso las aniquiladas reliquias de su ejército a Chillán, donde pensaba rehacerse para recomenzar la campaña. Sin este embuste, no podía dar un paso, y era exterminado dentro de la ciudad de Talca.
Para los caudillos insurgentes era una hipocresía, una simple suspensión de armas con el objeto de orientarse de la situación de la metrópoli y tomar consejo.
El tratado de Lircay no era para ellos sino un descanso que habían menester para observar bien lo que había en realidad”.
Los historiadores que, sin espíritu de partido y sin animosidades, han estudiado esta parte de la Revolución de la Independencia, están acordes con las últimas ideas del señor Amunátegui, como basta consultar al señor Barros Arana, a Gay, a Vicuña Mackenna y a varios otros.
El hecho es que el tratado fue cumplido en su mayor parte: los prisioneros fueron puestos en libertad, Talca fue evacuada por los realistas y ocupada por O’Higgins.
Gaínza, sin embargo, resuelto a no dejar a Chile sin que previamente tuviese la contestación del virrey del Perú acerca de los tratados, presentaba a cada paso dificultades, enviaba notas, pedía plazos, exigía auxilios y ponía en juego cuantas dilaciones le sugerían su ingenio y sus consejeros. Las cosas llegaron al extremo de obligar a O’Higgins a mandarle un ultimátum. Este jefe patriota esperaba ansioso la autorización del gobierno de la capital para romper las hostilidades y abrir de nuevo la campaña (4).
Fue en estas circunstancias cuando llegaron a su conocimiento graves noticias de Santiago que lo detuvieron en su propósito y cambiaron de un modo radical la faz de los acontecimientos.

Notas.
1. La Reconquista española, página 279 de la colección de memorias universitarias reunidas por el señor Vicuña Mackenna.
2. El señor Barros Arana pone a esta nota fecha 28 de mayo. Como la hemos copiado de la especie de memoria que Osorio publicó en 1814 y que está en la Biblioteca Nacional, hemos preferido tomar la que tiene en dicho opúsculo.
3. El Señor Barros Arana dice que esta nota fue dirigida a José Miguel Infante, quien era diputado de Chile en Buenos Aires. Como no tenemos los originales de las notas copiadas, seguimos la dirección que aparece en el folleto recordado de Osorio.
4. Creemos importante reproducir aquí, para que se conozcan las intenciones de O´Higgins la nota que éste dirigió a Lastra desde Talca en julio de 1814. Héla aquí copiada de los documentos justificativos publicados por don Manuel Gandarillas en El Araucano, a continuación de los artículos que dedicó a O’Higgins con marcada parcialidad:
“Excmo. señor: El día de esta fecha ha llegado a esta ciudad el licenciado don Miguel Zañartu, mañana entrará el cura don Isidro Pineda: por la correspondencia que estos señores han tenido con el general Gaínza, y que acompañó en testimonio, quedará V. E. cierto hasta la evidencia, que los recelos que desde el principio tuvimos de la poca fe de dicho general se hallan hoy realizados a pretextos fútiles, ridículos y despreciable, queriendo sólo ganar tiempo para saber del virrey de Lima si ha de dar cumplimiento a los tratados, o si ha de seguir en el propósito de la desolación del reino, único objeto de estos tiranos insaciables de la envidia de los virtuosos americanos: V. E. verá cuán claramente se lo expongo en contestación al oficio de anoche que separadamente he recibido de Gaínza, y que acompaño igualmente en testimonio; desentendiéndome de la llegada de Zañartu por esperar la de Pineda que trae un oficio de aquel general que contestaré igualmente tan claro como deseo, y de todo notificará a V. E. inmediatamente”.
Con lo dicho sólo habría un suficiente motivo para que VE. inmediatamente hiciese la formal declaración de guerra; pero aún hay más, que como aquel general ha tenido siempre dobles intenciones, ha procurado en tiempo hacer cuantas hostilidades le ha suscitado su tiranía en perjuicio de los patriotas de la provincia que ocupa: la casa de Mendiburu ha sido obligada por este pirata a contribuir con diez mil pesos, la de Benavente con cinco mil, y así sucesivamente hasta haber dejado los campos sin ganados, y sus habitantes sin socorro alguno para la mantención necesaria para sus familias, pues a pretexto de las necesidades de su ejército ha hecho un saqueo general, con el que es de inferirse quiere sostener la guerra, o cuando menos aprovecharse de todo como buen ministro del señor virrey de Lima;  y supuesto pues que ya chile en la línea de condescendiente toca los limites de humillación indecorosa que le denigrará a la presencia de los pueblos que sostienen y han sostenido a toda costa su libertad sagrada, es de necesidad, es precioso, y no hay otro medio sino que V. E., a la posible brevedad, haga que se acopie en cajas públicas de esa ciudad hasta medio millón de pesos, exhibidos por los infinitos enemigos de nuestra causa, a quienes inmediatamente se les deberá poner en la más estricta captura, hasta consumirlos y exterminarlos al todo, pues es el único medio de que la patria se salve; yo al par el día de hoy, y por medida de precaución, les echaré de mano a cuantos en esta ciudad se y me consta deben pagar con sus bienes la vida las perfidias y traiciones que han fomentado y fomentan contra su suelo, contra la humanidad y contra la quietud pública.
Defendido así, señor Excmo., y tomando V. E. inmediatamente las más serias providencias para surtir al ejército de armeros, cureñas, obuses, fusiles, y cuantos útiles de guerra sean en abundancia bastantes para una guerra decisiva; con el apresto de cuantas tropas hay en esa capital para que caminen a primera noticia mía: afirme desde ahora V. E., como yo lo hago con mi vida, que no sólo haremos cumplir a Gaínza con lo estipulado, sino que obligándole cuando menos a dejar el armamento y sin necesidad de mandar mártires a Lima, daremos muy en breve un ejemplo al mundo, y recogeremos todas las glorias, que habíamos sacrificado en las aras de la humanidad, con asombro eterno de los tiranos del mundo, y bajo el supuesto que las naciones cultas con la Inglaterra bendecirán las huestes de Chile, que así saben hacer respetar el orden sagrado de los pactos.
No es hora ya, Excmo. Señor, de trepidar un momento en esta materia, ni V. E. crea en protestas, simulaciones y cuantos más arbitrios quieran dictar los tiranos de este país. Tenga V. E. entendido, que aquéllos son la causa de todo, y que cuantos males se les irrogue en sus bienes y personas, sin respetar casados ni solteros, son otros tantos grados de honor y gloria, que adquirirá Chile en su sistema y obligará a las generaciones posteriores a bendecir con alegría las sabias manos que fabricaron el firme edificio de su felicidad.
Bien sabe V. E. que nuestros mayores apuros en la guerra pasada han sido sólo por falta de fusiles; y suponiendo en el día que a nuestros hermanos los de Buenos Aires les sobra demasiadamente armamento de toda clase, soy de parecer que V. E, inmediatamente le haga un expreso a aquel Excmo. Director, significándole la falta que tenemos de este armamento, y los motivos que nos obligan a ponernos a cubierto de las insidias de los tiranos, de nuestros sagrados derechos, con cuyas razones y el interés formal que aquel estado tiene en la conservación del nuestro, no dudo que rápidamente socorrerá con dos mil fusiles, que considero muy bastantes para doblados enemigos: asegurando a V. E. que pondré en esta ciudad tantos soldados de línea, cuantos fusiles sean los que se me remitan.
“Nuestro Señor guarde, a V. E, muchos años, Talca y Julio 26 de 1814.- Excmo. Señor.
Bernardo O’Higgins.
Excmo. Supremo Director del estado chileno”.


CAPÍTULO IV
José Miguel Carrera abandona a Concepción y se dirige a Penco.- Medidas que toma el enemigo para aprisionarlo.- Asalto que Lantaño da a José Miguel y Luis Carrera.- Estos jefes patriotas son conducidos a Chillán y encarcelados.- Lo que hay de cierto sobre las estipulaciones celebradas entre O’Higgins y Gaínza sobre los Carrera en los tratados de Lircay.- Fuga de los Carrera de Chillán.- Llegan a Talca en seguida marchan hacia la hacienda de San Miguel.- Lastra ordena la prisión de los Carrera sin poderlo conseguir.- Captura de Luis Carrera.

José Miguel Carrera, después de haber entregado el mando del ejército a O’Higgins por haber sido destituido, se quedó todavía en Concepción durante algunos días hasta que por orden superior se vio obligado a dejar el cuartel general a principios de marzo y a dirigirle a Penco acompañado de su hermano Luis y de una pequeña escolta. Se proponía esperar allí una oportunidad para marchar a la capital con seguridad. Los caminos circunvecinos eran recorridos sin cesar por guerrilleros enemigos. Creyó, pues, prudente antes de partir tener noticias exactas sobre la situación de los realistas.
Gaínza tuvo conocimiento, por los numerosos espías que tenía en Concepción y otros puntos, del viaje de José Miguel Carrera y se propuso cruzarlo en el camino y apoderarse de su persona. Al efecto desprendió de su ejército ágiles partidas para que, desparramadas por los bosques y lugares cercanos a las sendas que podía tomar el jefe patriota, diesen mejor cumplimiento a sus planes.
Una de estas guerrillas volantes mandada por Clemente Lantaño, supo que Carrera estaba en Penco. Inmediatamente se propuso asaltar la casa en que, entregado en brazos de absoluta confianza, descansaba con tranquilidad. Al amanecer del 4 de marzo, Lantaño dio el ataque, mató a unos cuantos que quisieron oponerle resistencia y tomó prisioneros a José Miguel y Luis Carrera que fueron llevados a Chillán. Allí fueron reducidos a prisión, se les puso grillos y se les formó un proceso por revolucionarios contra el rey y el orden establecido.
El encarcelamiento de tan distinguidos patriotas fue por demás estricto y cruel hasta que se firmó el tratado de Lircay. Hecha la paz entre los beligerantes, se acordó por una de las cláusulas del tratado que los prisioneros de ambos ejércitos fueran puestos en libertad; pero por un arreglo secreto se convino que los Carrera fueran embarcados en Talcahuano y enviados a Valparaíso a disposición del Supremo Gobierno. El objeto que se perseguía, era mandarlos fuera del país con una honrosa misión diplomática. Era un destierro por demás honorífico para ellos y útil para la patria, dados los servicios que el gran talento de José Miguel podía prestar a la revolución en el extranjero.
Mucho se ha dicho que O’Higgins, en el convenio privado que hizo con Gaínza, había estipulado que los Carrera fueran embarcados con dirección al Perú a fin de ser encerrados en la sobria cárcel del Callao. Esto no se ha probado por nadie y jamás por jamás se ha presentado documento o carta alguna que autorice tal especie infamante. Es una suposición nacida de los odios, resentimientos y animosidades que ardieron durante el período de nuestra revolución y que por felicidad la fría lápida del tiempo ha sepultado en parte. La posteridad, que mira con estoica calma los acontecimientos y pasiones del pasado, que analiza los hechos desde considerable altura e imparcialidad, no puede recoger nada que no esté comprobado de una manera clara y evidente. Ni la duda cabe cuando se trata de un hombre que se ha sacrificado por completo en bien de su país (1).
El acuerdo de enviarlos a Valparaíso no se alcanzó a llevar a cabo. Apenas se celebraron los tratados de Lircay, Gaínza puso a los Carrera en libertad bajo palabra de honor de no moverse de Chillán. Tan distinguidos patriotas creyeron llegado el caso de buscar una puerta de escape, ya que se desplegaba con ellos tanta lenidad y ya que se les exceptuaba de la regla que sobre prisioneros de guerra habíase estipulado en los tratados.
Una noche asistieron a una reunión que daba La Fuente, Intendente del Ejército Español, previo el permiso que solicitaron del Comandante de la plaza de Chillán, Luis Urrejola.
La esposa de La Fuente, doña María Loaisa, que simpatizaba con los Carrera, buscaba una oportunidad para proporcionarles la fuga. Se convino que ésta fuera esa misma noche, para lo cuál la mencionada señora dio a José Miguel dos pistolas y los auxilios que tenía a mano.
Mientras los asistentes a la especie de tertulia se entregan placenteros a los encantos del baile, de la música y de la charla amigable, los Carrera dejan el salón, cruzan las calles de Chillán que estaban silenciosas y envueltas en las sombras de una noche oscura y brumosa, en seguida se lanzan a escape por los alrededores de la ciudad, se unen al teniente Manuel Jordán, al sargento de dragones Pedro López, un artillero y un huaso que les iba a servir de guía, montan apresuradamente sobre caballos preparados con anticipación y corren al campo en busca de un camino que los conduzca a Talca. La noche era nebulosa y el cielo, sin una estrella, se veía cubierto de densos vapores de agua que producían llovizna abundante.
Al anochecer del 14 de mayo se presentaron a la casa que en Talca habitaba O’Higgins. Allí alojaron hasta que a los pocos días se pusieron en marcha a la hacienda de San Miguel, perteneciente a la familia de ellos. Desde este punto, el 19 de mayo, José Miguel envío a Lastra una carta avisándole su llegada.
Esta noticia produjo en los gobernantes de la capital la más honda consternación. Nadie se creyó seguro, porque creían ver asomar la anarquía por doquier.
Lastra, disimulando en parte, contestó a Carrera en los siguientes términos:
“Santiago y mayo 20 de 1814.- Muy señor mío y amigo: Mil atenciones que me rodean han dilatado la respuesta al oficio y carta de U. fecha de ayer. Me son muy sensibles los padecimientos y malos ratos de U., y en realidad han obligado mi consideración, que ofrezco a U., para todo aquello en que no se comprometa la autoridad que ejerzo. B. S. M. su amigo y servidor.
Francisco de la Lastra”.
La alarma siguió en Santiago, los amigos de los Carrera se movían en todas direcciones, en los salones había gran agitación, en los círculos de gobierno se discutían cien proyectos diversos.
Al fin decidieron a Lastra a enviar un piquete de soldados con la orden de apresar a los Carrera. Estos, que por sus amigos tuvieron conocimiento de la persecución que se organizaba en contra de ellos, se ocultaron en los bosques, chozas o quebradas que encontraban a mano para escapar del poder de sus adversarios. Desesperados se pusieron en marcha hacia la cordillera para cruzarla; pero este plan no se pudo realizar por haberlo impedido una tempestad furiosa de nieve que con inusitada violencia se desencadenó cerrando los pasos de los Andes.
Vueltos a San Miguel entablaron relaciones secretas con sus partidarios de la capital, para lo que iban a esta ciudad y se reunían en casa de Pedro Villar, de Manuel Muñoz o de cualquiera otro de sus correligionarios políticos. El piquete mandado por Lastra recorría entre tanto los extramuros de Santiago y aun registraba las casas sospechosas con la esperanza de hallar la tan buscada presa.
Una de las tantas veces que Luis Carrera con la osadía propia de su carácter varonil entró a la capital, fue reconocido y capturado en casa de la señora Ana María Toro por el teniente Blas Reyes.
Como era de esperarse fue reducido a prisión.

Notas.
1. El señor Benavente en su Memoria sobre las Primeras Campañas de la Guerra de la Independencia, dice, hablando del tratado de Lircay en lo que se refiere a la libertad de los prisioneros: “sin embargo, en artículos secretos fueron excluidos los Carrera, los que debían ser embarcados en Talcahuano y remitidos a las Casas-matas del Callao: lo que participó O’Higgins al gobierno pidiéndole su aprobación en oficio del mismo día 3”. Francamente sentimos que se hagan cargos de esta trascendencia sin que se acompañe cualquiera clase de prueba aunque más no fuera un indicio o una ligera presunción. En cambio copiamos a continuación notas que demuestran a las claras lo que pensaba O’Higgins. Con fecha 9 de mayo, escribió al Director Supremo la siguiente:
“Entre los tratados celebrados con el general Gaínza se acordó que los prisioneros de una y otra parte debían restituirse a sus destinos; entre los nuestros se hallan los caballeros Carrera que también deben ser comprendidos, y para estos he tratado con el expresado general Gaínza, sean conducidos al puerto de Valparaíso a disposición de V. E., debiendo costearse su trasporte por cuenta del Estado. V. E. podrá ordenarme en este particular lo que mejor convenga a la mayor seguridad del reino, diciéndome lo más que debo obrar en este particular, para hacer a dicho señor Gaínza las prevenciones que V. E. tenga a bien dictarme. Por mi parte ninguna otra cosa puedo determinar con respecto a carecer de las instrucciones de V. E., y para que yo pueda en todo tiempo quedar a cubierto y el país libre de recelos, deseo se tomen en tiempo oportuno las medidas de seguridad que parezcan justas y sean del agrado de V. E. Dios, etc. Talca, marzo 9 de 1814.
Bernardo O’Higgins.
Excmo. Supremo Director del Estado de Chile.
Para que no se dude y para que se vea a toda luz la verdad de lo sucedido, transcribo a continuación la nota que Gaínza envió a O’Higgins dándole cuenta de la fuga de los Carrera y confirmando en todas sus partes las ideas contenidas en el oficio copiado anteriormente:
“Celoso de cumplir exacta y religiosamente, en cuanto alcance nuestro convenio o tratado, dirigí prontamente su orden para poner en libertad los prisioneros de Concepción y Chillán, previniendo al comandante de este segundo punto que lo es don Luis Urrejola, que los Carrera debían embarcarse en Talcahuano para Valparaíso, de lo que debía cuidar. Ahora que son las nueve de la noche, recibo carta de dicho Urrejola, dándome parte de que habiéndole pedido licencia dichos Carrera para hacer una visita a la señora Intendenta, se las concedió bajo palabra de honor; pero a las diez de la noche (ayer) le dieron parte de que se habían escapado después de haberle dicho o pedido permiso para ocurrir a mí en solicitud de licencia para efectuar su viaje por tierra de Santiago.- Avísolo a V. S. sin pérdida de instante para su noticia y gobierno. Dios, etc.- Trancas, 13 de mayo de 1814.
Gabino Gaínza
Señor general don Bernardo O’Higgins”.
No puede haber nada que demuestre de un modo más palpable los sentimientos que sobre los Carrera abrigaba O’Higgins. El señor Benavente habla de una nota del día 3. ¿Dónde está? Y sí existía ¿cómo relacionar esas ideas con las emitidas en la nota de 9 de mayo, seis días después, confirmada por la de Gaínza?


CAPÍTULO V
José Miguel Carrera, de acuerdo con varios partidarios de la capital, hace los preparativos de una revolución.- Se conquista algunos cuerpos para la guarnición.- Golpe de Estado dado a las 3 de la mañana del 23 de julio de 1814.- Carrera se apodera del palacio de Gobierno.- Prisión de muchos patriotas.- En Cabildo abierto se nombra una Junta de Gobierno.- Destierro de varios jefes y ciudadanos.- El nuevo Gobierno aprueba los tratados de Lircay.- Causas de la revolución.

Los disgustos de los que de buena fe rechazaban los tratados de Lircay, de los opositores que siempre tiene un gobierno y de los que anhelaban empujar con más energía la revolución, crecieron en número en lugar de disminuir una vez que supieron que José Miguel Carrera se había fugado de la prisión y se encontraba en las cercanías de la capital. La exaltación subió poco a poco como hinchada ola impelida por el viento. Los conciliábulos se sucedían unos a otros en los hogares de los corifeos de la oposición. En la atmósfera de la política centelleaban los relámpagos precursores del rayo.
Lastra, de corazón bondadoso, un poco débil, cansado de los negocios públicos, abatido con los ataques incesantes de que era blanco y sin el temple que da la costumbre de resistir las asperezas y veleidades de las luchas políticas, vacilaba, tenía conocimiento de las conspiraciones que germinaban a su lado y a pesar de esto no se atrevía a ahogarlas en la cuna; sabía que muy luego se desencadenaría sobre él la rebelión que ya regía en el espacio y en los oleajes de la cual el poder que investía se evaporaría como un sueño, y sin embargo le faltaba coraje para cortar el mal de raíz detenerlo antes de que tomara cuerpo y fuera incurable.
Era juguete de las impresiones que aquejaban su corazón de chileno, al verse expuesto ante la opinión como enemigo de la independencia nacional por haber inspirado los tratados de Lircay.
José Miguel Carrera, audaz hasta la temeridad, revolucionario por temperamento, despechado por las persecuciones de que era víctima, ambicioso por naturaleza, lleno de cólera por los castigos con que lo amenazaban sus enemigos, por la prisión de su hermano, por las vicisitudes que le hacían soportar, por el abandono en que querían dejarle, y por la dolorosa situación que se le había creado, se propuso al fin arrojarse en los quemantes brazos de la revolución, no antes de haber medido bien el campo de sus próximas operaciones y de reflexionar con la altivez que desplegó César al pasar el Rubicón.
Concebir el proyecto y ponerse en movimiento fue algo simultáneo en aquella cabeza llena de recursos, en aquel carácter lleno de avilantez y en aquel corazón lleno de pasiones.
Lo primero que había que hacer, era conquistarse las tropas que guarnecían la capital. Sin soldados nada se podía pensar ni resolver. Los amigos de José Miguel Carrera que hora a hora tenían citas con él, ya en el fondo de una quebrada, ya en la miserable cabaña de algún campesino, ya a toda intemperie, ya en un bosque, lo pusieron en relación con algunos oficiales entre los cuales figuraba Arenas que le aseguró el Cuartel de Artillería, depósito de las principales provisiones de guerra de Santiago.
Ayudaban a Carrera, incansable conspirador que tenía algo de la audacia de Catilina y algo del orgullo de Escipión el Africano, varios jefes distinguidos, que, como Diego José Benavente, se habían cubierto de gloria en las primeras campañas. Más tarde se atrajo a varios oficiales que, como Toribio Rivera, Eugenio Cabrera, y el alférez Toledo, pertenecían a los cuerpos de la capital. Lo secundaron también con suma actividad, sirviendo de agentes en aquella misteriosa maquinación, el tremendo fraile Julián Uribe, Manuel Novoa, Juan Esteban Manzanos, Manuel Muñoz Urzúa, Marcelino Victoriano, Miguel Ureta y los hermanos Manuel, Carlos y Ambrosio Rodríguez.
Después de largas conferencias y de numerosos viajes, se acordó dar el golpe el 23 de julio. “A las tres de la mañana, dice José Miguel Carrera en su Diario que en copia tenemos a la vista, se resolvió debía ejecutarse la revolución. Arenas franqueaba el Cuartel de Artillería, el alférez Toledo el de Granaderos, y el teniente Toribio Rivera el de Dragones. Para posesionarse de ellos se encargaron los sujetos siguientes: el cura Uribe con su partida, a la Artillería; Miguel Ureta a los Granaderos, y para los Dragones el mismo Toribio Rivera, de acuerdo con su hermano Juan de Dios quien lo mandaba. Todo se ejecutó puntualmente. La actividad y decisión de Uribe lo allanaba todo”.
En efecto, a la hora convenida, el presbítero Julián Uribe se apoderó del Cuartel de Artillería e hizo apostar en la plaza varios cañones custodiados por milicianos traídos de San Miguel. Dueños los revolucionarios de los cuarteles de la ciudad y contando con la guarnición, apresaron al Director Supremo, Francisco de la Lastra, al brigadier Juan Mackenna, al ex-intendente de Santiago Antonio José de Irisarri y a otros conspicuos personajes adeptos a la administración caída.
Al amanecer, Carrera había tomado ya posesión del Palacio de Gobierno e iniciaba su Dictadura.
Sus partidarios, deseando dar el movimiento un carácter popular y procurando revestirlo de cierto aire de legalidad, convocaron un Cabildo abierto, al cual asistieron muchos curiosos y los amigos de Carrera encabezados por Carlos Rodríguez, joven vehemente como su desgraciado hermano Manuel.
La discusión no fue larga. No hubo más incidente que la enérgica protesta de los defensores del gobierno derrocado, Gaspar Marín y Manuel Antonio Recabarren, protestas que fueron ahogadas por los gritos de la multitud y las amenazas de los contrarios por cuya razón se vieron obligados a abandonar la sala.
El Cabildo abierto nombró en el acto por aclamación una Junta de Gobierno compuesta de José Miguel Carrera, del Presbítero Julián Uribe y del teniente coronel de milicias Manuel Muñoz Urzúa.
El primer paso de la nueva Junta de Gobierno fue llamar del destierro a Juan José Carrera y enviar a Mendoza a comer el amargo pan de duro ostracismo a los principales y más influyentes sostenedores de la administración pasada, como ser Juan Mackenna, José Antonio de Irisarri, José Gregorio Argomedo, Hipólito Villegas, el coronel Fernando Urízar y ocho personajes más.
Dicen que cuando estos patriotas cruzaban los hielos de la cordillera, se encontraron con Juan José Carrera a quien narraron los acontecimientos que habían tenido lugar en Santiago, Fue en ese momento cuando el altivo brigadier Mackenna, apostrofando al hermano del que lo enviaba al destierro con manifiesta injusticia, le dijo estas proféticas palabras:
-- Ud. vuelve a Chile cuando nosotros salimos de él; antes de cuatro meses todos los patriotas chilenos que escapen del campo de batalla vendrán a juntarse con nosotros. Veo muy próxima la ruina de la patria y el triunfo de los godos (1).
Los procedimientos de la Junta que comenzaba desprendiéndose de notables auxiliares, daban derecho a una profecía tan siniestra como la dada por Juan Mackenna en la cumbre de los Andes.
La Junta recién constituida no tenía más que una voluntad, un pensamiento, una ambición: la voluntad, el pensamiento y la ambición de José Miguel Carrera.
El presbítero Uribe, unido al anterior jefe por una amistad y un cariño exagerados, era hombre que había errado su profesión. Había en él tela bastante para hacer un conspirador de inagotables recursos; pero de ningún modo un manso fraile. En su alma ardía una hoguera de pasiones mundanas, sin una chispa de fervor religioso. Tenía más de Bruto que de San Juan.
Muñoz Urzúa era un honrado comerciante que contaba con crecido caudal y que no haría más que lo que le ordenasen.
José Miguel Carrera a los pocos días de subir al poder escribió a O’Higgins una carta en estos términos:
-- “Mi amigo: no sé si puedo aún hablar a Ud. en este lenguaje: lo fui verdadero y no disto de serlo a pesar de los pesares. No sé si es Ud. o soy yo el loco y desnaturalizado chileno que quiere envolver a la patria en ruinas: lo cierto es que no procederé y que Ud. no debe proceder sin que antes nos estrechemos e indaguemos a verdad. En manos de Ud., y mías está la salvación o destrucción de un millón de habitantes que tanto han trabajado por su libertad. Maldecido sea de Dios y de los hombres el que quiera hacer infructuosos tantos sacrificios. Salvemos a Chile o seamos odiados eternamente”.
¿Cuál había sido la divisa del motín encabezado por José Miguel Carrera?
Exclusivamente los disgustos producidos por los tratados de Lircay. No podía existir otra dentro del patriotismo y de los hechos. No podía ser la dirección de la guerra, porque, aun cuando a nuestro juicio en los últimos tiempos nada podía ser criticado con justicia, estaba concluida y pasada en autoridad de cosa juzgada por la sencilla razón que ya se había celebrado la paz. Las victorias sucesivas de Quilo, Membrillar y Quechereguas habían puesto al ejército patriota en oportunidad de tomar la ofensiva y de merecer justos aplausos.
Tenemos, pues, que el único motivo justificable a los ojos de la historia y de la posteridad, lo único que habría dado legalidad y prestigio a la revolución, era el que Carrera hubiese declarado nulos los pactos y hubiese levantado en alto la insignia de vencer o morir libres, pero nunca esclavos.
¿Qué pasó, sin embargo?
Que uno de los primeros actos de la Junta y en consecuencia de José Miguel Carrera, fue aceptar de un modo categórico los tratados de Lircay. Remitámonos a la prueba.
Constituido el gobierno revolucionario, se envió al Sur a Diego José Benavente con dos notas: una para O’Higgins y otra para Gaínza.
La de O’Higgins iba destinada a comunicarle el cambio de gobierno y a pedirle su aprobación y apoyo.
La de Gaínza no se ha conservado; pero hay otra que confirma la extraviada y que transcribimos a continuación:
“Sobre una silla de gobierno a que generosamente me han ascendido mis conciudadanos, y con toda la dignidad de su representación, aseguro a V. S. que conozco la responsabilidad de mi comisión: que se mis deberes: que nunca abusaré de su confianza. Chile será feliz en cuanto alcance a mis facultades: y quisiera cubrirlo, quisiera asegurarlo a costa de mi propia sangre.
A la entrada de gobierno escribió a V. S. la Junta su deferencia a los pactos que nos impone la capitulación de mayo, y protesta siempre soldar su cumplimiento, si es posible enmendar sin indecencia la disolución que V. S. nos anuncia penosamente.
Tales son los sentimientos que nos animan, tal es mi verdadero empeño. V. S. los leerá más expresivos en los pliegos que firma el gobierno.
Bien convencido de las obligaciones de mi magistratura, no necesito para ellos la experiencia, el honor, ni el talento, de que V. S. me escribe con la larga franqueza que reconozco. Creo los recomendables de V. S. y todas sus virtudes dispuestas al mismo fin. Seremos pues felices, y llevaremos a los pueblos la quietud y la conveniencia enterando sus relaciones y su comercio.
Dios guarde V. S. muchos años. Santiago 19 de agosto de 1814.
José Miguel Carrera.
Señor don Gabino Gaínza, brigadier y general en jefe del ejército de Lima”.
Para mayor confirmación de lo que hemos sostenido, reproducimos un Decreto y un Bando de la Junta de Gobierno, que contienen iguales ideas y sentimientos. Helos aquí:
Decreto del Gobierno.
Santiago, agosto 19 de 1814.
“Visto con lo expuesto por el senado que representó al Directorio desde 4 de julio y ha repetido; por el cabildo; conforme al clamor general, y en efecto de la conveniencia convencidas en diversos serios acuerdos del gobierno, se declara libre y franca la carga y salida de los buques anclados en Valparaíso, y su comercio con los puertos del virreinato del Perú. ¿Para qué la paz, si corren los años sin sentir su fruto? Las últimas comunicaciones del señor general don Gabino Gaínza ratifican la duración de nuestras capitulaciones. Publíquese en bando esta providencia, imprimase, y circúlese al reino.
Carrera.- Uribe.- Muñoz.- Díaz.”
Bando.
“Silencio: las razones a la razón de la necesidad y la conveniencia. Desde hoy es libre la carga y salida de los buques anclados en Valparaíso y su comercio con los puertos del virreinato del Perú.
Así ha declarado el gobierno en efecto de la Capitulación de Mayo, en atención a representaciones que ha repetido el Senado desde 4 de julio, a los informes del Cabildo, y al clamor general.
Sientan el Perú y Chile el fruto halagüeño de una paz celebrada tantos meses ha, descansen ambos pueblos en su duración que ratifican las últimas comunicaciones del general Gaínza. Sala de despacho de Santiago, agosto 19 de 1814.
José Miguel Carrera.- Julián de Uribe.- Manuel Muñoz y Urzúa.- Agustín Díaz, Escribano de Gobierno.”
¿Puede darse una aceptación más explícita de los tratados de Lircay?
Imposible.
Por la inversa, ¿hay algún decreto, oficio, carta o nota que haya mandado la Junta en contra de ellos?
Los parciales de Carrera, jamás han presentado ni un indicio siquiera de que se haya procedido contra dichos pactos. En balde hemos buscado hasta en la correspondencia privada de ese caudillo que nos ha proporcionado el señor Vicuña Mackenna.
Es un punto histórico, pues, que no admite dudas de ningún género el que José Miguel Carrera ratificó solemnemente los tratados de Lircay.
¿Qué motivos tuvo entonces para hacer la revolución? ¿Por qué atentó contra el orden establecido? ¿Qué móviles tan poderosos tuvo hasta para castigar con el destierro a distinguirlos patriotas?
Ninguno que merezca los aplausos de los hombres que estudian los sucesos del pasado sin espíritu de círculo (2).
Mientras Carrera y la Junta se empeñan por organizar elementos de guerra y tropas, veamos lo que pasó en el ejército del Sur cuando se supo el cambio de gobierno.

Notas.
1. Este dato fue contado por Antonio José de Irisarri al señor Barros Arana.
2. Con sobrada razón, dice el señor Vicuña Mackenna en una de las notas puestas a la Memoria de Benavente:
“La revolución del 23 de julio, juzgada políticamente, no fue sino un afortunado motín de cuartel. Habría sido noble y patriótica, tal cual el autor (Benavente) la pinta, si Carrera, correspondiendo a los móviles a que decía obedecer, hubiese declarado nulos los pactos de Lircay y hubiese roto la tregua a nombre de la independencia que invocaba. Pero documentos irrefutables publicados por el señor Barros Arana (los que ya hemos reproducido) ponen de manifiesto que Carrera se hizo cómplice del mismo doblez que reprochaba a sus enemigos, y aunque se preparaba como éstos para contrarrestar a Gaínza, escribió a éste haciéndole presente su deferencia a los tratados de Lircay, publicó bandos abriendo el comercio de los puertos de Chile a los del Perú, y en todo lo ostensible sostuvo la política contra la cual había alzado el estandarte de una verdadera y funesta rebelión, causa inmediata del desastre de Rancagua y de la pérdida de Chile”.


CAPÍTULO VI
Llega la noticia de la revolución de Carrera al Cuartel general de O’Higgins.- Se reúne una Junta de Guerra.- Se acuerda marchar al norte a reponer el gobierno caído.- Al dirigirse a Santiago, O’Higgins no tuvo conocimiento del desembarco de Osorio.- Carrera se prepara a resistir a O’Higgins.- Luis Carrera al mando de las tropas de la capital se atrinchera en Maipo.- Combate entre ambos ejércitos.- Derrota de O’Higgins.- Da éste orden para concentrar sus tropas.- ¿Quién es responsable del combate de Maipo?

O’Higgins, vista la demora y los engaños de Gaínza para esquivar el cumplimiento de los tratados de Lircay, adiestraba su ejército y se preparaba con actividad a fin de abrir de nuevo las operaciones militares y de exigir por las armas el cumplimiento de compromisos contraídos solemnemente.
En esos días fue cuando llegó al campamento patriota Diego José Benavente, delegado de José Miguel Carrera y portador de la nota de que hemos hablado antes. Al mismo tiempo que ésta, O’Higgins recibió numerosas cartas de los amigos de Lastra, de Mackenna de los demás partidarios del gobierno caído.
Mientras Carrera pedía el reconocimiento de la Junta, los adversarios de él y compañeros de O’Higgins, pedían a éste que no prestase acatamiento a los revolucionarios y que, por la inversa, los resistiese por la fuerza.
O’Higgins, perplejo con los primeros instantes temiendo obrar con precipitación, convocó el día mismo que llegó Benavente, es decir, el 27 de julio, una Junta de Guerra a la que invitó a los oficiales de su ejército desde el grado de capitán.
Al anochecer acudieron al punto designado los que habían sido citados. Al principiar la sesión, O’Higgins, poniéndose de pie, dijo las siguientes palabras:
-- Compañeros, de armas, Respetables corporaciones, Ilustrísimo Cabildo y vecindario de Talca: Cuando contra mi voluntad fui forzado en esta misma ciudad por el Gobierno del Estado, a tomar el mando en jefe del ejército hice un sacrificio a mis ideas liberales de no aspirar mandando a la libertad de mi país, mi objeto fue tomar las armas para vengar los ultrajes del país en que nací, empezar y concluir la campaña como un soldado honrado. Confieso que no me han sido insoportables las pasadas calamidades, ni los trabajos y congojas que he sufrido, cuando veo por ellas se ha conseguido todo el fin que no se debía esperar: vosotros sois testigos que no recibí ejército ni caja militar en Concepción, sino unos cuadros tristes y miserables de oficiales y soldados entregados a sí mismos; los salvé y los puse en el camino de la gloria y se han hartado de recoger laureles que todo el reino les ha ofrecido, al fin les he consultado unas ventajosas treguas (¿?) a sus fatigas y entre la abundancia y el orden existen cuatro mil guerreros en esta guarnición (aquí hay una exageración). Yo no deseo proseguir más en el mando, pero tampoco quiero sacrificar la obediencia de un ejército virtuoso al capricho de un joven sin cordura: con el robo que ha hecho a la legítima autoridad que nos mandaba, y opresión en que ha puesto la capital, no hay autoridad por ahora que pueda sustituir, toda la soberanía y autoridad es a vuestra sola voluntad, yo soy el primero que la reconozco y queriendo en mi retiro dar la prueba de mi obediencia y subordinación, os entrego los archivos de mis comunicaciones, y me ofrezco a la más escrupulosa residencia; también queda a vuestra deliberación contestar a la intimación del intruso gobierno; todo lo tenéis a la vista, y sea cual fuese lo que resolvéis, debéis contar con mi espada, obedeciendo a la autoridad que obedezcáis y nombréis”.
Al decir esto, presentó el archivo, colocó el bastón, insignia del mando, sobre la mesa que había en la sala y se retiró para dejar completa libertad en las deliberaciones (1).
La junta de oficiales acordó sin oposición, no aceptar la renuncia de O’Higgins y dirigirse Santiago a reponer el gobierno víctima de un motín.
El 6 de agosto comenzaron a salir las tropas de Talca y rompieron la marcha por escalones. Esta fue muy lenta e interrumpida a menudo con las estaciones que se hacían en los pueblos más importantes del camino.
Los parciales de Carrera han sostenido que O’Higgins se había puesto en connivencia con Gaínza para reponer el gobierno de Lastra, para lo cual el jefe realista le proporcionaría quinientos hombres. Benavente en su apasionada Memoria llega a designar al que iba a mandar las tropas auxiliares y menciona a Elorreaga.
Nada, absolutamente nada hay que confirme tal aserto: ni documento, ni testigos, ni partes oficiales, ni corre en el proceso que se levantó por orden del virrey a Gaínza por haber celebrado los pactos de Lircay, ni aparece en las historias hechas por algunos realistas que estuvieron al lado de Elorreaga.
Pero hay más todavía. Basta confrontar unas cuantas fechas para medir la extensión de la injusticia que hay en tal imputación. Según lo dice el mismo Benavente, el ejército de O’Higgins evacuó a Talca sucesivamente a contar desde el día 6 de agosto, en que salió la vanguardia mandada por Andrés del Alcázar, hasta el 13 que partió O’Higgins con el Estado Mayor y la retaguardia. El 26 se dio el combate de Maipo entre O’Higgins y Carrera.
Pues bien, Osorio desembarcó en Talcahuano el día 13 de agosto y el 18 llegó a Chillán. Es el caso que uno de los primeros actos de Osorio fue nombrar a Elorreaga jefe de los milicianos que debían formar la vanguardia del ejército reconquistador. ¿Cómo entonces podía este bravo oficial estar al mismo tiempo en dos partes? Hay en esto una coartada que no admite prueba en contrario.
No menos infundado es el cargo que hace el mismo Benavente a O’Higgins al sostener que éste al dejar a Talca sabía el desembarco de Osorio y que a pesar de ello siguió su marcha para echarse en brazos de la guerra civil. “O’Higgins en su marcha, dice el historiador mencionado, iba recibiendo continuas noticias del movimiento de los realistas, ya por don Ramón Urrutia que se correspondía con su hermano don Juan, ya por don Antonio Merino, Vallejo, Echagüe, Mardones,  Echauren y Palacios; pero nada podía conmover la inflexibilidad de su resolución”.
Es de sentir que un escrito serio pueda estampar tales hechos, sin acompañar una prueba fehaciente que no de lugar a dudas.
Volvamos a confrontar fechas.
O’Higgins dejó a Talca el 13 de agosto; el mismo día desembarcó Osorio en Talcahuano. No habiendo telégrafo ¿podía el primero saber en el mismo día el desembarco del segundo?
Osorio llegó a Chillán el 18 de ese mes; mandó de esta plaza a un parlamentario sólo el día 21. En esos momentos O’Higgins estaba próximo a Rengo. ¿Podía sin telégrafo saber estos movimientos?
Por respeto a la lógica, reanudemos los acontecimientos.
El 26 de agosto, O’Higgins escogió entre su ejército un batallón, dos cañones y el escuadrón de dragones, y con ellos cruzó el río Maipo, dejando atrás el resto de sus fuerzas.
Al ver José Miguel Carrera que no había transacción posible, se propuso resistir con la fuerza. Con asombrosa actividad preparó las tropas que había en la capital, trajo en su auxilio las milicias de Aconcagua mandadas por Portus, movilizó la artillería y los granaderos que había, organizó en horas un regimiento de voluntarios y acompañado de su hermano Luis se dirigió al llano de Maipo con la resolución de librar la batalla campal.
El lugar escogido por Carrera era uno denominado Las Tres Acequias. En la parte que extendió su línea, había desmontes del canal de Ochagavía que estaba en construcción, desmontes que sirvieron al ejército de trincheras naturales y de reductos al abrigo del enemigo para colocar la artillería y los rifleros.
“La infantería, dice José Miguel Carrera en su Diario, apoyaba su derecha en la acequia que llaman de Ochagavía y componía el ala derecha de toda la línea. La artillería ocupaba el centro y toda la caballería la izquierda. La partida de la tercera división se colocó a la derecha y a vanguardia de la infantería. Doscientos hombres de caballería de Aconcagua reforzaron la izquierda”.
El combate dio comienzo por una festinación del bravo capitán Ramón Freire, uno de los que mandaba la caballería de O’Higgins. Es el caso que dicho oficial fue encargado de reconocer el campo y posiciones enemigas con un piquete de alentados dragones. Luis Carrera, jefe de la vanguardia, había enviado por su parte guerrillas de milicianos para sondear las intenciones y movimientos del ejército del Sur. Ver Freire estas partidas y cargarlas y arrollarlas y perseguirlas, fue todo uno. Entusiasmado con su triunfo e impelido por su brioso carácter, siguió sableando hasta llegar al punto en que Luis Carrera tenía apostada su infantería.
Como era de esperarlo, los rifleros rompieron sobre los dragones de Freire un mortífero fuego. Las punterías eran muy certeras a causa de que las hacían de mampuesto. El osado Freire, vaciló al principio y después se vio obligado a replegarse con pérdidas.
O’Higgins, impuesto de lucha tan desigual, avanzó a paso de carga con sus tropas. El combate duró como una hora. Fue en esos momentos cuando Diego José Benavente, a la cabeza de 250 fusileros montados, oblicuó hacia la derecha de la línea describiendo ancho círculo, y cargo bizarramente sobre el flanco izquierdo de O’Higgins, con el ánimo preconcebido de envolverlo y de desorganizar su retaguardia.
O’Higgins, visto el peligro que de sorpresa lo amagaba, ordenó en el acto a una parte de sus tropas que girase por la derecha y a otra que diese frente a retaguardia para contrarrestar así los repentinos ataques de Benavente. Estas órdenes no fueron cumplidas por sus soldados, y en vez de seguir batiéndose se dispersaron en confusión, entregando el campo a José Miguel Carrera que no se atrevió a perseguir a los fugitivos. Inútiles fueron el valor y los esfuerzos de O’Higgins (2).
Carrera replegó sus tropas a las casas de Ochagavía con el ánimo de pasar allí la noche.
O’Higgins cruzó de nuevo el Maipo y apresuró la concentración de su ejército, haciendo para ello venir a marchas forzadas la Artillería que estaba en Rengo, a los Granaderos que vivaqueaban en el Mostazal y a los Húsares que descansaban muellemente en Rancagua. El objeto de esta repentina reunión de los cuerpos de su división, era presentar otra vez batalla, pero ya no con un puñado de hombres como lo hizo en Maipo, sino con todos sus soldados.
Los partidarios de Carrera inculpan con acerba acritud la conducta de O’Higgins al resistir en Maipo.
Los parciales de O’Higgins a su vez hacen gravitar sobre la conciencia y el nombre de Carrera la responsabilidad de tan funesta guerra civil, causa verdadera de la ruina de la patria y de la reconquista española.
¿Que hay de verdad en esto?
Analicemos a vuelo de pájaro algunos hechos.
El nombramiento de Lastra como Director Supremo ¿era legal?
Sí, por cuanto fue elegido por el sistema practicado y reconocido como ajustado a derecho en aquellos tiempos en que las elecciones no se hacían como hoy por voto popular.
El nombramiento de O’Higgins como general del ejército ¿era Legal?
Si, por cuanto lo hizo la Junta de Gobierno que regía los destinos del país.
La destitución de Lastra por un motín ¿era legal?
No, porque fue hecha por la fuerza y sin seguir la costumbre y el procedimiento que se aplicaba en esos casos.
¿Hay algo patriótico que justifique la revolución de José Miguel Carrera?
No, como lo hemos demostrado antes, al decir que aceptó los tratados de Lircay y dejó todo como estaba antes, salvo la clase de gobierno.
La resistencia armada de Carrera para defender la situación creada con el golpe de Estado que dio en julio ¿es justa y legal?
No, sea que se mire el derecho o sea que se mire los grandes intereses de la patria en aquellos días en que la mitad del territorio estaba todavía en poder del enemigo.
La resistencia de O’Higgins ¿es legal?
A los ojos de la ley es justa y obligatoria; porque como general del ejército de un gobierno estaba imperiosamente obligado a sostenerlo, como lo están los jefes de todo cuerpo o batallón cuando ven que la revolución atenta contra las instituciones y el orden establecidos. En cambio a los ojos del patriotismo y de las conveniencias nacionales, habría sido preferible abstenerse y unir las banderas, como más tarde se hizo cuando Chile se mecía ya sobre la boca de un abismo sin fondo.
Por eso la historia no puede aceptar sin beneficio de inventario los cargos que se hacen a O’Higgins. Hombre de orden, de paz y de gobierno, creyó prestar un servicio al país atacando a quien no creía apto para el desempeño de un puesto tomado por las bayonetas. Ambos caudillos son responsables de las consecuencias que trajo consigo la guerra civil; pero en la repartición de esa responsabilidad creemos estar en la justicia y en la más estricta equidad al darle un ochenta por ciento a Carrera y solo un veinte por ciento a O’Higgins.

Notas.
1. Este discurso y demás detalles los he trascrito de las Memorias atribuidas al mismo O’Higgins y que en copia tengo en mi poder.
2. Carrera describe en su Diario el combate de Maipo de este modo: “Doscientos hombres en columna marchaban por nuestra derecha a distancia de media milla como amagando a envolver al enemigo a retaguardia por su izquierda. Los ochocientos hombres de caballería de Aconcagua, a las órdenes de su coronel don José M. Portus formaron una segunda línea a retaguardia de las divisiones.
“El enemigo cargó con su caballería sobre nuestros flancos y atacó el centro con su infantería sostenida por cuatro piezas de artillería. El ataque fue intrépido; pero el valor de nuestros soldados que sostenían la nueva causa y que aborrecían el yugo de nuestros destructores, hubieron de ceder los bárbaros, huyendo con más precipitación que los corredores de Cancha Rayada. La caballería de Portus cargó a la lanza, dividiendo su línea de batalla por derecha e izquierda de las primeras divisiones y con toda bizarría perseguía al enemigo. (Esto es un error). La acción duró tres horas, si contamos el fuego de artillería durante la retirada de las dos primeras divisiones hasta Las Tres Acequias, en cuyo campo, que presenta unas hermosas llanuras, se destrozaron las fuerzas únicas de Chile, porque así lo quiso O’Higgins y sus secuaces”.


CAPÍTULO VII
Llega al campo de O’Higgins un parlamentario de Osorio.- Intimidación del jefe español.- Contestación de Carrera.- O’Higgins propone un arreglo amistoso a Carrera.- Primeras negociaciones entre ambos patriotas.- Entrevista a O’Higgins y Carrera.- Se establece la paz.- Proclama que juntos dirigen al ejército.- O’Higgins se dirige a Maipo a organizar su división.- Análisis del arreglo entre los dos jefes.

El general del ejército del Sur, estaba vivamente preocupado en la concentración de sus tropas, diseminadas en ancha zona de territorio, cuando vinieron a darle cuenta de la llegada de un oficial realista.
Al principio no le dio importancia al hecho; pero, luego que se puso al habla con él, supo que se llamaba Antonio Pasquel y que era un parlamentario enviado, en compañía de un corneta, por Osorio que hacía pocos días había desembarcado en Talcahuano con numeroso ejército. Venía en comisión para entregar una nota que en el fondo era un ultimátum. O’Higgins conversó largo rato con Pasquel a quien había conocido antes en el sur, y, después de recoger abundantes noticias de la nueva expedición, le dijo que nada podía hacer y que marchase a Santiago a donde encontraría a quien entregar los pliegos de que era portador, para lo cual le ofrecía toda clase de facilidades.
Al amanecer del 27 de agosto estaba Diego José Benavente ocupado con la tropa de su mando en la honrosa misión de enterrar a los muertos habidos en la acción de Maipo, “cuando por el lado de Cerro Negro se oyó el sonido de una corneta, cuyo instrumento no se había adoptado entre nosotros. Reconocida esta ocurrencia se encontró al oficial Antonio Pasquel”.
Presentado éste a José Miguel Carrera, puso en sus manos una nota de Osorio, que, como muestra de las costumbres de la época, la trascribimos a continuación:
“Habiendo desaprobado en todas sus partes el Excmo. señor virrey de Lima el convenio celebrado en 3 de mayo último entre don Bernardo O’Higgins, don Juan Mackenna y el brigadier don Gabino Gaínza, por no tener éste tales facultades, ser contrario a las instrucciones que se le dio, a la nación y la honor de sus armas y habiendo en consecuencia tomado yo el mando de ellas en este reino, debo manifestar US. que si en el término de diez días contados desde esta fecha no me contestan estar prontos a deponerlas inmediatamente, a renovar el juramento hecho a nuestro soberano el señor don Fernando VII, a jurar obedecer durante su cautividad la nueva constitución española y el gobierno de las cortes nacionales y admitir el que legítimamente se instale para el reino, daré principio a las hostilidades, y si, por el contrario, dan desde luego las órdenes y toman todas las providencias necesarias para que tengan efecto mis justísimas proposiciones, les ofrezco nuevamente un perdón general y olvido eterno de todo lo sucedido, por más o menos parte que cada uno de los que hayan estado mandando haya tenido en la revolución.
Supongo a Uds. poseídos de los sentimientos que caracterizan al hombre de bien, y amante de la felicidad de su patria, en cuyo concepto espero que mirando por ella abrazarán los partidos que la misma razón y religión dictan, evitando la efusión de sangre y desastre de los pueblos de este desgraciado país, haciendo a Uds. responsables ante Dios y el mundo, de las funestas resultas que son consiguientes al errado y equivocado sistema que contra toda probabilidad, sin la menor esperanza de buen éxito quieren seguir y sostener.
Autorizado como estoy para el perdón y olvido de lo pasado, puede tener efecto una reconciliación verdaderamente fraternal, a que me hallo pronto; si ciegos a la voz de la naturaleza, no diesen oídos a mis ofrecimientos me veré precisado a usar de la fuerza y poner en práctica los grandes recursos que para obrar ofensivamente tengo a mi disposición, en cuyo caso, ni Uds. ni los particulares, ni todo el reino tendrá que quejarse de los funestos resultados que les sobrevengan, por no haber reflexionado con tiempo en su bienestar.
Yo, los oficiales y tropa que hemos llegado a este reino, venimos o con la oliva en la mano, proponiendo la paz, o con la espada y el fuego, a no dejar piedra sobre piedra en los pueblos que sordos a mi voz quieran seguir su propia ciega voluntad.
Abran todos, pues, los ojos, vean la razón, la justicia y la equidad de mis sentimientos, y vean al mismo tiempo, si les conviene, y prefieren a su bienestar el exterminio y desolación que les espera si no abrazan inmediatamente el primero de los partidos.
Con el capitán don Antonio Pasquel, portador de ésta, espero la citada contestación.
Dios guarde a Uds. muchos años.- Cuartel general de Chillán, a 20 de agosto de 1814.
Mariano Osorio.
A los que mandan en Chile”.
Impuesto Carrera del contenido de este reto audaz y perentorio, a la vez de las palabras poco parlamentarias con que explicó el alcance de ellas Pasquel, envió en el acto a éste a la cárcel y contestó a Osorio en términos que hablan muy alto de su carácter altivo, de su fe inquebrantable en la justicia de la causa de Chile y de su profundo orgullo como hombre y como ciudadano. Copiamos a continuación la respuesta, para que el lector se imponga por completo de los detalles y de los acontecimientos que se acercan con demasiada rapidez:
“Los enemigos del pueblo americano cada día presentan nuevas pruebas en su conducta siempre contradictoria, de que un interés particular y el encono del espíritu privado, son la única regla de sus procedimientos. Chile había sacrificado a los deseos de la paz cuantos hasta la época de las capitulaciones fueron manifestados por el virrey de Lima, que en todas sus partes las han desaprobado, según el oficio de Ud. de 20 del corriente. Un nuevo reconocimiento de Fernando VII, y el de la regencia, y la remisión de diputados que sancionasen la Constitución, alejaba hasta las apariencias del título de insurgentes que se ha querido hacer valer para saciar en la sangre de los hijos del país el odio implacable de los que sin duda nos han considerado como un grupo de hombres sin derechos, indignos de ser oídos, y despojados de todas las prerrogativas de un pueblo.
Cuando Ud. trata nuestro sistema de erróneo y absurdo desearíamos saber ¿cuál es el que UD. sigue? No puede ser el de la obediencia a Fernando VII, a la regencia ni a la constitución española supuesto que se anulan los pactos compresivos de este reconocimiento. Ud. tampoco se presta al de los gobiernos populares que durante la cautividad del rey (que rompió el vínculo que recíprocamente unía a los vasallos a un centro común) era el único adoptable a las circunstancias, y se aceptó en España con la instalación de las juntas provinciales. Así es necesario confesar que el solo sistema de Ud. es el de la desolación y la muerte con que nos amaga, negando hasta el tratamiento que inspira la cortesía, y enviando un conductor tan insultante que el gobierno ha empeñado toda su moderación para no escarmentar su insolencia, como al del coronel Hurtado que ha fugado quebrantando las obligaciones que le imponía su condición de rehenes. En lugar de aquél hemos dejado a éste, y el conductor es el trompeta.
Por otra parte, la comunicación de Ud. no está acompañada de más credencial que su palabra desacreditada otra vez en la falsa intimación al Huasco.
“La Gaceta original del Janeiro que le adjuntamos, le avergonzará en la complicada conducta que preside las operaciones de los antiguos mandatarios de América. Fernando VII anula la constitución de las cortes y decretos de la regencia: deja constituidas las autoridades hasta la resolución de un nuevo congreso, y declara reos de lesa majestad a los que defrauden los efectos de esta resolución. Tales son nuestros invasores: y la nueva agresión de Ud. le hará criminal delante de Dios, del rey y del mundo entero; si en el momento no desiste (desamparando nuestro territorio) de un proyecto vano, y que será confundido a impulsos del gran poder a que se ha elevado la fuerza de Chile, puestos en movimientos los copiosos recursos de que un gobierno débil no supo aprovecharse oportunamente. Su oficio de Ud. ha sido una proclama excitadora del valor y energía de nuestras tropas, y de los dignos pueblos que están resueltos a repulsar la invasión con el último sacrificio.
Haga Ud. el que es debido a la religión, a la justicia y a la humanidad, evitando la efusión de sangre, y las desgracias consiguientes a su escandalosa e injusta provocación, de que le hacemos responsable: y tenga Ud. por efecto de nuestra generosidad esta contestación; cuando no siendo Ud. de mejor condición que el general Gaínza, se atreve sin credenciales a dirigirnos otras proposiciones, al paso que aquél no se ha creído facultado para que las que celebró bajo la garantía del comodoro Hillyar que documentalmente acreditó la autoridad para mediar, y la que había conferido al general Gaínza ese mismo virrey que hoy anula sus tratados. Esto más parece una farsa que una relación entre hombres de bien y de honor.- Dios guarde a Ud. muchos años.- Santiago, 29 de agosto de 1814.
José Miguel de Carrera.- Julián Urivi.- Manuel de Muñoz y Urzúa.
A don Mariano Osorio”.
O’Higgins que, tanto en sus actos públicos como en los privados, tenía siempre por divisa la patria, que sobre el mar agitado de sus pasiones hacía flotar siempre el propósito de servirla con desinterés, y, que al través de las sombras de sus debilidades y flaquezas colocaba siempre como estrella fija el amor a Chile; apenas tuvo conocimiento del desembarco de Osorio, sepultó en lo más hondo de su alma los deseos de presentar nuevo combate, echó a tierra sus justos resentimientos y escribió en la misma noche a Carrera una carta en la que le decía que estaba resuelto a entrar en cualquier arreglo y tomar el puesto que se le designase a costa de salvar el país. Esta nota fue llevada a su destino por el coronel Estanislao Portales.
El 31 de agosto contestó Carrera por el mismo conducto en términos vacilantes y vagos.
O’Higgins le hizo entonces nuevas proposiciones, dominando en todas ellas el vehemente anhelo de tranzar las rencillas habidas, de abrir ancha tumba a las discusiones del pasado con sus cóleras, sus enconos, sus pequeñeces y sus miserias.
Casimiro Albano, que medió en las negociaciones habidas entre ambos caudillos, sostiene en la Memoria que le encomendó la Sociedad de Agricultura, que O’Higgins le dio a Carrera el siguiente recado:
“Dígale UD. a Carrera, en fin, que en nada miro mis empleos cuando se trata de salvar el país de la suerte que le amenaza. Un lugar en sus filas, aunque sea de soldado, es cuanto ambiciona O’Higgins”.
Estas palabras son un destello del noble corazón de tan ilustre y benemérito patriota y soldado.
No hay que olvidar que quien suplicaba de este modo, tenía bajo sus órdenes tropas suficientes para imponer por la fuerza su voluntad. En Maipo se habían batido sólo sus vanguardias.
Para acentuar más sus intenciones escribió a Carrera la siguiente carta que pone de manifiesto su hidalguía:
“Cuando dicté el oficio que condujo el coronel don Estanislao Portales, creí preparado el corazón de US. a cualquier sacrificio que se diese en ventaja del reino: en aquellos momentos palpitaban aún los cadáveres de las inocentes víctimas sacrificadas en aquella aciaga tarde, y creí un deber mío aprovechar la ocasión que me pareció favorable: entre tales anuncios me prometía que US. propusiese algún expediente capaz de conciliar la divergencia ya total de los ánimos. Por el oficio que contestó nada de esto descubro; pero como en él se refiere US. a lo que debe decirme verbalmente el enviado, lo he examinado escrupulosamente sobre este objeto sin alcanzar el logro que me lisonjeaba. En tal combinación congregué la oficialidad del ejército desde las más pequeñas graduaciones, por cuyos votos han sido siempre nivelados mis pasos, y después de oídos sus dictámenes, y de varios debates que tuvieron algunos interesados en vengar la sangre derramada, se adoptó por la totalidad el medio humano y conciliatorio de aproximar las fuerzas del ejército a la capital en igual distancia a la que debe estar el ejército del mando de US.: que en tal disposición de las fuerzas, que no puedan violentar la elección, se elija por el pueblo un gobierno provisorio, presidiendo dicha elección con facultades de calificar los votos el cabildo depuesto, siendo precisa condición que a esta asamblea libre no concurra individuo alguno de los dos ejércitos, y que se restituyan inmediatamente para que sancionen este acto en unión de los demás los ciudadanos que estuvieren expatriados por sus particulares opiniones: que establecido el gobierno en los términos propuestos, estoy pronto a entregarle al mando sean quienes fueren electos. Yo no temo que US. se resista a tan justas proposiciones que combinan la liberalidad de nuestro sistema y el bien del reino con el ahorro de mucha sangre inocente que debería derramarse de otro modo. Espero satisfactoria la contestación de éste con el teniente coronel graduado don Venancio Escanilla, que a este efecto pasa a esa ciudad.- Dios guarde a US. muchos años.- Hacienda del Hospital, 31 de agosto de 1814.
Bernardo O’Higgins.
Señor brigadier don José Miguel de Carrera”.
El jefe revolucionario contestó rechazando las proposiciones de su adversario y exigiendo del patriotismo de él una entrevista para arreglar definitivamente los puntos en desacuerdo.
Aceptada la idea de Carrera, los dos insignes patriotas se reunieron el 2 de setiembre a medio día en un lugarejo de los callejones de Tango. Allí se reconciliaron y se acordó en definitiva que José Miguel Carrera quedaría de general en Jefe, conservando O’Higgins el mando de su división que se designó como la primera que debía entrar al fuego en defensa de la patria (1).
El 3 de setiembre se presentaron a la capital, se pasearon del brazo por las avenidas principales, se alojaron en una misma casa y firmaron juntos una entusiasta proclama al pueblo y al ejército que terminaba con estas palabras:
“Conciudadanos, compañeros de armas, abrazaos venid con nosotros a vengar la patria, a afianzar su seguridad, su libertad, su prosperidad con el sublime triunfo de la unión”. (2)
Pasadas las manifestaciones de alegría y regocijo, el 5 de setiembre O’Higgins cruza las calles de la capital y al galope de su caballo se dirige a Maipo a unirse con su división para organizarla y ser el primero en salir al encuentro de los famosos Talaveras y probarles que para ser héroe no se necesita ni táctica ni disciplina, basta con tener en el pecho un corazón que reboza amor a la patria, y en el alma una voluntad que no se arredra ni ante la muerte ni ante los peligros.
Sin duda que en los arreglos que mediaron después de Maipo, la palma del patriotismo, de la elevación de miras y del desinterés se la lleva O’Higgins. Este jefe contaba “en el momento de la reconciliación sinó más tropas, más aguerridas que las de Carrera” (Vicuña Mackenna).
En verdad en el combate anterior sólo puso en línea el batallón de Infantes de la Patria, el escuadrón de Dragones de Freire, dos cañones y algunas guerrillas de caballería. En cambio dejó atrás a los granaderos, a los Húsares, el parque con el resto de la artillería y otra sección de dragones. En una palabra O’Higgins contaba con elementos para batir con éxito a Carrera y vencerlo. José Miguel Carrera no disponía más que tropa indisciplinada y recién formada. Estos hechos se confirmarán mejor cuando más adelante estudiemos la composición del ejército que se iba a batir en Rancagua.
Conocido esto, O’Higgins, fue todo corazón y todo nobleza al ceder a cuanto se le exigió, es decir, a que se le entregara sólo el mando de una división, sin darle participación alguna, ni a él ni a sus amigos, en el gobierno. Olvidó sus ambiciones, para no pensar más que en la patria.
Carrera, por el contrario, en lugar de estrechar entre sus brazos a O’Higgins para formar entre los dos un gobierno y en lugar de aceptar cualquier otro temperamento que hubiese siquiera en apariencias disfrazado sus ardientes deseos de mando, se mantuvo inflexible, exponiendo así al país a seguir en una guerra civil de incalculables consecuencias.
La lógica de los sucesos y la justicia hacen aparecer como un gigante en aquellas circunstancias a O’Higgins, y a Carrera sólo como un soldado que se dejó llevar demasiado lejos por su ambición personal.

Notas.
1. Carrera describe en su Diario la conferencia con su competidor, en los siguientes términos: “A las once del día nos juntamos en los callejones de Tango, que era el paraje destinado. Aunque tratamos hasta oraciones, ni yo sé lo que nos quitó tanto tiempo. O’Higgins puso todo su esmero en que pusiéramos a Pineda de vocal de la Junta por Concepción, separando para esto a Uribe; pero viendo que me oponía con razones sólidas y que no cedería, me dijo por último, que su oficialidad estaba contenta con que se destruyese la Junta y fuese yo director. Le expuse otras muchas razones y nos separamos comprometiéndose él a escribir a Uribe para que cooperase a este paso. Cuando llegué a mi cuartel encontré muy alarmada la gente porque recelaban de mi tardanza y mucho más porque me vieron salir sólo con una ordenanza y un ayudante. Entregué a Uribe la carta de O’Higgins que contestó en los términos que acordamos, negándose claramente a entrar en otra composición que no fuese reconocer la Junta y recibir de ella su palabra de echar un velo por todo lo pasado”.
2.  He aquí esta famosa pieza histórica:
“¿No habría sido una gloria para los enemigos de la causa americana ver empeñada la discusión civil en que se prometían ser los terceros de la discordia y los árbitros de nuestra suerte? ¡Infames! Ese bárbaro cálculo de nueva agresión y la franca comunicación de nuestros sentimientos han abierto las puertas del templo de la unión, sobre cuyas aras hemos jurado solemnemente sacrificarnos por el solo sistema de la patria, y consagrarle el laurel de la victoria, a cuya sombra augusta se escribirá el decreto que ha de fijar su feliz destino. Hemos sellado ya el pacto de una eterna conciliación. El ejército de la capital está identificado con el restaurador del sur: en un mismo deseo, un mismo empeño, un mismo propósito anima el corazón de nuestros generales y de toda la oficialidad. La seguridad personal de ésta, de sus puestos y mérito, es garantida sobre nuestro honor. Nada exigimos de la probidad que les caracteriza, sino aquella deferencia más obligatoria que generosa al voto de la justicia y de la unidad. Ella es la que preside las deliberaciones del Gobierno: su instalación queda sancionada, y el espíritu sólo se reanima para resistir con dignidad a unos invasores que en la desaprobación de los tratados de paz nos han justificado a la faz del mundo. Ellos no pueden señalar el motivo de la guerra. La hacen sólo para saciar su odio implacable con la sangre americana. Mancharán sus manos sacrílegas en la inocencia de las víctimas; pero ese mismo furor es el que reclama imperiosamente la venganza de nuestras armas, y la cooperación de todo el que no quiera cambiar el noble título de ciudadano por la humillante y feroz cobardía de aquellos espíritus turbulentos que se han entregado a la única pasión del bajo rencor. Si hay entre nosotros almas tan ruines y execrables, avergoncémonos de que hayan nacido sobre el mismo suelo que profanan nuestros agresores: cuéntense con estos en la lista proscripta de los enemigos de la patria: jamás tengan lugar en el libro cívico de los verdaderos hijos de Chile; y abandonados a una excomunión civil, perezcan envueltos en la infamia y el remordimiento. La muerte será el término preciso del que recuerde las anteriores disensiones condenadas a un silencio imperturbable. En la memoria de los hombres generosos no queda un vacío para especies capaces de entibiar la cordial fraternidad que nos vincula. Con ella volamos a extinguir el fuego de ese resto de tiranos que ha protestado no dejar piedra sobre piedra en el precioso Chile. Compatriotas, se acerca el dieciocho de Setiembre; el aniversario de nuestra generación repite aquellos dulces días de uniformidad que sepultaron la noche del despotismo. Acordaos que nuestro valor supo renovarlos en la invasión de Pareja, enérgicamente repulsada por la conformidad de los defensores del pueblo chileno. Conciudadanos: compañeros de armas, abrazaos y venid con nosotros a vengar la patria, y afianzar su seguridad, su libertad, su prosperidad en el sublime triunfo de la unión. Este será el título de la victoria, y con él ha de celebrarla la aclamación universal.- Santiago, 4 de setiembre de 1814.
José Miguel Carrera.- Bernardo O’Higgins”.


CAPÍTULO VIII
Abascal desaprueba los tratados de Lircay y envía a Osorio.- Antecedentes del Coronel Mariano Osorio.- Desembarco en Talcahuano.- Organiza el ejército en cuatro divisiones.- Luis Urrejola.- Ildefonso Elorreaga.- José Ballesteros.- Manuel Montoya.- Rafael Maroto.- Manuel Barañao.

¿Por qué venía Osorio del Perú en son de guerra, siendo que estaban vigentes los tratados de Lircay?
Una vez que el virrey Abascal tuvo conocimiento de los tratados de Lircay y una vez que se impuso del contenido de ellos, los desaprobó con enfado y se propuso organizar una división para someter a sangre y fuego el reino de Chile. En el acto se puso a la obra, escogió 550 hombres del magnífico Regimiento de Talaveras que hacía poco había llegado de España al mando del coronel Rafael Maroto, 50 artilleros y un buen número de oficiales. Acopió abundante dinero para el pago de las tropas y gran cantidad de pertrechos de guerra, como ser municiones, fusiles, cañones y sables.
Preparada la división y las provisiones, las embarcó en el navío Asia y dio el mando en jefe al coronel de artillería Mariano Osorio que recibió instrucciones terminantes para romper los tratados de Lircay y someter incondicionalmente a Chile.
Osorio que gozaba en Lima de reputación muy superior a sus méritos personales, era sevillano. Había nacido en la hermosa Sevilla el año 1770. En Segovia recibió alguna educación y después de dedicó a la carrera de las armas. Se batió y ascendió con rapidez en la guerra de la independencia de España habiéndose encontrado en el sitio de Zaragoza. Más tarde, en 1812 se dirigió al Perú, en donde se ganó la amistad, el cariño y hasta la veneración de Abascal.
En Lima era considerado como valiente y sobre todo como instruido. Su valor lo demostraba con la cicatriz de una herida grave que recibió en la pierna derecha en uno de los combates que hubo en el sitio de Zaragoza. Su competencia la probaba con las lecciones de matemáticas que recibió con provecho en Segovia.
Osorio era de buen carácter. Su corazón predispuesto a la bondad y a la compasión. En benignidad y sentimientos, era muy superior a la mayor parte de los jefes que en América sostenían la causa real. Se había conquistado en la camarilla del virrey y entre la buena sociedad limeña cierta encumbrada nombradía por las batallas en que se había encontrado, por la habilidad que poseía para insinuarse por medio de agasajos y ocurrencias festivas, y por la fama que sin motivo a veces rodea al hombre que llega de tierras lejanas con decoraciones y títulos.
Estamos lejos, muy lejos de creer que tuviera talento militar suficiente para cumplir la ardua misión que se le confiara. No pasaba de ser un oficial mediocre, de cierta instrucción teórica y de alguna práctica administrativa en el ejército. Carecía de la audacia, de la viveza intelectual, de la rápida concepción, del ojo experto y sereno, de la pericia estratégica y de la avilantez de carácter, que constituyen el fondo del caudillo y del jefe. De mejor corazón que el que aparece en la historia a pesar de las crueldades que por debilidad permitió en la era luctuosa de la reconquista española, ingenioso a veces en la conversación familiar, picante en sus expresiones, de naturaleza flexible y fácil de dejarse arrastrar por las impresiones del momento, hombre de corazonadas y por lo mismo temible: Osorio dejó tras sí huellas que le son poco favorables como soldado y como gobernante.
Reconocido en el puesto de jefe de la división, leídas las instrucciones perentorias que le dio Abascal y que han visto la luz pública en El Pensador del Perú, se encaminó al Callao y se embarcó con destino a Chile. El 13 de agosto ancló en la bahía de Talcahuano el 18 del mismo llegó a Chillán a incorporarse al ejército de Gaínza. En esta ciudad fue recibido como libertador entre vítores, aplausos, abrazos y flores. Asistió a un gran Te Deum que prepararon los religiosos del Colegio de Propaganda y se alojó con su tropa en el convento de los mismos.
Pasadas las horas de júbilo y contento, inició sus operaciones con sorprendente actividad. Organizó dos escuadrones de caballería distribuyó su ejército en cuatro divisiones cuya composición, que sacamos en parte de la Revista de la guerra de la independencia de Chile redactada por el coronel de ejército realista José Ballesteros, es como sigue:
VANGUARDIA (1)
Coronel Elorreaga con milicianos: 200.
Teniente coronel de milicias Quintanilla con su escuadrón Carabineros de Abascal: 150.
Coronel Carvallo, con su batallón de Valdivia: 502.
Coronel Lantaño, batallón de Chillán: 600.
Total: 1.452.
La caballería constaba, pues, de 350, a las órdenes de Elorreaga.
La infantería de 1.102, al mando en jefe de Carvallo.
Además tenía la vanguardia 4 cañones de campaña.
PRIMERA DIVISIÓN
Jefe, coronel de ejército, José Ballesteros, con batallón voluntarios de Castro: 800.
Batallón Concepción, mandado por José Vildósola:  600.
Total: 1.400.
Con cuatro cañones de campaña.
SEGUNDA DIVISIÓN
Jefe, coronel de ejército, Manuel Montoya, con el batallón de Chiloé: 500.
Batallón auxiliar de Chiloé: 550.
Total: 1.050.
Con 4 cañones de campaña.
TERCERA DIVISIÓN
Jefe, coronel de ejército, Rafael Maroto con el batallón Talaveras: 550.
Dos compañías del Real de Lima al mando del comandante Velasco: 200.
Escuadrón de Húsares a las órdenes del comandante Manuel Barañao: 150.
Total: 900.
Con 6 cañones de campaña.
Ballesteros en su libro padece un error al sostener que los Talaveras constaban de 600 plazas, siendo que en el Callao se embarcaron sólo 550.
Además había en las cuatro divisiones 120 artilleros al servicio de las piezas.
Reasumiendo tenemos:
Infantería: 4.302 plazas.
Caballería: 500  plazas.
Artillería con 18 cañones y 120  plazas.
Total: 4.922 plazas.
Tanto el señor Barros Arana como Ballesteros han padecido una equivocación de suma al sostener que la infantería realista constaba de 4.352 soldados y no de 1.302 como decimos más arriba.
Para convencerse de esto, basta exponer los sumandos y ejecutar la operación, cosa que hacemos a continuación:
Batallón Valdivia: 502.
Batallón Chillán: 600.
Voluntarios de Castro: 800.
Voluntarios de Concepción: 600.
Batallón de Chiloé: 500.
Auxiliar de Chiloé: 550.
Talaveras: 550.
Real de Lima: 200.
Total: 4.302
La caballería se descomponía así:
Milicianos de Elorreaga: 200.
Escuadrón Abascal de Quintanilla: 150.
Escuadrón de Húsares de Barañao: 150.
Total: 500.
El mando superior estaba distribuido en esta forma:
Jefe principal, Mariano Osorio.
Jefe de estado mayor, Luis Urrejola.
Comandante de la vanguardia, Buenaventura Carvallo (2).
Comandante de la 1 división, José Ballesteros.
Comandante de la 2 división, Manuel Montoya
Comandante de la 3 división, Rafael Maroto.
Las caballerías reconocían como jefe a Ildefonso Elorreaga.
Casi todos los jefes divisionarios y varios oficiales subalternos del ejército invasor, eran notables por sus glorias militares adquiridas en las dos primeras campañas, por los talentos desplegados en ellas y por sus eminentes cualidades de hombres de combate y de empresa.
Ya conocemos a Osorio. En cuanto a Urrejola era un jefe muy honorable por sus bellas prendas personales, por su hidalguía y principalmente por su generosidad para con el vencido. Era un gran organizador y muy diestro en el manejo de la administración interior de un ejército.
En la vanguardia descuella en primer lugar el intrépido coronel Ildefonso Elorreaga que, después de admirables campañas y de empresas propias de leyenda, murió como un héroe en Chacabuco; le sigue el rudo y áspero guerrillero Clemente Lantaño más audaz que inteligente; y figura después en algo grado por su energía y tenacidad Antonio Quintanilla que fue el último defensor de la causa real en Chile.
En la primera división es digno de mencionarse José Ballesteros a quien debe la historia estudios hechos con imparcialidad acerca de los acontecimientos principales de las campañas que se sucedieron a contar desde 1813 hasta 1826. Es autor de la Revista de la guerra de la independencia de Chile que manuscrita compró el gobierno y que más tarde en 1851 se publicó por la imprenta del Estado. El manuscrito está en la Biblioteca en dos tomos, el primero describe a Chile con sus producciones, clima, recursos, población y geografía; y en el segundo las campañas de la independencia desde 1813 a 1826. Esta segunda parte es la que está publicada.
En la 2 división aparece Manuel Montoya, excelente oficial que acompañó a Pareja en su invasión y que siguió batiéndose con Sánchez, Gaínza y Osorio.
En la 3 división brilla en primer término el altivo coronel de Talaveras, Rafael Maroto, jefe orgulloso, valiente, muy ajustado a la ordenanza y a la disciplina, enérgico hasta la exageración, sereno en el peligro y de un carácter sin doblez, propio de los caballeros antiguos. Al lado de él y a sus órdenes estaba el bravo y leal Manuel Barañao que se cubrió de heridas y de gloria en los asaltos de Rancagua.
La inspiración, el plan inteligente, el nervio y el alma del ejército realista, no estaba en Osorio, sino en los excelentes y experimentados oficiales que hemos delineado al correr de la pluma.

Notas.
1. En el libro de Ballesteros hay un grave error de suma en esta división, debido a los correctores de prueba, porque en el original que está en la Biblioteca en manuscrito, no existe, En el libro se dice que la vanguardia constaba de 2.964, siendo sólo 1.452.
2. Osorio en la parte de la batalla de Rancagua dice que el jefe de esta división era Elorreaga. Es un error.


CAPÍTULO IX
Osorio emprende su marcha al norte.- Plan de los realistas.- Se recibe orden de Abascal para reembarcarse y hacer arreglos de paz.- Osorio reúne una junta de oficiales.- Se acuerda desobedecer al virrey y seguir.

Preparado el ejército, Osorio dio el 28 de agosto la orden de moverse hacia el norte. La marcha se hizo con suma lentitud por campos humedecidos por las lluvias. Sin obstáculo se cruzó el famoso Maule, una de las formidables defensas naturales de Chile, y se siguió por lugares despoblados y sin enemigos. Sólo el 29 de setiembre se acampó en la hacienda de la Requínoa.
Las intenciones del jefe realista eran manifiestas: batir a los patriotas a donde los encontrase.
La moral y disciplina del ejército eran inmejorables. Venía a las órdenes de oficiales que inspiraban a la tropa plena confianza y contaba con cuerpos aguerridos como los Talaveras, las compañías del Real de Lima, el Chiloé, el Concepción y el de Castro. El ardor de los soldados se había aumentado con la falta de resistencia que encontraban a su paso y con la certidumbre que tenían de pelear con tropas bisoñas, divididas por discusiones recientes.
Al llegar a la Requínoa, Osorio recibió orden terminante de Abascal de volverse lo antes posible al Perú, tratando con los patriotas de cualquier manera. Le exigía de un modo perentorio que se reembarcase con los Talaveras y otras fuerzas disponibles, porque el virreinato estaba seriamente amagado por los argentinos que habían obtenido varias victorias en el Alto Perú. La reconquista de Chile no le importaba ya; lo que le preocupaba ahora con urgencia era la seguridad de su propio territorio expuesto a ser víctima de los insurgentes. Se trataba de la vida o muerte del Perú.
Osorio no se atrevió a resolver por sí solo el oscuro problema que venía a arrojar negras sombras a su espíritu pusilánime, a su carácter vacilante y a su conciencia timorata.
¡Cosa curiosa! Osorio no veía el secreto de la victoria en la hoja de su espada o en las bayonetas de sus legiones, sino en las mandas que hacía a los santos, en las fervorosas oraciones que dedicaba con el candor de un anacoreta a la virgen del Rosario en la activa participación que daba en las batallas a la divina providencia. Más esperada de las nubes de incienso, que del rojizo humo que los cañones despiden en el fragor de las batallas.
Abrumado con la responsabilidad de la empresa que tenía entre manos, convocó un Consejo de Oficiales y expuso el contenido de las órdenes recibidas de Abascal, a fin de que le diesen su opinión sobre el partido que era conveniente adoptar. Los jefes que lo rodeaban, como lo hemos dicho, eran osados, valientes y pundorosos. En sus pechos no cabía ni el temor, ni la duda. Luchaban por convicción profunda, por el sumiso respeto que tenían a su rey y porque sentían correr por las venas la sangre ardiente del soldado que busca ansioso el peligro y que halaga como ideal querido, morir afirmado sobre una espada de combate.
La clase de respuesta se presume en tales hombres. Acordaron desobedecer al virrey, apurar la marcha, cruzar lo antes posible el Cachapoal y atacar al enemigo sin perder un segundo de tiempo.
El plan estaba trazado, los cornetas dieron el toque de atención y marcha, y hora de la prueba sonaba en el reloj de los acontecimientos.


CAPÍTULO X
Los patriotas preparan la defensa.- Trabajos en la capital.- Medidas de la junta de Gobierno.- Se pone a precio la cabeza de Osorio.- Se da libertad a los esclavos que se incorporen al ejército.- Estado moral del ejército patriota.- Opiniones diversas sobre esta materia.- Se distribuyen las tropas en tres divisiones.- Opiniones encontradas sobre el número de soldados de cada división.- O’Higgins ocupa la plaza de Rancagua.- Juan José Carrera con la segunda división acampa en la chacra de Valenzuela.- Luis Carrera con la tercera se estaciona en los Graneros de la Compañía.

Mientras en el campo realista se desarrollaban estos sucesos, los patriotas hacían desesperados esfuerzos para organizar la resistencia.
Santiago se transformó en bullicioso y activo taller en el que se trabajaba día y noche; en los hogares más conspicuos las señoras cosían ropa para el ejército; en los cuarteles se disciplinaba e instruía sin descanso a los reclutas; de las ciudades vecinas llegaban auxilios y contingentes que eran tomados bajo la responsabilidad de jefes que los adiestraban en el ejercicio de las armas y en maniobras militares; en la maestranza se preparaban pertrechos de todo género, se componían fusiles viejos, se adaptaban al servicio otros, se fabricaban bayonetas, sables, municiones y demás pertrechos de guerra; en los salones de las familias principales se animaba a los oficiales y se les profetizaba días de gloria y de heroísmo; en el campamento de Maipo, escogido por O’Higgins para su división, las tropas hacían ejercicios y evoluciones mañana y tarde y se alistaban para el combate con entusiasmo indescriptible. Era un movimiento vivaz continuo.
La Junta de Gobierno ponía en juego toda clase de medios para estimular el patriotismo, para proporcionarse recursos para aumentar en número de plazas del ejército. Para llenar en parte el vacío de las arcas públicas, se mandó imponer una contribución de 400.000 pesos a los españoles y chilenos enemigos de a causa o sospechosos de tales, se usó la plata labrada que había en las iglesias conventos, se ordenó el pago inmediato de sus deudas a los que debían al Estado. Esto no es todo: se dieron bandos y decretos tremendos contra los que de algún modo atentaban contra la patria o favorecían al invasor.
Así, por bando de 20 de septiembre, se declaró al jefe invasor y a los que lo acompañaban traidores a la patria y al rey, y se ofreció seis mil pesos por la cabeza de Osorio  y mil pesos por la de cada uno de sus oficiales principales. Al mismo tiempo se les negó el fuego y el agua en razón de que emprendían una agresión sacrílega.
Igual firmeza desplegaron los miembros de la Junta contra los que se pasaban a los realistas. Al capitán Vega que ejecutó esta acción, lo pusieron fuera de ley y en el decreto que tal cosa estipulaba se leen las siguientes implacables órdenes:
“Todo ciudadano esta autorizado para matarlo como enemigo público. La patria le niega el agua y el fuego. El que le preste auxilio padecerá el mismo suplicio”.
Por otro bando se mandó que el que tuviese arma de chispa, debía entregarla en el acto a la autoridad designada al efecto, so pena de mil pesos de multa a los que tenían como pagar o de cien azotes a los que no podían hacerlo.
Para aumentar las tropas se ofreció completa libertad al esclavo que se afiliase en el batallón de ingenuos que se mandó organizar, se pidieron voluntarios a las poblaciones cercanas, se enviaron emisarios a las ciudades para hacer traer a los milicianos en estado de marchar al combate, y se escribió a San Martín, gobernador de Mendoza, pidiéndole de nuevo que enviase en socorro de Chile y con la mayor presteza posible al batallón Auxiliares de Buenos Aires que a las órdenes de Las Heras había venido antes, y que se tuvo que volver por los tratados de Lircay.
Sin embargo, a pesar de tan laudables empeños, de tanto gasto de buena voluntad y de energía, de tantas manifestaciones de unión y concordia; el hecho es que ardía en el fondo de los espíritus la llama de los resentimientos, de los recelos, de las desconfianzas mutuas y hasta del odio entre dos partidos rivales cuyas divisiones serían en gran parte la ruina de la patria. No podían ser hoy amigos sinceros los que ayer se habían batido con encarnizamiento; no podían confiar uno en otro, siendo que todavía estaban calientes los cadáveres de Maipo y frescas las heridas de los que, escapando con vida, no salieron ilesos de aquella lucha fraticida.
Las revoluciones no pasan por el corazón del hombre sin dejar huellas como ave ligera al cortar la superficie del agua; por el contrario lo atraviesan desgarrándolo a su paso.
Si de sondear la conciencia de los patriotas nos ponemos a analizar su disciplina, su armamento, sus pertrechos y su organización militar, nos encontraremos con cosas que entristecen y que son un augurio de o que va a realizarse, signos precursores de un desastre seguro, fatal e inevitable.
Siendo nuestro único propósito al escribir este libro, hacer un verdadero proceso de los hombres y de los hechos de aquella época histórica, tomando en cuenta las opiniones de los protagonistas de aquel trance sangriento y de los que después han escrito como polemistas o narradores imparciales, no se extrañe que al discutir cualquier punto oscuro o grave copiemos los juicios emitidos y los comparemos y confrontemos hasta llegar a conclusiones que estimamos justas, desapasionadas y sin ninguna predisposición contra jefes y patriotas que admiramos con todo el poder de nuestra gratitud.
“Chile, dice el señor Barros Arana en su Historia general de la Independencia, estaba esquilmado con la guerra, los soldados desertaban de las filas de su ejército, y su armamento era tan reducido y malo que según la nota de O’Higgins, el 8 de setiembre (1814), la infantería de su mando, que alcanzaba a 897 hombres, tenía sólo 697 fusiles y muchos de éstos inservibles”.
“Había batallones, dice don Miguel Luis Amunátegui en su notable obra La Dictadura de O’Higgins, que se componían de criados, recién sacados del servicio doméstico, que nunca habían hecho fuego ni aún con pólvora. Casi todos ellos sólo tenían de militares las gorras, y no habían aprendido otra disciplina que marchar mal y por mal cabo. El armamento era digno de lo demás; muchos no llevaban ni aun fornituras”.
“Para resistirlo (al ejército realista), dice Benavente en su memoria sobre las Primeras Campañas de la Revolución de la Independencia, sólo contaban los patriotas con los desmoralizadores restos de las tropas que habían combatido en Maipo, con algunos reclutas de 15 días y con un armamento tan malo que quedaba inútil en dos horas de fuego”.
No se olvide que Benavente es juez ocular en la materia, porque era uno de los oficiales predilectos, en compañía de su hermano José María, de José Miguel Carrera y uno de los que tenían mando superior en dicho ejército.
Gay, en su Historia Física y Política de Chile, Carrera en su Diario, O’Higgins en diversos oficios a la Junta y en las Memorias que se le atribuyen, don Benjamín Vicuña Mackenna en varias partes del Ostracismo de O’Higgins en las notas puestas a la memoria de Benavente, y cuantos han escrito sobre el estado del ejército patriota están acordes en las ideas emitidas por los tres historiadores cuyas opiniones hemos insertado más arriba.
Conviene que se tenga muy presente, para dar clara solución a graves problemas estratégicos que dilucidaremos muy luego, un hecho indiscutible y pasado ya en autoridad de cosa juzgada, y esa verdad histórica es, que el ejército patriota estaba desmoralizado, sin disciplina, sin armamento completo y en su mayor parte formado con reclutas de 30 días que no sabían lo que era una batalla.
Por lo demás, las tropas se distribuyeron en tres divisiones que se descomponían de la siguiente manera:
PRIMERA DIVISIÓN (VANGUARDIA).
Artilleros: 84 plazas.
Batallón número 2º: 177 plazas.
Batallón número  3º: 470 plazas.
Dragones: 280 plazas.
Milicias de caballería: 144 plazas.
Total: 1.155 plazas.
Comandante en jefe: Bernardo O’Higgins.
SEGUNDA DIVISIÓN (CENTRO).
Artilleros: 84 plazas.
Granaderos o número 1º: 664 plazas.
Caballería de milicias: 1.253 plazas.
Total: 2.001 plazas.
Comandante en jefe: Juan José Carrera.
TERCERA DIVISIÓN (RETAGUARDIA).
Artilleros: 84 plazas.
Infantes: 195 plazas.
Húsares nacionales: 687 plazas.
Total: 966 plazas.
Comandante en jefe: Luis Carrera.
El general que mandaba las tres divisiones era José Miguel Carrera.
Antes de proseguir, confesamos que en la enumeración anterior hemos seguido los datos que da en su Diario Militar José Miguel Carrera.
Sin embargo, hay cerca de estas cifras encontradas ideas y juicios. A fuer de imparciales creemos necesario reproducir aquí las opiniones más caracterizadas imitando así el proceder de los señores Amunátegui en La Reconquista Española, aunque hayamos tomado por base del conjunto y composición del ejército patriota a Carrera en lugar de Benavente, a quien siguen tan minuciosos historiadores.
PRIMER DIVISIÓN
Autores.
Diego Barros Arana: 1.100.
Miguel Luis y Gregorio V. Amunátegui: 1.155.
Diego José Benavente: 1.155.
José Miguel Carrera: 1.155.
Bernardo O’Higgins en la memoria que se le atribuye: 500.
El padre Guzmán: 900.
José Ballesteros: 900.
Estados pasados por O’Higgins el 24 de septiembre: 961.
Apuntes de Juan Thomas, publicados por el señor Vicuña Mackenna: 550.
Benjamín Vicuña Mackenna, en una nota puesta en El Ostracismo de O’Higgins: 550.
SEGUNDA DIVISIÓN
Barros Arana: 1.800.
Señores Amunátegui: 1.861.
Benavente: 1.861.
José Miguel Carrera: 2.001.
O’Higgins señala 400 infantes y cien artilleros. No especifica ni el número ni el de las caballerías.
El padre Guzmán se limita a señalar el cuerpo de granaderos, sin otro detalle. José Ballesteros sólo coloca 700 granaderos.
Los estados están incompletos, porque se circunscribe Juan José Carrera a decir que cuenta con 48 artilleros y 625 granaderos, sin decir cuantos soldados de caballería posee.
TERCERA DIVISIÓN
Barros Arana: 1.000.
Señores Amunátegui: 915.
Benavente: 915.
José Miguel Carrera: 966.
O’Higgins: 1.500.
El padre Guzmán: 2.000.
José Ballesteros: 2.000.
Arreglado distribuido el ejército, las divisiones se pusieron poco a poco en movimiento.
El 20 de setiembre ocupó O’Higgins la plaza de Rancagua y procedió a levantar trincheras de adobes.
El 27 del mismo acampó Juan José Carrera con la del centro en la chacra de Valenzuela, a un paso de Rancagua.
Y al 30 José Miguel y Luis con la tercera se acuartelaron en los Graneros de la hacienda de la Compañía.


CAPÍTULO Xl
Opiniones diversas que hay sobre los planes de batalla.- Plan de O’Higgins.- Plan de Carrera.- Documentos que comprueban la existencia de dichos planes.- Notas de O’Higgins.- Lo que Carrera dice en su Diario.


Por la disparidad de opiniones que tienen los que han narrado el sitio de Rancagua en cuanto al número de soldados y a la cuota que de estos correspondió a cada división, se podrá colegir las divergencias que habrá acerca del plan, detalles y episodios de aquella memorable y grandiosa acción de armas. Pocos son los que han escrito a este respecto libres de las influencias poderosas de los dos partidos que, desde la destitución de los Carrera del mando que ejercían en el ejército antes de los pactos de Lircay, se diseñaron con rojos colores en la vida política del país: hablamos del carrerino y del o’higginista.
Por esta razón, y para no aparecer ni siquiera como sospechosos y sí como neutrales en la solución de los enmarañados problemas con que a cada paso nos vamos a encontrar, procuraremos exponer con lealtad los diversos juicios, y no daremos nuestra opinión sin que previamente los hayamos confrontado con perfecta calma y serenidad.
Los caudillos del ejército patriota, José Miguel Carrera y Bernardo O’Higgins, concibieron dos planes de campaña, acordes en un punto y opuestos en la base fundamental de ellos.
El de O’Higgins tenía dos fases diversas:
1ª.  Defender el paso del Cachapoal y
2ª. En seguida, encerrarse en Rancagua y luchar allí hasta vencer o morir. El de Carrera se componía a su vez de dos partes principales:
1ª.  Defender el paso del Cachapoal, en lo que estaba de acuerdo con su rival. y
2ª. Presentar en seguida la batalla definitiva en la Angostura de Paine.
Comprobaremos estas afirmaciones.
O’Higgins en nota de 14 de setiembre, desde Maipo, escribió al general en jefe el siguiente oficio:
“Número 327.
Excmo. Señor: Las reflexiones que hace el teniente coronel don Bernardo Cuevas en carta que a VE, adjunto, sobre el interés que debe tomar el enemigo en posesionarse de la villa de Rancagua, son muy conformes a razón y a lo mismo que otra vez tenía insinuado a V. E. en este particular. El punto de Rancagua es de suma importancia para aquél, y para nosotros no hay otro igual en todo el reino. Se puede hacer en él una vigorosa defensa sin exponer mucha tropa, ni aventurar la acción aun cuando nuestra fuerza sea la quinta parte menor. Estamos todavía en tiempo de poderlo salvar; pero para ello se han de activar tanto las cosas que antes de dos días pueda marchar el ejército hacia aquel destino.
Dios guarde a V. E., muchos años.
Maipo, setiembre 14 de 1814.
Bernardo O’Higgins”.
Acentuando más sus ideas, el jefe de la vanguardia escribió en el mismo día otra carta en términos más claros, y discutiendo siempre el plan de dar batalla en Paine. Héla aquí:
“Señor don José Miguel Carrera. Setiembre 14.
(ocho de la mañana)
Mi amigo:
Nos toma el enemigo el único lugar de defensa, el punto de Rancagua: desde el momento que suceda, casi preveo la infeliz suerte de Chile. Las Angosturas de Paine no son suficientes para contenerlo hay otro camino por Aculeo, que aunque difícil para artillería gruesa, no lo es para la de montaña, y dirigiéndose por él pueden dejar burlada la división de las Angosturas. Ya es tiempo de reunir el grande ejército. Usted debe ocupar el lugar    de generalísimo: es preciso salvar a chile a costa de nuestra propia sangre: yo a su lado serviré ya de edecán, ya dirigiendo cualquiera división, pequeña partida  o manejando  el fusil: es necesario para la conservación del Estado no perdonar clase alguna de sacrificios. El influjo de Ud. en el ejército, alguno pequeño mío reunido, será alguna ayuda. Si aguardamos al enemigo en el llano de Maipú, soy de dictamen es ventajoso a los piratas, así por el mejor manejo de armas en las nuevas tropas invasoras, como porque las nuestras se corromperán en Santiago y se desertarán a sus casas. Rancagua es el punto que debe decidir nuestra suerte. No quiero demorar el correo.
Adiós, mi amigo, soy el de siempre.
Bernardo O’Higgins”.
En esta carta está de manifiesto el plan, las nobles intenciones, gran patriotismo y levantado corazón de este jefe que después de la defensa del Roble fue declarado por su rival el primer soldado de Chile.
Iguales ideas expresaba en otras notas fechadas el 18, 21 y 22 de setiembre. Para que se siga conociendo el temple de alma de este oficial cuyo valor personal es legendario en nuestro país, léase lo que decía en la del 18:
“Con mil hombres de infantería, trescientos de caballería de fusil; igual número de lanceros, la culebrina de a ocho y el obús, yo soy responsable a que el enemigo no penetrará (en Rancagua) jamás”.
En otro oficio del 22, desde Rancagua, dice:
“Si llega el caso de que toda la fuerza del enemigo, avance sobre esta villa, y yo presuma con fundamento que no pueda resguardarla con la que está a mi mando, haré la retirada hasta la Angostura en los mismos términos que V. E. me ordena en carta de hoy, aunque el verificarlo con orden es lo más difícil para nuestras tropas por su impericia militar. Estoy cierto de la actividad infatigable de V. E. y que sólo su celo podrá salvar a la patria en las críticas circunstancias. Es ciertamente este punto el mejor que presenta el reino para hacer una defensa con ventajas, y sería muy sensible perderlas; pero si las circunstancias así lo exigen y la prudencia lo dicta, me veré en la precisión de retirarme hasta encontrar el refuerzo.”
Esta nota es contestación a una que le envió Carrera y que en lo principal decía:
“Si son iguales los enemigos, y tenemos la fortuna de impedir su progreso a Rancagua (por medio de la defensa del Cachapoal?) antes de unirnos, este será el mejor punto para sostenernos. Si las fuerzas enemigas avanzadas no se presentan con esta ventaja, la prudencia dicta replegarse, aunque sea doloroso perder una posición tan favorable, por no perderlo todo.”
El plan de Carrera, que ya se manifiesta muy a las claras en la carta anterior, tenía, como hemos dicho, un punto de contacto con el de O’Higgins --la defensa del paso del Cachapoal-- la discrepancia consistía en el lugar en donde debía hacerse la resistencia definitiva. Mientras el jefe de la vanguardia optaba por Rancagua, el generalísimo prefería la Angostura de Paine.
Demostremos estos asertos.
José Miguel Carrera en su Diario, dando cuenta que el día 24 de setiembre había salido de Santiago la segunda división al mando de su hermano Juan José, agrega:
“Recibió las mismas órdenes que O’Higgins para replegarse a la Angostura en caso de no poder impedir el paso del Cachapoal.”
En estas tres líneas está encerrado todo su plan de campaña.
A fin de ser más explícito, adelantaremos un episodio del drama que se acerca, a fin de que se conozcan con exactitud las ideas del general en jefe.
Hablando en su Diario del efecto que produjo en él la noticia de que Osorio había cruzado sin obstáculos el Cachapoal, dice:
“Encargué a mi ayudante el coronel Sota que fuese a Rancagua con la posible brevedad y dijese a los jefes de las divisiones: que por el camino de la Compañía se retirasen a la Angostura, aun cuando les fuese preciso clavar toda la artillería y perderla con la municiones; que serían sostenidos por la 3ª división que distaba sólo una legua.”
Aunque la confesión de parte es prueba plena; sin embargo, para que no se crea que podemos dar una falsa interpretación a las palabras de Carrera, expondremos la opinión de algunos distinguidos historiadores.
“Era el plan de Carrera, dice Benavente que era uno de los intimo amigos de José Miguel y que pertenecía a la 3ª división, defender el paso del caudaloso Cachapoal, y en caso de ser forzado por el enemigo, replegarse sobre la Angostura de Paine.”
“Su plan (el de Carrera) para conseguirlo era sencillo, dicen los señores Amunátegui en la Reconquista Española. Disputarían a los realistas el paso del Cachapoal; y en caso de ser rechazados, se replegarían a la Angostura de Paine, que a causa de la naturaleza del terreno, si Osorio cometía la imprudencia de atacarla, sería las Termópilas de Chile.”
“El general Carrera, por su parte, dice el señor Barros Arana, pensaba de muy distinto modo. Menos resuelto y decidido que O’Higgins, él creía que su deber le mandaba demorar una acción decisiva, para disciplinar sus tropas y burlar al enemigo. Su plan de campaña se reducía a disputar a los realistas el paso del Cachapoal; y en caso que esto lo forzasen, los insurgentes debían replegarse al sitio denominado la Angostura de Paine, estrecha garganta de terreno plano, cortada por dos cordones de cerros bajos.” (1)
-- Constatados de un modo evidente los planes de ambos jefes, pasamos a estudiarlos a la luz de la lógica, de la conveniencia militar y de los claros preceptos de la estrategia.

Notas.
1. El señor Vicuña Mackenna, tanto en su obra Ostracismo del general O’Higgins publicada en 1861, como en la Vida del capitán general de Chile don Bernardo O’Higgins, dice: Carrera había designado como el punto en que debía darse la batalla el desfiladero de Paine; pero O’Higgins insistía que debía defenderse la dilatada línea del Cachapoal.” Sigue todavía disertando en el sentido de que era de O’Higgins, solamente, el plan de defender el paso del Cachapoal. Las opiniones documentos que hemos reproducido, demuestran que Carrera, con más energía que O’Higgins, sostenía la conveniencia de impedir el paso del Cachapoal y prueban a la vez el error involuntario en que ha caído el ameno historiador y fecundo publicista.


CAPÍTULO XII
Análisis del plan de defender el paso del Cachapoal.- Este río es vadeable y de difícil defensa.-  Defensa en la Angostura de Paine.- Descripción del terreno.- Hay dos caminos más que unen a Rancagua con Santiago.- La defensa en la Angostura es inaceptable.- Defensa en el río Maipo.- Batalla campal en el llano del mismo nombre.- Ambos proyectos son contrarios a la estrategia.- Paralelo de ambos ejércitos beligerantes.- Opiniones de algunos escritores sobre estos puntos.- Defensa en Rancagua.- Estudio de esta localidad.- Es preferible este lugar al de Angostura.- Paralelo de ambos puntos.

1º. Defensa del Cachapoal.
Como lo hemos dicho, esta idea fue aceptada principalmente por Carrera casi incidentalmente por O’Higgins.
El Cachapoal es un río larguísimo, que de ordinario lleva poco caudal de agua y que es vadeable aun en el rigor del invierno. Es preciso que haya creces muy abundantes, que las lluvias hayan caído con suma frecuencia y que el deshielo de las nieves de la cordillera haya sido muy violento, cosas todas excepcionales cuando se habla de este río, para que el paso sea difícil, peligroso y en consecuencia fácil de interceptar. El cauce es poco profundo; la anchura cerca de Rancagua no es excesiva, ni aun en la estación más cruda del año. Su corriente, aunque estrepitosa a veces, de ordinario no es rápida. Su lecho se abre sobre valles anchurosos y sólo en su nacimiento se desliza encajonado entre montañas escarpadas. Nosotros hemos atravesado a caballo este río indistintamente en los meses de agosto, setiembre, octubre y diciembre, sin que jamás hayamos trepidado ni encontrado tropiezo digno de mención.
En los días que iba a verificarse el paso del Cachapoal por Osorio y la defensa de los patriotas, el río, para mayor desgracia, arrastraba poco caudal de agua y su cauce tenía naturalmente poca profundidad. En balde Carrera mandó cerrar las bocas-tomas de los canales de regadío que tenían su punto de arranque en el río; porque el crecimiento de las aguas fue casi imperceptible.
En aquel entonces, se podía cruzar el Cachapoal por tres vados distintos: el de la Ciudad que casi enfrenta al pueblo de Rancagua, el de Robles que está ubicado como a tres millas más al sur del anterior y el de Cortés o las Quiscas que se inclina al oeste a gran distancia de los otros. Pero no hay que olvidar que el río, no sólo poseía tres vados violentamente separados por la naturaleza, sino que a causa de que el derretimiento de las nieves no comenzaba aún en esa época, era vadeable sin peligro por cualquier punto de su dilatado cauce.
Conocidos estos hechos y sabido que los patriotas contaban apenas con 4.122 hombres, en su mayor parte reclutas, para contrarrestar a 5.000 soldados casi todos veteranos y bien acondicionados, se puede llegar a la conclusión que la defensa del Cachapoal era un error estratégico de alta trascendencia.
Hay que tener muy presente, que es un principio de táctica que no admite discusión y de aquellos que se miran como axiomas, el que no deben defenderse ríos vadeables por cualquier punto y de dilatada extensión como el Cachapoal cuyos pasos principales están desparramados en un radio de cerca de tres leguas de largo. Tampoco aconseja la previsión militar que se pretenda impedir a viva fuerza el paso a un ejército veterano, lleno de elementos de movilización, dotado de excelente artillería y ágil caballería, con otro formado de milicias, sin recursos, sin Estado Mayor organizado y sin la disciplina que puede indistinta mente convertir a un cuerpo de tropas o en ave que vuela o en trinchera que resiste.
Estas consideraciones sencillas y claras nos inducen a estimar desacertado el plan de defender el paso del Cachapoal.
2º. Defensa en la Angostura de Paine
Esta fue propuesta por Carrera y sostenida con tesón y porfía inauditos.
La Angostura de Paine, que con más poesía que verdad llaman las Termópilas de Chile los señores Amunátegui, es una estrecha planicie de 45 a 50 metros de ancho encerrada entre dos ramales de cerros bajos que arrancan su nacimiento, el uno de la cordillera central y el otro de la cordillera de la costa. Es una garganta de tierra que comunica los fecundos y dilatados llanos de Santiago y Rancagua. Uno de los brazos de montaña que casi la circundan y que forma uno de sus flancos trae su origen del cordón sur del gran macizo central del Maipo.
En donde pensaba fortificarse Carrera y situar su ejército, era en las laderas que caen sobre el plano de la Angostura.
El fin estratégico que se perseguía con ahínco, era defender la entrada de la capital, haciendo cruzar los fuegos de cañones colocados sobre trincheras naturales o artificiales y de fusiles apuntados a mampuesto, sobre el enemigo que tuviese la suficiente petulancia y osadía de atravesar por el estrecho desfiladero.
Este plan de operaciones sería magnífico si no pudiese ser burlado por el enemigo de un modo fácil y hacedero. Carrera olvidaba colocar en la ecuación de su proyecto, dos factores de absoluta importancia: olvidaba que cerca de la Angostura de Paine había dos caminos que seguían en su curso las líneas mas hondas de dos bajíos de los cerros vecinos. Esos pasos eran el de Aculeo y el de Chada. El ejército realista tenía, pues, medios cómodos o para caer sobre Santiago sin disparar ni recibir un solo tiro o bien para atacar a discreción a los patriotas atrincherados en Paine, ya por sus flancos, ya por retaguardia, ya por ambos puntos a la vez, pudiendo en este último caso amagar la vanguardia con guerrilleros ágiles y expertos.
¿Podía escaparse esto a los realistas que en su mayor parte eran chilenos de nacimiento y que habían vivido muchos años en el país?
Imposible. El señor Barros Arana, condensando una conversación que tuvo con Manuel Barañao, jefe del escuadrón de Húsares del ejército de Osorio y que se cubrió de gloria en Rancagua, dice en su Historia general de la Independencia lo que sigue:
“El sitio de la Angostura, en efecto, presentaba grandes ventajas para la resistencia; pero don José Miguel olvidaba que podía verse colocado entre dos fuegos, sin poder evitar su derrota, si el enemigo tenía la precaución de flanquear sus posiciones, haciendo desfilar sus infantes por las serranías inmediatas; y era preciso que los jefes realistas fuesen muy torpes para que no aprovechasen esta circunstancia.” En una nota puesta a este acápite, el señor Barros dice lo siguiente: “conversación con el señor don Manuel Barañao”.
Así lo pensaba O’Higgins, al enviar a Carrera la nota fechada el 14 de setiembre que hemos copiado antes y que en lo que hace referencia a este punto decía:
“Las Angosturas de Paine no son suficientes para contenerlo (al enemigo). Hay otro camino por Aculeo, que aunque difícil para artillería gruesa no lo es para la de montaña, y dirigiéndose por él pueden dejar burlada la división de las angosturas”.
¿Que exclamaciones no habría empleado O’Higgins, si hubiese recordado que además del camino de Aculeo, existía el de Chada?
Es incuestionable, pues, que el lugar elegido por Carrera choca con los más claros principios de la estrategia, y con el propósito que perseguía de impedir a los realistas que tomasen la capital sin que previamente librasen un combate con los patriotas, estando éstos en posición mas ventajosa que la de los asaltantes.
El señor Vicuña Mackenna expresa iguales ideas en una de las notas puestas la Memoria del señor Benavente y que dice:
“Mayores ventajas ofrecía indudablemente la Angostura de Paine; pero esta posición, que era fuerte ficticiamente, tenía dos caminos por sus flancos que permitían al enemigo burlarlo completamente; a saber, el de Aculeo de que habla O’Higgins y el de Chada por el lado opuesto”.
Estos antecedentes nos conducen lógicamente a considerar esta parte fundamental del plan de Carrera como contrario al arte militar y al objetivo que se perseguía al adoptarlo con preferencia. Allí habría sido despedazado nuestro ejército de un modo lastimoso y sobre todo cuando se sabe que carecía de buena infantería, de poderosa artillería y de sólida disciplina, base de una defensa o de un ataque.
Los patriotas se habrían colocado en una situación lamentable, por cuanto dejaban expeditos al enemigo dos caminos: el primero, de poderse tomar a Santiago sin disparar un tiro cruzando por los caminos laterales que se abren en los flancos de la Angostura de Paine; y el segundo, de dar plenas facilidades al enemigo para envolver entre dos fuegos a los patriotas de los cuales no se habría escapado uno solo ni siquiera para contar lo sucedido.
3º. Defensa en el río Maipo y batalla campal en el llano del mismo nombre.
Plan subsidiario sostenido por Carrera, según lo aseguran los señores Benavente y Amunátegui, y además el mismo José Miguel en documentos irrefragables.
El señor Benavente dice que el plan de operaciones de Carrera se descomponía en cuatro fases: 1ª defensa del paso del Cachapoal; 2ª forzado este paso por los realistas, dar combate en las Angosturas de Paine; 3ª vencido aquí, sostener la línea del río Maipo; y 4ª “en último caso el llano del mismo nombre, y sobre el que podíamos presentarnos más fuertes en caballería”.
Los señores Amunátegui, explicando con el anterior escritor los detalles del proyecto de Carrera, agregan:
“Si eran obligados a abandonar estas posiciones (las de Angostura), podía aún hacerse en el río Maipo un último esfuerzo para contenerlo (al enemigo), y dar la batalla en el llano del mismo nombre, que presenta campo y anchura para las maniobras de la caballería en que abundaba el ejército. Quien conozca la destreza en el caballo de nuestros campesinos, concebiría que con 363 dragones y 1.900 milicianos armados de lanza había para una carga que los realistas se habrían visto apurados para contrarrestar”.
Antes de pasar adelante, permítasenos decir que la serie de defensas y luchas sucesivas, en el Cachapoal primero, en seguida en Paine, después en el río Maipo y en fin en el llano del mismo nombre en el que se daría una batalla campal, —y todos estos combates, avances, repliegues, concentraciones y cambios, verificables con reclutas de treinta días en buena parte y además desmoralizados y divididos: --no pasa de ser un sueño de artista, una de las mil ilusiones que brotan de la fantasía de un jefe que se entrega en brazos de la imaginación. Ni con tropas como las prusianas y al mando de Moltke, se podrían con éxito ejecutar a tiro de pistola del enemigo evoluciones tan trascendentales y movimientos tan complicados.
¡Defender un río, batirse en una garganta, defender otro río y después presentar una batalla campal, y esto con 4.122 soldados contra 5.000!...
Descartemos también de la discusión la defensa del paso del Maipo, por adolecer con creces de los defectos de estrategia del Cachapoal antes especificados, para concretarnos a la batalla campal en el llano del mismo nombre. Para mayor abundancia, supongamos que no existen los anteriores proyectos y supongamos que no está en tabla más que éste, pura y llanamente.
¿Habría sido acertado y plausible?
No vacilamos al sostener que este proyecto, siendo menos expuesto a percances y adoleciendo de menos errores militares, si es cierto que habría cubierto la bandera de Chile con aureola de luz y de gloria, no por ello habría dejado de entrañar noventa probabilidades por la total destrucción del ejército patriota.
Basta, para llegar a esta conclusión, comparar los elementos que habrían decidido el combate, los que se descomponen como sigue:
Posiciones: iguales para ambos combatientes a causa de que el terreno era plano:
Armamento: muy superior en número y calidad el de los realistas.
Número de soldados: mil más los invasores.
Moralidad: excelente la del enemigo, pésima la nuestra.
Disciplina: irreprochable la del ejército de Osorio, pésima en general la de los insurgentes.
Infantería: realista 4.352; patriota 1.506.
Artillería: realista 18 cañones; patriota 15.
Caballería: realista 500; patriota 2.364.
Del cuadro anterior se desprende que para una batalla campal los patriotas no contaban más que con caballería; pero, en esta materia era más el número que la calidad. Contaba apenas con 280 dragones aguerridos y veteranos, los restantes, es decir, 2.084 eran milicianos de Aconcagua, de Santiago y de pueblos vecinos, con malos sables, sin cuadros completos de oficiales, sin pericia alguna, sin más arma que el lazo y la lanza, sin rudimentos de táctica, sin organización, y reclutas hasta decir basta. Era una gran masa de huasos traídos de los campos y de las haciendas, muchos de los cuales conocían por vez primera la capital. Menos podrían conocer el manejo de las armas, las evoluciones de caballería reunidas en cuerpo, los peligros de un combate, los secretos de una carga a tiempo, la oportunidad precisa para concurrir a proteger la línea en los puntos que cede, flaquea o se rompe, los misterios y problemas, en fin, que tiene una gran batalla en sus múltiples cambios y repentinos vaivenes.
Además, ¿qué habría podido ejecutar la caballería contra cañones bien colocados y contra cuadros de infantería erizados de bayonetas?
Y sépase que estas consideraciones han sido hechas en la hipótesis que los realistas se hubiesen lanzado a campo abierto, al medio de un vasto llano; pero, a nadie se le oculta que, conociendo el fuerte de los patriotas, habrían tenido cuidado de escoger las faldas de algún cerro o un terreno escarpado para colocar el centro de las operaciones. En tal emergencia los enormes escuadrones de los insurgentes, se habrían visto perplejos y habrían sido el blanco escogido de los diez y ocho cañones de Osorio (1).
Para que se mida mejor la situación adelantaremos un episodio del combate que se acerca. Cuando el comandante Portus con sus 1.253 milicianos de caballería, al comenzar la batalla de Rancagua, se acercó al pueblo con la intención de unirse a la 1ª  y 2ª división que comenzaban a encerrarse en la ciudad, bastaron unos cuantos cañonazos y unos pocos disparos de la infantería realista para hacerlo huir en confuso desorden en medio de un pánico indescriptible, llegando los soldados despavoridos y dispersos, unos al campamento de la 2ª división y otros a los campos de alrededor.
Aquí llega el caso de preguntar a los señores Amunátegui, si creen que las enormes caballerías patriotas habría podido batirse en la Angostura de Paine. Si dan tanta importancia a una carga de los dos mil y tantos caballos que a sus órdenes tenía Carrera ¿cómo pueden sostener la defensa en Paine? ¿Qué habrían hecho las caballerías en una garganta cruzada por un estero y que apenas tiene cincuenta metros de anchura?
Iguales consideraciones pueden hacerse respecto de Rancagua; pero los hechos y la práctica probaron que en aquella defensa los trescientos caballos con que pudo contar O’Higgins hicieron prodigios y permitieron ejecutar una de las retiradas mas heroicas que recuerda la historia americana.
Pero si en el horizonte no había una esperanza efectiva de victoria a campo raso, dados la organización y elementos de los beligerantes, ¿qué convenía más?
Creemos que para el ejército patriota no cabía, dentro de la estrategia, dentro de la lógica inflexible de los hechos y dentro de la conveniencia del momento, más camino que buscar un punto fortificado para equilibrar con barricadas la diferencia en el número, en el armamento, en la disciplina y en las facilidades de movilización.
De acuerdo con nosotros están los planes de campaña, en sus partes dominantes, de los dos caudillos: O’Higgins señalaba Rancagua para salvar a la patria; Carrera la Angostura de Paine.
En el fondo ambos se atrincheraban.
4º. Defensa de Rancagua.
Esta idea es, como se sabe, de O’Higgins.
Nos toca analizar este plan que por la corriente veloz de los sucesos, fue el que se puso en práctica.
Halagamos la idea de haber probado que una batalla campal era imposible dentro de las probabilidades de victoria que había en aquellas horas de discordia y desorganización en el ejército patriota. Tampoco podía sostenerse a lo serio, la cadena de defensas, marchas, repliegues y combates que ideó Carrera a fin de que se verificasen sucesivamente, unos después de otros, en no interrumpida solución de continuidad.
¿Qué es lo único, pues, que flota sobre tantos proyectos generosos, sobre tantas ilusiones de estrategia, sobre tantos sueños que muy luego la mano helada de la realidad disipaba al nacer como disipa el viento de la mañana las brumas de la noche?
El atrincheramiento y nada más que el atrincheramiento.
Había sonado la hora de cumplir al pie de la letra el legendario lema del soldado chileno: vencer o morir.
La ciudad de Rancagua mirada como centro militar para establecer un sitio y resistir el empuje de un grande ejército, es a todas luces malo. No había fortificaciones que merecieran tal nombre, se le podía bombardear por los cuatro puntos del compás, había como cortarle el agua con suma facilidad, los edificios eran de material ligero y en consecuencia inflamables, era según se llama en táctica un cul-de-sac, como espiritualmente lo recuerda el señor Vicuña Mackenna en la Vida del General O’Higgins.
Esto es muy exacto: pero dada la imposibilidad en que estaba el ejército patriota para presentar una batalla campal, dada la carencia completa de me dios de locomoción, dada la tremenda disyuntiva impuesta por la fatalidad de vencer o morir; francamente creemos que para empresa de esa magnitud Rancagua proporcionaba ciertas ventajas.
Es preciso saber y recordar que O’Higgins no pensaba en un sitio como el de Chillán o Talcahuano; lo que buscaba ansioso era un lugar donde batir a los realistas hasta conseguir vencerlos o, en el caso contrario, morir como Sansón envuelto con la mayor parte de sus enemigos.
O’Higgins quería cumplir lo que entrañan las palabras que dijo en una memorable batalla: vivir con honor o morir con gloria.
Ahora preguntamos ¿qué punto sería mejor para ofrecer una resistencia desesperada, la única lógica en aquellos momentos de angustia y amargura para la patria. Paine o Rancagua?
Estimando defectuosos los dos, nos inclinamos y consideramos menos malo el segundo, es decir, Rancagua.
En la Angostura los patriotas podían ser tomados entre dos fuegos, sin oponer resistencias naturales y sin poder hacer grandes daños a los asaltantes; en Rancagua los defensores podían asilarse en las casas, tejados, fosos, calles y plaza, pudiendo en cambio dar fuego a mampuesto y a mansalva.
En la Angostura el combate habría sido cuestión de pocos momentos, tanto porque las caballerías insurgentes no habrían podido batirse a falta de espacio, como porque la infantería encajonada en el fondo o en las laderas que caen a la garganta no habría podido luchar con ventaja sobre guerrillas colocadas en las alturas inmediatas que obrarían simultáneamente y de acuerdo con cuerpos y divisiones que atacarían por vanguardia y retaguardia; en Rancagua el enemigo estaba obligado a romper sus fuegos desde respetable distancia so pena de ser despedazado como sucedió cada vez que emprendió asaltos durante la batalla que se acerca.
En Paine no cabía una resistencia larga y tenaz por carecer de buenas trincheras y porque la naturaleza de las cosas exigía que el problema se resolviese en el espacio de tiempo que bastase para destruirse alguno de los beligerantes; en Rancagua se podía y se pudo luchar cerca de dos días, y se habría podido prestar a golpes habilísimos de manos como los que durante la noche del uno al dos de octubre no quiso emprender José Miguel Carrera, como luego veremos.
En Paine los patriotas habrían perecido o caído prisioneros todos sin poder inferir graves daños a los realistas: en Rancagua, por el contrario, podían morir todos también, pero ejecutando en el enemigo una mortandad espantosa, al extremo de que el triunfo de éste sería igual al que hizo exclamar a Pirro: “otra victoria como esta, y estoy perdido”.
El asalto de la Angostura de Paine no tendría más dificultades que las que se encuentran en un combate común y vulgar; el de Rancagua es de aquellos que rechaza por peligroso la táctica militar, porque el enemigo no resiste en un punto determinado y no se encuentra agrupado en líneas extendidas en un espacio fijo, sino que está desparramado en ventanas, techos, patios, balcones y tejados, circunstancia por demás expuesta a fracaso para el vencedor cuyo ejército tiene que perder su cohesión y su orden para batir en detalle a los adversarios que se defienden y atacan a la vez en cien puntos diferentes.
Resumiendo, nos parece que los planes de ambos jefes adolecían de gravísimos errores militares; pero, en la imperiosa obligación de optar por algunos de ellos, preferimos el que elige para quemar el último cartucho la plaza de Rancagua.

Notas.
1. Para reforzar más nuestra argumentación y a fin de refutar la opinión sustentada especialmente por los señores Amunátegui que hacen algún hincapié en la conveniencia de una batalla campal, reproducimos lo que los mismos historiadores sostienen en la misma obra:
“Estamos tan persuadidos de que todos los nuestros cumplieron perfectamente con su deber, que avanzamos más todavía: si la desunión no hubiese existido entre los dos caudillos la acción se habría siempre perdido. Es preciso no dejarse engañar por los nombres. El ejército realista, con excepción de algunos jefes, de los Talaveras, del Real de Lima y de una parte de la artillería, se componía de chilenos, como el ejército patriota. Ahora bien, cuando combaten chilenos contra chilenos ¿qué es lo que podrá decidir la victoria? El número y la disciplina. Los realistas eran más numerosos y más aguerridos; a no ser que hubiera sobrevenido una de esas raras casualidades que todo lo trastornan, suyo debía ser el triunfo. Es verdad que los insurgentes los resistieron por dos días sin interrupción, que hicieron flaquear sus filas, que llegaron a rechazarlos, ¿pero qué puede concluirse de eso? También es verdad que como los otros eran superiores, volvieron a la carga, los repelieron a su turno y les obligaron al fin a ceder”.

CAPÍTULO XIII
¿O’Higgins desobedeció al encerrarse en Rancagua?.- Opinión del señor Vicuña Mackenna.- Carrera permitió tácitamente el atrincheramiento en Rancagua.- Opinión del señor Benavente.- Opinión del señor Barros Arana.- Nota dirigida por Carrera a O’Higgins sobre la cuestión debatida.- No hubo orden.

Habiendo existido discrepancia en las opiniones de ambos jefes, fluye de por sí una duda. ¿O’Higgins desobedeció a Carrera al encerrarse en Rancagua?
El señor Vicuña Mackenna con su franqueza habitual dice en la Vida del General O’Higgins: “Por lo demás, la batalla de Rancagua considerada militarmente, no es sino un absurdo y una insubordinación del brigadier O’Higgins, que no era ya el general en jefe, sino un comandante de división, sujeto a superiores facultades”.
No hemos podido encontrar ni nadie ha citado documento oficial alguno que justifique este cargo hecho por tan honorable historiador.
¿Dónde está la orden perentoria de José Miguel Carrera en la cual se dijera a O’Higgins que se replegase a Paine? ¿Dónde el mandato formal y categórico?
En ninguna parte.
Lo que hubo entre ambos, como lo demuestra la serie de notas y cartas que reproducimos en el capítulo once, fue diferencia tranquila de opiniones y de ideas; pero al fin, implícitamente y en el hecho, Carrera aprobó el plan, sea por galantería, sea porque triunfaron las razones de su rival, sea por temor de que hubiese un choque entre los dos, sea por cualquier otro motivo.
Si no aprobó la defensa del Cachapoal y de Rancagua ¿por qué permitió sin protesta que O’Higgins ocupara esa ciudad i la atrincherara el 20 de setiembre, es decir, once días antes que llegara Osorio? ¿Por qué envió en la misma dirección a la 2ª división de Juan José Carrera? ¿Por qué él, personalmente, en compañía de su hermano Luis, se puso también en marcha hacia el mismo punto?
En apoyo de nuestra opinión, citaremos algunas autoridades históricas dignas de fe y de crédito.
Don Diego José Benavente, exaltado apologista de Carrera, declarado adversario de O’Higgins y uno de los jefes de la caballería de la 3ª división que decidió con hábil maniobra el combate de Maipo, en su memoria sobre Las primeras campañas de la guerra de la independencia, dice: “No pudo el general Carrera resistir a tanto empeño, u oponerse a tantas seguridades como daba O’Higgins, ya fuera porque llegase a desconfiar del acierto de sus planes, ya por no disgustar a un jefe con quien acababa de reconciliarse. A pesar de sus convicciones y sin revocar por un momento las órdenes dadas, quedó fijado e/punto de Rancagua para la defensa, y por consiguiente para nuestra ruina”.
El señor Barros Arana en su Historia General de la Independencia, a la letra agrega: “Sea por la convicción de la ineficacia de su plan, o por una prueba de deferencia al parecer de O’Higgins, el general Carrera aceptó al fin la propuesta de este jefe para posesionarse de Rancagua antes que el enemigo pasase el Cachapoal. Allí debía colocarse con la división de su mando, fortificarse, defender el paso del río, y sostenerse si era atacado en el pueblo, hasta que las divisiones del centro y de retaguardia llegasen en su socorro”.
El señor Vicuña Mackenna no funda en ningún documento su aseveración. Es muy posible que se haya apoyado en lo que se deja vagamente traslucir en las cartas de Carrera copiadas antes y en una que otra expresión vertida por el mismo en su Diario; pero, en la nota que se trasparenta más el pensamiento de Carrera, es en la que dirigió a O’Higgins el 20 de setiembre y que en lo principal dice: “Si son iguales los enemigos, y tenemos la fortuna de impedir su progreso a Rancagua antes de reunirnos, este será el mejor punto para sostenemos. Si las fuerzas enemigas avanzadas no se presentan con esta ventaja, la prudencia dicta replegarse, aunque sea doloroso perder una posición tan favorable, por no perderlo todo”.
Pues bien, esta nota no envuelve ninguna orden perentoria, es sólo una instrucción condicional y potestativa. Si ciertas cosas se verificaban, O’Higgins sería el juez para decidir si convenía o no ejecutar tales y cuales operaciones: he aquí el fondo de esta carta.


CAPÍTULO XIV
O’Higgins hace construir trincheras en Rancagua.- Carrera manda fortificar la Angostura de Paine.- Se envía al capitán Freire y a Cuevas a reconocer al enemigo.- Se unen las dos primeras divisiones del ejército patriota.- Se ocupan los vados principales del Cachapoal.- Marcha de Osorio.- Cruza el ejército realista el río.- Juan José Carrera se encierra en Rancagua.- O’Higgins se encierra tras él.- Derrota y fuga de la caballería de Portus.- Plan de Osorio.- Número exacto de los defensores de Rancagua.

En cumplimiento del plan adoptado, O’Higgins ocupó la villa de Rancagua el 20 de setiembre y procedió a construir trincheras de adobe.
José Miguel Carrera, por su parte y en previsión de que en curso de los acontecimientos pudiese adoptarse su proyecto primitivo, dio orden al ingeniero Isidro Pineda de fortificar con dos baterías la Angostura de Paine. El 13 de setiembre dio comienzo a estos trabajos de defensa.
Antes de estos sucesos, O’Higgins había enviado 50 dragones al mando del bravo capitán Ramón Freire a fin de reconocer al enemigo. Este osado oficial cruzó el Cachapoal y a galope tendido llegó hasta San Fernando en cuyo lugar tuvo que detenerse y más tarde replegarse por haber llegado al mismo pueblo la vanguardia realista en su marcha ascendente hacia la capital. Vuelto Freire se unió en Rancagua con 150 milicianos mandados por el teniente coronel Bernardo Cuevas y ambos oficiales siguieron sus osadas exploraciones espiando sin cesar con ojo alerta los movimientos de los realistas, dando aviso de lo que creían de alguna utilidad para los jefes patriotas y acechando hasta los más ocultos pasos del ejército de Osorio.
El 21 de septiembre lo dedicó O’Higgins a estudiar con detención los pasos del Cachapoal, a preparar las circunstancias especiales del terreno y a colocar algunas partidas de caballería en los vados principales.
Una vez que la 2ª división llegó a los alrededores de Rancagua, O’Higgins fue en persona a ver a Juan José Carrera para discutir con él los mejores medios para defender el paso del Cachapoal. Al efecto, ambos jefes hicieron un minucioso reconocimiento en las dos orillas y en el cauce del río, acordaron después de detenido examen que la primera división defendiera el vado de la Ciudad, la segunda el de los Robles y la tercera el de Cortés o las Quiscas.
Mientras mandan comunicar a José Miguel Carrera esta determinación para que ordene a Luis que vaya con sus tropas a ocupar el punto que se le había designado en la defensa del Cachapoal, hacen que el capitán Rafael Anguita se dirija con veinte dragones al vado Cortés para estar de observación y para dar inmediato aviso de cualquiera cosa digna de tomarse en cuenta.
El 30 de octubre en la tarde, O’Higgins y Juan José Carrera estaban con sus divisiones en sus puestos respectivos, y la 3ª permanecía fija y en descanso en los Graneros o Bodegas del Conde, a tres leguas de Rancagua. Muy luego una noche oscura como una tumba cubre con sus negras sombras el horizonte y los campamentos. El silencio que reina por doquier es sólo interrumpido por el veloz correr de las turbias aguas del Cachapoal sobre su cauce pedregoso. No hay una estrella en los cielos ni una fogata en los vivac.
Osorio, que había levantado su campo ese mismo día, se propuso cruzar el río al amanecer para no ser sentido ni molestado por los patriotas. Después de haber conferenciado con los conocedores del terreno y con habitantes de la vecindad, ordenó al ejército que intentase el paso por el vado de Cortés.
Las cuatro divisiones realistas, fuertes de cinco mil hombres, rompieron la marcha en perfecto orden y simetría desplegadas en compactas columnas de ataque y guarnecida por compañías ligeras de caballería. La formación era como en día de parada en un campo de maniobras. A la cabeza de la vanguardia reconocían el camino y servían de batidores 50 granaderos mandados por el capitán Joaquín Magallar; seguían, doscientos pasos más atrás, 25 Zapadores de Talaveras a las órdenes del subteniente Domingo Miranda, y sucesivamente a iguales distancias marchaban los Húsares de la Concordia de Barañao, las cuatro divisiones con sus cañones y municiones, y cerraban la retaguardia del ejército el escuadrón carabineros de Abascal dirigido personalmente por el experto y activo Ildefonso Elorreaga, y además una pequeña partida de Dragones. Los flancos de las columnas en movimiento eran protegidos por grupos de caballería que caminaban a un cuarto de legua de ellas. Era prohibido fumar, hablar en alta voz, prender fuego y abandonar las líneas respectivas.
Quien hubiera mirado a esas horas por el lado sur del Cachapoal no habría divisado en medio de las densas tinieblas de la noche más que negras masas que se agitaban en orden regular y casi matemático, y no habría escuchado otro ruido que el que producen las patas de los caballos, las ruedas de los cañones y los pies de los saldados al chocar con las piedrecillas y guijarros que cubren las riberas de un río.
Reconocido el vado de Cortés o las Quiscas por las avanzadas, el ejército realista cruza el río sin ser sentido por los patriotas i sin obstáculo de ningún género. Sólo al amanecer del 1º de octubre, cuando las primeras luces de la mañana comenzaban a despuntar en el horizonte i cuando las primeras sonrisas de la aurora se dibujaban en el cielo, el capitán Anguita percibe el movimiento efectuado por el enemigo i da aviso inmediato a O’Higgins. Este a escape manda a José Samaniego para que informe de lo sucedido al general en jefe, informe que se dio en estos términos: “el General O’Higgins me encarga diga a Ud. que el enemigo ha pasado el río por el vado de abajo. Que ha mandado salir los Dragones para contenerlo y que se dispone a encontrarlo, para lo que ha avisado al comandante de la 2ª división para que lo sostenga”.
No contento con esto, pocos momentos después, O’Higgins hace decir a Juan José Carrera que se junte a la primera división i manda a su ayudante Juan de Dios Garay para que de nuevo se dirija al general en jefe para darle detalles de lo sucedido (1).
Osorio, al encontrarse a la orilla opuesta, ordenó que su ejército se colocase en dos líneas de batalla apoyando la derecha en el río. Mandó también que una partida de caballería a las órdenes del teniente coronel Pedro Asenjo y otra a las del capitán Leandro Castillo, de cien hombres cada una, fuesen por la izquierda a amagar las líneas patriotas, mientras el grueso de las tropas invasoras tomaba reposo y se preparaba para la gran batalla. Después de corto descanso, en espesas columnas por divisiones rompieron de nuevo la marcha y dieron comienzo a un rápido movimiento de avance con el ánimo preconcebido de envolver a Juan José Carrera, cortarle la retirada e impedirle la unión con su hermano Luis.
Creyendo O’Higgins que el propósito de Osorio era lanzarse contra la 3ª división patriota que tenía su campamento en los Graneros de la hacienda de la Compañía, brilló en su mente como un rayo de esperanza la idea de dejar marchar al enemigo para caer en seguida a fondo sobre su retaguardia y tomarlo así entre dos fuegos. Para que el general en jefe de los insurgentes no fuese sorprendido con estas maniobras, O’Higgins encargó a su ayudante Juan de Dios Garay que le dijera lo que había y le impusiera de los propósitos aparentes de los realistas, para que tomara sus precauciones (2).
Pero los inspiradores de Osorio eran muy experimentados y cautos para envolverse con sus propias manos en una red de fuego. Al hacer el hábil movimiento convergente que confundió al general patriota, se proponían evitar la unión de las dos primeras divisiones con la 3ª y obligarlas a encerrarse en Rancagua. Por eso, arrastrándose como colosal serpiente hacia el norte, el ejército realista que ocupaba vasto espacio de terreno, se apresuró a tomar posesión de los caminos que unían el pueblo mencionado con la capital, impeliendo así a O’Higgins y a Juan José Carrera a replegarse casi en desorden a las trincheras de la ciudad (3).
El despliegue y avance del ejército realista, hecho con una maestría y destreza admirables, fue por demás imponente.
En estos preliminares de la batalla, fue cuando el coronel Portus, jefe de los 1.253 milicianos de Aconcagua pertenecientes a la 2ª división, al replegarse ésta sobre Rancagua con Juan José Carrera, se vio bruscamente separado del resto del ejército y entonces, perseguido de cerca por las avanzadas enemigas, dio grandes rodeos y al fin sus soldados se dispersaron y huyeron en pleno desorden en dirección a la Bodegas del Conde en donde estaba el General en jefe patriota con la 3ª división.
Este era un triste presagio, y entre los antiguos habría sido mirado como un augurio fatal que habría hecho vacilar y ¡quién sabe si huir! a toda una legión romana; pero los defensores de Rancagua sabían que cuando es preciso defender la patria, no hay ni presagios ni augurios, sólo hay fuego en el corazón, coraje en el pecho, fuerza en el brazo y fe inextinguible en el alma.
Hay que restar, pues, del número de defensores de Rancagua, los 1.253 milicianos de Portus. Esta pérdida reducía las divisiones de O’Higgins y de Carrera a sólo 1.903 hombres, que se descomponían así: 168 artilleros al servicio de nueve cañones, 424 soldados de caballería entre dragones y milicianos, y 1.311 infantes entre granaderos i reclutas (4).
Teniendo el enemigo 5.000 plazas, el combate iba a iniciarse a razón de un patriota contra cerca de tres realistas.

Notas
1. Estos datos por demás minuciosos los hemos tomado del Diario de Carrera, y de los Apuntes de don Juan Thomas publicados en la Vida del general O’Higgins por el señor Vicuña Mackenna. Pero no ha dejado de llamarnos la atención lo que el mencionado Thomas dice en los siguientes acápites:
“A las nueve de la noche llega al cuartel general de O’Higgins situado en el vado de la ciudad, un espía con la noticia de que Osorio intentaba pasar el río aquella misma noche, pues había dicho a su Estado Mayor: mañana comeremos en Rancagua. En el acto da aviso a Carrera con su ayudante Garay le ruega envíe la división de su hermano Luis al vado de Cortés que está desguarnecido, pues sólo lo ocupa el capitán Anguita con veinte Dragones.
“A las doce de la noche le avisan las avanzadas de aquel vado que el enemigo amaga pasar el río en esa dirección.
“Al amanecer llega otro dragón con la noticia de que el enemigo ha comenzado ya a pasar por aquel vado.
“El general O’Higgins trasmite inmediatamente este aviso al general en jefe, rogándole se acerque a la ribera del río para presentar batalla al enemigo según el plan acordado con Juan José Carrera”.
No hemos encontrado prueba alguna que pueda autorizar lo que sostiene el señor Thomas, que en el fondo es un ataque contra O’Higgins por no haber colocado su división en el vado de Cortés apenas tuvo conocimiento de que Osorio pensaba cruzarlo, y también es un grave cargo contra el general Carrera por no haberse dirigido en el acto con la tercera división a ocupar dicho punto estratégico, que se la había señalado con anticipación por los jefes de la 1ª y 2ª Esto nos faculta a no aceptar dichos cargos y a creer que O’Higgins sólo tuvo al amanecer, y cuando ya los realistas habían pasado el río, conocimiento de esta operación.
2. Carrera en su Diario da cuenta en estos términos de la circunstancia que recordamos: “A poco andar recibí oficio de don Juan de Dios Garay, ayudante de O’Higgins, noticiándome a nombre de su jefe, que todo el ejército enemigo había pasado en la noche. Que la dirección de la columna era como para atacar la tercera división, y que los Dragones y la caballería de Aconcagua les picaban la retaguardia. Por este parte hizo alto la columna, se rompieron cercos, se formó la línea de batalla, se avanzaron guerrillas para reconocer al enemigo y los húsares formaron la vanguardia para sostenerla”.
3. También nos ha llamado la atención en sumo grado lo que Juan Thomas, en sus bellos apuntes sobre la batalla de Rancagua, dice acerca de estos preliminares:
“Día 1º de octubre. Luego que amanece, y descubriendo que a su frente sólo amaga pasar el río una guerrilla destinada a encubrir el movimiento del enemigo sobre el vado del Cortés, el general O’Higgins se pone en movimiento por la ribera a reunirse con Juan José Carrera en su posición de los Robles.
Mas, con gran sorpresa, encuentra que la decisión de aquel se ha retirado. Conjetura que lleva la dirección del pueblo, porque el enemigo, pasando por el vado de Cortés, se ha interpuesto entre esta división y la de las Bodegas (la 3ª). Para cerciorarse se adelanta hacia el vado de Cortés y avista al enemigo formado en batalla, habiendo pasado el río todos sus cuerpos sin la menor resistencia.
Frustrado el plan de defender el río que había sido su objeto favorito, el general O’Higgins vacila sobre si debería replegarse a las divisiones de José Miguel y Luis Carrera, tomando el camino de Chada, o sobre la de Juan José que supone encerrada en la villa. En estos momentos y cuando sus guerrillas comenzaban a empeñarse con las del enemigo, llega a galope tendido el capitán Labbé, ayudante de Juan José Carrera, y le da aviso de que este se encuentra encerrado en el pueblo y le llama en su socorro”.
Estos datos se contradicen con el plan que tenía O’Higgins de encerrarse en Rancagua, para lo cual había levantado trincheras y tomado precauciones desde el 20 de setiembre, y parecen querer probar que la causa del repliegue a dicha ciudad fue Juan José quien, abandonando el vado de Robles, se fue con su división desde temprano a la villa y a la vez había mandado suplicar a O’Higgins que fuese en su socorro.
4. El señor Barros Arana sostiene que “O’Higgins no tenía a sus órdenes más que mil setecientos hombres entre artilleros, dragones e infantes”. Hay que tener presente que este escritor no sigue el número que Carrera da a las divisiones patriotas en su Diario y que nosotros hemos seguido; pero aún así creemos que hay un error de cuentas en su obra. Según él la 1ª división constaba de 1.100 hombres y la 2ª de 1.800 y las caballerías que con Portus huyeron 1.153. Restando de 2.000, suma total de ambas divisiones, los 1.153 milicianos, da un total de 1.747 y no 1.700 como dice el señor Barros.


CAPÍTULO XV
Descripción de la ciudad de Rancagua.- Descripción y número de las trincheras mandadas construir por O’Higgins.- Distribución que éste da a sus tropas y cañones en la plaza.- O’Higgins toma el mando en jefe de la ciudad.- O’Higgins hace colocar banderas negras.- Despliegue de las fuerzas enemigas.- Distribución que Osorio da a sus tropas.- Rodea la ciudad con las cuatro divisiones.

La ciudad de Rancagua era en aquel tiempo un villorrio de corto número de habitantes, edificado, a un paso del rumoroso Cachapoal, sobre el valle dilatado y hermosísimo alfombrado de rica y variada vegetación, dividido en su mayor parte en grandes haciendas, cubierto de bosques profundos, encajonados entre montañas de regular altura y unido al de Santiago por la Angostura de Paine. Las casas de adobes, de tabiques o de otro material más ligero aún. En los alrededores y extramuros se empinaban numerosas chozas pajizas en donde vivía mucha gente pobre y menesterosa.
Este fue el lugar escogido por O’Higgins para hacer una defensa memorable y sublime.
La plaza principal de Rancagua mide una cuadra cuadrada de superficie y desembocan en ella cuatro calles en lugar de ocho como sucede en la demás de la República. Tiene la forma de figura geométrica denominada cuadrado que, como se sabe, consta de cuatro lados iguales y de cuatro ángulos rectos. Pues bien, las calles que afluyen a la plaza mencionada, en vez de abrirse entrada en los ángulos de las esquinas, penetran por el centro de las líneas laterales cortándolas perpendicularmente por mitad.
El 20 de septiembre había ordenado O’Higgins construir en las cuatro calles anteriores, pero a una cuadra más adelante de la plaza, trincheras especiales con adobe, barro y maderas, que tenían más o menos un metro de altura y el espesor necesario para resistir proyectiles de poco calibre, no así de cañones de sitio que por felicidad no poseía el ejército invasor. Estas especies de barricadas habían sido levantadas en la pequeña lonja de terreno en donde las primeras calles de atravieso, más inmediatas a la plaza, se cruzan y cortan horizontalmente con las que desembocan en ella. De aquí por qué cada trinchera tenía tres frentes: uno que miraba hacia la prolongación en línea recta de la calle que se unía a la plaza, otro que miraba a la derecha de la calle atravesada, y el tercero a la izquierda del mismo punto.
O’Higgins distribuyó sus doce cañones y  sus tropas de la siguiente manera; la trinchera de la calle de la Merced, al norte de Rancagua, la confió al capitán Santiago Sánchez a cuyas órdenes puso cien soldados y dos cañones; la de la calle de San Francisco, al sur, la puso al mando de los capitanes Antonio Millán y Manuel Astorga con doscientos hombres y tres cañones; la de la calle de Cuadra, al oeste, la entregó al capitán Francisco Molina con dos cañones y ciento cincuenta patriotas; y la de la calle del este fue dada al capitán Hilario Vial con otros dos cañones y cien infantes. En la plaza se colocó el resto de las fuerzas y la caballería mandada por Ramón Freire y el capitán Rafael Anguita, a fin de acudir al punto más amagado o más en peligro (1).
Para proteger las obras de defensa de la ciudad e impedir que el enemigo atacase por las calles circunvecinas, desparramó por sobre los tejados y tapias de las casas y sitios cercanas a las trincheras, numerosos fusileros encargados de dar fuego de manpuesto y hacer imposible los asaltos con éxito.
En varios edificios hizo perforar las murallas y abrir troneras en los tabiques, colocando en los huecos intrépidos guerrilleros que tenían la misión de secundar la defensa general de la ciudad.
O’Higgins, por su parte, espada desnuda y a caballo, esperaba la hora del ataque rodeado de sus ayudantes Astorga, Flores y Urrutia (2).
A las nueve de la mañana del sábado 1º de octubre la defensa de Rancagua estaba organizada.
Hasta ahora hemos visto que era O’Higgins quien daba las disposiciones del combate, siendo que Juan José Carrera era jefe más antiguo y en consecuencia le tocaba por la ordenanza el mando supremo del ejército. Sin embargo lo que pasó fue que al entrar con su división a Rancagua, Juan José se dirigió a O’Higgins y le dijo:
- General y amigo: Ud. tiene toda la fuerza a su mando, pues, aunque no tengo órdenes para entregarle mi división, considero que Ud. le dará la dirección acertada que siempre acostumbra y porque sé que mis granaderos lo han de seguir a Ud, a donde quiera guiarlos (3).
Juan Thomas en sus bellos y muy interesantes Apuntes pinta así la distribución y los preparativos de la defensa: “De los doce cañones que poseen ambas divisiones, coloca dos en cada trinchera y los restantes los deja en la plaza (esto es una equivocación manifiesta) de respeto, así como el parque y reserva de infantería. Corona las torres de las iglesias y los tejados de las casas anexas a las trincheras, con pelotones de fusileros y destaca otra parte de la infantería a la protección de los cañones detrás de los parapetos; asigna a cada trinchera sus jefes, encomendando la de la calle del sur formada junto a la iglesia de San Francisco a los capitanes Astorga y Millán; la opuesta del norte al capitán Sánchez; la del este al capitán Vial; y la del oeste al capitán Molina. Sitúa la caballería en unos corrales espaciosos al mando de los capitanes Freire y Anguita, y él mismo toma su puesto en la sala del Cabildo, con sus ayudantes Astorga, Urrutia y Flores”.
O’Higgins, por más ilusiones que se formara del valor de los suyos y de un auxilio de la 3ª división, no pudo menos de comprender que Rancagua, dado el número de los enemigos y la dispersión de las milicias de Portus, era, en lugar de una prenda de victoria, una tumba grande como su heroísmo e inmensa como su amor a la patria.
Por eso hizo poner en las banderas más visibles que flameaban en las torres y trincheras de la ciudad, negros crespones en señal de que ni daba ni recibía cuartel. Aquellos emblemas de color de la noche, más parecían adornos de un funeral. Eran a la vez, un reto desesperado al enemigo y el triste luto que con anticipación ponían los hijos a la madre patria antes de morir cubiertos de glorias inmortales entre las ruinas y el incendio de Rancagua.
El miedo no cabía en O’Higgins. No esquivó el mando, lo aceptó gozoso porque ya había tomado la resolución inquebrantable de vencer o morir. Y esta resolución no era hija de un arrebato del momento: era la consecuencia lógica de aquella alma que en los peligros parecía recibir de los cielos sublimes inspiraciones y de aquel soldado que en medio del fuego y del bullicio del combate sentía crecer sus facultades, ensancharse la vida, dilatarse el corazón. O’Higgins, como el mar, era imponente cuando las tormentas se desencadenaban sobre él.
Antes que la batalla empezara, el héroe de Rancagua subió a la alta torre de la iglesia de la Merced, desde la cual se dominaba el campamento español y a la vez se divisaba allá en lontananza los vivac de la 3ª división, a fin de penetrarse del plan de ataque de los realistas y de seguir los movimientos de José Miguel Carrera en el caso que viniese a socorrer a la plaza. Devoraba el espacio con sus miradas y observaba las maniobras del enemigo con la estoica calma de un valiente y con la impasible serenidad de espíritu que debe tener un jefe en los peligros. Impuesto de los propósitos de su adversario, bajó de la torre, dejó de vigía en ella a un oficial y subiendo de nuevo a caballo arregló las últimas disposiciones. Los subalternos de O’Higgins, entusiasmados con la voluntad del jefe, esperaban ansiosos la hora de morir por la libertad e independencia del país que los vio nacer.
¿Qué hace entretanto Osorio?
Lanza sus cuatro divisiones sobre las cuatro calles que dan a la plaza, coloca parte de sus caballerías a las órdenes de Elorreaga y Quintanilla en la cañada de Rancagua, y él con su estado mayor se sitúa en una casa del lado sur de la población, fuera de todo peligro. Elorreaga tenía la misión de impedir con sus escuadrones las comunicaciones de la plaza sitiada con la capital y de estar alerta a cualquier movimiento sospechoso que hiciese la 3ª división.
Las fuerzas realistas fueron distribuidas de este modo:
A Maroto, Velasco y Barañao con los Talaveras, el Real de Lima, los Húsares de la Concordia y seis cañones, que hacían un total de novecientos hombres, se les confió el ataque de la trinchera que defendía la calle de San Francisco. Como antes hemos dicho los patriotas tenían en este punto a los capitanes Millán y Astorga con doscientos defensores y tres piezas de artillería.
Lantaño y Carvallo a la cabeza de mil dos infantes de los batallones Valdivia y Chillán y además cuatro cañones, penetraron por la calle de la Merced a batir al capitán patriota Sánchez con sus cien rifleros y dos piezas de artillería.
Montoya con las mil cincuenta plazas de los dos batallones de Chiloé y cuatro cañones se prepara para asaltar la trinchera que cierra el paso de la calle de Cuadra al oriente y que está a cargo del capitán Molina con ciento cincuenta patriotas y dos piezas de artillería.
En fin el coronel Ballesteros, con cuatro cañones y los batallones Concepción y voluntarios de Castro que sumaban mil cuatrocientos soldados, rompió su marcha en dirección a la calle del oriente cuya barricada estaba defendida por el capitán Hilario Vial con dos piezas y cien infantes.

Notas.
1. En esta distribución he seguido al señor Barros Arana, porque él la ha tomado de los datos de viva voz que le dieron Antonio Millán, Maruri, Freire y otros oficiales salvados de la batalla. En la Memoria atribuída a O´Higgins, se describe la distribución de las tropas de la siguiente manera:
“Una división de trescientos infantes con cuatro piezas de artillería puso (O´Higgins) al frente de la calle de San Francisco a una cuadra de la plaza mayor, al mando del capitán Manuel Astorga. Doscientos hombres con dos cañones colocó al lado opuesto en la boca-calle de la Merced a las órdenes del capitán don Santiago Sánchez. Cien infantes con otras dos piezas de artillería colocó en la boca-calle del oriente al mando del capitán don Hilarión Vial; y otras dos piezas con ciento cincuenta hombres destacó al occidente de la plaza al mando del capitán don Francisco Molina y el resto de las divisiones quedó en la plaza mayor, de reserva”.
2. El valor y la serenidad de O’Higgins en la batalla es proverbial. San Martín hablando del coraje de este jefe, desde Francia en carta particular decía:
 “O’Higgins tenía el valor del cigarrito, esto es, era capaz en medio de un combate, cuando las balas llevaban la muerte a todos lados, de preparar su cigarro y de fumarlo con tanta serenidad como si estuviera en su habitación, enteramente libre de temor”.
Su émulo, José Miguel Carrera, había también dicho de O’Higgins en el parte oficial del combate del Roble, que era “un soldado capaz en sí solo de reconcentrar y unir heroicamente el mérito de las glorias y triunfos del Estado chileno”.
3. Palabras puestas en los apuntes atribuidos al mismo O’Higgins.
Según Juan Thomas, las que dijo Juan José Carrera al jefe de la 1ª división fueron:
- “Aunque yo soy brigadier más antiguo, Ud. es el que manda”.
El señor Barros Arana, refiriéndose a este incidente, dice:
“El brigadier Carrera, sea por un acto de deferencia por el jefe de vanguardia, o, lo que es más probable, porque no se hallaba con ánimo para dirigir la resistencia, cedió a O’Higgins la parte que le correspondía en el mando de las tropas”.


CAPÍTULO XVI
Osorio corta el agua de la ciudad.- Se da la orden de ataque.- Son las diez de la mañana.-Carga de los Talaveras.- Son despedazados por los defensores de la trinchera de la calle de San Francisco.- Altivez de Maroto.- Pericia de los patriotas.- Las demás divisiones son derrotadas también en el primer asalto.- Actitud de O’Higgins.- Indignación de Osorio al saber de la derrota de los Talaveras.- En despecho ordena a Barañao una carga con los Húsares.- Barañao carga con sus caballo y es destruido por la metralla.- Barañao se rehace y dispersa sus soldados por las casas y techos.- El capitán San Bruno construye una barricada protegido por Barañao.- Barañao recibe una herida grave.- Admirable salida de Maruri e Ibáñez.- Destruyen parte de la barricada enemiga.- Pasan a cuchillo a una partida de Talaveras y vuelven a la plaza.- Documentos sobre este suceso.- Maruri es hecho capitán en el campo mismo de batalla.- Concluye el segundo asalto de los realistas con seria derrota.- Al anochecer emprenden un tercer ataque y de nuevo son rechazados.- La ciudad de Rancagua durante la noche del primer día de combate.

Antes de principiar el ataque general, Osorio tuvo la previsión de cortar la acequia que suministraba agua a la ciudad, con lo cual reducía a morir de sed al ejército patriota a los habitantes de la villa. El jefe realista, apenas tuvo conocimiento que en la ciudad se habían puesto en las banderas tricolores, negros crespones, se sonrió y ridiculizó lo que él llamaba petulancia de los sitiados. Estaba tan confiado en el poder irresistible de su ejército, en el valor y pericia de sus oficiales, y abrigaba tal desprecio por las tropas de O’Higgins, que creía de buena fe que le bastaría presentarse a la plaza para rendirla.
Los hechos van a probarle lo contrario.
A las 10 de la mañana del 1º de octubre, Osorio imparte con sus ayudantes la orden de que las cuatro divisiones, que ocupan ya sus puestos de combate, se lancen a la carga en columnas cerradas de ataque.
Los jefes divisionarios no se hicieron dar segunda orden. En el acto arreglan sus tropas y se dirigen llenos de varonil entusiasmo al asalto de las trincheras.
Es muy digno de llamar la atención la carga de los Talaveras. Su activo y orgulloso comandante, el coronel Rafael Maroto, español desde la bota al kepi, hizo que su cuerpo, formado en columna cerrada y fusil al brazo como en día de ejercicio, marchase a posesionarse de la trinchera sur. Al cruzar Maroto por delante del jefe del Real de Lima, este le dijo:
- Mi coronel ¿cómo ataca Ud. en columna cuando estamos sobre las trincheras?
El altivo Maroto, con tono agrio y ceño adusto, le contestó diciéndole: “que a un jefe español no se le hacían advertencias y que los bigotes le habían salido en la guerra contra Napoleón”.
En honor de la verdad, Velasco tuvo más respeto por la estrategia al hacerle la pregunta al comandante de los Talaveras. Si asaltar trincheras con infantes lanzados en columna cerrada es un arrojo sobrehumano, no deja por ello de ser también una monstruosidad en táctica militar.
El hecho es que los bravos defensores de la trinchera sur, luego que a lo lejos de la calle de San Francisco notaron el avance impasible de los Talaveras, cargaron de metralla hasta la boca de los cañones y, poniendo de mampuesto los fusiles, hicieron las punterías con la mayor certeza posible. En esta situación quedaron en profundo silencio, esperando con fría calma que el enemigo estuviese a tiro de pistola.
Cuando esto se verificó, a la voz de ¡fuego! ¡fuego! dada simultáneamente por los capitanes Astorga y Millán, salió de la trinchera un torrente de balas de fusil y de metralla que cayeron, como puestas con la mano, al frente de las espesas columnas de los Talaveras. Estos al principio se detuvieron, después vacilaron, y al fin, acribillados, hechos pedazos, procuran salvarse y huir. Esta tarea no era tan sencilla. Envueltos ellos mismos en la angosta calle como entre las mallas de una red, sofocados por el humo de la pólvora, aturdidos con el estampido de los cañones disparados a boca de jarro, detenidos los unos por los otros en medio de la mayor confusión, seguidos de cerca por el fuego incesante de los patriotas, tropezando con los cadáveres y heridos que caían de momento en momento: aquellos bravos tuvieron que esperar que los de retaguardia volviesen atrás y se corriesen por las calles circunvecinas. En cambio los de vanguardia, abandonando sus filas, se apoyan como pueden en las paredes, se ocultan los unos tras de los otros y se arrastran por el suelo hasta conseguir despavoridos refugiarse en las casas y calles laterales.
Mientras parte de la primera división realista sufría tal descalabro, los que atacaban las trincheras del norte, oriente y poniente, después de poner en juego un valor extraordinario fueron despedazados por los patriotas que imitaban a los defensores de la calle de San Francisco en heroísmo o habilidad. Entre los asaltantes merecen especial atención los capitanes Marqueli y Casariego que llegaron con su tropa a las mismas barricadas y tuvieron que ser expulsados con la culata de los fusiles y la punta de las bayonetas.
O’Higgins con sus ayudantes, durante este primer asalto general, corría en todas direcciones, alentaba a los débiles, hacía recoger a los heridos para conducirlos a una casa que estaba al frente de la iglesia de la Merced y que había sido destinada para hospital de sangre, mandaba personalmente auxilios a los lugares más amagados, entusiasmaba a los bravos de las trincheras con su palabra, su ejemplo, su patriotismo.
Este primer ataque duró cerca de una hora, teniendo los sitiadores que replegarse no antes de haber dejado el campo sembrado de cadáveres.
Osorio, que charlaba tranquilamente con varios oficiales del Estado Mayor en una casa que había escogido para guarecerse y descansar mientras sus valientes soldados morían en sus puestos, tuvo muy luego conocimiento de la derrota de los Talaveras. Su cólera no tuvo valla. Se desbordó como torrente comprimido en su alma y lleno de despecho, ciego de furor, llama al bizarro Manuel Barañao, comandante de los Húsares de la Concordia, y le da de palabra la terrible orden de cargar a caballo, tercerola a la espalda y sable en mano, sobre la trinchera de San Francisco, advirtiéndole que arrancase y clavase los cañones que allí había.
Esta enormidad estratégica, sin nombre en la historia de los errores militares, demuestra de sobra la pequeñez de miras que como soldado y jefe tenía Osorio.
El intrépido Barañao tuvo que obedecer, aunque con experto juicio comprendió que se le lanzaba al fondo de un abismo sin salida. En tan dolorosa emergencia, perora a su escuadrón, lo organiza como puede, y diciendo a Maroto que estaba cerca de él, --de esta suerte se pelea en América--, se dirige a carrera tendida sobre la trinchera saltando cadáveres, pedazos de madera y cuanto obstáculo encuentra a su paso.
Como era de esperarse, Millán y Astorga en lugar de intimidarse se sonrieron al ver aquella barbaridad de Osorio. Inmediatamente los cañones y fusiles de la trinchera vomitan sobre el ardoroso Barañao una lluvia de fuego que lo dispersa y lo hace girar sobre sí mismo para buscar protección en las calles de atravieso. Barañao se cubrió de gloria cargando a la cabeza de sus Húsares; pero nada consiguió.
Osorio hablando de esta carga, se expresa así en su parte oficial: “Luego que el tiempo lo permita daré a V. E. la noticia correspondiente, ciñéndome por ahora a recomendar a V. E. a los jefes de las divisiones, al valiente Barañao que a la cabeza del Escuadrón con el fusil a la espalda y sable en mano entró a escape por la calle que mira al sur, en donde fue herido gravemente por una bala de metralla en el muslo izquierdo, habiéndolo sido antes su caballo por una de fusil”.
Estos desastres probaron a los realistas que Rancagua no era presa tan fácil de tomar y que era preciso emprender el asedio de la plaza de un modo más en armonía con los preceptos elementales de la táctica militar.
El primero en pensar y obrar así fue Barañao, quien mandó echar pie a tierra a sus Húsares, los hizo salir a los tejados y allí, agazapados y protegidos por los aleros, dio la voz de fuego contra los defensores de la trinchera sur. Fue en esos momentos cuando tan digno oficial, honra del ejército enemigo, recibió la herida grave de que habla Osorio y que lo imposibilitó para seguir al frente de sus tropas.
Casi junto con Barañao y protegido por éste, el capitán de Talaveras Vicente San Bruno, tan famoso más tarde por las atrocidades y crímenes que cometió durante la luctuosa Reconquista Española en expiación de los cuales fue fusilado por los patriotas después de Chacabuco, San Bruno, decimos, valiente por naturaleza, cruel hasta el delirio, hábil como soldado y fanático como buen español de aquella época, se puso a construir a una cuadra de la trinchera mencionada una especie de barricada o reducto compuesto de vigas, líos de charqui, muebles y troncos, y colocó sobre ellas cañones resguardados por sus tropas
(1).
Concluida la tarea, a las dos de la tarde se rompen los fuegos por ambos lados, a la vez que se da comienzo al segundo asalto general de las divisiones realistas.
O’Higgins tuvo en esta circunstancia una escapada que el vulgo apellidaría milagrosa y providencial. Estaba cerca del hospital de sangre de que hemos hablado, censurándole acremente a un cirujano Morán su falta de valor al ocultarse durante el primer ataque, cuando “una bala de cañón pasa por entre ambos sin herirlos”.
Después de este incidente, O’Higgins siguió su camino con dirección a la trinchera de San Francisco. Allí tuvo conocimiento de la barricada construida por San Bruno y comprendió con facilidad el gran peligro que había en dejarla en pie. Resolvió entonces ejecutar una salida para arrasarla.
Al efecto llama al denonado subteniente de la legión de Arauco Nicolás Maruri y al alférez de Dragones Francisco Ibáñez, les da cincuenta soldados escogidos (2), les señala con su espada el punto que deben atacar, los anima con su voz, hace descargar a un mismo tiempo los tres cañones de la trinchera para que los asaltantes salgan protegidos por el humo, y les dice que confía en que han de clavar la batería enemiga.
Aquel puñado de hombres inspirados por un amor sublime a la patria y movidos por un heroísmo que sólo dan la desesperación y un respeto caballeresco por el honor de la bandera que se defiende, se lanzan como leones embravecidos sobre la barricada, acuchillan con su afiladas bayonetas a los Talaveras, principian a destruir las empalizadas y se preparan para clavar los cañones cuando San Bruno, alentando con el ejemplo a sus soldados, los hace volver a la carga en mayor número y obliga a Maruri a buscar su salvación en las casas vecinas y en las calles laterales.
Millán entretanto barre con sus piezas la calle e impide así el avance del enemigo y la reconstrucción de la barricada. O’Higgins presencia en persona esta lucha de titanes desde la trinchera patriota, y organiza con increíble actividad los medios para proteger la retirada de Maruri. Como puede, por encima de los tejados o por el interior de las casas, envía a aquel heroico oficial una granada de mano, algunas municiones y el aviso de que los realistas le preparan una emboscada. En verdad, San Bruno no era hombre que se dormía sobre sus laureles. Rechazado el ataque de los patriotas, resuelve impedirles la vuelta a la plaza, cortándoles la retirada y batiéndolos hasta exterminarlos. Prepara con dicho objeto una partida de Talaveras, les da un cañón y los manda por dentro de las casas a fin de salir de atravieso a Maruri cuando intente replegarse a la trinchera de Millán. El oficial designado para ejecutar este golpe de mano cumplió al pie de la letra las instrucciones y, cruzando cercas y tapias horadadas al efecto, se pone en acecho en el patio de una casa.
Maruri, por anuncio de O’Higgins y por inspección personal, tuvo pleno conocimiento del plan de San Bruno y tuvo la feliz inspiración de sorprender a los Talaveras en su propio escondite. Concebir tan audaz proyecto, prueba elocuente del excepcional temple de alma de aquel bravo oficial, y ponerlo en práctica sobre la marcha, fue obra de segundos.
Acompañado de los sobrevivientes del asalto de la barricada realista, escaló los tejados de las casas, y arrastrándose en profundo silencio, se colocó en las alturas de los techos que rodeaban el patio en donde los Talaveras, arma al brazo y lanzafuego encendido, esperaban ansiosos el momento de cumplir su misión.
Una granada de mano arrojada al medio del patio por el mismo Maruri y que al estallar en mil pedazos produjo un estrépito horrísono, fue la señal de ataque de los patriotas y el despertar de los realistas sorprendidos. Tras del estallido de la granada, viene el fuego de los rifleros y tras de éste los osados insurgentes bajan bayoneta calada y acuchillan a cuanto talavera encuentran a su paso, escapando sólo dos.
Realizado este verdadero prodigio, Maruri volvió a la ciudad trayendo consigo un cañón, dos prisioneros y laureles inmortales. O’Higgins lo estrechó entre sus brazos y lo hizo capitán sobre el campo de batalla (3).
Igualmente rechazadas fueron las divisiones en las otras trincheras, después de dos horas de un batallar encarnizado y sangriento. Este segundo asalto terminó a las cuatro de la tarde.
El radiante sol que durante varias horas había iluminado aquel campo de lucha y de exterminio, poco a poco, sin sentir, se hunde en el horizonte, dejando tras sí arreboles de oro que a su vez son disipados por las sombras de oscura y tenebrosa noche.
Mientras los cielos parecen pedir silencio y reposo, los realistas reúnen de nuevo sus tropas y al anochecer dan un tercer asalto, tan infructuoso y tremendo como los anteriores. Se estrellan impotentes contra las bayonetas de los patriotas.
A las nueve de la noche, hora en que terminó este esfuerzo tenaz de parte del enemigo, el campo de batalla ofrece un tristísimo espectáculo. Las calles están sembradas de cadáveres; a los pies de las trincheras y principalmente en la calle de San Francisco están éstos amontonados formando piras. Las murallas y la tierra están salpicadas de sangre. En los hospitales provisorios gimen centenares de heridos. La ciudad a esas horas sólo es alumbrada por las rojizas llamaradas de los incendios que en varios puntos se declaran a causa del bombardeo y del enemigo que intencionalmente enciende varias chozas y casas. Negras e inmensas columnas de humo, coloreadas por los reflejos de aquellas hogueras, se levantan y confunden a grandes alturas.
¡Pobre Rancagua!
Durante aquella noche de angustias y dolor, los patriotas siguen impasibles en su obra de defender la plaza. Rehacen las trincheras casi destruidas con la metralla; apagan como pueden el fuego del incendio; aumentan los medios de resistencia; recogen las municiones que comienzan a escasear, beben las últimas gotas de agua a fin de apagar la quemante sed que los devora; recogen los muertos, y prestan cariñosos auxilios a los heridos.
¡Que cuadro tan digno de un pincel, inspirado por el genio y el patriotismo!
Los realistas en cambio horadan las murallas con el objeto de avanzar las operaciones del sitio, hacen nuevas barricadas; distribuyen por doquier centinelas para evitar sorpresas nocturnas; y estudian afanosos la manera de concluir con los valientes que palmo a palmo defienden el estrecho espacio de tierra en que se sustentan sus banderas, postrer refugio de la patria moribunda, tumba gloriosa de los últimos sostenedores de la gran causa de la independencia nacional.

Notas.
1. Osorio en el parte oficial de la batalla recomienda especialmente a este capitán y dice: “Al capitán don Vicente San Bruno que a fuerza de mucho trabajo construyó una trinchera en ella (en la calle del sur) para contrarrestar la del enemigo”.
2. En el número de hombres que llevó Maruri hemos seguido lo que dice su hoja de servicios que, en compañía de varios certificados de suma importancia, nos ha facilitado su hijo el teniente coronel don Juan Maruri. El documento mencionado después de enumerar los varios encuentros en que se encontró dice:” y en el sitio de Rancagua en el que se distinguió por su valor y arrojo, muy particularmente en una salida que hizo al mando de cincuenta hombres, atacando una trinchera enemiga defendida por más de cincuenta hombres, los mismos que fueron pasados a bayoneta, apoderándose de dicha fortificación con su artillería, demás armamento y municiones, por este hecho de armas, fue distinguido en el acto con el grado de capitán.
En la Memoria que se atribuye a O´Higgins se dice que Maruri e ibañez llevaron cien hombres, que los Talaveras eran cien, y que los cañones tomados fueron dos y que el primero era teniente y el segundo capitán. Estos son errores manifiestos como lo probaremos reproduciendo más adelante un certificado del mismo O’Higgins, otro de José Miguel Carrera y otro del coronel Francisco Calderón.
3. Copiamos a continuación, para que no se crea que hay hipérbole en esta narración, tres certificados que sobre Nicolás Maruri dieron tres próceres de nuestra independencia y que originales tenemos en nuestro poder:
“El conocido valor y arrojo con que se distinguió don Nicolás Maruri bajo de mis inmediatas órdenes en Chile contra el ejército expedicionario de Lima, en las acciones de Guilquilemu, Quilacoya, Gomero, el Roble y Quilo, lo hicieron acreedor, de la clase de sargento que era, a subteniente del batallón de Penco; se halló en los ataques del Quilo, Tres Montes y Quechereguas, se señaló en la batalla y ataques de Rancagua extraordinariamente, y en particular, en la salida que hizo de mi orden, con cuarenta y cinco hombres, contra una trinchera a distancia de dos cuadras de nuestra línea, sostenida por más de cincuenta hombres enemigos a los que pasó a la bayoneta, tomándoles el puesto y quitándoles la artillería, municiones y armamento que me entregó en la plaza; por cuya acción a nombre de la patria le concedí el grado de capitán de ejército que fue después aprobado, y a pedimento del interesado para que haga el uso que le convenga, le doy el presente certificado en Buenos Aires a 6 de junio de 1815.
Bernardo O’Higgins”
He aquí el segundo certificado:
“Don Nicolás Maruri me pide informe de sus servicios y empleos en Chile.
De la clase de sargento del batallón de milicias de infantería fue ascendido a la de subteniente del batallón veterano de Concepción por haber manifestado su buena disposición en la acción de Guilquilemu, contra las tropas del rey en el mes de agosto de 1813. Se halló en la acción de Quilacoya y en la de Gomero, en el Roble, en el Quilo, en los Tres Montes, y en Quechereguas. En el sitio que Osorio puso a Rancagua se comportó con un valor extraordinario e hizo una salida con poco más de cuarenta hombres contra una batería sostenida por más de cincuenta hombres; la tomó, pasó a cuchilla la tropa, y entregó el cañón con un tambor, y varias tercerolas. Por esta acción que es superior a lo que parece en el papel, se le concedió grado de capitán, grado a que ascendió con tanta más razón, cuando no se conocían entre nosotros premios por los servicios militares.
“Su patriotismo es muy acreditado y es su presencia interesante en las líneas americanas.
José Miguel Carrera”.
He aquí el tercer certificado de nuestra referencia:
“Don Francisco Calderón, coronel y comandante del batallón de infantería número 2º y mayor general en el ejército de la patria de Chile.
Certifico que don Nicolás Maruri, teniente de mi cuerpo, fue graduado de capitán, consecuente a una salida que hizo en el sitio de Rancagua contra los sitiadores, a quienes con la mayor intrepidez quitó un cañón, mató a los que lo defendían y con sólo cuarenta hombres impuso en aquella salida terror al enemigo. Este oficial fue incorporado en mi cuerpo, por infinitas acciones distinguidas en que se halló desde la entrada del enemigo en Chile, por su constancia en las fatigas, por su acreditado y extraordinario arrojo en las acciones de guerra, y por su conducta y acendrado patriotismo que todo junto hacen un hombre de los más beneméritos, y acreedores a la gracia de los que aman la libertad y sean verdaderos patriotas: a su pedimento le doy este en Buenos Aires a 20 de agosto de 1815.
Francisco Calderón”.


CAPÍTULO XVII
Balance del combate del 1º de octubre.- La victoria estaba de parte de los patriotas.- Junta de guerra en Rancagua.- Se acuerda enviar un aviso a la 3ª división.- Sale un dragón de la plaza y llega a donde José Miguel Carrera.- Consejo de guerra de los realistas.- Osorio acuerda levantar el sitio y repasar el Cachapoal.- Protesta de sus oficiales.- Suspende la orden al saber el estado de la plaza.- Contestación de José Miguel Carrera.- Estudio de las causas de la paralización de Carrera y de la 3ª división.- Carrera pudo atacar de sorpresa a medianoche.- Pudo atacar en el principio del día.- No son atendibles sus disculpas.

Balanceando con imparcialidad los sucesos y episodios de los combates del día 1° de octubre, se llega a la lógica conclusión de que la victoria estaba de parte de los patriotas. Hasta esos instantes la plaza permanecía en poder de ellos y los enemigos habían sido totalmente vencidos en los asaltos emprendidos.
Es cierto que las municiones escaseaban, que el agua hacía falta, que las provisiones de boca disminuían de un modo alarmante; pero también es cierto que el corazón de los defensores estaba entero, el deseo de pelear intacto, los soldados y oficiales en sus puestos, las trincheras firmes como al principio, inquebrantable la voluntad de no ceder una pulgada de tierra, el enemigo no había recogido ni una esperanza de victoria y las banderas envueltas en negros crespones seguían anunciando con elocuente lenguaje que los que allí estaban sosteniéndolas fusil o lanzafuegos en mano, abrigaban como al comienzo del sitio la estoica resolución de vencer o morir.
Casi a un tiempo hubo en ambos ejércitos una junta militar para estudiar la situación.
O’Higgins reunió en la casa del cura a los jefes de mayor graduación y a los valerosos capitanes de las trincheras. En esa junta se discutió el estado de la plaza y, después de cortas y varoniles palabras dirigidas hasta el último general, quedaron acordes en defenderse hasta el último trance, en no capitular en ningún caso y en dirigir un aviso a José Miguel Carrera para que viniera en socorro de la ciudad.
Todos se preguntaban con la palabra o con el pensamiento:
¿Por qué no viene la tercera división?
¿Dónde estará acampada?
¿Habrá sido sorprendida y derrotada por alguna división realista?
¿Estará todavía estacionada en las Bodegas del Conde?
¿Se habrá replegado a la Angostura de Paine, para dar así cumplimiento al plan de José Miguel Carrera?
¿Pensará dar un asalto nocturno cuyo éxito no puede dudarse por un solo instante?
Dudas y más dudas. Sombras en el espacio y sombras en los corazones.
O’Higgins para saber a qué atenerse, resolvió mandar un emisario al general en jefe. Un dragón, un heroico dragón cuyo nombre por desgracia no ha conservado la historia, se ofreció para ir disfrazado de mujer al campamento de la 3ª división.
O’Higgins tomó un papel de cigarro y escribió: “Si vienen y carga la 3ª división, todo es hecho”.
El dragón sale por los albañales de la ciudad y se dirige con plausible audacia al campamento de la 3ª división (1).
Al mismo tiempo que estos incidentes pasaban en la ciudad, en el cuartel general realista tenían lugar otros de no menos trascendencia.
Osorio, que al comenzar el sitio miraba con desprecio a los patriotas, al anochecer del 1º de octubre su espíritu, sumergido en un mar de cavilaciones, temores y dudas, fue víctima de los mayores tormentos morales y sufrió los vértigos que se sienten cuando se contempla el fondo de un precipicio. Había desobedecido las órdenes de Abascal; porque, en vez de reembarcarse se había lanzado al ataque de las trincheras de Rancagua; en vez de enviar a los Talaveras en protección del virreinato amagado por el sur, los había diezmado en los asaltos del día; y en vez de pactar con los insurgentes de cualquier modo, había roto los tratados de Lircay y hecho imposible un convenio. Todas estas ideas y muchas más se agitaban en continuo vaivén en su alma apocada, en su carácter irresoluto, en su naturaleza sin energía y en su cabeza sin recursos y sin inspiraciones.
Después de perplejidades impropias de un soldado y de un jefe, resolvió levantar el sitio y volver al sur para embarcarse con dirección al Perú y cumplir así las órdenes terminantes de Abascal (2).
Los oficiales, sin embargo, que rodeaban a Osorio eran de un temple superior y conocían más a fondo los deberes que impone el honor militar comprometido en una acción en que el número, la fuerza y los elementos ofensivos estaban de parte del que quería dejar la victoria a los contrarios. Dentro de las imperiosas exigencias del valor, de la delicadeza y de la hidalguía, prefería quebrar en mil pedazos las espadas antes de retroceder.
Fuera de estas observaciones, hicieron ver a Osorio que, si el ejército realista abandonaba el sitio, sería atacado por retaguardia al cruzar el Cachapoal y ellos nada podían esperar de una tropa sorprendida y desmoralizada con el solo hecho de huir al frente del enemigo entre la vergüenza de una derrota (3).
La retirada se habría quizás llevado a cabo, a pesar de tan fuertes razonamientos; “pero, por desgracia, se pasaron en la noche dos soldados patriotas que descubrieron la verdadera situación de las tropas de la plaza y la escasez de recursos que comenzaba a experimentarse entre los sitiados. Con esta noticia, nadie, ni Osorio mismo, volvió a pensar en la retirada” (4).
José Miguel Carrera entretanto que seguía impasible acantonado en los Graneros de la hacienda de la Compañía, que escuchaba el terrible vocear de la batalla de Rancagua y que veía en el horizonte los siniestros resplandores del incendio que quemaba en varios puntos la ciudad, recibió el papel de O’Higgins de que el intrépido dragón mencionado fue portador y le contestó en una esquela y con el mismo soldado lo siguiente:
-“Municiones no pueden ir sino en la punta de las bayonetas. Mañana al amanecer hará sacrificios esta división; Chile para salvarse necesita un momento de resolución”.
Iguales cosas confirmó de palabra al dragón (5).
A las 2 de la mañana llegó a la ciudad el intrépido emisario con la contestación. Tan fausta nueva encendió el entusiasmo de los sitiados y duplicó sus esperanzas de victoria. Con indescriptible regocijo se pusieron a la obra de aumentar los medios de defensa y de prepararse para secundar a José Miguel Carrera.
Antes de seguir analizando las operaciones de este sitio memorable y mientras ambos beligerantes toman un ligero reposo, llega el momento de hacerse preguntas indispensables para conocer el curso de los sucesos.
¿Por qué José Miguel Carrera, durante todo el primer día de combate, estando sólo a tres leguas de Rancagua, no dio un paso, un solo paso para proteger la plaza?
¿Por qué se quedó en inexplicable inamovilidad?
¿Por qué no envió siquiera partidas de reconocimiento?
¿Por qué no preparó alguna emboscada?
¿Por qué, en una palabra, no intentó nada, absolutamente nada para socorrer las divisiones encerradas que morían como espartanos en sus puestos, entre las llamas de un incendio colosal, la desesperación de sed devoradora y los proyectiles de un bombardeo incesante?
Dice en su Diario que apenas supo que Osorio había cruzado el Cachapoal, había enviado a escape a su edecán Rafael de la Sota para ordenar a O’Higgins y a Juan José que se replegasen a la Angostura de Paine, aun a costa de perder artillería y municiones.
De la Sota corrió a comunicar la orden terminante; pero tuvo que volverse sin llenar su cometido por serle imposible entrar al pueblo circunvalado ya por los realistas.
Salvo esta orden y un avance de las caballerías de la 3ª división que no fue notada por el enemigo y que no tuvo más objeto práctico que recoger los restos de las milicias de Portus de que hemos hablado, José Miguel Carrera no hizo, lo repetimos, nada, absolutamente nada.
¿Pudo hacer algo?
Si pudo hacer ¿por qué no lo llevó a cabo?
Y de haber podido emprender cualquier ataque, ¿habría habido probabilidades de victoria?
Para resolver estos enigmas con imparcialidad y pleno conocimiento de causa, es preciso recordar la situación del ejército realista. Basta echar una ojeada a los desastres experimentados en el día y basta saber el efecto que ellos produjeron en el ánimo de Osorio, para comprender el estado de los sitiadores.
José Miguel Carrera pudo, a contar desde las diez del día, hora en que comenzó el combate, hasta las once de la noche, hora en que recibió el aviso de O’Higgins emprender dos clases de operaciones militares diversas en su naturaleza, en sus resultados y en sus probabilidades de éxito.
O se decidía por un ataque por retaguardia en pleno día, exponiéndose con ello a los percances y veleidades de una verdadera batalla campal, y pudiendo contar para la cumplida realización de su propósito con un ataque combinado de las tropas disponibles de la plaza; o bien, esperaba las altas horas de la noche para dar una sorpresa a los realistas en su propio campo, en lo cual sería ayudado por salidas simultáneas de los sitiados.
Si el primer proyecto no le daba todas las seguridades, el segundo a nuestro modo de entender habría sido coronado con los lauros de un éxito brillante (6).
¿En qué se ocupó Carrera durante el 1º de octubre?
Según él en movimientos encaminados a evitar ataques del enemigo que sólo existieron en la fantasía de unos cuantos ilusos que creían encontrar un cuerpo de tropas realistas en las agrupaciones de rocas de las montañas vecinas, en unas cuantas partidas de caballería de los mismos patriotas y en otros espejismos propios de imaginaciones acongojadas por los fantasmas de un temor exagerado (7).
¿En qué se ocupó durante la noche?
En desear el día para proteger las divisiones encerradas en la ciudad, es decir, en aspiraciones puramente platónicas.
Pero, entretanto, mientras discutimos estas graves cuestiones, las sombras de la noche se destiñen poco a poco y comienza a amanecer dibujándose en la atmósfera las primeras sonrisas de la mañana.

Notas.
1. En el contenido, tanto del aviso de O´Higgins como de la contestación de José Miguel Carrera, hemos seguido el Diario de este último. Don Juan Thomas en sus Apuntes dice que el papel de O´Higgins decía: “si carga esa división todo es hecho”.
2. “La resistencia, dice el señor Barros Arana en su obra citada, que había encontrado (Osorio) le hacía vacilar; y su debilidad le aconsejó el mal arbitrio de retirarse con sus fuerzas, dejando a los enemigos dueños del campo que él abandonaba”.
3. “En la noche del 1º, dice José Ballesteros en su obra, los jefes de división, tuvimos orden del general Osorio, comunicada por el coronel Urrejola, para desamparar el sitio y retirarse con sus divisiones a inmediaciones del río Cachapoal que no pudo verificarse por estar ya avanzados a la plaza y que de ejecutarlo en aquella tenebrosidad, habría sido perseguido el ejército realista por el general O’Higgins reunido a don José Miguel Carrera que, con su numerosa caballería, se hallaba a poca distancia de la plaza y entonces no hubiera quedado un solo realista para contar la tragedia”.
4. Barros Arana. Esta noticia no la hemos podido encontrar en ninguno de los papeles que hemos consultado, lo que nos induce a creer que ha sido dada verbalmente por los oficiales realistas a quienes el señor Barros consultó para redactar su obra.
5. El señor Benavente en su Memoria sostiene que lo que de palabra dijo Carrera había sido: “Diga Ud. que esta división no puede encerrarse en la plaza; pero que mañana atacará para que salgan las de adentro”.
Los señores Amunátegui dicen que Carrera hizo al dragón esta advertencia: “le encargó (al dragón) de palabra dijese a O’Higgins y a su hermano, que a su parecer no quedaba otro arbitrio sino intentar una salida a viva fuerza para reunírsele”.
Nos ha extrañado que los señores Amunátegui digan que Carrera “no se atrevió a escribir”, y que en consecuencia toda la contestación dada al papel de O’Higgins había sido verbal. Nos basta, para probar lo contrario, copiar lo que dice Carrera en su Diario: “El dragón salió saltando tapias y era muy posible que a su vuelta lo tomase el enemigo, porque tenía circunvalada la plaza: por eso no quise contestar por escrito sino lo muy preciso.- Por escrito le hablé así: (las palabras que hemos insertado en el texto de la narración).
El señor Juan Thomas se salta algunas palabras de la contestación de Carrera al decir en sus Apuntes que la respuesta fue: “Al amanecer hará sacrificios esta división”.
6. Con sobrada razón dice el señor Barros Arana, después de describir las escenas que tuvieron lugar en el campo realista cuando Osorio dio orden de levantar el sitio, lo siguiente:
“En aquellos momentos de angustia y confusión para los realistas, cuando la inmensa superioridad numérica no había podido salvarlos de verse rotos y desconcertados, una carga de la tercera división del ejército insurgente habría bastado para destruirlos completamente. Estaba ésta acampada en los graneros de la hacienda de la Compañía, a tres leguas de Rancagua: desde allí se oían perfectamente los cañonazos de la batalla, pero no se movió ni una sola partida para socorrer a los sitiados”.
7. Damos la palabra al mismo Carrera en su Diario:
”Avancé (luego que supo el comienzo de la batalla) la Guardia Nacional para que incomodase al enemigo con guerrillas, y este cuerpo tomó posesión de todos los potreros fincas inmediatas a la Cañada (de Rancagua).- El coronel Benavides me dio parte de una columna enemiga que por el camino de Machalí se dirigía como para la cuesta de Chada.- Un escuadrón de caballería de los Húsares se destinó al reconocimiento, y como confirmase el primer parte, me vi en la necesidad de mandar la infantería y la artillería a que se posesionasen de la Angostura para impedir que el enemigo lo hiciese, logrando impedirnos la retirada, interceptando las comunicaciones y tropas sorprendidas hasta tomar la capital.
“No tardó en saberse que la columna de caballería de Portus había sido despedazada por el enemigo. Hice avisarla para que se incorporase con la 3ª división, oficié al gobierno lo ocurrido, puse guardias en la Angostura y pedí que avanzasen las fuerzas de retaguardia que consistían en 170 artilleros con 6 piezas de artillería, 116 infantes a las órdenes del comandante Bustamante, y 150 lanceros a las de don Fernando Gorigoitía.- Con este refuerzo era bastante para facilitarse la comunicación con las tropas encerradas y para obligar al enemigo a una retirada. La infantería artillería volvió sobre Rancagua. Al anochecer estábamos en las casas nuevas de Cuadra.- Reforcé a los Húsares con dos piezas de artillería y 60 fusileros, y mandé que acampase el resto de la fuerza en aquellos potreros.
“No cesaba el vivo fuego del enemigo sobre nuestras divisiones, deseaba el día para protegerlos en cuanto nos fuese posible”. Después da cuenta detallada del aviso que recibió de O’Higgins y de a contestación que le dio.
De estos extractos se desprenden hechos de que es necesario dejar constancia:
1º De que Carrera se encontraba con fuerzas bastantes “para obligar al enemigo a una retirada”.
2º Que escuché desde el principio “el vivo fuego” sobre Rancagua.
3º Que esperaba el día para proteger las divisiones encerradas en cuanto le fuese posible.
De paso agregaremos que los anuncios que recibió de que hubiera realistas amagando la 3ª división o fuera del estrecho circuito de Rancagua, fueron falsos, como que en verdad a Osorio no le pasó por la mente separar tropas de un lugar en el que estaba en serio peligro y en grande apuros.


CAPíTULO XVIII
Al amanecer del día 2 de octubre O’Higgins observaba los movimientos del enemigo.- Los realistas emprenden el cuarto asalto general.- Son rechazados.- A las diez de la mañana llega la 3ª división en momentos que Osorio ordena el quinto asalto.- Progresos de José Miguel Carrera.- Las caballerías de la 3ª división obligan a retirarse a las del enemigo.- Después de estas ventajas, Carrera se queda estacionado.- O’Higgins hace una salida para ayudar a Carrera.- La 3ª división emprende la retirada y abandona a su suerte a Rancagua.

Los destellos de la aurora del aurora del día 2 de octubre, al clarear los cielos, dejan ver el campanario de la Merced, vigía de los patriotas, a un hombre bajo de cuerpo, cara llena, frente ancha, tez sombreada, pelo crespo y en desorden, ojos azules y mirada ardiente. Sus espaldas son anchas, su pecho turgente sus mejillas rojas. Viste uniforme sencillo. Su casaca y kepi está cubiertos de polvo y ennegrecidos con el humo del incendio y de la pólvora. Sus visuales están dirigidas fijamente a los Graneros de la hacienda de la Compañía. Lleno de emoción persigue las sombras que se diseñan en lontananza, creyendo encontrar en ellas las avanzadas de las 3ª división.
Penetra con las pupilas de la imaginación los bosques que circundan la ciudad y que estrechan el radio del horizonte que está al alcance de su vista. Ilusionado con los espejismos que, como el mar y el desierto, tienen el deseo y la esperanza, había olvidado por un instante que cerca de sí el ejército realista tocaba sus clarines y emprendía un asalto general, cuarto del sitio.
Aquel atalaya que silencioso y meditabundo escudriñaba el espacio, era Bernardo O’Higgins. Las descargas simultáneas que contra el enemigo hicieron las trincheras, lo hicieron bajarse del campanario para subir a caballo y dirigir de nuevo el combate.
Al abandonar la torre de la Merced, dejó en su lugar a un oficial encargado de darle cuenta en el acto que divisara alguna polvareda que anunciase la llegada de la 3ª división.
Entretanto los fuegos del enemigo y de las trincheras patriotas llevan la muerte y la desolación por doquier. La ciudad se ve envuelta en un doble círculo de llamas y de bayonetas. La tierra tiembla con el estruendo de la artillería y de la fusilería. El bombardeo no cesa un momento. Hay ocasiones que algunos valientes sitiadores llegan hasta las mismas barricadas con el ánimo de escalarlas para clavar los cañones y rendir la plaza; pero allí son recibidos a culatazos y tienen que volver cara ante las afiladas bayonetas de los heroicos defensores.
Por cuarta vez los sitiadores se ven rechazados con grandes pérdidas. Esto no impide que a lo lejos sigan dando fuego y sigan su obra de destrucción en las casas de la ciudad.
Poco antes de las diez de la mañana el vigía dejado en la torre de la Merced, al divisar por el lado de los Graneros nubes de polvo que se agitan alrededor de masas en movimiento, grita con toda la fuerza de sus pulmones:
- ¡Viva Chile!
- ¡Viva Chile!
La fausta nueva de la aproximación del general en jefe se esparció con la ligereza del rayo por la plaza, despertando en el corazón de los intrépidos defensores las fugaces alegrías de la esperanza.
Igual entusiasmo tuvieron Napoleón I y su ejército, cuando en las horas más críticas de Waterloo vieron en lontananza un punto negro que se ensanchaba y acercaba gradualmente y cuando creyeron que esa nube era Gruchy que venía con su división a decidir la batalla. En Rancagua como en Waterloo aquel regocijo y aquel júbilo iban a vivir lo que viven los devaneos de un sueño.
Los realistas aprovecharon esos instantes para emprender a las diez de la mañana un quinto asalto. En éste como en los anteriores fueron derrotados por los patriotas que se batían con la indomable fiereza de Leonidas. Morían a los pies de sus banderas y de sus cañones con el rifle empuñado, mordiendo los cartuchos o con el lanzafuego en la mano. Al caer, todavía conservaban la amenaza en el ceño y el relámpago en la mirada. Así morían los espartanos en las Termópilas.
Un sol ardiente y hermoso baña a esas horas con raudales de luz los cielos y la tierra. El calor es sofocante. Los floridos campos que alfombran el ancho valle de Rancagua, libres del hielo del invierno, ostentan los colores y poesía de la primavera.
¿Qué hace por su parte José Miguel Carrera?
En cumplimiento de su promesa, al amanecer del domingo 2 de octubre se puso en marcha hacia Rancagua, estacionándose en la Quinta de la Cuadra a una milla del pueblo. En el acto envió su vanguardia al mando de Luis Carrera con dos cañones para tomar posesión de los callejones que desembocan en la Cañada de la ciudad. Al recibir esta orden Luis Carrera, joven tan simpático e hidalgo como valiente y desprendido, avanzó por los senderos mencionados, rompió los fuegos contra “una batería que los españoles habían levantado en la boca de la cañada y sostuvo a pie firme un mortífero fuego de metralla” (1).
Entretanto las caballerías de la 3ª división capitaneadas por los hermanos José María y Diego José Benavente, se lanzan a escape a detener los escuadrones de Elorreaga y Quintanilla que venían a cargar sobre los patriotas. El avance de los Benavente hecho con intrepidez y pericia hizo retroceder a los realistas y aún más, Diego José “rechazó un escuadrón que los atacó por retaguardia” (2).
José Miguel Carrera, como pudo formó una pequeña división de 250 fusileros y con ella tomó posesión “en una venta que está a tres cuadras de la Cañada”.
El enemigo para impedir el progreso de dichas fuerzas apostó en la boca de la Cañada un cañón y algunos infantes que esparció por las casas vecinas y murallas.
Aquí quedaron los avances y tentativas de la 3ª división para marchar en socorro de la plaza. Por el momento se estacionó sin pensar más en emprender un ataque a fondo, una escaramuza o siquiera enviar guerrillas que tiroteasen la retaguardia enemiga (3).
Las maniobras de la 3ª división eran seguidas con ansiedad indescriptible por los que estaban en la plaza. Una vez rechazado el quinto asalto, O’Higgins se subió a los tejados del Cabildo para observar tranquilamente las evoluciones y adivinar los propósitos del general Carrera, a fin de secundario en la medida de sus fuerzas.
Cerca de las once del día, al ver O’Higgins que los patriotas habían hecho retroceder las caballerías realistas y al imaginar que el plan del general en jefe era penetrar en Rancagua por la calle de Cuadra, creyó llegado el momento de protegerlo en lo posible y de prestarle apoyo con los pobres recursos de que podía disponer. Al efecto ordenó una salida por la trinchera del Poniente que enfrentaba a la calle de Cuadra, para despejarla de un piquete de soldados que Montoya había mandado para apoderarse de una casa de mucha importancia para la defensa y el ataque. Inmediatamente salió el capitán Molina a la cabeza de un puñado de bravos y cargó con ímpetu irresistible. Los realistas tuvieron que huir, no antes de haber sido acuchillados sin piedad (4).
“A las 11,30 de la mañana del 2 de octubre, dice Juan Thomas, Rancagua es una victoria”.
Los defensores de la plaza al contemplar la estoica impasibilidad de José Miguel Carrera, comienzan a llamarlo con repiques de campana, salvas y señales que, como luego se verá, fueron interpretados en otro sentido.
Preocupado O’Higgins con el capitán Molina que en esos instantes se replegaba a las trincheras, había dejado de observar a la 3ª división. En ambas filas había la calma de un armisticio. Los fuegos habían cesado. Los beligerantes estaban preocupados tan sólo en lo que sucedería en la Quinta de la Cuadra.
Fue entonces cuando O´Higgins oye a su lado las exclamaciones de:
- ¡Ya corren! ¡Ya corren!
En el acto vuelve bruscamente la cabeza y pregunta:
- ¿Quién corre?
-La tercera división, le responden.
¿Qué pasaba?

Notas.
1. Señores Amunátegui en la Reconquista española.
2. Palabras dichas por él mismo en su Memoria tantas veces citada.
3. “A pesar de haber alcanzado tan importantes ventajas en los primeros momentos, el general Carrera no avanzó de ese punto. Desde allí no podía incomodar a los realistas, y ni aún alcanzaba a dividir su atención para favorecer a los sitiados, que en ese momento se batían con una heroicidad y denuedo superiores a todo elogio. Fuera del alcance de los fuegos del combate, don José Miguel permaneció a la entrada de los callejones que conducen a la Cañada de Rancagua, sin intentar ataque alguno”. --Barros Arana.-- Historia General de la Independencia.
4.  “O’Higgins, sin embargo, dice el señor Barros Arana, creyó que le había llegado el caso de cargar sobre el enemigo. En la calle de Cuadra, en donde los realistas habían hecho muchos destrozos, se presentó una partida de éstos en columna a posesionarse de una casa. El general O’Higgins despachó inmediatamente en contra de ellos al capitán Molina, a la cabeza de un piquete de fusileros. Cargaron éstos a la bayoneta, hicieron grandes estragos entre los enemigos, y, temiendo que fuesen reforzados, volvieron precipitadamente a la plaza”.
O’Higgins, en las Memorias que se le atribuyen, hablando de la salida que hizo el capitán Molina dice que la “verificó con buen suceso, cargando a la bayoneta a 150 Talaveras (este es un error porque los Talaveras estaban en la calle de San Francisco) que se habían refugiado en una casa, en la que habían hecho una carnicería del señor de ella y su familia, dejando pasados a cuchillo allí mismo 50 de esos infames chapetones, y poniendo en fuga los demás”.
Juan Thomas en los Apuntes citados, da cuenta de un incidente del sitio que no hemos visto confirmado; pero que, salvo errores de nombre y de detalle, ha de referirse al narrado por los señores Barros Arana y O’Higgins. Helo aquí:
“El general O’Higgins no duda ya de la victoria y que el enemigo huye (se refiere al momento que las caballerías de Benavente habían hecho huir a las realistas); desciende a toda prisa a la plaza y da orden instantáneamente que monten los dragones y salgan por la trinchera del sur y del oeste contra el enemigo que cree en fuga. El capitán Ibáñez y el teniente Maruri se lanzan entonces por la trinchera del capitán Astorga y acuchillan a los Talaveras en su propio parapeto. El ayudante Flores, que ha salido con otro piquete por el costado del oeste, sorprende un destacamento enemigo ocupado en saquear una familia, y lo pasa a cuchilla”. El ataque de Ibáñez y Maruri fue en el primer asalto.


CAPÍTULO XIX
Razones que da José Miguel Carrera en su Diario para justificar su retirada.- Las que da Diego J. Benavente en su memoria.- Las que dan a su vez los señores Amunátegui.- Análisis del argumento de que la plaza estaba en silencio a las 12 y que sólo se oían repiques de campana.- Carrera se contradice.- Tuvo poca previsión.- Estudio de su segunda disculpa.- No es admisible.- Su avance no debió ser sólo para reconocimiento.- Hay diferencia en las órdenes de viva voz y en las que dio en el papel que mandó a O´Higgins.- No debió moverse hasta la rendición de la plaza.- Era un proyecto censurable según la estrategia, pensar volver a Paine con tropas ya diezmadas.- Estudio de la tercera disculpa.- El enemigo no podía tomarse a Paine sin haber sido notado.- Aunque se lo hubiesen tomado, Carrera no debió abandonar a Rancagua a su suerte.- Análisis de la cuarta disculpa.- Aunque hubiese temido ser derrotado, Carrera debió entrar en auxilio de la plaza.- El honor militar y la salvación de la patria así se lo exigían.- Calumnias que se han lanzado contra Carrera por su retirada.- No hubo traición ni perfidia.- Le faltó energía y audacia.- Paralelo entre O’Higgins y Carrera.

José Miguel Carrera, en verdad, estuvo estacionado a un paso de Rancagua por largo espacio de tiempo, hasta que al fin, a las doce del día, dio orden de retirarse y volverse a la Angostura de Paine.
¿Por qué el general patriota abandonó su puesto?
¿Por qué dejó entregada a su suerte la plaza de Rancagua?
¿Por qué, después de hacer despertar bellas esperanzas a los defensores de la ciudad sitiada, los deja envueltos en las sombras de amargas decepciones y de triste desamparo?
Como este es un punto de los más graves de la historia de la Revolución de la Independencia, creemos útil exponer en extenso las opiniones sustentadas por el mismo José Miguel Carrera y por todos los principales escritores que han estudiado este problema, causa directa de la ruina de Chile, antes de dar nuestro humilde fallo.
Comenzamos por transcribir íntegras las páginas que Carrera destina en su Diario a todas las operaciones ejecutadas en el día 2 de octubre por la 3ª división.
“Al amanecer, dice, se puso en marcha la 3ª división, y no paró hasta que tomó posesión de los puntos que ocupaba la guardia nacional (es decir la vanguardia de Luis Carrera), la que no perdonaba momentos para incomodar con guerrillas al enemigo. Antes del ataque escribí al gobierno el oficio número 125. Determiné hacer lo único que se podía con una fuerza de 368 fusileros. Desmontando parte de los fusileros nacionales, se formó una división de 250 infantes que tomó posesión de una venta que está a tres cuadras de la Cañada. La guardia nacional se formó en los potreros que están a la derecha de la venta. El enemigo colocó atrincherados en las tapias 200 fusileros para contener la guardia nacional. Destacó igual fuerza sobre la infantería y otra igual por la izquierda de nuestra línea, que corrió sobre nuestra retaguardia haciendo un fuego vivísimo: el teniente coronel Benavente la sostuvo. El coronel Carrera rechazó a los que le atacaban y avanzó una pieza de artillería, que batía la que el enemigo tenía puesta en la boca de la Cañada. La guardia nacional obligó a retirarse a las guerrillas enemigas. No podía hacer más nuestra débil división: rechazó por todas partes al enemigo contra quien se mantuvo por cuatro horas a la defensiva. La guardia nacional no podía romper a lanza y pecho de caballo, los tapiales que abrigaban al enemigo, y yo no podía permitir que 250 fusileros tomasen a viva fuerza un puesto atrincherado y sostenido por fuerzas muy superiores. Lo que únicamente se podía hacer fue lo que se hizo: llamar la atención del enemigo para que los sitiados pudieran cumplir mis órdenes, incorporándose a la 3ª división, que distaba de ellos seis cuadras. Sabían muy bien los sitiados que mi división constaba de bastante caballería y de muy pocos fusileros. ¿Cómo podían presumir que yo atacase la Cañada, cuando todo el ejército enemigo estaba en posesión de ella? Si algún ignorante dice que debí hacerlo, es preciso confiese que la 3ª división podía haber batido el ejército de Osorio en campaña, por dos razones: 1ª porque en campaña podía obrar mi caballería con ventaja, y 2ª porque el enemigo en el campo no tendría casas, tapias ni trincheras en que ponerse a cubierto. Para exigir que la 3ª división atacase la Cañada es preciso confesar que debió haber seguido hasta la plaza, porque una vez vencido el punto fuerte ¿por qué no abrazar a nuestros hermanos que hacían la heroicidad de mantenerse encerrados, mientras nos dispensaban todas las glorias? Confesará también que teníamos algún objeto para encerrarnos en Rancagua dejando al enemigo en libertad para irse a la capital, si le daba ganas. Últimamente confesará una de dos cosas, o la 3ª división olvidada de las fuerzas que tenían las dos primeras, debió haber entrado a sacrificarse, por ahorrar la sangre de los que tenían obligación y necesidad de salir, o la 3ª debía conocer que la cobardía, ignorancia y abandono de los de la plaza era tal que veían la ruina de Chile con frialdad. ¡Cuál sería mi admiración cuando en cuatro horas de fuego no observábamos el menor movimiento de parte de los sitiados! El enemigo hacía movimientos sobre nuestra retaguardia, y nos presentaba fuerzas muy superiores; nada era esto, lo espantoso para nosotros era ver que mientras más nos empeñábamos los de la 3ª división, menos fuego se hacía de la plaza, llegando al extremo de callar enteramente. Me persuadí y todos creyeron que la plaza estaba capitulando o iba a capitular. ¿Qué hacer en tales circunstancias? Estoy satisfecho de haber llenado mis deberes ordenando la retirada a la Angostura, para fortificamos en aquella ventajosa posición llamando en nuestro auxilio 191 fusileros y artilleros que había dicho al gobierno se llamasen de los diferentes puntos en que no eran ya necesarios. La retirada se verificó con orden y muy despacio; en el cerro Pan de Azúcar hicimos alto y los centinelas de la altura avisaron que volvía a hacer fuego la plaza. Mandé un propio para que apresurasen la marcha de 116 fusileros, que mandaba el capitán José Antonio Bustamante, y mayor fuerza el teniente coronel Serrano, con el fin de volver en auxilio de la plaza. En estas circunstancias se me avisó que el enemigo estaba posesionado de la Angostura y marchamos a atacarlo, se falsificó la noticia y los fuegos de la plaza volvieron a cesar. Determiné pasar la noche en la Angostura, recibir allí el refuerzo y obrar al día siguiente en vista de las circunstancias. Poco duró este proyecto porque el teniente don Gaspar Manterola, del batallón de Granaderos, llegó a nosotros anunciando la rendición de la plaza, de la que se habían escapado muchos oficiales y soldados de los que tenían caballos”.
Benavente, en su Memoria, da como disculpas de la retirada las mismas de Carrera, como que toda su obra es sólo un extracto del Diario de dicho general.
Los señores Amunátegui en su Reconquista Española, en el fondo reproducen los argumentos de Carrera, diciendo:
“Carrera, después de haberse mantenido un largo espacio de tiempo en su puesto, escuchó dentro de la plaza en lugar del estruendo del combate, repiques de campana, con los cuales los sitiados pensaban dar a entender su angustia, y en vez de dar este sentido a aquella señal, creyó al contrario que era un indicio de que se habían rendido.
“Algún tiempo después de haber abandonado don José Miguel Carrera las cercanías de Rancagua, el estampido de los cañones que retumbaban de nuevo le advirtió que la ciudad no había sucumbido. Iba a dar orden de volver a ocupar la posición que acababa de dejar, cuando se le trajo la noticia de que el enemigo marchaba a apoderarse de la Angostura de Paine. Se sabe la importancia que asignaba a este puesto; así no vaciló en correr a defenderlo. Apenas se había convencido de la falsedad del aviso, supo que habían escapado de Rancagua con los dragones O´Higgins, don Juan José y algunos otros”.
Conocidas las defensas principales que se han hecho para justificar la orden de retirada que dio José Miguel Carrera con dirección a Paine, podemos ya discutirlas a la luz de los hechos, y sin pasión de ningún género (1).
Los argumentos los discutiremos uno a uno.
1º. Que a las 12 M. había profundo silencio en la plaza y que sólo se oían de cuando en cuando repiques de campana, lo que hizo creer a Carrera que la ciudad se había rendido.
Esta disculpa es inadmisible dentro del honor militar, dentro de la previsión que debe tener un jefe y dentro de la verdad histórica.
Antes de todo ¿por qué no cargó antes de esa hora, cuando los tales repiques no existían y cuando la suspensión de armas que siguió al quinto asalto de los realistas no tenía lugar?
¿Por qué permaneció, según propia confesión, cuatro horas al frente del enemigo sin emprender un ataque definitivo, sin jugar el todo por el todo?
¿Por qué después de las ventajas obtenidas por sus caballerías no prosiguió su marcha?
Sombras y siempre sombras.
Si los repiques y el silencio de la plaza podían autorizar la sospecha de una rendición, no podían autorizar que la 3ª división abandonase el campo sin que previamente de un modo claro y efectivo se hubiera constatado la capitulación.
¿Qué hechos confirmaron tal sospecha?
Ninguno.
Los realistas permanecieron en sus puestos, ninguna de sus divisiones marchó en persecución de las tropas de José Miguel Carrera, ningún movimiento ofensivo anunció con su realización la existencia de una victoria por parte de ellos.
Además, si el general patriota abrigaba esa sospecha ¿por qué no envió partidas de reconocimiento para cerciorarse de la verdad de lo acaecido?
¿Por qué no esperó que los acontecimientos por sí solos le revelasen la causa de ese silencio y de los repiques de campana?
La táctica militar, la lógica y el buen sentido no pueden aceptar una contramarcha y un repliegue al frente del enemigo, tan sólo porque se presume o se malicia que la plaza a que se iba a socorrer se ha rendido.
Pero, aceptemos en hipótesis que fuera fundado ese motivo, aceptemos que el silencio de Rancagua y los repiques de campana pudieran haber autorizado con justicia a José Miguel Carrera a abandonar a su suerte las dos principales divisiones del ejército patriota, ¿por qué entonces, preguntamos, no volvió volando en auxilio de los sitiados, cuando a los pocos minutos de haberse puesto en camino hacia Paine sintió, según también lo confiesa, el ruido de los cañones que anunciaban que los defensores de Rancagua todavía estaban en pie y toda vía tenían bríos para reanudar el combate.
Desde que Carrera declara haber sabido en el cerro de Pan de Azúcar la renovación de la batalla, debió necesaria e indefectiblemente correr en socorro de sus compañeros, aun a costa de su vida.
Esta confesión echa también por tierra la disculpa fundada en el silencio de la plaza y en los repiques de campanas que le hicieron sospechar una rendición.
2º. Que el objeto que tuvo la marcha de la tercera división hasta llegar a los callejones que desembocan en la Alameda o Cañada de Rancagua, fue tan sólo para proteger la salida de los sitiados y después dirigirse todos juntos a la Angostura de Paine.
También es inaceptable.
Según Carrera, la contestación que dio a O’Higgins cuando éste le escribió pidiéndole municiones y la carga de la tercera división constó de dos partes: una escrita y otra verbal.
La escrita fue:
“Municiones no pueden ir sino en la punta de las bayonetas. Mañana al amanecer hará sacrificios esta división. Chile para salvarse necesita un momento de resolución”.
¿En qué parte de esta esquela dice que se moverá, no para socorrer a los sitiados, sino para proteger la retirada de ellos?
¿Dónde le avisa que la protección consistirá sólo en llamar la atención del enemigo, a fin de facilitar a O’Higgins la salida con sus divisiones?
La parte verbal de la contestación se contiene en la siguiente frase del Diario de Carrera:
“Premié al soldado (el dragón) con dos onzas de oro y le repetí muchas veces, dijese a O’Higgins y a Juan José que no quedaba otro arbitrio para salvarse que hacer una salida a viva fuerza para reunirse a la 3ª división que los sostendría a toda costa”.
Advertimos que no hay comprobación de ningún género acerca de que el dragón haya dado el recado verbal.
¿Pero, por qué no se escribió la orden fundamental?
¿Por qué se dijo de viva voz, algo que se contradice con lo escrito?
¿Por qué de palabra se dice: salgan ustedes de la plaza, y en el papel se dice: al amanecer hará sacrificios esta división, es decir, marcharemos en socorro de ustedes?
Puntos inexplicables, manchas negras que oscurecen la verdad de lo sucedido.
Supongamos que el dragón hubiese cumplido al pie de la letra las instrucciones, hecho que no está demostrado.
¿Qué habría pensado O’Higgins?
¿Qué camino habría escogido?
¿A qué le habría hecho juicio y dado más crédito, al papel o al recado?
Apuremos todavía más la hipótesis.
Supongamos que Carrera hubiera estado íntimamente persuadido de que O’Higgins había recibido la orden tal como la escribió ¿qué línea de conducta debió observar?
Debió comenzar por hacer demostraciones encaminadas a facilitar la retirada de los sitiados. Esto se hizo según él.
Pero cuando vio que los de la plaza no salían ¿por qué no procuró investigar lo que podía pasar?
Prima facie, como jefe precavido, debió colocar el secreto de la inamovilidad de O’Higgins en las dos haces del siguiente dilema: o no recibió la orden o si la recibió no la pudo cumplir por no tener medios ofensivos disponibles después de veinticuatro horas de combate.
En el primer caso, hecho por lo demás muy natural porque al ojo de Carrera no podía ocultársele que el dragón pudo muy bien haber sido apresado por el enemigo, debió atacar a toda costa porque no se podía dar cumplimiento a una orden no recibida.
En el segundo caso, hecho también muy posible, debió a su vez atacar, porque era más lógico que cargara el que contaba con tropas más descansadas y frescas.
Aun en la peor circunstancia, aun cuando Carrera se hubiese paralogizado hasta el último extremo; no por ello habría estado autorizado para retirarse. Si su error de concepto podía atenuar la falta de cargar, no podía ni puede autorizar un abandono total de sus posiciones y un repliegue que era un desaliento para los patriotas y un anuncio de victoria para los enemigos.
Inútil nos parece agregar que la idea de acercarse a Rancagua para concentrar las divisiones y volverse a la Angostura de Paine, es un error militar de los más graves y trascendentales que se pueden cometer. Para demostrar este aserto nos basta referirnos a las alegaciones que hemos hecho antes cuando discutimos los planes de ambos caudillos, en donde probamos hasta la evidencia las fatales consecuencias que habría producido el hecho de ejecutar maniobras muy peligrosas y hacer defensas sucesivas con tropas en su mayor parte reclutas, desmoralizadas y sin elementos de movilización.
3º. Que José Miguel Carrera, cuando en el cerro de Pan Azúcar quiso volver en protección de Rancagua por habérsele dicho que el combate había comenzado de nuevo, no pudo ejecutar su proyecto porque “en estas circunstancias se le avisó que el enemigo estaba posesionado de la angostura y marchó a atacarlo”.
¡Ah! ¿Conque esa garganta, “las Termópilas de Chile”, que era más inexpugnable que Rancagua y que, si se hubiese colocado allí el ejército patriota, habría sido la tumba de los realistas que contaban cinco mil nombres disciplinados, iba ahora a ser atacada por 966 soldados bisoños con esperanzas de éxito?
¿Conque este proyecto absurdo, que no puede justificarse jamás por la estrategia y la previsión militar, es disculpa bastante para entregar a su suerte a Rancagua que hacía ya cerca de treinta horas que resistía heroicamente?
¿Conque más valía para los intereses de la patria lanzarse con un puñado de reclutas a tomarse a viva fuerza la Angostura de Paine en poder del enemigo, que salvar las divisiones que sucumbían dentro de la ciudad?
En todo esto hay contradicción y falta de buen sentido.
Además, ¿cómo es imaginable que Carrera pudiera creer en la superchería de que los españoles se habían posesionado de Paine?
¿Por dónde habrían cruzado sin que antes hubiesen tenido que chocar con la 3ª división?
Carrera que había escogido esa garganta para punto de defensa, a despecho de la opinión contraria de O’Higgins ¿no sabía que para ocupar a Paine, viniendo del sur, era preciso tomar caminos que él mismo ocupaba o, por la inversa, era necesario hacer un larguísimo movimiento circular y marchas diagonales por ásperos cerros que no podían ejecutarse ni en horas, ni en uno o dos días?
Doblemos la hoja por respeto a la lógica.
4º. Del fondo de la argumentación de Carrera se desprende que no cargó por que no se encontraba con las fuerzas suficientes para hacerlo con probabilidades de éxito. Que si hubiese atacado con su división habría sido derrotado.
¿Es aceptable esta razón?
Siendo cierto positivo que él y sus soldados habrían sido despedazados al emprender el asalto ¿aun así estaba obligado a tentar un socorro?
Sí, sí y mil veces sí.
En Rancagua los patriotas, defensores de una gran causa, jugaban el todo por el todo. Si vencían, su victoria habría puesto sobre bases inconmovibles la independencia nacional; si eran derrotados, la patria sucumbía con ellos.
En tal circunstancia no se podía adoptar otro plan que el que se encierra en el lema legendario del ejército chileno: vencer o morir.
Por eso la obligación de Carrera era entrar por la razón o la fuerza, aunque fuera preciso quedar en la demanda en compañía de todas sus tropas.
La guerra en que el país estaba envuelto no era una guerra común, como las que de tiempo en tiempo tienen las naciones, se trataba de una lucha revolucionaria, desesperada, resuelta. Esta clase de luchas exigen heroísmo, sacrificios superiores, resoluciones supremas.
Los defensores del país y de los principios revolucionarios, en aquellas horas de angustia y de prueba, estaban divididos en dos partes: los que morían en Rancagua y los que rodeaban a José Miguel Carrera. Las probabilidades de victoria descansaban en la unión de las dos. El descompaginamiento era una ruina segura, infalible.
Si hubiera existido en Santiago o en cualquier otro punto del país algún cuerpo de ejército patriota, Carrera habría tenido cierta aparente razón para haberse retirado por serle imposible vencer, a fin de unirse al cuerpo mencionado y volver a vengar a los hermanos que habían sucumbido en Rancagua. Pero esto no sucedía en el caso en cuestión; luego estaba de todos modos constreñido a volar en socorro de los sitiados.
Como se ve, ninguna de las alegaciones resiste al más ligero examen.
Esto ha hecho que los enemigos de Carrera se hayan atrevido a sostener que fue un traidor, que lo que se propuso fue dejar morir a O’Higgins y que si no atacó fue por cobardía.
Nada creemos y todo lo rechazamos con indignación.
Pero lo que es innegable, lo que flota sobre el mar de opiniones encontradas, lo que nadie podrá conmover jamás por jamás, es un hecho que fluye de por sí, y es que José Miguel Carrera no tuvo la audacia suficiente para lanzarse con su división en auxilio de Rancagua y estrellarse con las bayonetas de Osorio. No fue un cobarde; pero no quiso ser un héroe. No fue ni traidor ni desleal, pero le faltó en ese momento la llama de inspiración que tantas veces después, en el curso de su agitada existencia y hasta en el patíbulo, ardió en su corazón e iluminó su mente. Pudiendo haber decidido la victoria, aun a costa de su vida, como Desaix, prefirió desempeñar el modesto papel de Gruchy que por cuestiones de ordenanza y de táctica, sin quererlo, dejó que ingleses y prusianos destrozasen en Waterloo la corona de Napoleón el Grande.
Pero lo que sucumbió en Rancagua, Waterloo de Chile, no fue un imperio deleznable: fue todo un país.
Rancagua fue la tumba de la patria vieja. Allí cayó envuelta en sus banderas y salpicada con la sangre de sus mejores hijos. Luego, muy luego, como Lázaro volverá a la vida al sentir sobre su corazón yerto el calor de nuevo heroísmo y de nuevas luchas.
Hay algo curioso de observar en los caudillos principales de la patria vieja, O’Higgins y Carrera.
O’Higgins en las batallas, en medio de los peligros, tomaba las proporciones de un jinete; sus faltas y debilidades se borraban como por efecto de magia; el hombre desaparecía para dar lugar al león de agitada melena, de quemantes miradas y de aspecto majestuoso. Nunca en los combates se le vio flaquear, siempre fue el primero, y su gorra de soldado, como el alba pluma del casco de Enrique IV, se ostentaba siempre en donde el peligro era mayor, en donde se decidía la victoria o la muerte.
En cambio, en el poder, influenciado por consejeros que no siempre fueron buenos, sofocado en la atmósfera maligna del palacio, aguijoneado por sociedades secretas y por diplomáticos que muchas veces abusaban del noble corazón de él y de sus ingenuidades, se dejó arrastrar por senderos extraviados y levantó odios y resentimientos que apenas han amortiguado la pesada lápida de la proscripción primero y del sepulcro después.
En José Miguel Carrera, hay dos personalidades distintas y muy bien caracterizadas: el hombre de poder y el perseguido en su patria y fuera de su patria.
En el poder, sea dictador, miembro de Junta de Gobierno o General en Jefe, no figuró en toda su majestad, no desplegó las fuerzas ocultas del genio poderoso con que lo dotó la naturaleza. En sus cortos períodos de poder fue donde cometió los grandes errores militares y políticos que se llaman sitio de Chillán, sorpresa del Roble, revolución contra Lastra, desconocimiento de los tratados de Lircay y retirada cerca de Rancagua que a nuestro juicio es el mayor.
Pero, libre de mando, perseguido, odiado, proscrito, revolucionario, en la prisión, puesto fuera de ley, víctima de las dos tremendas fatalidades que se llaman mala estrella y enemigos, errante por doquier, perdido entre salvajes, sin más regazo que la pampa, sin más techo que los cielos, sin otra esperanza que un patíbulo y sin otro pan que el amargo del destierro: entonces el hombre se cambia en titán o en su persona se refleja algo del genio de César perdido con sus legiones entre los ríos, bosques y montañas de las Galias.
Ambos querían la independencia de su patria; pero por diversos caminos.
Carrera anhelaba conseguirla estando él y sólo él a la cabeza; para O’Higgins era lo mismo el puesto de capitán de la nave que surcaba mares procelosos, que el de cabo de cañón.
Carrera no admitía ni superiores ni iguales; O’Higgins los admitía y los buscaba.
Carrera era orgulloso hasta la altanería; O’Higgins modesto hasta la humildad.
Carrera había nacido para mandar sin ser mandado; O’Higgins para mandar y ser mandado.
Carrera era ambicioso hasta el delirio; O’Higgins sin pretensiones.
Carrera, en fin, quería engrandecer a la patria para engrandecerse él; O’Higgins deseaba con todo el entusiasmo de su alma engrandecer y libertar a su patria, aunque personalmente quedase pequeño y esclavo.

Notas.
1. Sostiene el señor Vicuña Mackenna en nota puesta a la Reconquista Española de los señores Amunátegui y en otra colocada en elOstracismo del general O’Higgins, que el heroico coronel Luis Carrera rompió su espada en la Alameda de Rancagua al recibir la orden de contramarchar. No hemos encontrado un justificativo de esto; pero no extrañarnos tal acción en un joven tan valiente y pundonoroso como Luis Carrera.


CAPÍTULO XX
Honda impresión que causa en los defensores de Rancagua a retirada de la 3ª división.- Se creen traicionados.- Heroica actitud de O’Higgins.- Palabras que dirige a los defensores de las trincheras.- Esfuerzos de los soldados.- Sexto ataque emprendido por los realistas.- Son de nuevo derrotados.- Lamentable estado de la ciudad y de los defensores.- No tienen artilleros.- Les faltan municiones, víveres y agua.- Estragos horribles del incendio.- Efectos causados por el bombardeo.- Calor sofocante.- Explosión del parque.- Sétimo ataque de los realistas.- Muerte heroica del capitán Hilario Vial.- Nadie, sin embargo, piensa en capitular.- O’Higgins resuelve abrirse paso por las filas enemigas a viva fuerza.- Elocuentes palabras que dirige a la tropa.- Manifestación heroica hecha por O’Higgins a Freire.- Salen los patriotas.- Carga sublime de los Dragones.- O’Higgins cruza una barricada.- Milagrosa escapada que tuvo.- Llega al camino de Chada y da una última mirada sobre la plaza.
Ya es hora de reanudar los acontecimientos.

Cuando los defensores de Rancagua tuvieron conocimiento de la retirada de la 3ª división, la única esperanza de ellos, la única tabla de salvación, se deja oír en la plaza y en las trincheras las terribles exclamaciones de:
--¡Traición!
--¡Traición!
--¡Traición!
O’Higgins, que sintió desgarrarse su corazón en el pecho, no pudo expresar ni con el gesto, ni con la palabra, ni con la mirada las emociones que lo agitaron, el abatimiento involuntario que por momentos invadió todo su ser, y la tempestad de indignación que se desencadenó en su alma.
No era temor; era desesperación.
No era miedo el que de ese modo lo hacía desfallecer; era el estupor que naturalmente se apodera de un hombre cuando ex-abrupto cae sobre él una desgracia imprevista y cuando ve desplomarse en un segundo sus ilusiones, sus proyectos, sus planes más queridos, rodeado de cazadores y sorprendido, antes de estirar sus garras, de sacudir sus crines encendidas y de dar el tremendo rugido precursor de sus asaltos desesperados.
El héroe chileno comprendió que, como jefe responsable de la defensa de la plaza, no podía hacer ninguna manifestación de flaqueza, de vacilación, ni si quiera de duda. Yergue, pues, su hermosa cabeza, baja precipitadamente del tejado del Cabildo, llama con un grito a sus ayudantes, sube de un salto a caballo, desnuda su espada y, con rayos en la mirada, energía en el rostro y orgullo en la apostura, corre a las trincheras y habla a los últimos defensores con elocuencia irresistible, vertiendo la desesperación patriótica que estremecía todo su ser en palabras quemantes y cláusulas de fuego.
Llega a una de las barricadas y exclama:
--¡Soldados! mientras nosotros existamos la patria no está perdida.
Sigue su marcha y al encontrarse con los bravos de otra que estaban al pie de sus estandartes, los electriza diciéndoles:
-Es preciso pelear hasta morir y morir como leones; el que hable de rendirse será pasado por las armas.
La guarnición contesta gritando a grandes voces:
-¡Viva la patria!
-¡Mueran los tiranos!
A esa hora 1 de la tarde, el enemigo confiado en que no vendrá ningún auxilio a la ciudad, avanza en cuatro columnas emprende el sexto asalto general. Los patriotas se defienden con heroísmo verdaderamente sublime. Ya no abrigan en sus pechos esperanzas de triunfo. Se sostienen por honor, por no rendirse jamás, por probar que su resolución es de pelear mientras la vida circule por las venas, mientras haya fuerzas para sostener un fusil en la mano. Aquel puñado de valientes quiere morir; pero luchando y matando.
¡Con hombres de ese temple es como Chile se hizo independiente, es como se ha engrandecido y es como ha llegado a las cimas de un progreso material y político que lo colocan entre los primeros pueblos de la América española!
¡Con soldados de esa talla es como la bandera de Chile se ha paseado en cien combates sin que jamás la victoria o el martirio hayan dejado de iluminar sus pliegues tricolores y su estrella esplendorosa!
La defensa de Rancagua, en esos momentos de amargura, es digna de la epopeya. A falta de soldados, los paisanos que han quedado en la plaza y hasta las mujeres, tomando los rifles de los muertos, dan fuego desde las trincheras o desde los tejados de las casas.
El asedio se hace con más encarnizamiento.
Los Talaveras cuando consiguen acercarse a algún lugar que les permita dejarse oír de los patriotas, les gritan entre amenazas e imprecaciones:
-¡Rendirse, traidores!
Los sitiados les contestan con descargas cerradas.
Los realistas son derrotados en el sexto ataque, pero no por eso desmayan. Por el contrario, se repliegan para tomar aliento y prepararse para cargar de nuevo.
¿Cuál era entretanto el estado de la ciudad?
El domingo 2 de octubre fue un día ardiente como de caluroso verano. El sol arrojaba sobre Rancagua y los campos de alrededor rayos quemantes y abrasadores. Como el agua había sido cortada al comenzar el asedio, los sitiados se veían atacados de una sed rabiosa que los tenía como locos y expuestos a morir de insolación.
Los víveres se habían concluido, lo mismo que las municiones.
Los cañones caldeados, no podían cargarse porque los cartuchos estallaban antes de llegar al fondo del ánima.
Había artilleros que a falta de agua, refrescaban sus piezas con orines.
Otros, careciendo de metrallas los cargaban con pesos fuertes.
Los habitantes de la ciudad, encerrados en las iglesias de la Merced y San Francisco, imploraban de rodillas a Dios en medio de los proyectiles que hacían explosión a un paso de ellos y de las balas que cruzaban silbando por el espacio.
De la guarnición, dos tercios estaban muertos en las trincheras o gravemente heridos en el hospital de sangre que se había improvisado en la plaza. Todos los artilleros estaban fuera de combate y había necesidad de suplirlos con infantes que tenían que aprender el manejo de los cañones al frente del enemigo.
Para aumentar los colores sombríos de aquel cuadro de horror, el incendio consumía con sus inmensas llamaradas casi toda la ciudad. Los escombros al caer, los techos al hundirse y las murallas al desplomarse, producían un estruendo aterrador. Un humo negro y espeso se elevaba en forma de espirales gigantescas hasta oscurecer los cielos.
El calor que causaba aquella hoguera colosal, sofocaba a los defensores y acrecentaba la sed que los devoraba.
Para que se pueda tener idea del incendio, baste saber que sólo en la calle de San Francisco ardieron sesenta casas.
Torbellinos de chispas saltaban por doquier, cayendo muchas de ellas en el rostro de los patriotas que impasibles seguían sosteniendo las trincheras perforadas ya y cubiertas de brechas profundas con la metralla y el bombardeo.
Para colmo de tanta desgracia, una de las mil chispas del incendio cayó en unos armones que había en una de la trincheras, haciéndolos volar en mil pedazos entre un ruido infernal. Con este nuevo percance, la pólvora escaseó más y más, lo mismo que los cartuchos.
A esa hora, 4 de la tarde, Rancagua inspiraba lástima.
“A las cuatro de la tarde, dice O´Higgins en la Memoria que se le atribuye, se encontraban más de las dos terceras partes de los soldados de la guarnición muertos, los escombros incendiados que caían de las casas habían quemado algunos armones de las baterías, no les quedaban a los soldados más que dos o tres tiros y a muchos ninguno. Todos los artilleros habían perecido y los que suplían eran soldados de infantería”.
Los realistas que sabían más o menos la situación penosa de la ciudad, volvieron de nuevo a la carga por séptima y última vez.
Los Talaveras con nuevos bríos se lanzaron contra la trinchera de San Francisco en la que hacía esfuerzos sobrehumanos el bravo capitán Antonio Millán. El famoso regimiento de Maroto y de Morgado fue otra vez obligado a replegarse a sus líneas.
Mientras los Talaveras atacaban por la calle de San Francisco, el coronel José Ballesteros jefe de la 1ª división realista que mandaba 1.400 hombres cayó con intrepidez sobre la trinchera del este defendida bizarramente por el capitán Hilario Vial. El choque fue recio. Los realistas parapetados en las casas y alentados por sus oficiales entre los que descollaba el tremendo Vicente Benavides, tan famoso más tarde, mantuvieron un vivísimo fuego hasta que fueron rechazados.
Allí murió lleno de gloria inmortal y entre los laureles inmarcesibles recogidos en la batalla, el simpático capitán Hilario Vial que cayó en su puesto de deber y de honor animando a los suyos mientras le quedó un rayo de vida en su joven naturaleza.
Pero aquella lucha era ya del todo imposible.
Sin víveres, sin municiones, con cañones caldeados al calor rojo, sin artilleros, con un puñado de infantes, envueltos en un mar de llamas, destrozadas las trincheras, sin esperanzas de auxilio, las fuerzas reducidas al tercio de su número, sin agua para refrescar las fauces ardientes y casi ahogados por el humo: con estos elementos en contra no cabía ya medio de seguir luchando y de continuar un sitio que duraba ya más de treinta horas.
La Ordenanza Militar faculta en esas circunstancias la capitulación. La posteridad y la historia, estamos seguros de ello, habría estimado siempre como un hecho memorable y una acción heroica la defensa de Rancagua, aun en el caso de que en esos instantes de supremo dolor y abandono se hubiera rendido.
Pero O’Higgins no era hombre que conocía la palabra capitulación más que de oídas. Sentía latir dentro de su pecho un corazón en el cual jamás por jamás había cabido la vacilación, el terror o el aprecio por la vida en medio de los combates. El bravo de Chillán, del Roble y de Quechereguas no podía, pues, pensar en otra cosa que en morir peleando.
Fue en esos momentos cuando su heroísmo llevado al delirio, le inspiró la idea de cargar con sus dragones al enemigo y de abrirse paso al través de los sitiadores con el filo de su sable y el empuje de su brazo.
Al efecto reúne en la plaza de Rancagua a los jefes, oficiales y soldados sobrevivientes y que no están por sus heridas en la imposibilidad de batirse. Allí el intrépido general patriota siente en su alma las espinas clavadoras de agudo dolor, al ver reducidas sus legiones a un puñado de valientes. Allí, al reflejo del incendio, entre el humo que los envuelve por todas partes y en medio de las balas que cruzan aquí y allá, O’Higgins con voz entera y varonil, dice:
-Compañeros: Hoy es el día de morir con honor, para vivir siempre en la memoria de los hombres; por imposible que parezca nuestra salvación, ya que por treinta siete horas hemos cumplido con el deber más justo que el hombre conoce, de defender la patria amada, sea, pues, al dejarla para siempre, vendiéndoles a los tiranos nuestra sangre a precio muy caro, seguidme, amigos, a recibir la corona del martirio, que una vida de esclavos miserables, es una prolongada muerte.
Al decir estas palabras memorables hace subir sobre los 280 caballos que había en la ciudad, a 300 soldados de la guarnición, tanto de infantería como de caballería. Su plan es retirarse a Santiago. Para ello escoge la calle norte de la Merced que desemboca a la Cañada que está defendida por las caballerías de Osorio, a las órdenes de Elorreaga y Quintanilla.
Esto no los intimida. Saben que tienen que batirse por octava y última vez acostumbrados al fuego y a mirar la muerte con desprecio, no vacilan un solo instante. Los bravos dragones a la voz de mando de Freire, desnudan sus sables y con ellos levantados hacia arriba esperan la orden de carga para lanzarse contra el enemigo y venderles bien caras sus vidas.
Fue en este momento de supremo heroísmo, cuando Ramón Freire comenzó a dar a sus dragones una formación especial, a fin de proteger a O’Higgins en la salida. O’Higgins que en el acto comprendió las nobles y generosas intenciones de su subalterno, dándole un expresivo apretón de manos, le dijo:
--“Capitán Freire, usted es un valiente: celebro mandar hombres de su temple; pero no puedo aceptar el sitio que usted me prepara. Yo, dijo colocándose delante de los suyos y echando su sable al hombro, debo atacar de frente al enemigo”.
Diciendo y ejecutando, cruza a escape la trinchera del capitán Sánchez y se lanza por la calle de la Merced gritando a toda voz:
--¡Ni damos ni recibimos cuartel!
Como ya se sabe, en la calle de Cuadra estaban encargados de impedir la salida a los patriotas los coroneles Carvallo y Lantaño con sus batallones Valdivia y Chillán, ascendentes ambos a 1.002 hombres.
La pequeña división patriota fue al principio detenida en su paso por escombros ardientes, vigas encendidas, murallas desplomadas y cadáveres que cubrían el camino y ofrecían serios obstáculos a los caballos. Suspendida momentáneamente la marcha, se siguió, después de inauditos esfuerzos, a despecho de las balas que silbaban en todas direcciones.
Superados los primeros escollos, al desembocar a la Cañada se encuentran con los restos de una barricada enemiga que les cierra el paso. El caballo de O’Higgins, con las mil correrías del día, va muy fatigado y carece de los bríos que requieren las circunstancias. No puede, pues, saltar la barricada. Al ver en peligro a su jefe, los dragones que van a su lado echan pie a tierra y “agrupándose en derredor suyo levantan la bestia casi sobre sus pechos y la ayudan al otro lado” (1).
Al fin ese puñado de héroes propios de la leyenda, llegan a la Cañada y reciben de flanco los fuegos de otra de las divisiones realistas, mientras que partidas de las caballerías de Elorreaga y Quintanilla, los persigue con actividad. Algunos dan alcance a los fugitivos; pero son sableados sin piedad por los terribles dragones que hacen desesperados esfuerzos por salvar a su general.
O’Higgins, que había tomado el camino de Chada, fue alcanzado por algunos enemigos. Uno de éstos se puso en acecho para caer de sorpresa sobre él. En efecto, escondido entre unos árboles del camino, le sale de repente sable en mano y tira un tremendo golpe a O’Higgins. Sin duda habría perecido el jefe de Rancagua, si oportunamente su ordenanza Jiménez no hubiera barajado el sablazo con su carabina, mientras el otro llamado Soto disparaba a boca de jarro sobre el osado realista, dejándolo muerto sobre el campo.
O’Higgins, que apenas avanzaba trecho a causa del cansancio de su caballo, subió sobre el del soldado enemigo y siguió su camino.
“El sol se ponía, y el caudillo chileno, echando una última mirada hacia el sitio donde quedaban sus compañeros, sólo vio en el horizonte una columna de humo que se levantaba al cielo en el silencio apacible de la tarde. Aquel humo era Rancagua...”.

Notas.
1. Juan Thomas. Apuntes sobre la batalla de Rancagua reproducida por el señor Vicuña en la Vida del General Bernardo O´Higgins, página. 298.



CAPÍTULO XXI
Los realistas penetran a Rancagua por la calle de San Francisco.- Defensa desesperada del capitán Millán.- Heroica muerte de Ibieta.- Lucha hasta morir acribillado de balazos.- El teniente Ovalle sucumbe abrazado de una bandera.- Yáñez sigue el ejemplo y también muere cubierto de gloria.- Asesinato del teniente coronel Bernardo Cuevas.- Destrozos horribles y matanzas hechas por los enemigos.- Escenas sangrientas en las iglesias.- Horroroso incendio en el hospital de sangre.- Mueren los heridos abrasados por las llamas.- Espectáculo que presenta parte de la ciudad.. Idea general sobre la batalla de Rancagua.- Consecuencias para el porvenir.- Número de muertos.

Al mismo tiempo que O’Higgins realizaba esta carga portentosa, los realistas penetraban por la calle de San Francisco en donde sólo había cadáveres restos humeantes de la trinchera. En balde el desgraciado cuanto bizarro capitán Millán, que no pudo escapar con los dragones por estar gravemente herido, quiso hacer una inútil y desesperada resistencia. Solo, sin soldados, sin esperanza de auxilio, se arrastró como pudo hasta la plaza principal, dejando tras sí huellas sangrientas de su paso y se asiló en la iglesia parroquial en donde fue hecho prisionero.
La defensa de Rancagua no concluyó con la retirada de O’Higgins. Se acabó el combate general; pero siguieron las luchas parciales de los últimos sobrevivientes y de los heridos de aquella gran batalla. No se van a batir ejércitos; se van a batir unos cuantos héroes que prefieren la muerte a la servidumbre y que no halagan más ideal que o vivir libres o morir antes de ser esclavos.
Así como después de un incendio quedan entre los escombros una que otra llama que brilla por segundos para extinguirse luego; del mismo modo, después de aquella lucha de titanes que duró más de treinta horas, entre las ruinas de la ciudad y de las trincheras, todavía hacen esfuerzos sublimes algunos patriotas que, aún vencidos, no dan ni reciben cuartel.
Entre estos oficiales dignos de la inmortalidad, descuella en primer término el capitán José Ignacio Ibieta, adalid que merece figurar al lado de los héroes de Homero. Habiéndole cortado las piernas una bala de cañón, desangrándose, sin más fuerzas que las de su alma superior, agobiado por la sed, el hambre, la fatiga y la fiebre que le producen sus heridas, abatido por un dolor agudísimo, de rodillas, defiende el paso de una trinchera, quema los últimos cartuchos, cierra sus oídos a las promesas de perdón que le hacen los realistas a nombre de Osorio y se bate hasta caer peleando al pie de una bandera. Así murió Leonidas.
En la plaza principal suceden otras escenas que caben muy bien en el cuadro de algún inspirado artista. El teniente José Luis Ovalle, mientras los españoles penetran por la calle de San Francisco, se abraza de uno de los estandartes y oprimiéndolo contra su corazón lo mantiene en alto hasta recibir una herida mortal. En ese estado quiere escapar; pero, después de recibir dos lanzazos, es tomado prisionero.
Al abandonar Ovalle la bandera, corre a ocupar su puesto el hidalgo teniente José María Yáñez. Este oficial desafía con su voz y los rayos de sus ojos al enemigo, y agita la insignia nacional, hasta caer para no levantarse más envuelto en ella, sirviéndole así de gloriosa mortaja.
Las escenas finales que cerraron la batalla de Rancagua, son sólo comparables a la defensa hecha por Cambronne y el puñado de bravos que lo acompañaron en Waterloo.
Otros desgraciados, cuyos nombres no conserva la historia, siguieron los ejemplos anteriores y recibieron en pago de sus hazañas el ser fusilados a sangre fría en las calles, en las casas o en la plaza.
Al intrépido teniente coronel Bernardo Cuevas, que fue confundido con O’Higgins por una casaca galoneada que usaba, lo fusilaron de un modo ignominioso, estando indefenso y no teniendo a los ojos de Dios y de los hombres otro crimen que haber defendido la libertad, la honra y la independencia de su patria. Durante toda la batalla este oficial peleó con denuedo en la trinchera de la calle de la Merced.
¡Ojalá que este asesinato hubiese sido el único!
¡Ojalá que esta sangre hubiese sido la última que iba a derramarse en aquella horrorosa hecatombe!
Los realistas cayeron sobre Rancagua como los vándalos sobre Roma. Animados de un furor incalificable, entregaron la ciudad al saqueo y a la cólera de la soldadesca desenfrenada. Quebraban las puertas y las ventanas, profanaban las iglesias en que habían tomado asilo los ancianos, las mujeres y los niños, pasaban a cuchillo a los que encontraban a mano, pisoteaban los vasos sagrados y las imágenes.
Hubo uno que penetró a caballo a la iglesia de San Francisco; otro tomó la corona de la virgen del Carmen y arrojándola al suelo dijo refiriéndose a esta:
- También serás patriota, grandísima tal... (1)
El incendio entretanto seguía su obra de destrucción y lamía con sus rojas llamaradas los edificios cercanos a la plaza. Nadie se acordaba de apagar el fuego: los unos por huir de la furia de los realistas y los otros por satisfacer sus iras contra los patriotas.
Antes dijimos que frente a la iglesia de la Merced se había destinado una casa para hospital de sangre. Pues bien, el incendio llega hasta él y muy luego aquello se convierte en inmensa hoguera. Los heridos se lanzan desesperados a las puertas que están cerradas y suben como locos a las ventanas que miran a la calle para pedir auxilio y aspirar aire puro. El humo asoma por doquier; los ayes y gritos de dolor son ahogados por el estruendo que producen los techos al abrirse, las vigas al romperse y los tabiques al ser consumidos por las llamas. Arrastrándose como pueden por el suelo, tomándose los unos de los otros, apoyando el rostro en las rendijas para respirar mejor, hacen colosales esfuerzos para librarse del fuego y para pedir socorro. Todo es inútil. Las chispas saltan en todas direcciones y queman las ropas de las camas y el traje de los heridos. El incendio sigue su marcha y crece como hinchada ola, hasta que después de asfixiar con sus polvorosas nubes de humo a las desgraciadas víctimas, las oprime y consume entre sus brazos de fuego.
Al siguiente día se ven, oprimiendo los hierros de las ventanas, las manos medio carbonizadas de los muertos en tan tremenda catástrofe. En las puertas que dan a la calle, hay restos de los quemados vivos que muestran la desesperación en que murieron con la actitud suplicante de sus cuerpos. Veinte y ocho cadáveres se recogen de aquella hoguera.
De las tropas realistas, las que desplegaron mayor lujo de crueldad fueron los Talaveras. Parecía que hubiesen hecho el juramento de dejar en Chile un recuerdo eterno de su implacable fiereza (2).
¡Así sucumbió Rancagua!
De esas cenizas se levantará luego la patria nueva, con nuevos elementos, nuevos héroes, nuevas victorias; más lozana más joven, más vigorosa y más fuerte.
Con esta hecatombe concluye la patria vieja que es sin duda la más simpática, la más poética, la que más conmueve y la que más entusiasma. Ella fue la que dio el primer grito de independencia; ella la que echó las primeras bases de la República; ella la que sin armas, sin ejércitos, sin disciplina, sin arsenales y sin recursos, dio grandes combates y batallas legendarias; ella la que dando un adiós al pasado, saludó el sol de la libertad que vino con sus brillantes resplandores a disipar las sombras del coloniaje, esa noche de tres siglos de nuestra historia.
La batalla de Rancagua es la más bella página del heroísmo chileno. Nunca el valor de nuestros soldados ha sido puesto a prueba más dura. Se batieron en dicho sitio uno contra tres. Los defensores pelearon treinta y cuatro horas consecutivas, sin agua, con pésimo armamento, con pocas municiones, protegidos tras de trincheras inseguras y construidas a la ligera, al reflejo de un incendio que cubría de humo y de chispas el teatro de las operaciones, con reclutas de un mes de servicio, con un número tan pequeño de artilleros que en la mitad del combate hubo necesidad de valerse de infantes para el manejo de las piezas, sin esperanza alguna de socorro desde el momento que José Miguel Carrera se retiró, sin medios para refrescar los cañones que casi llegaron al calor rojo con tantos disparos, sin ambulancias, sin ninguna de las facilidades de locomoción necesarias para impedir los progresos de un sitio. Y para colmo de tan grande heroísmo, cuando fue imposible la defensa, en lugar de capitular, los sobrevivientes a siete asaltos y a treinta y tantas horas de encarnizado batallar, todavía se encontraron con la pujanza bastante para lanzarse por sobre las barricadas y abrirse paso al través de las filas enemigas con el filo de sus sables y el pecho de sus caballos.
Lo que principalmente concurre a aumentar los colores de aquella tragedia grandiosa, es la resolución inquebrantable tomada desde el principio, de no dar ni recibir cuartel, de resistir hasta el último trance para salvar incólume y sin mancilla el honor de la bandera y de la patria.
De aquí por qué Rancagua fue un ejemplo que comprometió el honor propio de los revolucionarios que vinieron después y dio el tono a las campañas. Chacabuco y Maipo son sólo dos chispas de aquel combate inmortal.
Las pérdidas de ambos ejércitos se calculan en mil trescientos muertos y en proporción los heridos (3).

Notas.
1. Estos y otros detalles los hemos tomado de El chileno instruido en la historia de su país, por el Reverendo Padre Fray José Javier Guzmán.
2. Para que no se dude de nuestro aserto, reproducimos lo que el coronel don José Ballesteros, comandante de la 1ª división realista, dice en su libro Revista de la guerra de la independencia de Chile: “No puede negarse que el batallón de Talaveras fue demasiado riguroso en su conducta general. ¿Más qué podría esperarse cuando fue formado en la península de los incorregibles, viciosos y la escoria de otros cuerpos que debieron dar lo peor? Estos fueron depositados en las Casas-Matas, en la barraca y arsenal de la isla de León y conducidos a bordo para la navegación a América desarmados y escoltados por tropas armadas, hasta el mismo buque. Baste este conocimiento para deducir sus operaciones y sentimientos posteriores que movieron particularmente a Chile a un descontento universal por tanta insolencia, ultrajes y violencias cometidas contra las personas más visibles y caracterizadas, sin distinción de uno y otro sexo. Siente decirse: consentidos y autorizados por sus mismos jefes y oficiales”.
3. En el apéndice, bajo el Nº 3, publicamos el parte dado por Osorio al Virrey  Abascal sobre la batalla de Rancagua.



CAPÍTULO XXII
Lo que hace O’Higgins al llegar a Santiago.- Salva a su madre y a su hermana y con ellas emigra.- Medidas de José Miguel Carrera.- Disposiciones del presbítero Uribe.- Manda incendiar a Valparaíso.- Esfuerzos inútiles de Carrera.- Los patriotas emigran con dirección a Mendoza.- Algunos almacenes son entregados al saqueo.- Peripecias del viaje de O’Higgins al través de la cordillera.- Encuentro en la Ladera de los Papeles.- Misa de gracia dicha en la ciudad de Rancagua en honor del triunfo obtenido.- Entrada triunfal de Osorio y su ejército en la capital.- Se abre era de la Reconquista Española.

O’Higgins apenas llega a Santiago, cubierto de polvo, abrumado con dos días de impresiones violentas y fatigas, encendida la frente, ardiente la mirada, sombrío el ceño, se dirige a su casa en donde derraman lágrimas de cruel incertidumbre su madre, doña Isabel Riquelme y su hermana Rosa. Fácil es comprender la ternura de aquel recibimiento, de aquella escena íntima de familia.
José Miguel Carrera, por su parte, sabido el desastre de Rancagua, envía tropas a fin de proteger la retirada de los fugitivos, corre aquí y allá llevando una palabra de entusiasmo a los que los rodean, hace esfuerzos supremos para organizar la defensa en otra parte, llama en auxilio de la capital las milicias de los departamentos y de los pueblos vecinos, procura en vano encender en el alma abatida de los que habían perdido hasta la última esperanza de victoria, el deseo de seguir peleando. Ya que no puede impedir al enemigo la entrada a Santiago, halaga el proyecto ilusorio de dirigirse a Aconcagua o a Coquimbo para levantar montoneros y organizar un nuevo ejército que permitiera salvar a la patria de las garras del león ibero.
Mientras Carrera trata, a fuerza de actividad, de hacer olvidar su gran falta de abandonar a su suerte a Rancagua, el presbítero Uribe, otro de los miembros de la Junta de Gobierno, luego que tiene conocimiento de la retirada de Carrera y que sabe el desastre, con punible ligereza y atolondramiento da al gobernador de Valparaíso las siguientes órdenes por demás tremendas:
1º. “Al momento incendie V. S. los buques, dejando a Valparaíso en esqueleto, retírese con todas las fuerzas a esta capital sin perder instante. Dios, etc. Santiago, 2 de octubre de 1814”.
2º.  “Julián de Uribe. 5. Gobernador de Valparaíso.- Esta mañana se ofició a V. S. se pusiese en marcha para la capital, ahora se le repite acelere sus marchas destruyendo enteramente el puerto. No deje V. S. un solo cañón útil. Los buques, bodegas y cuanto haya incendie. Dios guarde a V. S. muchos años. Santiago y octubre 2 de 1814.
Julián de Uribe.- Manuel Muñoz y Urzúa”.
3º. “Señor Gobernador de Valparaíso.- Aunque a V. S. se le tiene prevenido incendie los buques, si han quedado algunos menores haga que éstos marchen a Coquimbo conduciendo los cañones y demás pertrechos. Se encarga de nuevo a V. S. no deje otra cosa que escombros. La fuerza del ejército marcha para el camino de Coquimbo.- Dios guarde a V. S. muchos años.- Santiago y octubre 3 de 1814.
Julián de Uribe”.
4º. “Debe V. S. sin perder instante reunido con toda la tropa, municiones, caballos, bueyes, mulas, y cuantos otros auxilios pueda, ponerse en marcha para Quillota en donde debe subsistir hasta segunda orden, recogiendo del mismo modo lo que pueda en ese destino, no dejando en Valparaíso una cosa útil en que pueda hacer presa el enemigo. Dios guarde a V. S. muchos años. Santiago y octubre 3 de 1814.
Julián de Uribe.
Señor gobernador de Valparaíso”.
Todos los esfuerzos de Carrera son inútiles. Ya nadie obedece. El terror se apodera de los espíritus. Un pavor indescriptible y la desesperación difícil de pintar que sucede a las derrotas, toman asilo aun en los pechos más varoniles. Los soldados, arrojando al suelo o quebrando sus armas, huyen por doquier, se esconden, y van de puerta en puerta, de casa en casa, de corazón en corazón, gritando:
- ¡Sálvese quien pueda!
- ¡Sálvese quien pueda!
La mayor parte de los patriotas que habían militado en el ejército o que se habían comprometido seriamente en la revolución, preparan sus maletas y vuelan hacia la cordillera.
El camino a Aconcagua se ve cubierto de cabalgaduras, de soldados, de oficiales, de familias, de rezagados, de vehículos, de personas de diversas clases y condiciones.
¡Aquello parece la mudanza de todo un pueblo!
Carrera, desplegando energía suprema y actividad prodigiosa, trata de hacer olvidar su debilidad al frente de Rancagua, tomando medidas desesperadas. Como puede, rogando, amenazando, evocando el amor a la patria, consigue reunir un puñado de hombres y los pone a las órdenes de los bravos capitanes Maruri y Molina a fin de proteger la retirada de los insurgentes por el lado de la cuesta de Chacabuco.
En medio de su precipitación, y animado del propósito de no dejar elementos de guerra ni recursos al enemigo, hace saquear la administración de tabaco, la fábrica de fusiles y los almacenes de víveres. Acopia los caudales públicos y saca los utensilios valiosos de las iglesias de la capital. Consigue con esto reunir trescientos mil pesos, los que entrega a su ayudante Barnechea, quien en compañía del coronel Meriño y veinte infantes reciben orden de ponerlos en salvo.
Al amanecer del 4 de octubre Carrera y los suyos marchan hacia Aconcagua en dirección a la cordillera.
O’Higgins, a su vez, con su madre, su hermana, Ramón Freire, Alcázar, Anguita, el capitán López y una parte de los dragones salvados del desastre de Rancagua, se pone en movimiento el 8 de octubre con la resolución de cruzar las cuatro leguas y media que distan entre los paraderos Juncal y las Cuevas. La cordillera esta cubierta de nieve; el cielo borrascoso; las huellas del camino borradas por los hielos del crudo invierno; sopla por los lugares que hay que recorrer un viento entumecedor; la naturaleza presenta un espectáculo tan terrible como magnífico.
Al llegar la comitiva al punto denominado Ojos de Agua, en plena cordillera, se detiene a contemplar de frente las inmensas sábanas de blancas nieves que se extienden hasta perderse de vista. La luz al proyectarse sobre la alba superficie de aquel océano helado, arroja reflejos sobre los ojos de los viajeros que les producen fuertes irritaciones. No hay un solo surco que sirva de guía. Hay que abrir un camino especial para que las cabalgaduras de O’Higgins y de los demás deudos y compañeros no se sepulten en la nieve movediza que el viento mueve y arremolina con facilidad.
Pasada la cumbre de los Andes, a media noche del 12 de octubre, los viajeros alojan en la posada de las Cuevas. El 17 llegan a Mendoza en donde reciben toda clase de atenciones y auxilios de San Martín, gobernador de Cuyo, y de los antiguos amigos de O’Higgins, Juan Mackenna y Antonio José de Irisarri.
El infortunado Carrera, perdidas sus esperanzas de resistencia, profunda mente abatido con el peso de tantas desgracias y responsabilidades y sintiendo dentro del pecho rugir su corazón, como puede escala la escarpada cordillera en compañía de quinientos hombres. En la Ladera de los Papeles fue alcanzado por una partida realista. Allí se batió hasta que siendo derrotado, se escapó favorecido por las sombras de la noche y se lanzó a las nieves sin más comitiva que su hermano Luis, los capitanes Maruri, Astorga, Jordán y unos cuantos soldados.
El 13, desde la cumbre de los Andes. Dio un último adiós a Chile.
¡Qué ideas cruzarían por su hermosa cabeza en aquella triste hora, qué sentimientos por su corazón, qué decepciones por su alma, qué movimientos de orgullo por su conciencia, qué arrebatos por toda aquella naturaleza viril e indomable!
Aquella mirada y aquel adiós a Chile fueron los últimos.
¿Tendría en ese instante el doloroso presentimiento de que no iba a volver más a la tierra de sus dulces ensueños, de sus primeros amores, de sus primeras locuras, y de sus primeras glorias inmortales?
¡Arcanos del pasado, misterios insondables!
Dejémosle que siga su destino, para reanudar los acontecimientos.
Osorio, orgulloso por la victoria obtenida contra los patriotas, asistió al siguiente día de la batalla a una solemne misa de gracias que hizo dar en la iglesia de San Francisco a la cual invitó a los jefes y oficiales de su ejército y a la gente del pueblo.
El día 4, después de nombrar gobernador político y militar de la ciudad al coronel Juan N. Carvallo a cuyo mando dejó también para cubrir la guarnición el batallón Valdivia, dio orden de marchar a Santiago.
Sucesivamente se pusieron en movimiento el escuadrón Abascal, la caballería de Elorreaga, la división Montoya y en fin los famosos Talaveras con Maroto a la cabeza.
En Santiago los realistas sinceros que había y los patriotas que tenían temor de ser perseguidos, hicieron un grandioso recibimiento a Osorio, quien entre aplausos, banderas, hurras y flores daba comienzo a la era luctuosa que la historia denomina: la reconquista española.



APÉNDICE

NÚMERO 1. Proyecto de tratado aprobado por el gobierno de Lastra y el Senado Consultivo y que sirvió de base a los plenipotenciarios patriotas O'Higgins y Mackenna.
“Por la prisión de Fernando VII quedaron los pueblos sin rey en libertad de gobierno digno de su confianza, como lo hicieron las provincias españolas, avisando a los de ultramar que hiciesen lo mismo a su ejemplo.
Chile deseoso de conservarse para su legítimo rey, y huir de un gobierno que los entregase a los franceses, eligió una Junta Gubernativa compuesta de sujetos beneméritos. Esta fue aprobada por la regencia de Cádiz, a quien se remitieron las actas de instalación: siendo ella interina mientras se formaba un Congreso general de estas provincias, que acordase y resolviese el plan de administración conveniente en las actuales circunstancias. Se reunió efectivamente el Congreso de sus diputados, quienes en su apertura juraron fidelidad a su rey Fernando VII, mandando a su nombre cuantas órdenes y títulos expidieron, sin que jamás intentasen ser independientes del rey de España libre, ni faltar al juramento de fidelidad.
Hasta el 15 de noviembre de 1811 quedó todo en aquel estado, y entonces fue cuando por fines e intereses particulares y con la seducción de a mayor parte de los europeos del reino, fue violentamente disuelto el Congreso por la familia de los Carrera, que hechos dueños de las armas y de todos los recursos, dictaron leyes y órdenes subversivas de aquel instituto, sin que ni las autoridades, ni el pueblo, ni la prensa pudiesen explicar los verdaderos sentimientos de los hombres de bien, ni opinar con libertad.
Así es como durante el tiempo de aquel despotismo se alteraron todos los planes, y se indicó con signos alusivos una independencia que no pudieron proclamar solemnemente por no estar seguros de la voluntad general. Sin duda aquella anarquía y pasos inconsiderados movieron el ánimo del virrey de Lima a conducir a estos países la guerra desoladora, confundiéndose así los verdaderos derechos del pueblo, con el desorden y la inconsideración. Atacado el pueblo indistintamente por esto, le fue preciso ponerse en defensa, y conociendo que la causa fundamental de la guerra eran aquellos opresores, empleó todos sus conatos en separarlos del mando, valiéndose de las mismas armas que empuñábamos para defendernos de la agresión exterior.
Puesto así el Gobierno en libertad y deseando elegir un gobierno análogo a las ideas generales de la monarquía, confió la autoridad a un gobernador, llamándole supremo por haber recaído en él la omnímoda facultad que tuvo la primera junta gubernativa instalada en 18 de septiembre de 1810; y se propone ahora restituir todas las cosas al estado y orden que tenían el 2 de diciembre de 1811, cuando se disolvió el congreso.
Por tanto, aunque nos hallamos con un pie muy respetable de fuerza, que tiene al reino en el mejor estado de seguridad, que diariamente se aumenta y aleja todo recelo, conviniendo con las ideas del virrey por la mediación e influjo del señor comodoro Mr. James Hillyar y para evitar los horrores de una guerra, que ha dimanado de haberse confundido los verdaderos derechos e ideas sanas, con los abusos de los opresores, propone Chile lo siguiente:
“1º Que supuesta la restitución de las facultades y poder del gobierno al estado que tuvo cuando fue aprobado por la regencia, debe suspenderse toda hostilidad, y retirarse las tropas agresoras, dejando al reino en libre uso de sus derechos, para que remita diputados a tratar con el Supremo Gobierno de España el modo de conciliar las actuales diferencias.
2º No se variará el poder facultades del gobierno de la manera que fue aprobado por la regencia, esperando el reino el resultado de la diputación que ha de enviar a España.
3º Se darán todos los auxilios que estén al alcance del reino, para el sostén de la Península.
4º Se abrirán los puertos a todos los dominios españoles, para que continúen las relaciones mercantiles mutuamente.
5º Se ofrece al señor comodoro Mr. James Hillyar, mediador de las diferencias entre el señor virrey de Lima y este gobierno, una garantía suficiente para el cumplimiento de esta transacción.
6º Siendo notorio, tanto en Chile como en Lima, el eficaz deseo del señor comodoro y comandante de la Phoebe, de terminar las diferencias pendientes en dos estados unidos por naturaleza religión, aceptamos su laudable mediación entre ambos gobiernos, y ofrecemos garantir los tratados que por ella se hagan, con la seguridad que esté en nuestra facultad, y siendo esto conforme sustancialmente con los sentimientos que en conversaciones particulares ha manifestado el señor virrey al señor Hillyar, a excepción de quedar sujetos a guarnición extraña, nos ofrecemos también a reponer esta falta de garantía con rehenes equivalentes. Por tanto, espera Chile no se ponga el menor embarazo en la salida de las tropas de Lima; en cuya negativa nunca podrá convenir este reino, así para hacer una elección libre de sus diputados como para evitar una anarquía, las disensiones interiores que probablemente se originarían, quedando alguna fuerza exterior; sobre todo porque garantidas las proposiciones de un modo seguro, es inútil, y podría ser muy perjudicial mantener en el reino aquella fuerza.
7º Quedarán olvidadas las causas, que hasta aquí hayan dado los vecinos de las provincias del reino, comprometidos por las armas, con motivo de la presente guerra.
8º El gobierno deja a discreción y voluntad de los generales de nuestro ejército restaurador, acordar y determinar el punto o situación en que han de discutirse y decidirse los tratados y demás ocurrencias de que no se haya hecho mérito, y también el que perdonen la discusión, o en su lugar nombren plenipotenciario que desempeñe a satisfacción tan importante encargo; y para este nombramiento se autorizan en bastante forma.
Convenidos los generales de ambos ejércitos en los antecedentes artículos, sin variación sustancial, volverán a este gobierno para su ratificación que se hará en el término que acordasen.
Santiago, abril 19 de 1814.
Francisco de la Lastra - doctor José Antonio Errázuriz - Camilo Enríquez - doctor Gabriel José de Tocornal - Francisco Ramón de Vicuña - doctor Juan José de Echeverría, secretario”.

NÚMERO 2. He aquí el tratado definitivo aprobado en Lircay por Gaínza y los plenipotenciarios patriotas, O'Higgins y Mackenna.
Convenio celebrado entre los generales de los ejércitos titulados nacionales y del gobierno de Chile:
Artículo 1º Se ofrece Chile a remitir diputados con plenos poderes e instrucciones, usando de los derechos imprescriptibles que le competen como parte integrante de la monarquía española, para sancionar en las cortes la Constitución que éstas han formado, después que las mismas cortes oigan a sus representantes; y se compromete a obedecer lo que entonces se determinase; reconociendo, como ha reconocido, por su monarca al señor don Fernando VIl y la autoridad de la regencia por quien se aprobó la junta de Chile, manteniéndose entretanto el gobierno interior con todo su poder y facultades, y en libre comercio con las naciones aliadas y neutrales, especialmente con la Gran Bretaña, a la que debe la España, después del favor de Dios y su valor y constancia, su existencia política.
2º Cesarán inmediatamente las hostilidades entre ambos ejércitos; la evacuación de Talca se ejecutará a las treinta horas de ser comunicada la aprobación del gobierno de Santiago sobre este tratado, y la de toda la provincia de Concepción, esto es, las tropas de Lima, Valdivia y Chiloé en el término de un mes de recibida dicha aprobación, franqueándoseles los auxilios que estuviesen al alcance de Chile, y dicte la regularidad y prudencia y quedando esta última plaza de Chiloé sujeta como antes al virreinato de Lima: así como se licenciarán todos los soldados de la provincia de Concepción y sus partidos, si lo pidieren.
3º Se restituirán recíprocamente, y sin demora todos los prisioneros que se han hecho por ambas partes sin excepción alguna, quedando enteramente olvidadas las causas que hasta aquí hayan dado los individuos de las provincias del reino comprometidos por las armas con motivo de la presente guerra, sin que en ningún tiempo pueda hacerse mérito de ellas por una ni otra parte. Y se recomienda recíprocamente el más religioso cumplimiento de este artículo.
4º Continuarán las relaciones mercantiles con todas las demás partes que componen la monarquía española, con la misma libertad y buena armonía que antes de la guerra.
5º Chile dará a la España todos los auxilios que estén a su alcance conforme al actual deterioro en que ha quedado por la guerra que se ha hecho en territorio.
6º Los oficiales veteranos de los cuerpos de infantería y dragones de Concepción, que quisiesen continuar su servicio en el país, gozarán el empleo y sueldo que disfrutaban antes de las hostilidades; y los que no, se sujetarán al destino que el excelentísimo señor virrey les señalare.
7º Quedarán la ciudad de la Concepción y los puertos de Talcahuano; y no siendo posible al señor brigadier don Gavino Gaínza dejar todos los fusiles de ambas plazas, se conviene en restituir hasta el número 400 para su servicio y resguardo.
8º Desde el momento que se firme este tratado estará obligado el ejército de Chile a conservar la posición que hoy tiene, observando religiosamente el no aproximarse más a Talca, y caso que, entretanto llega su ratificación del excelentísimo gobierno de Chile, sobreviniere algún temporal, que pueda perjudicarle, será de su arbitrio, acamparse en alguna hacienda en igual o más distancia de dicha ciudad; bien entendido que para el inesperado caso de volverse a romper las hostilidades, que será con previa noticia y acuerdo de ambos ejércitos, no podrá cometer agresiones el nacional sin haberle dado lugar de restituirse a la posición que tiene en esta fecha.
9º Se restituirán recíprocamente a todos los moradores y vecinos las propiedades que tenían antes del 18 de febrero de 1819 declarándose nulas cualesquiera enajenaciones que no hayan precedido de contrato particular de sus dueños.
10º El excelentísimo gobierno de Chile satisfará con oportunidad, de su tesoro público, treinta mil pesos como en parte del pago que debe hacerse a algunos vecinos de la provincia de Concepción de los gastos que ha hecho el ejército que hoy manda el señor general brigadier don Gavino Gaínza, quien visará los libramientos que expida la intendencia.
11º Para el cumplimiento y observancia de cuanto se ofrece de buena fe en los artículos anteriores, dará Chile por rehenes tres personas de distinguida clase o carácter, entre quienes se acepta como más recomendable, y por haberse ofrecido espontáneamente en honor de su patria, al señor brigadier don Bernardo O’Higgins, a menos que el excelentísimo gobierno de Chile lo elija para diputado se sustituirá su persona con otra de carácter y representación del país.
12º Hasta que se verifique la total evacuación del territorio de Chile se darán en rehenes por parte del ejército nacional luego que esté ratificado el tratado, dos jefes de la clase de coroneles, así como para evacuar a Talca, que deberá ser el inmediato, se darán por el ejército de Chile otros dos de igual carácter quedando todo el resto del mes para que vengan a la inmediación del señor general del ejército nacional los rehenes de que habla el artículo anterior, o un documento de constancia de haberse embarcado para Lima.
13º Luego que sea firmado este tratado, se expedirán órdenes por los señores generales de ambos ejércitos para que suspendan su marcha cualesquiera tropas que desde otros puntos se dirijan a ellos; y que sólo puedan acogerse, para librarse de la intemperie, a las haciendas o pueblos más vecinos donde les llegaren dichas órdenes, hasta esperar allí las que tengan a bien dirigirles; sin que de ningún modo puedan las auxiliares del ejército nacional pasar el Maule, o entrar en Talca, ni las del ejército de Chile el río de Lontué.
14º Si llegare el caso (que no se espera) de no merecer aprobación este tratado, será obligado el señor general del ejército de Chile a esperar la contestación de esta noticia, que ha de comunicar al del nacional, quien deberá darla al cuarto de hora de recibida.
15º Reconociendo las partes contratantes que la suspensión de las hostilidades, la restitución de la paz, buena armonía e íntima amistad entre los gobiernos de Lima y Chile, son debidos en gran parte al religioso y eficaz empeño del señor comodoro y comandante de la Phoebe, don Santiago Hillyar, quien propuso su mediación al gobierno de Chile manifestándole los sentimientos del señor virrey, y no ha reparado en sacrificios de toda clase, hasta presenciar a tanta distancia de su destino todas las conferencias que han precedido, y este convenio, le tributamos las más expresivas gracias como a mediador y principal instrumento de tan interesante obra.
16º Se declara que la devolución de sólo 400 fusiles a las plazas de Concepción y Talcahuano a que se refiere el artículo 7º es porque el señor general don Gavino Gaínza no tiene completo el armamento que el ejército de su mando introdujo al reino.
Y después de haber convenido en los artículos anteriores, nos el general en jefe del ejército nacional, brigadier don Gavino Gaínza, y el general en jefe de Chile, don Bernardo O’Higgins y don Juan Mackenna, plenipotenciarios nombrados, firmados dos ejemplares de un mismo tenor, para su constancia, en las orillas del río Lircay, a dos leguas de la ciudad de Talca, cuartel general del ejército nacional, e igual distancia del de Chile, en 3 de mayo de 1814.
Gavino Gaínza.
Bernardo O’Higgins.- Juan Mackenna.

NÚMERO 3. I. Parte oficial que Mariano Osorio pasa sobre la batalla de Rancagua al Marqués de la Concordia, Virrey del Perú, don Fernando de Abascal.
Santiago, 12 de octubre de 1814.
Excelentísimo Señor:
El 30 de setiembre pasado, reuní el ejército en la hacienda de don Francisco Valdivieso distante de la villa de Rancagua tres leguas: teniendo de antemano puestos a la orilla izquierda del Cachapoal los Escuadrones Carabineros de Abascal, Húsares de la Concordia (cuerpo levantado nuevamente), Lanceros de los Ángeles, y dos partidas de caballería sueltas, cuyo total era 650 caballos; emprendí la marcha a las 9 de la noche, y en la formación de columna por divisiones en esta forma: a la cabeza 50 granaderos al mando del capitán don Joaquín Magaflar; 200 pasos a retaguardia, el subteniente de Talaveras don Domingo Miranda con 25 zapadores; a iguales intervalos seguían los Húsares, cuatro piezas de artillería, vanguardia, sus municiones, cuatro piezas. 1ª división con las suyas; 4 piezas; 2ª división y sus municiones 4 piezas; 3ª división y las suyas, escuadrón de Carabineros, y partida de dragones; a los flancos de la cabeza de la columna y a distancia de un cuarto de legua las partidas de caballería, caminé hacia los vados de las Quiscas o de Cortés distante de la citada hacienda dos leguas, y otras tantas de la villa. Se pasó el río, y al amanecer ya todo el ejército estaba del otro lado:
inmediatamente se formó en batalla en dos líneas apoyando la derecha al río; la partida del teniente coronel don Pedro Asenjo y del capitán don Leandro Castilla, cada una de 100 caballos, empezaron a tirotearse con el enemigo por nuestra izquierda, en el interín di un pequeño descanso a la tropa, y luego se dirigió en batalla hacia la villa; como una legua distante de ella, corriéndome hacia la izquierda, en donde hice alto; viendo que el enemigo cargaba sobre ella, mandé reforzar las indicadas partidas, e incontinenti hice desfilar a vanguardia al mando del coronel don Ildefonso Elorreaga, compuesta de los batallones de Valdivia y Chillán al cargo de sus comandantes los coroneles don Juan Carvallo y don Clemente Lantaño; 1ª división mandada por el coronel don José Ballesteros, compuesta de los batallones voluntarios de Castro y Concepción a las órdenes del mismo y el teniente coronel don José Vildósola, y la 2ª división a cargo del coronel don Manuel Montoya, con los dos batallones de su mando Veteranos y Auxiliares de Chiloé, con 4 piezas cada división al cargo del subteniente don Lorenzo Sánchez, el capitán graduado de teniente coronel don Bruno Basán y el capitán don José María Flores, y además el escuadrón de Carabineros mandado interinamente por el teniente coronel don Antonio Quintanilla, hacia los callejones de los Cuadras, previniendo a la vanguardia pasase al callejón de Chada, con el fin de cortar los caminos que de la villa salen para Santiago; en seguida mandé a la compañía de cazadores de Talavera con su capitán don José Casariego, los Dragones con su jefe don Diego Padilla y dos obuses al cargo del teniente coronel don Alejandro Herrera tomasen la salida de la calle que mira al oeste de la villa, cuya artillería como todas las demás se inutilizó a poco tiempo excepto dos cañones de montaña, unas por el fuego del enemigo y otras por el repetido que hacían. La compañía de granaderos mandada por su capitán don Miguel Marqueli atacó por el punto que media entre la anterior calle y la que va al sur, a la cual se dirigió el regimiento de Talavera y partida del Real de Lima, división mandada por el coronel de aquel cuerpo don Rafael Maroto, y comandante de ella el sargento mayor del mismo don Antonio Morgao, y el teniente don Pedro Barrón, y el escuadrón de Húsares mandado por su comandante el teniente coronel don Manuel Barañao; el de Lanceros al cargo del teniente coronel don Antonio Pando que había dejado a la orilla izquierda del río, pasó éste luego que se circunvaló la villa, en la cual mandaban a más de los 1,400 hombres de todas armas, y de sus decantadas tropas los cabezas Bernardo O’Higgins y Juan José Carrera; antes de acercarse el ejército a la villa había ya batido y dispersado más de 1,000 hombres de milicias con fusil y lanza; durante su sitio sucedió lo mismo con más de 700 y cuatro piezas por el camino de Santiago y a su cabeza José Miguel (presidente de la Junta) y Luis Carrera su hermano, venían en socorro de los sitiados, treinta y dos horas de fuego sin intermisión en donde el enemigo tenía doce piezas de artillería de todos calibres puestas y colocadas en diez trincheras que había en otras tantas calles al rededor de la plaza principal y plazuela de la Merced, teniendo las tres cuartas partes de su tropa colocadas en los tejados, campanarios de San Francisco, parroquia y mercado. Toda su artillería con muchas municiones, doce cajas de guerra, cinco banderas (cuyas cintas negras así como la faja del mismo color, era la señal que llevaban para no darnos cuartel) más de 1,500 fusiles, cerca de 900 prisioneros inclusos 282 heridos, y entre aquéllos el mayor con divisa de coronel don Francisco Calderón, 31 oficiales y 6... sacerdotes entre curas y frailes, más de 400 muertos, contándose en este número muchos oficiales, la dispersión total de esta reunión de insensatos, la entrada en la capital el 5 del actual, ser ya dueñas las armas del rey, de Valparaíso y otros puntos con todos sus efectos que tenían, ella son el fruto por ahora de esta victoria: O’Higgins y Carrera huyeron con muy pocos a favor del pelotón que salió de la plaza confundidos con las muchas caballerías que echaron por delante y denso polvo.
Las cuatro banderas pequeñas cogidas en Rancagua que pudieron salvarse del justo enojo de los bravos soldados, y la grande, tomada en esta ciudad, he dispuesto las presenten a V. E. dos valientes de cada división del ejército para que acompañados por V. E. (si gusta) y de las tropas de esa guarnición, tribunales y demás cuerpos de ella, las conduzcan con la mayor pompa posible al convento de Santo Domingo y se coloquen a los pies de Nuestra Señora del Rosario, Patrona del ejército, como justo y debido homenaje que rendidamente le hace por el singular favor que le he merecido en la víspera y día de su advocación, en la cual y a las tres y media de la tarde tuve el gozo de pisar la plaza de la Villa.
Los muchos asuntos que me rodean consiguientes al desarreglo en que he hallado esta capital, el perseguir sin detenerme, después de poner el orden posible en ella, a los cabezas O’Higgins, Uribe, Muñoz los tres hermanos Carrera, que con un puñado de locos como ellos se han refugiado a los Andes, camino de Mendoza, después de haber saqueado a estos vecinos, iglesias, y hecho un cincuenta de atrocidades, y el deseo de no retardar un momento, dar a V. E. tan agradable noticia, no me permiten extenderme como quisiera, para informarle de la conducta y valor de todos los oficiales y soldados de este ejército, que aunque corto en el número es muy grande por aquellas circunstancias, entusiasmo y subordinación.
Una marcha de siete y media leguas por terrenos llenos de agua y fangosos; un silencio tan profundo que no se oía otro ruido más que el del carruaje de la artillería, la que traían desde Concepción a pie, atravesando más de veinte ríos, sin fumar en toda la noche, desde el jefe hasta el último tambor. La alegría al formarse en batalla, los deseos de batirse, su desnudez y falta de calzado y los vivas al rey repetidísimos aun en medio del horroroso cuadro que presentaba Rancagua, ardiendo por todas partes por las llamas, el hierro y el plomo; le hacen acreedor a las gracias de nuestro augusto rey don Fernando VII habiéndoselas yo dado ya en su real nombre. Luego que el tiempo lo permita daré a V. E. la noticia correspondiente, ciñéndome por ahora a recomendar a V. E. a los jefes de las divisiones, al valiente Barañao que a la cabeza del escuadrón, con el fusil a la espalda y sable en mano entró a escape por la calle que mira al sur, en donde fue herido grave mente por una bala de metralla en el muslo izquierdo, habiéndolo sido antes su caballo por una de fusil; al subteniente de artillería Sánchez que fue herido en la mano derecha; a los tenientes de Talavera, don Juan Vázquez Novoa, don Francisco Reguerra y don Juan Álvarez Mijares, el primero herido en la misma mano, el segundo en el brazo izquierdo, y el tercero en un muslo, todos de bala de fusil; al sargento mayor de dicho cuerpo don Antonio Morgao que al frente de su regimiento y al toque de ataque entró por la referida calle del sur; al capitán don Vicente San Bruno que a fuerza de mucho trabajo construyó una trinchera en ella para contrarrestar la del enemigo; al coronel Lantaño que rechazó por tres veces a los de afuera, y luego cargó sobre los que huían; así como los tenientes coroneles Quintanilla, Asenjo, Pando y el capitán Castilla que, con su caballería completaron la derrota. El mayor general coronel don Julián Pinuel, el coronel don Luis Urrejola, mis ayudantes, los capitanes, teniente de navío don Joaquín Villalva y don Manuel Matta, los tenientes don José Butrón, don Vicente de Nava los subtenientes don Manuel Quesada y don José Rueda, desempeñaron cuantas comisiones y órdenes les di los recomiendo así mismo a V. E. Nuestras pérdidas son 1 oficial 3 muertos, y 113 heridos incluso 7 oficiales.
Testigo ocular de todo, espero interponga V. E. su poderoso influjo para el correspondiente premio de estos fieles vasallos, que es la única recompensa que deseo si merecen algo mis servicios desde que tengo la satisfacción de mandarlos.
Dios Guarde a V. E. muchos años.- Cuartel general en Quinta de Sánchez. 12 de octubre de 1814.-
Excmo. señor.
Mariano Osorio.
Excmo. señor marqués de la Concordia, Virrey del Perú.

II. Parte de Osorio sobre los hechos que se siguieron a la batalla de Rancagua.
Excmo. Señor:
El enemigo en precipitada fuga, abandonando todo y con muy poquísima gente, pues quizá no llegarían a cien hombres; pasó la cordillera la noche del 13 al 14. Desde Colina a la cumbre de los Andes, hasta donde se le pudo perseguir, se les tomaron nueve piezas de diferentes calibres con algunas cureñas que no tuvo tiempo de quemar; muchas municiones particularmente de cañón, más de trescientos fusiles, más de doscientos prisioneros, sin contar más de treinta y seis muertos que tuvieron en la pequeña acción que quiso sostener en la altura más arriba de la ladera llamada de los Papeles, dentro de la cordillera; la bandera del batallón del Ingenio con la misma divisa negra (que era el de los esclavos, a quienes por un decreto de la junta última se les mandó los dieran sus dueños para tomar las armas); dos banderas y gallardete con el escudo de las armas reales, pertenecientes a la plaza de Valparaíso; y la tricolor que había en la misma, pero sin la parte blanca que se la quitaron antes, ésta y la primera las presentarán a V. E. los mismos individuos, que las tomadas en Rancagua, para el fin que dije en mi oficio del 12.
Permítame V. E. haga algunas observaciones particulares acerca de esta expedición, que he tenido la satisfacción de mandar. Primera: a los dos meses justos de haber desembarcado en Talcahuano salí de Santiago para los Andes e hice pasar la cordillera a los Carrera y demás individuos de la junta, el mismo día del cumpleaños de nuestro augusto monarca y de la renovación del juramento de fidelidad en la capital. Segunda: en el mismo sitio y a distancia de un tiro de fusil donde José Miguel Carrera presidente de la junta en 1803 mató asociado con otro al correo de Buenos Aires para robarle 24,800 pesos que llevaba en oro, encontré 19 y media cargas de plata y de aquel metal que había saqueado en Santiago, ya en dinero, ya en alhajas de las iglesias hechas ya barras. Tercera: al mismo tiempo que por tierra entraba el parlamentario que llevaba la rendición a Valparaíso, lo verificaba la corbeta Sebastiana por mar, procedente de Talcahuano y Juan Fernández, a donde condujo la tropa, artillería, municiones y demás efectos necesarios para volver a posesionaros de aquellas islas que el enemigo había abandonado.
Dios guarde a V. E. muchos años.- Cuartel general en la guardia de los Andes, 15 de octubre de 1814.-  Excmo. señor.
Mariano Osorio.
Excmo. señor marqués de la Concordia virrey de Lima.

III. Orden del señor general del ejército del Rey en el reino de Chile, al señor gobernador intendente de Concepción.
Publique V. E. en este pacífico vecindario, que haciendo de trasnochada una marcha de cinco leguas, pasando el Cachapoal al amanecer el día de ayer, y sosteniendo un fuego vivísimo sin cesar, sin comer ni dormir por espacio de treinta y tres horas y media, logró este heroico ejército que tengo el honor de mandar, la victoria más memorable que ha visto este reino. 600 prisioneros, 500 muertos incluyéndose en ambos muchos oficiales, 200 heridos, más de 1,000 fusiles, 14 piezas de artillería de todos calibres y un abundante parque, son el fruto por ahora de este completísimo triunfo debido a la visible protección de la virgen del Rosario, como que comenzó la víspera de su festividad y se concluyó en su día. Es muy justo y de nuestra obligación tributarle el más humilde reconocimiento y para ello disponga V. E. se le cante una misa de gracias con solemne Te Deum, que se repique y haya iluminación por tres noches consecutivas.
Dios guarde a V. S. muchos años.- Cuartel general de Rancagua, 2 de octubre de 1814.
Mariano Osorio.
Señor gobernador intendente de Concepción.

IV. Oficio enviado por el ayudantamiento de Concepción al Virrey del Perú felicitándolo por el triunfo de las ramas del Rey en Chile.
Excmo. Señor:
Aún no se había desembarazado este pacífico vecindario de las más afectuosas festivas demostraciones con que celebraban la deseada restitución de nuestro augusto monarca el señor don Fernando VII a su trono, que V. E. se ha servido participarle, y en que por los medios más expresivos ha vertido la ternura de su corazón en testimonio de su incontrastable lealtad, cuando la gloriosa victoria de nuestras armas obtenida completamente en la villa de Rancagua contra los ilusos protectores de la revolución, le hace continuar sus placeres y después de tributar al Dios de los ejércitos sus más ingenuos homenajes de gratitud los convierte a V. E. asegurándole de su eterno reconocimiento por la incomparable beneficencia con que ha sabido protegerlo hasta sacarlo de su opresión.
El día 2 del corriente, octubre, entraron nuestras tropas en la villa de Rancagua, después de treinta y tres horas de acción continua en que los enemigos tentaron resistir nuestras fuerzas. Fueron generalmente derrotados con la resulta de 700 prisioneros, 500 muertos, 200 heridos, todo el parque de artillería que constaba de 14 piezas de diferentes calibres, 1.000 y más fusiles con abundante provisión de víveres y municiones que dejaron a nuestro ejército, y de cuyo poder sólo escaparon con muy corto número de tropas los caudillos que la mandaban.
El 4 del mismo mes continuó nuestro ejército su marcha desde este punto a la capital de Chile distante veinte leguas, y el 6 tomó posesión de aquella ciudad sin alguna resistencia; y habiéndose fugado de ella con trescientos hombres de su tropa y considerables caudales los promotores de la revolución, cuyo alcance ha dispuesto nuestro benemérito general, según todo lo ha participado por su comunicación del mismo día.
Ya llegó Excmo. Señor, el momento feliz en que deben renacer las dulces ideas de fraternidad y de unión, que por tantos siglos han causado la felicidad de la América. Ya no soplará el fuego abrasador de la discordia, que con la ilusión de una soñada libertad ha derramado en este ameno país la desolación con la misma sangre de sus hijos. Este cabildo no acierta a expresar a V. E. cual es su gratitud por el inefable celo con que ha restituido a estos pueblos la tranquilidad y el bien entendido uso de sus derechos. Sólo sabe asegurarle que ningún sacrificio será costoso para detestar la dura esclavitud de que ha salido i que ajustándose a los superiores designios de V. E. pedirá incesantemente al cielo prospere sus benéficas ideas y le llene de sus bendiciones.
Nuestro Señor guarde a V. E. muchos años.
Concepción, 15 de octubre de 1813.
Excmo. Señor:- José María Martínez.- Manuel Rioseco.- Vicente Antonio Bocando.- Miguel González.- José Cruz de Urmeneta.
Excmo. Señor marqués de la Concordia, virrey del Perú.

V. El Ilustre Ayuntamiento de Santiago de Chile congratula y da las gracias a Su Excelencia por los triunfos de las armas de Su Majestad y ocupación de aquella capital.
Excmo. Señor:
La esclavitud y la opresión habían tomado en este reino todo el incremento de que son capaces en su línea: un corto número de sediciosos libertinos supo desenfrenar la plebe, armarla, hacerla instrumento de su insurgencia y general desolación; la tiranía despotismo había subido a un grado insoportable, y los pueblos en la dura posición de sufrir y ejecutar, no tenían libertad de sufrir su exasperación. En su mayor abatimiento conocía Chile que sólo V. E. podría desnudarle la cadena y obligado a pelear contra su lisonjera esperanza, llegó el momento feliz en que fuésemos a un mismo tiempo vencidos y vencedores. Derrotado el tirano, se restableció improvisamente la quietud, el orden y la tranquilidad: recibimos a nuestros libertadores con los signos más expresivos de contento, y no hay quien no celebre la renacencia al antiguo vasallaje de nuestro amado monarca. El cabildo penetrado de los sentimientos comunes, tributa a V. E. las más reverentes gracias; y no cesará jamás de conocer que V. E. ha sido el héroe de la América, el Aquiles de su felicidad, su pacificador su libertad misma, restando únicamente para complemento de nuestra suerte, gozar las benignas influencias de un digno jefe. En la actualidad sólo llenaría nuestros deseos el señor general coronel don Mariano Osorio. Las Circunstancias críticas de este suelo, sus cualidades amables, y los conocimientos que ha tenido necesidad de adquirir exigen imperiosamente un beneficio que impone temor a los prófugos revolucionarios opresores, y conduce a la conservación de nuestra Serenidad.
Dios guarde a V. E. muchos años.- Sala capitular de Santiago de Chile y octubre 21 de 1814.
Excmo. señor: Gerónimo Pizana.- Juan Antonio de Fresno.- Francisco Ruíz Tagle.- José Manuel Arlegui.- Juan Manuel de la Cruz.- Lucas de Arriarán.- Domingo Ochea de Zuarola.- Manuel María de Undurraga.- Manuel de Figueroa.- Tomás Ignacio de Urmeneta.
Excmo. Señor Marqués de la Concordia, Virrey, Gobernador y Capitán General del Perú.

VI. El Ilustrísimo señor Obispo electo de Santiago al Excelentísimo señor Virrey.
Excmo. Señor:
Muy venerado señor, y todo mi respeto: llegó por fin el día señalado por la Divina Providencia, para la plena efusión de las misericordias del Señor sobre este desgraciado reino, y su afligida capital, a la que se dirigió con la rapidez del rayo a los pocos días de haber desembarcado en Talcahuano el señor coronel don Mariano Osorio, destinado últimamente por el inapurable celo de V. E. para general en jefe del ejército que debía venir a redimirnos del odioso yugo que nos ha oprimido por tanto tiempo. Después de repetidas intimaciones llenas de humanidad, que hizo infructuosas la obcecación y protervia de los pérfidos insurgentes, cayó sobre ellos en la villa de Rancagua, en donde habían reunidos sus indisciplinadas tropas para hacer los últimos esfuerzos de su impotente despecho, escarmentado con una completa derrota cuyo resultado fue la absoluta dispersión de los pocos que no tuvieron la suerte de quedar prisioneros o tendidos en las calles de Rancagua, y la inevitable de aquel pueblo. Desde aquel momento los infames caudillos de la rebelión no trataron sino de ponerse en salvo con precipitada fuga, seguidos de la execración de sus compatriotas, acompañados de su rabiosa desesperación, agobiados con el monte de ignominia que carga sobre sus hombres, y aterrados con sus remordimientos, y el destino horrible que se les espera.
Conseguido este triunfo se encaminó el señor general en jefe con sus victoriosas armas a esta capital para evitar su devastación a que la habían condenado los tiranos usurpadores de su gobierno: esos monstruos sin alma y sin conciencia, que no se han negado a ningún delito, y en sus últimos apuros cometieron el sacrilegio execrable de despojar los templos de sus alhajas, y cuanto conducía a la solemnidad del culto. De la catedral sólo se robaron más de dos mil marcos de plata, en las demás iglesias sólo dejaron lo preciso para la celebración de los oficios divinos; habiendo cometido otros horrores y crueldades que me impide referir la consternación de mi ánimo afligido. El señor general en jefe con una actividad que asombra, no omite diligencia para perseguir a los infames traidores, y ver si se puede recuperar los frutos de sus robos y rapiñas.
En medio de los inmensos cuidados que ocupan su atención, yo le merecí la de que a las pocas horas de haber entrado en esta capital remitiese una escolta de doscientos hombres para seguridad de mi persona, nuevamente confinada desde el día en que hizo la primera intimación a un lugar distante diez leguas de esta ciudad, situado en la ruta del camino de Mendoza, por donde meditaban fugar en caso de una derrota; con el depravado designio de asesinarme, según se me anunciaba por las personas interesadas en mi conservación, o el de hacerme pasar violentamente la cordillera, como ya otras veces lo habían intentado, cuyos inicuos proyectos se frustraron por las medidas y precauciones que tomó el señor general en jefe para evitar mi última ruina, habiéndome hecho conducir a esta capital con decoro, y dado sus providencias para que se me ponga en posesión del gobierno del obispado en cumplimiento de las soberanas órdenes de S. M. lo que se verificará el día de mañana.
El de hoy acaba de hacer avisar al señor general que esta noche salen los últimos despachos para que dé inmediatamente vela para el Callao uno de los buques detenidos en Valparaíso, no malogro esta primera ocasión que se presenta, para cumplir con la obligación de rendir a V. E. mis respetos y tributarle la más cordial felicitación por los triunfos de sus armas victoriosas, que enlazan las glorias de V. E. con los imponderables beneficios de nuestra libertad, a incomparable dicha de ver restituido este reino, oprimido con la más negra tiranía, a la amable dominación de nuestro desgraciado monarca el señor don Fernando VII.
Poseídos de las ideas que ofrecen sucesos tan felices, no ceso de tributar al cielo las más tiernas acciones de gracias por sus misericordias, y pedirle que con sus bendiciones cubra y proteja las empresas de V. E. para consuelo de nuestras desgracias, y que guarde la preciosa vida de V. E. muchos años. Santiago de Chile, 12 de octubre de 1814.
Excmo. Señor.- B. L. M., de V. E. su más reverente atento servidor afectuoso capellán.
José Santiago, Obispo electo de Santiago.
Excmo. Señor, marqués de la Concordia.

VII. Relación de la artillería, municiones y demás pertrechos tomados al enemigo en la plaza de Rancagua.
Cañones de bronce de calibres regulares.
Culebrinas de a 8: 1.
Cañones del calibre de a 4, de batalla, largos: 4.
Cañones del calibre para montaña: 2.
Cañones del calibre de hierro: 1.
Carronadas de calibre del calibre de a 8: 3.
Obús de 7 pulgadas, de bronce: 1.

Cureñas y armones.
Para culebrinas de a 8: 1.
Para el de a 4 de batalla: 4.
Para el de batalla de montaña: 3.
Para carronadas de a 8: 3.
Para obús de 7 pulgadas: 1.

Cartuchería cargada para la artillería de sitio y campaña.
Cajones de cartuchos del calibre de a 4, de bala: 42.
Cajones de cartuchos de diferentes calibres: 24.
Barriles con cartuchos: 10.
Retobos con balas del calibre de a 8: 30.
Retobos con balas del calibre de a 4: 12.
Balas sueltas de a 4: 200.

Armas y utensilios para servicio de cañones.
Bota-lanzafuegos: 4.
Guarda-lanzafuegos: 14.
Punzones: 8.
Bolsas: 18.
Cartucheras para estopines: 16.

Fuegos artificiales.
Estopines del calibre de a 4 hasta 8: 1.000.
Lanzafuegos: 300.

Armas para la infantería y piezas sueltas correspondientes a ella.
Fusiles de ordenanza: 1.300.
Bayonetas: 400.
Piezas sueltas para fusil: un cajón.

Municiones para infantería.
Cartuchos de fusil con bala: 7 cajones.
Cartuchos de fusil sin bala: 2 cajones.

Instrumentos de gastadores.
Palas: 121.
Azadones: 40.
Barretas: 26.

Herramientas para armeros.
Tornillos de banco: 4.
Limas de todas menas: un cajón.
Cajón con toda herramienta: 1.

Fierro Platina.
En trozos 4 quilates nuevo.

Efectos de parque.
Tiendas de campaña: 30.
Cajas de medicina: 2.
Cajas de guerra: 12.
Cuerda-mecha: dos cajones.
Cajones con velas de sebo: 4.

Varios efectos no pertenecientes al uso de la artillería.
Cartucheras: 400.
Porta-bayonetas: 400

Cuartel general de Rancagua, 2 de octubre de 1814
Mariano Osorio.
Nota. Con el motivo de tener los insurgentes todos los pertrechos y municiones en diferentes casas que hacían de parque en varias calles que estaban entre sus trincheras, no se pudo encontrar en el momento del asalto, que los que constan en esta relación; pero el comandante militar de aquella plaza avisa estarse encontrando aún más.

VIII. Descripción de la gran fiesta que hubo en el Callao y en Lima al recibirse las banderas tomadas a los patriotas en Rancagua, publicada en la Gaceta del Gobierno de Lima el sábado 12 de noviembre de 1814.
El domingo 6 del corriente fondeó en este puerto del Callao la goleta Mercedes, procedente del de Valparaíso, trayendo a su bordo a nueve valientes del ejército de S. M. del reino de Chile, con nueve banderas arrancadas al derrotado de sus infames opresores; y la divina Providencia que mezcla siempre sabiamente los bienes con los males, haciendo brillar los efectos de su bondad cuando más atribulados nos hallamos, nos ha proporcionado este gusto a tiempo que llorábamos la deserción de otra porción de nuestros hermanos. Una guerra tan injusta y alevosa en su origen como despótica arbitraria en el modo con que se ha hecho por los insurgentes caudillos de Chile, se mira en el día terminada con la mayor rapidez y cordura, no habiéndose apartado el jefe a quien fue encomendada, del camino trazado por el genio de nuestro virrey, y concurriendo con su más infatigable constancia y buen deseo a la consumación de los vastos planes que le habían sido confiados; y como una de las obligaciones más dulces que tiene el hombre es la de tributar su reconocimiento a los autores de su fortuna, al mismo tiempo los jefes de los facciosos de aquel reino han puesto con sus baladronadas y vocinglería en tanta expectación al mundo, que no ha hecho más que despreciarlas, conviene publicar la nueva de su aniquilamiento con alguna más extensión de la que quisiéramos, para los ilusos que existen todavía y acaben de entender que no es sino un relámpago la dicha del impío, y que el patrocinio del cielo sólo se dispensa a la combatida virtud.
Luego que S. E. tuvo noticia de que se hallaba surta en el Callao la expresada goleta con tan precioso cargamento, expidió sus prontas órdenes para que se depositase a bordo del navío de guerra de S. M. Asia, mientras que se preparaban para su conducción a esta capital dos compañías de granaderos del regimiento Real y la Concordia. En efecto, a poco después de haber rayado la aurora del lunes 7 ya se habían reunido 120 bizarros granaderos, que a las seis de la mañana se pusieron en marcha hacia el Callao, donde fueron obsequiados luego que llegaron, por el capitán de los de la Concordia don José Román Idiaguez y luego se verificó el desembarco de las banderas con toda la pompa y orden que eran necesarios para solemnizar el acto más serio y delicioso que ha visto aquella plaza. De dos en dos fueron colocadas las nueve banderas en cuatro botes vistosamente adornados, con una escolta de granaderos de uno y otro cuerpo, con un oficial, y el tambor del navío iba en el medio tocando marcha, y puestas en fila caminando a su retaguardia, todas las embarcaciones menores de la bahía llenas de gentes diferentes en la misma formación, y flameando la bandera española que había servido de pedestal a los insurgentes en el reino de Chile, parecía la flota un ejército bien coordinado, con la sola diferencia que no reinaba aquel profundo silencio que precedió al asalto y al incendio de la villa de Rancagua.
A poco de haber entrado la tarde se puso en marcha para Lima la gallarda comitiva con los gajes del valor de los soldados de S. M. Todo el camino del Callao estaba casi cubierto de alegres espectadores, y particularmente en el tránsito por donde hay a uno y otro lado del camino de a pie, estaba tan lleno de concurso que apenas podía transitarse. S. E. había hecho que las músicas de los dos predichos regimientos fuesen a encontrarse en el camino con sus respectivas compañías, para realzar más la sublimidad de la primera escena de esta clase que se ha representado en dicho sitio, desde la fundación de esta insigne capital. Eran las cinco y cuarto de la tarde cuando se presentó S. E. en el paseo, a tiempo que la comitiva estaba un poco más al norte del óvalo segundo, por lo que formando rápidamente batalla la columna, y tendidos en tierra los pendones, pasó por delante de ellas rodando la carroza del representante de nuestro augusto monarca, tantas veces maldecido en la cautiva capital de Santiago; y aunque S. E. jamás ha sabido complacerse en la ruina de sus semejantes ni pagar las injurias sino con beneficios, su noble pecho palpitaba fuertemente de placer por la alusión de tan magnífica ceremonia, y a un mismo tiempo eran agitados de iguales conmociones todos los circunstantes: pues no es creíble que alguno de los malos, que por desgracia viven con nosotros, quisiese ser el objeto de la justa indignación del público en esos momentos.
Al entrar en la ciudad el acompañamiento comenzó sin precedente orden superior, un repique general de campanas que duró por el espacio de dos horas. Las calles del tránsito, hasta llegar a la plaza mayor, estaban tan cubiertas de gente como lo había estado el camino del Callao; y como la mayor parte de los concurrentes quisiere presenciar el último momento de este día gloriosísimo: cuando se presentaron en la galería del Ayuntamiento las banderas con su escolta, se hallaba reunido en la plaza un concurso cual nunca se ha visto. Entonces comenzaron los viva el rey, viva la nación española, viva el marqués de la Concordia, viva el general Osorio, mueran los insurgentes; y así permaneció la muchedumbre hasta que el sol se puso. Por la noche se iluminaron el palacio de S. E., y el del excmo. Señor arzobispo, la casa consistorial, y algunas de este vecindario, y al siguiente día volvieron a presentarse en el mismo sitio las banderas para saciar la curiosidad de todos los que concurrían a verlas.
Hasta aquí solo se descubre una serie de circunstancias, que aunque interesantes por su misma naturaleza, han dejado el corazón casi vacío, por faltarles la unión santa de nuestra religión adorable que es la que perfecciona nuestras dichas y hace que se disfrute sin disgusto las satisfacciones más inocentes de la vida humana. La filosofía de este desventurado siglo puede llenar muy bien las cabezas de sus incautos sectarios, de palabras insignificantes, y hacerles creer que los grandes acontecimientos de la guerra son obra de solo la prudencia y el valor; pero como quiera que no ha consolado hasta ahora a ningún desgraciado, y el hombre naturalmente en los peligros reconoce la impotencia de su brazo, nuestro invicto Osorio así lo ha confesado en el momento mismo de estar hollando, salpicado con la sangre de sus propios enemigos, un sin número de trofeos; y al encargar a S. E. que se tributen alabanzas y acciones públicas de gracias a la Santísima virgen del Rosario, en cuyo santo día logró volver a Chile la felicidad perdida, ha dado la prueba más sobresaliente de la religiosidad de sus sentimientos y la rectitud de su corazón. Tales votos han tenido el debido cumplimiento; y los valientes que condujeron desde el mismo campo de batalla las insignias del triunfo, fueron los que las llevaron el miércoles por la mañana hasta los pies del trono de la soberana imagen, con la misma escolta con que vinieron al Callao.
S. E. quiso que entrasen en la capital aquellos guerreros con los mismos vestidos, que el polvo y la fatiga de tan laboriosa campaña, habían bastamente injuriado; mas, luego, en solo el día que hubo de intermedio entre el de su entrada y el de la acción de gracias, ostentó con ellos toda la magnificencia que acostumbra, dándoles otros lucidísimos, para que fuesen a entonar en su compañía el Te Deum en el templo sacrosanto del Señor de los ejércitos, cuya función se verificó con la suntuosidad correspondiente; y después de haberse celebrado el incruento sacrificio de la misa, durante el cual hicieron tres saludos las compañías de granaderos que habían quedado en la plazuela de la iglesia de Santo Domingo, con asistencia de todas las corporaciones, jefes del ejército y oficiales de los cuerpos militares, regresó S. E. a su palacio; y luego comió con los nueve valientes y con los principales personajes de la milicia, haciendo ver a todos que es un verdadero padre de sus súbditos y un justo apreciador del mérito doquiera que lo encuentre. S. E., brindó primero por la salud de nuestro soberano, después felicitó a los guerreros que le correspondieron brindando por el constante acierto de sus determinaciones; y luego un amante de las glorias de la España, de S. E. y del general Osorio, dijo lo siguiente:
De Chile en vano fiero parricida,
De ingratitud y desamor hinchado,
Mortífero puñal ha levantado
Contra el seno infeliz que le dio vida;
Y con placer mirando la honda herida,
Y henchido de la sangre que ha brotado,
Su triunfo canta, y corre despiadado
Y el ¡ay! doliente de su patria olvida.
Que Osorio se presenta con sus bravos
Y blandiendo la espada vengadora,
El negro polvo muerden los tiranos,
los viles pendones, sus esclavos.
Del héroe ante la planta vencedora
Temblando rinden con sus propias manos.
De V. E. señor es esta gloria;
De vosotros, guerreros, la victoria
Un brindis y otro sea, compatriotas,
Oprobio eterno para los patriotas.
Concluido el espléndido y delicado banquete, felicitó S. E. a todos los concurrentes, se despidió con aquella urbanidad cortesía que le son tan familiares.
El jueves 10 solemnizó la real brigada de artillería los triunfos de su coronel, con toda la pompa, profusión y gusto posibles. El lltmo. Señor obispo de la Paz celebró de pontifical la misa de acción de gracias en la Capilla del Parue, y después del evangelio se dijo un breve pero enérgico discurso, muy propio de las circunstancias. Las salvas de la artillería y el primoroso adorno de todo el cuartel, y la abundante exquisita mesa a que asistieron los principales jefes de la guarnición, y otras muchas personas de carácter y los nueve valientes, pusieron el sello a las glorias del marqués de la Concordia, del vencedor de Rancagua, y de la ilustre brigada del real cuerpo de artillería.
Estas demostraciones de gozo no son arrancadas por la fuerza, como acostumbraban poco ha vuestros tiranos, ¡oh pueblo redimido de Chile! Nada tienen de violento odioso ni traen a la memoria extorsión ni injusticia, sino la gloriosa historia de los sucesos que prepararon la ruina de vuestros opresores, bajo la sabia conducta del intrépido y activo general que te ha sacado de la servidumbre. ¡Qué no vuelva jamás a turbarse el reposo de tus pacíficos hogares, con los suspiros que exhalaba bajo el yugo de la tiranía, sin lograr más que pasar de uno a otro tirano! ¡Cúbranse otra vez esos feraces terrenos, de plantas y frutos saludables, y cuando trueques por el fusil la azada, que sea para sostener el orden, la justicia y la tranquilidad y no para insultar a nuestro amado monarca y a sus legítimos representantes! Las convulsiones políticas dejan huellas tan profundas como las de la naturaleza:  ¡ellas os dicen que debéis ser en adelante más obedientes y circunspectos para poder ser más afortunados; entretanto bendecid conmigo a la paz que habéis empezado a disfrutar.
¡Salve decilda, madre bienhechora,
Del linaje mortal: cándida hermana
De la santa virtud! ¡De polo a polo
Rija un día tu mano vencedora!
No abandones jamás! ¡Pueda contigo
Comenzar el imperio afortunado
De la fraternidad, en que el malvado
Es el solo enemigo,
Y la tierra piadosa
Una sola familia virtuosa.
Cienfuegos.
Oda a la paz entre España y Francia.

IX. Proclama del Virrey del Perú a los habitantes del reino de Chile.
Desde las primeras conmociones que bajo el velo de seguridad, suscitaron en ese país almas inquietas, ambiciosas o alucinadas con las máximas de una mal entendida política, de una libertad e independencia quimérica e impracticable; preveía yo con sumo dolor los horrores que iban a producir en los bienes y en las personas de su inocente vecindario. Para precaver he alzado mi voz en distintas ocasiones, procurando descubrir a los engañados el plan de males que no estaba distante de suceder, a fin de que cooperasen con su influjo, poder y relaciones a detener su impulso. Pero desgraciadamente la seducción triunfó entonces de la verdad, y la buena fe quedó sometida a la malignidad y al engaño. Cerrar enteramente la comunicación con ese reino, habría sido castigar de un mismo modo a los buenos que a los malos; y negarse al justo clamor con que los leales interpelaban mi autoridad para reponer el orden y la tranquilidad en esos pueblos, hubiera sido como un crimen que atormentaría mi corazón, tanto como ahora me son sensibles las calamidades de la guerra que os han hecho padecer los sediciosos, apoderados del gobierno por la fuerza.
El atrevido desenfreno de sus pasiones, con que han escandalizado y vejado al virtuoso pueblo de esa capital, pesando en mi consideración más que los males físicos con que se le ha oprimido, me decidieron al fin a tomar parte en la defensa: pero de un modo lento, cual me pareció que debía convenir para evitar los desastres de una guerra empeñada con el mayor calor por los malvados, desde el principio; dando lugar a que el arrepentimiento y el destierro de las sombras con que estaban alucinados millares de hombres incautos, hiciese mas estragos que la bayoneta y el cañón.
Las proposiciones para una sincera ¡fraternal reconciliación, tantas veces propuestas como desechadas por esos monstruos de iniquidad, y sus continuas depredaciones, os han enseñado, aunque a costa de grandes sacrificios, a apreciar los caracteres diferentes de un gobierno justo y benigno, y el que corresponde dar al ambicioso y tumultario, si es que merece nombre de gobierno el intruso, el devorador de la fortuna de los que por desgracia le obedecen, y del que aspira a elevarse sobre las ruinas de los pueblos.
Los particulares que residen en ellos, sus cabildos, y el mismo general que ha dirigido las tropas del rey a los gloriosos triunfos que acaban de conseguir, me informan del crecido número de fieles que hay en cada uno, del estado miserable a que quedan reducidas sus haciendas, sus casas y todo género de propiedades: sus templos sacrílegamente saqueados, atropellados los ministros del altar y vulneradas su respetable autoridad y facultades. Tal es el fruto de una insurrección, y lo que debéis a sus detestables autores. Mas yo no puedo detenerme en la contemplación de semejante cuadro de infortunios, cuando el deseo y la obligación me llaman a reparar el desorden y las desgracias.
Leales habitantes del reino de Chile, y los que deslumbrados por el artificio de los facciosos, os habéis separado del camino que os dejaron trazados vuestros ilustres ascendientes: volved todos a recoger bajo el suave gobierno del mejor y más deseado de los monarcas, los frutos de vuestra fidelidad y vuestro arrepentimiento. Destiérrense las pavorosas sombras de la enemistad y el error, y una constante unión y voluntad de resarcir vuestro honor y vuestras pérdidas, harán renacer la abundancia la felicidad que os deseo. Contad para ello con mi auxilio. Por lo pronto remito azogues tabacos, que son los artículos que más necesita el reino; y mientras me instruyo de las demás necesidades, os ofrezco a nombre del rey su favor, protección y amparo.
Lima, 9 de noviembre de 1814.
El marqués de la Concordia.

X. Correspondencia enviada desde Santiago a la Gaceta del Gobierno de Lima y publicada en ella el 23 de noviembre de 1814, que da detalles curiosos sobre lo que pasó en la capital de Chile a contar desde la batalla de Rancagua hasta la entrada triunfal de Osorio.
Santiago de Chile, 10 de octubre de 1814.
¡VIVA EL REY!
El día 2 del corriente, día de nuestra Señora del Rosario, a las 4 de la tarde se dio la famosa batalla de Rancagua dentro de la misma villa, habiendo conseguido las armas del rey una completa victoria: el ejército de los insurgentes murieron de los patriotas como unos 500: se les hicieron 750 prisioneros: se les tomaron 1.500 fusiles, toda la artillería, etc.
El lunes 3 cuando se supo aquí la noticia, huyó la junta compuesta de don José Miguel Carrera, el clérigo don Julián Uribe y don Manuel Muñoz: se han huido por la otra banda los siguientes:
El diputado de Buenos Aires, Pasos; el doctor Vera, el padre de la Buenamuerte, don Antonio Armida, el señor Plata y su mujer, su hijo Fernandito, don José Antonio Rojas, el canónigo nuevo Eleizegui, el otro clérigo Urivi, don Joaquín Larraín, clérigo que fue padre mercedario, el padre Beltrán capellán de artillería cirujano, don Facundo Indáñez de Charcas, don Juan de Dios Vial, don Andrés Orguera europeo patriota, don Bartolo Araus, don Luis Carrera, don Juan José Carrera, don Juan Franco León de la Barra, don Timoteo Bustamante, don José Meneses capellán de artillería, el padre Alcázar, guardián de San Francisco, el padre Oros de la Dominica, con los padres Videla, Chocano, Obredor y un lego de Santo Domingo, los padres Gallinato, Jara, Guzmán, Noguera, el lego loco y otros infinitos y el padre Maquila.
En el lunes, martes ni aun miércoles, y siguientes han saqueado la ciudad los mismos patriotas, de día claro, con hachas, etc.
De orden de los Carrera pegaron fuego y quemaron toda la casa, fábrica de pólvora, arruinaron la fábrica de fusiles, se robaron todo el dinero de la caja real, el de la casa de moneda, aduana y tabacos.
Destruyeron la casa del director de tabacos, se han robado todas las lámparas de las iglesias, arañas, ciriales, incensarios, frontales, mayas, puertas de sagrarios, y en fin rara es la alhaja que han dejado en los templos.
Antes habían preso varios clérigos y religiosos, como son los padres dominicos Galiano, Acuña, Meneses, Muñoz, Mollea, Amaya: ha estado sentenciado también a destierro el padre Vásquez y el padre Caso, otros muchos seculares de San Francisco, todos los europeos de la Merced, el padre Aguirre, Rojas, Romo y otros muchos de San Agustín, los padres prior Gorriti y N. P. Figueroa, el maestro Echegoyen; el clérigo Cañoi otros.
El lunes luego que se supo la derrota de Rancagua, la gente de la ciudad se huía por los montes, con camas y trastos, a pie, a caballo y en carretones; de suerte que era día de juicio. Yo salí con toda la familia vestido de fraile dominico cerca de Palmilla. En fin, fueron esos días parecidos al día del juicio, porque iban los insurgentes haciendo destrozos por las campañas, saquearon la villa de Aconcagua.
Pero, ¡oh grandeza de Dios! el miércoles por la mañana hubo voladores, repique general y se comenzó a volver la gente: han entrado estos días las tropas del rey en seguimiento de los insurgentes y de lo que se llevan. El regocijo y alegría de este pueblo es inexplicable, pues al golpe se llenaron las torres de las iglesias, todas las puertas de calle, de casas y de cuartos, etc., de las banderas españolas. Ya van cinco noches de iluminación nunca vista. Las Tropas del rey han ido entrando por divisiones: primero entró el señor Osorio, invicto general, con más de mil hombres. Después han entrado toda la artillería tomada al enemigo, muchas banderas tricolores hechas pedazos, cajas, etc. Después han entrado el batallón de Valdivia, el de Chiloé, los carabineros de Abascal, compañías de cazadores de Concepción, de la Concordia, y ayer entró el lucido regimiento de Talavera de la Reina, todo de europeos, mozos bien vestidos, etc.
En fin, el número de tropas que he visto, reguló será de 4.000 hombres: todo está tranquilo por ahora: se han elegido alcaldes a don Juan Antonio Fresno y a don Francisco Tagle, uno europeo y otro chileno, hoy están eligiendo regidores mitad chilenos y mitad europeos. Ya se restituyó con grande acompañamiento el señor Rodríguez obispo electo, a quien habían desterrado, y lo mismo al señor Vargas canónigo; por último, no puedo decir más porque falta tiempo y voces para explicar la paz y la tranquilidad que gozamos.

Xl. Copiamos a continuación el estado oficial hecho en Mendoza por José Miguel Carrera, sobre la tropa que cruzó los Andes después de la batalla de Rancagua.
Artillería: 105.
Batallón de infantería de línea, número 1º: 36.
Número 2º: 38.
Número 3º: 22.
Número 4º: 73.
Batallón de ingenuos: 60.
Regimiento de caballería, Guardia Nacional: 164.
Asamblea general de caballería y Dragones: 210.
Total: 708.
Mendoza, 22 de octubre de 1814
José Miguel Carrera.
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Fiestas y celebraciones tipicas de Chile

Fiestas y Celebraciones
de la Republica de Chile

Fiestas Patrias:

Se celebran durante todo el mes de septiembre, pero especialmente los días 18 y 19, con ramadas, juegos populares y desfiles; entre éstos el más importante es la Parada Militar que se realiza en Santiago, en la elipse del Parque O’Higgins el día 19 de septiembre, Día del Ejército.
En algunas localidades se celebra el llamado “18 chico” el fin de semana siguiente a las Fiestas Patrias; en estas fechas es también tradicional la fiesta de la Pampilla en Coquimbo.

Fiesta de la Vendimia:

Al final de la temporada de cosecha de uvas se reúnen hombres y mujeres vendimiadores en una gran fiesta. En ella se mencionan España y Francia, tanto en los brindis como en las canciones que los acompañan; ello se entiende al relacionarlo con la llegada de las primeras cepas de origen español y los primeros técnicos franceses.

Putre:

Carnaval de Putre: Esta celebración se realiza en los últimos días de febrero, antes de cuaresma. Acuden a ella habitantes aimaras de los poblados altiplánicos. Además de música y comida, hay bailes, máscaras y disfraces que representan la cosmovisión andina.

Codpa:

Fiesta de la vendimia de Codpa: Entre marzo y abril se realiza, en la localidad de Codpa, la fiesta de la vendimia de las uvas con las cuales se elabora el vino pintatani, grueso y frutoso.

Caspana:

Enfloramiento del ganado: Entre enero y marzo, se realiza en todos los corrales familiares del poblado andino de Caspana una particular ceremonia que incluye bailes, cantos y rogativas, en la cual se coloca lana a los animales.

Chiu Chiu:

Via crucis en Chiu Chiu: Entre marzo y abril, para Viernes Santo, se realiza en el pueblo altiplánico de Chiu Chiu un tradicional via crucis español que incorpora elementos criollos haciendo de la celebración un interesante espectáculo.

La Tirana:

Fiesta de la Tirana: Esta fiesta religiosa se lleva a cabo cada 16 de julio en la localidad nortina de La Tirana. La celebración se realiza en honor a la Virgen del Carmen y es una de las más importantes y conocidas del país. Destaca por los bailes, los cantos, la gran cantidad de fieles venidos de todo el país y en especial por las máscaras y disfraces de múltiples colores.

Pica:

Fiesta de Reyes: Se realiza en la localidad de Pica, a 117 km. al sureste de Iquique a 1.300 m. sobre el nivel del mar. Su celebración se extiende a grandes ciudades como Arica e Iquique, en las cuales los adornos navideños de casas y locales comerciales se mantienen hasta dicha fecha.

Aiquina:

Virgen de Guadalupe de Aiquina, 8 de septiembre. Se celebra en el poblado de Aiquina, ubicado a 75 km. al noreste de Calama y a 2.980 m. de altura. La fiesta tiene una duración de cinco días y se inicia tres días antes de la fecha indicada.

San Pedro de Atacama:

Carnaval atacameño: Durante la segunda semana de febrero, tanto en San Pedro de Atacama, como en Chiu Chiu, Caspana y los demás pueblos atacameños de la zona, se celebra un carnaval con disfraces, bailes típicos y degustación de gastronomía y bebidas típicas de la región.

Vallenar:

Fiesta del Roto Chileno: El fin de semana más cercano al 20 de enero se celebra en la quebrada de Pinte, hacia el interior de Vallenar, un festival costumbrista organizado por la junta de vecinos en el que se realizan competencias típicas chilenas.

El Tránsito:

Fiesta huasa de El Tránsito: Durante la segunda semana de febrero el club de huasos de la localidad de El Tránsito realiza una fiesta que consiste en competencias campesinas y espectáculos folclóricos.

San Félix:

Fiesta de la vendimia de San Félix: Durante todo febrero en el pueblo de San Félix, a doscientos kilómetros de Copiapó, en el valle del río El Carmen, se realiza la principal fiesta de la zona, que es organizada por la junta de vecinos. A los bailes en la plaza los fines de semana acuden habitantes de todo el valle y culmina con un festival gastronómico y un concurso de artesanías locales.

San Fernando/Copiapó:

La Candelaria, primer domingo de febrero. Su celebración se efectúa en la localidad de San Fernando, a 4 km. al este de Copiapó. También es venerada en otros puntos del país. La Virgen de la Candelaria se representa con una vela en las manos como símbolo de la purificación de la mujer. Es una de las fiestas más antiguas del norte y reúne a fieles de todo el país y de naciones limítrofes.

Tierra Amarilla:

Fiesta del Toro Pullay: En la localidad de Tierra Amarilla se celebra, a finales de febrero, esta antigua fiesta costumbrista con comparsas por las calles que acompañan a personajes disfrazados que representan el bien y el mal.

Los Choros:

San José Obrero: El santo carpintero es celebrado el 19 de marzo en Los Choros con una fiesta religiosa que cuenta con bailes chinos de la zona y de otras localidades y regiones.

La Serena:

Virgen del Rosario: Con cantos antiguos y tradicionales se manifiesta el 8 de enero en la localidad de Diaguitas, en La Serena, la devoción a la Virgen del Rosario. Una fiesta y una procesión cierran esta celebración.

Salamanca:

Señor de la Tierra: El segundo domingo del mes de enero se celebra en la localidad precordillerana de Cunlagua, cercana a Salamanca, la Fiesta del Señor de la Tierra, la más importante de la comuna y en la cual se pueden apreciar las faenas agrícolas y ganaderas.

Monte Patria:

Festival de Tulahuén: A 45 minutos hacia la cordillera desde Monte Patria se realiza, durante la segunda semana de febrero, una exposición de vinos, quesos y tejidos.

Vicuña:

Fiesta de la vendimia en el Valle del Elqui: Durante todo febrero en Vicuña se celebra la vendimia con bailes, música y actividades campestres. En Paihuano se realizan fiestas típicas, como la pampilla de verano, la noche de estrellas y el Festival de la Voz de la Uva.

Sotaquí:

Fiesta del Niño Dios, 6 de enero. Se celebra en el pueblo de Sotaquí, ubicado a 8 km. de Ovalle. En ella toman parte creyentes chilenos y argentinos. Destacan las hermandades de danzantes ataviados con vistosos trajes de vivos colores y muy adornados.

Combarbalá:

Encuentro artístico de Combarbalá: Durante semana santa en la localidad de Combarbalá, pueblo dedicado a la explotación de la piedra combarbalita, en la Región de Coquimbo, se realiza un encuentro de pintores y escultores nacionales y regionales.

La Ligua:

Tejidos de La Ligua: Cada mes de enero, durante una semana se realiza una feria de los tradicionales tejidos de La Ligua, organizada por la Municipalidad en la Plaza de Armas.

Calle Larga:

Fiesta en Calle Larga: En el mes de enero, en la localidad de Calle Larga se realiza una fiesta en torno a la cosecha del trigo. La actividad se inicia acumulando las gavillas y seleccionando las yeguas. Durante la trilla hay bailes campesinos, competencias, actuación de conjuntos folclóricos y gastronomía típica.

Olmué:

Festival del Huaso de Olmué: A fines de enero se realiza en Olmué este tradicional festival de la canción folclórica, uno de los más importantes del país, organizado por la Municipalidad.

San Bernardo:

Festival de San Bernardo: La última semana de enero tiene lugar el Festival Nacional de Folclor de San Bernardo, la competencia musical más importante en este género. Durante cinco días se presentan grupos nacionales y extranjeros en el anfiteatro de San Bernardo.

Culiprán:

Festival del choclo cabello rubio: Esta festividad que se realiza durante febrero en la localidad de Culiprán, famosa por su producción de choclos, reúne a las familias de los campesinos para la compra de productos agrícolas. Este es uno de los eventos más importantes de la zona para los agricultores de la comuna de Melipilla.

Los Andes:

Fiesta huasa y trilla a yeguas: En la primera semana de febrero, en San Esteban, Los Andes, se realiza un festival folclórico que se festeja con trilla de yeguas, carreras a la chilena y otras competencias campesinas, además de comidas típicas. Gran cantidad de público se reune en el Parque Municipal La Hermita.

Limache:

Virgen de las Cuarenta Horas: En el último domingo de febrero, gran cantidad de fieles se dirige a la parroquia Santa Cruz de Limache, donde, durante cuarenta horas, se celebra esta fiesta religiosa en honor a la virgen.

Casablanca:

Encuentro Nacional de Payadores: A mediados de marzo, durante dos días, se celebra en Casablanca, un encuentro nacional de payadores, al cual acuden cultores y estudiosos de esta expresión folclórica de todo el país.

Virgen de Lo Vásquez:

Virgen de Lo Vásquez, 8 de diciembre. Esta festividad se realiza en el Santuario de Lo Vásquez, a 32 km. de Valparaíso. Es la más significativa de las fiestas de V Región. Gran cantidad de peregrinos llegan a ella a pagar sus mandas.

San Felipe:

Fiesta de la vendimia en San Felipe: Con motivo de la vendimia, durante marzo se desarrolla en San Felipe una fiesta tradicional con actividades culturales y folclore, en la que participa un numeroso público.

Zona Central:

Fiesta de Cuasimodo: La fiesta de Cuasimodo, que se celebra entre marzo y abril, adquiere gran colorido y masividad en las localidades de Lo Abarca, Cuncumén, Lo Barnechea, Llay Llay, Casablanca, Maipú, Talagante, Conchalí e Isla de Maipo. En esta celebración religiosa callejera, que se realiza el domingo siguiente a la Pascua de Resurrección, el sacerdote lleva la comunión a los enfermos, acompañado por huasos en carros, caballos y bicicletas, adornados con flores, papeles, banderas chilenas y otras estampas.

San Clemente:

Encuentro chileno-argentino: Durante la primera quincena de enero se realiza el Encuentro chileno-argentino en el límite fronterizo Paso Pehuenche, en San Clemente. Se trata de un evento organizado por las municipalidades de ambos lados de la cordillera (San Clemente en Chile y Malargue en Argentina). Incluye música folclórica, bailes y competencias deportivas.

Cauquenes:

Fiesta de San Sebastián: Entre el 15 y el 21 de enero se celebra en Colbún la Fiesta de San Sebastián, en la que fieles y devotos peregrinan durante una semana para pagar favores y mandas al santo en la localidad de Panimávida. El 20 de enero se celebra al mismo santo en una peregrinación hasta Pelluhue, en Cauquenes.

Cachivo:

San Sebastián de Cachivo: El 20 de enero y el 20 de marzo, en Cachivo, camino a Las Lomas, se celebra a San Sebastián con una fiesta de gran colorido en la que intervienen gran cantidad de tradiciones locales. Miles de personas llegan a pagar sus mandas hasta el santuario, ya sea caminando, en carretelas o a caballo.

Pelluhue:

Festival de la Trilla: La última semana de enero, en el gimnasio municipal de Pelluhue, se celebra un festival de la canción con la participación de destacados folcloristas nacionales. Se trata de un certamen competitivo de gran nivel y trayectoria.

Quiñipeumo:

Festival de la Sandía: La última semana de enero se realiza en el pueblo de Quiñipeumo, Maule, este festival que reúne a agricultores y campesinos en torno al folclor. Juegos criollos, competencias deportivas y musicales, además de la elección de reina, forman parte de la celebración.

Pelluhue:

Trillas a yegua suelta en Pelluhue: A fines de enero y principios de febrero en la localidad de Pelluhue se realiza la trilla a yegua suelta con encuentros campesinos costumbristas, amenizados por grupos folclóricos y cantores populares. El dueño de casa, con apoyo de la municipalidad, ofrece comida y tragos típicos.

Amerillo:

Carnaval del agua: A fines de enero e inicios de febrero, en la localidad de Amerillo, por la ruta internacional El Pehuenche, se realiza una fiesta tradicional que incluye elección de reina, juegos criollos y un espectáculo artístico bailable.

Licantén:

Rodeo oficial de Licantén: El rodeo de Licantén, que se celebra la primera semana de febrero es el más importante del sector. De él salen representantes para la competencia nacional y regional. Hay demostraciones de riendas y amansaduras.

Linares:

Feria internacional de artesanía de Linares: Durante la segunda quincena de febrero se realiza en Linares una feria de artesanía que reúne exponentes seleccionados de la artesanía tradicional de diferentes países.

Coihueco:

Coihueco y sus raíces criollas: Durante la primera quincena de enero se realiza en Coihueco, Chillán, una fiesta de tres días para mostrar la música, el baile, la gastronomía y las actividades campesinas tradicionales de la zona. El evento se realiza en un escenario flotante en el embalse de Coihueco.

Yumbel:

San Sebastián de Yumbel: El 20 de enero y el 20 de marzo se celebra a San Sebastián en Yumbel. Miles de peregrinos, que recorren largas distancias caminando, e incluso de rodillas, llegan de todo el país a rezar y a pagar sus mandas a la iglesia parroquial, donde se encuentra la imagen del santo, en una muestra impresionante de devoción religiosa popular.

Santa Cruz:

Fiesta de la vendimia en Santa Cruz: Con motivo de la vendimia, durante marzo se desarrolla en Santa Cruz una fiesta tradicional con actividades culturales y folclore, en la que participa un numeroso público.

San Ignacio:

Rodeo oficial de San Ignacio: El primer fin de semana de febrero, en la medialuna de San Ignacio, se realiza un rodeo de alto nivel, que cuenta con la participación de destacadas colleras a nivel regional y nacional. Es organizado por el Club de Huasos Rodeo Chileno.

Yungay:

Fiesta de la Candelaria en Yungay: En la capilla de Yungay, a 69 kilómetros de Chillán, se celebra el 2 de febrero una misa en honor a la Virgen de la Candelaria, en la que se bendice la imagen de la divinidad. En la cercana localidad de Pangal del Bajo se realiza una fiesta criolla con ramadas, vinos y comidas típicas.

Tirúa:

Feria costumbrista de Tirúa: En la comuna de Tirúa se realiza, durante la primera quincena de febrero, una feria costumbrista con actividades culturales, muestra de artesanías, productos agrícolas y degustación de comidas típicas.

Puerto Saavedra:

Fiesta de San Sebastián en Puerto Saavedra: El 20 de enero se celebra en la localidad de Puerto Saavedra una fiesta religiosa en honor a San Sebastián con abundante comercio.

Carahue:

Semana de Trovolhue: La cuarta semana de enero se celebra la semana de Trovolhue, en la localidad cercana a Carahue. La celebración incluye gastronomía, folclor y recreación.

Villarrica:

Muestra mapuche de Villarrica: Durante el verano se realiza una exposición en la feria mapuche de Villarrica. Allí se pueden encontrar trabajos de importantes artesanos, además de la reproducción a escala real de una ruca construida en totora y junquillo.

Futrono:

Nguillatún en Futrono: En la localidad de Futrono, a orillas del Lago Ranco, en la Región de los Lagos, desde el 12 hasta el 14 de febrero se realiza un nguillatún mapuche. Se trata de un ritual colectivo de acción de gracias y petición por las cosechas y el bienestar de la comunidad.

Niebla:

Encuentro costumbrista de la Costa: A 20 minutos de Valdivia, en Niebla, se realiza durante la segunda y la tercera semana de febrero un encuentro cultural, costumbrista y gastronómico en el cual se venden comidas típicas y artesanía.

Frutillar:

Exposición de artesanía local de Frutillar: Entre el 15 de enero y el 15 de febrero se realiza en el Colegio Bernardo Phillippi de Frutillar una muestra de artesanía local organizada por la Municipalidad.

Frutillar:

Fiesta criolla de los colonos en Frutillar: El primer domingo de febrero tiene lugar en la Colonia La Radio, en Frutillar, una festividad que incluye carreras a la chilena, juegos criollos, cabalgatas, paseos en carretón y espectáculos folclóricos. Hay un gran despliegue de comidas típicas: asados al palo de cerdo, de cordero y de vacuno, anticuchos, cazuelas, curanto, empanadas, sopaipillas, pastel de choclo, tortillas, kuchen, tortas, mote con huesillos, entre otras cosas.

Carelmapu:

Fiesta de la Candelaria en Carelmapu: El 2 de febrero se realiza, en honor a la Virgen de la Candelaria, una peregrinación de feligreses en la localidad de Carelmapu. Llegan allí gran cantidad de embarcaciones engalanadas, provenientes de la Isla de Chiloé. La celebración dura un día entero.

Caulín:

Festival santuario de las aves Caulín: Durante todos los fines de semana del verano, en la localidad de Caulín, a 9 kilómetros del Canal de Chacao, se lleva a cabo una fiesta costumbrista incorporada dentro de las actividades turísticas de Ancud que incluye artesanía, folclor y gastronomía.

Castro:

Fiesta tradicional de Nercón: Gastronomía, folclor y faenas tradicionales forman parte de la fiesta campesina que el 5 de febrero tiene lugar en Nercón, a pocos minutos de Castro. Al otro dia la celebración se repite en La Estancia, a 5 kilómetros de Castro.

Llau Llau:

Maja chilota: El 13 de febrero en la localidad chilota de Llau Llau, se realizan faenas tradicionales y una fiesta campesina para la elaboración y degustación de la chicha de manzana.

Quemchi:

Festivales costumbristas chilotes: A mediados de febrero, durante el fin de semana, en la localidad de Quemchi, a 60 kilómetros de Ancud, se organiza un festival musical que incluye gastronomía y artesania. En tanto, el tercer fin de semana del mes se realiza en el Parque Municipal de Castro el Festival Costumbrista Chilote, que incluye muestra cultural, folclor, faenas típicas, artesanía, gastronomía, y exposición de las distintas variedades de papas nativas. En Puerto Natales todos los años, en febrero, el Centro Hijos de Chiloé, que agrupa a inmigrantes de la isla, organiza un encuentro musical que busca preservar las costumbres chilotas.

Punta Arenas:

Ganado de Punta Arenas: La primera semana de febrero, durante tres días se realiza la Feria Ganadera Expogama en Punta Arenas, organizada por la Asociación de Ganaderos de Magallanes. Incluye exposición de ganado y gastronomía local.

banderas y escudos de Chile

banderas y escudos de Chile

cuatro siglos de uniformes en chile

Batallas y combates en la Historia de Chile

1485:
Batalla del río Maule: Los mapuches detienen el avance de los incas que lleguen en su dominación hasta las márgenes del río Maule. Tal acción hace que los habitantes del sur del Maule sean conocidos por los incas como "poromaucas, palabra que se españolizó como promaucaes. Existe una duda razonable sobre la fecha, que bien podría ser hacia 1520.

Septiembre 1536:

Batalla de Reinohuelén: Combate librado en 1536 entre conquistadores españoles al mando de Gómez de Alvarado y guerreros mapuches, en la confluencia de los ríos Ñuble e Itata, en Chile.
Enero 1541:
Combate del Mapocho: Don Pedro de Valdivia se puso en contacto con el cacique Vitacura, principal representante de los incas en estas tierras, manifestándole la intención de levantar una ciudad en la isla del cerro Huelen. El consentimiento de Vitacura provocó la indignación del cacique Michimalonco.

Enero 1541:

Escaramuzas en Aconcagua: Diversos enfrentamientos contra las fuerzas de Michimalonco, quien tendió variadas emboscadas a los expedicionarios y lo mismo hicieron Catiputo, Tanjalongo y otros caciques subalternos.
Mayo 1541:
Conquista de la fortaleza de Paidahuén: Pedro de Valdivia se dirige contra Michimalonco, Como rescate para recuperar la libertad, este ofrece los lavaderos de oro de Marga-Marga.
Agosto 1541:
Desastre de Con Con: Los caciques Trangolonco y Chigalmanga, queman un bergantín en construcción en la desembocadura del Estero Marga-Marga, matan a los españoles, negros e indios peruanos, escapando sólo Gonzalo de los Ríos con un esclavo negro.. Se desata un levantamiento general que comprende los valles de Aconcagua y Cachapoal.

11 de Septiembre 1541:

Destrucción de Santiago: Michimalonco, como caudillo (toqui) general de los indios de la comarca, encabezó contra la recién fundada ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, un asalto el 11 de septiembre de 1541 que terminó en fracaso, merced a la sostenida resistencia de los españoles que guarnecían la plaza. En la defensa de la ciudad, se señaló particularmente doña Inés de Suárez que no dudó en dar muerte a Quilicanta y a siete caciques picunches entre los que se contaba el Cacique Apoquindo, prisioneros de los españoles que el ejército indígena pugnaba por libertar. De lo desigual del combate da fe la desproporción en el número de los combatientes, que fue de unos 10.000, por parte de los picunches, y de 55 soldados, más 5.000 yanaconas auxiliares, por los españoles.
Febrero 1544:
Combates en el Cachapoal y en el Maipo: Hasta esta fecha, Valdivia no había podido reconocer su gobernación más allá del Cachapoal, y su dominio efectivo sólo abarcaba los alrededores de Santiago, y con menor seguridad, el valle de Quillota. Con los refuerzos que le trajo Monroy, resolvió extenderlo hasta el sur sin trazarse límites y hacia el norte, hasta La Serena.

Agosto 1544:

Combate en el Limari: Pero Gómez se había encaminado al valle de Aconcagua con el propósito de someter a los indios radicados en él. Michimalongo lo obligó a retroceder hasta Santiago y el gobernador tuvo que dirigirse personalmente contra el célebre cacique.

20 de Febrero 1546:

Combate de Quilacura: Fue una batalla en la guerra de Arauco, combate nocturno, a cuatro leguas del Río Biobío, entre la expedición española de Pedro de Valdivia y una fuerza de guerreros mapuches, liderada por el toqui Malloquete. En este enfrentamiento fue capturado un mozalbete llamado Lautaro.

11 de Enero 1549:

Destrucción de La Serena: Cuando recién comenzaba a cimentar su historia, una sublevación de los indígenas provoca la muerte a casi todos los españoles (escapando, al parecer sólo un sobreviviente llamado Juan Cisternas), destruyendo e incendiando el poblado como represalia del mal trato recibido por los diaguitas de parte de los conquistadores españoles.

24 de Enero 1550:

Expedición a Arauco: Iba a empezar la guerra de Arauco. Cuarenta mil guerreros mapuches van a luchar durante tres siglos por el predominio y la supervivencia contra el invasor español y sus descendientes y contra los antiguos señores del suelo los representantes del pueblo chincha-chileno ahora aliado del nuevo invasor.

22 de Febrero 1550:

Combate de Andalién: Pedro de Valdivia, en su avance al sur, desea fundar una ciudad en la zona de Penco. En su intento es detenido por los mapuches y después de duro combate, los derrota. El ataque ocurrió en la noche y sólo se alcanzó la victoria una vez dejar los caballos y pelear aquí en lucha cuerpo a cuerpo.
12 de Marzo 1550:
Batalla de Penco: Fue una batalla entre 60.000 Mapuches bajo comando de su toqui Ainavillo con sus aliados de Arauco y de Tucapel y contra 200 españoles de Pedro de Valdivia con una gran cantidad de Yanaconas incluyendo 300 auxiliares de Mapochoes bsjo ordenes de su líder Michimalonco que defendía la fortaleza recosntruida en Penco.

14 Diciembre 1553:

Combate de Purén: Los indios se dieron cuenta del debilitamiento de los españoles y que, a pesar de su disimulo, no sabían ocultar su contento ante la proximidad de la venganza. La forma como se desarrolló la rebelión, manifiesta que venía preparándose desde hacía tiempo, pero los detalles nos son desconocidos.

25 de Diciembre 1553:

Batalla de Tucapel: Pedro de Valdivia muere a los 51 años, el conquistador español y sus soldados son derrotados y todos muertos por las huestes araucanas de Lautaro.
26 de Diciembre 1553:.
Los 14 de la Fama: Se conoce con este nombre al grupo de trece soldados españoles más su capitán, Juan Gómez de Almagro, que sostuvieron una dura resistencia en la cordillera de Nahuelbuta al ataque del fuerte San Diego de Tucapel en Cañete, provincia de Arauco por el toqui Lautaro y sus huestes.

26 de Febrero 1554:

Batalla de Marihueñu: Victoria mapuche bajo el mando de Lautaro. El sur de Chile queda en manos de los mapuches. Los españoles abandonan la ciudad de Concepción.
27 de Febrero 1554:
Destrucción de Concepción: Luego de la derrota de Marihueno, el espanto y la desazón se apoderaron de los habitantes de Concepción que sólo atinaron a huir. Los caminos que conducían a Santiago, comenzaron a llenarse de la gente que escapaba en medio de una confusión indescriptible.
02 de Noviembre 1555:
Expedición de Villagra y Defensa de La Imperial: Pedro de Villagra, que había quedado en La Imperial con 150 hombres empezó por fortificar y pertrechar la ciudad. La rodeó de fosos y de parapetos, y distribuyó la, gente en cuadrillas, cada una Con su caudillo y con la orden precisa de lo que debía hacer en caso de asalto. Pero los indios, distraídos con el triunfo de Marigüeñu o no sintiéndose capaces de atacar a los españoles dentro de la ciudad, no la asaltaron ni establecieron un sitio en regla.
12 de Diciembre 1555:
Segundo ataque a Concepción: A pesar de la mortandad, Lautaro pudo reunir un ejército que, po¬siblemente, fluctuaba alrededor de unos 4.000 mapuches, y atacó a Los Confines (Angol). Los españoles huyeron a La Imperial sin intentar si¬quiera la resistencia. Inmediatamente, el generalísimo mapuche dirigió su ejército sobre Concepción.
14 de Noviembre 1556:
Acción de Mataquito: Lautaro, habiendo cruzado el Maule, acampa en Mataquito. Diego Cano, enviado por el cabildo de Santiago sostiene contra él y es derrotado.

01 de Abril 1557:

Muere el cacique Lautaro en el combate de Peteroa. El y sus hombres fueron atacados por sorpresa en el pucará de Petorca.
09 de Agosto 1557:
Ataque al Fuerte San Luis: Tras la victoria de Peteroa, los españoles procedieron a levantar un fuerte que llamaron San Luis el que estuvo mandado por don Garcia Hurtado de Mendoza en las cercanías de la destruida Concepción, es decir donde hoy se levanta el puerto de Talcahuano. Ahí fueron atacados por tres escuadrones araucanos que estaban al mando de los toqui Grecolano, Petegolen y Tucapel.

08 de Noviembre 1557:

Batalla de Lagunillas: Fue la primera batalla en que las tropas del virrey Andrés Hurtado de Mendoza libraron contra los araucanos del cacique Caupolicán..En este enfrentamiento fue tomado prisionero el caudillo Galvarino, que, como castigo, sufrió la amputación de ambas manos.

30 de Noviembre 1557:

Batalla de Millarapue. El caudillo mapuche Caupolicán es derrotado por los españoles. Galvarino cae nuevamente prisionero y es ahorcado. Las fuerzas realistas acamparon en Millarapue, al interior de la Araucanía el 29 de noviembre. Los mapuches al mando de Caupolicán intentaron un ataque en la alborada del 30 de noviembre, por sorpresa al campamento enemigo. El número de atacantes era de 3.000 a 10.000 al frente de ellos venía Galvarino, que se mostraba con sus dos brazos cortados azuzando las pasiones de sus camaradas.
20 de Enero 1558:
Batalla de Cayucupil: Aquella mañana del 20 de enero lentamente ingresaban al desfiladero de Cayucupil o Quebrada de Puren llevando grandes cantidades de pertrechos. Cuando se hallaban a mitad de la Quebrada de Puren fueron atacados por cientos de mapuches que desde una altura superior arrojaban descumunales piedras y cuanto objeto ofensivo encontraban, causando numerosas bajas.

05 de Febrero 1558:

Sitio y Batalla del Fuerte de Cañete: Cañete fue rodeado y sitiado por más de 15.000 mapuches que establecieron un sitio al fuerte. La idea de Caupolicán era dejar morir de hambre a los sitiados. Andresillo abrió las puertas del fuerte y se introdujó una masa de mapuches en forma silenciosa, cuando ya casi estaban todos al interior del fuerte fueron recibidos por descargas de fusilería en forma alternada que dejaron una gran mortandad entre los atacantes que fugaron en desbandada.

13 de Diciembre 1558:

Batalla de Quiapo: Unos mil quinientos mapuches al mando del cacique Petegolen se dieron a la tarea de levantar un fuerte en los llanos de Quiapo ubicado en las cercanías de la Ensenada del Carnero, al norte de Lebu y muy próximo de donde los españoles tenían levantado un formidable recinto militar desde el cual como punta de lanza clavado en el pecho de los mapuche apoyaban las incursiones que en forma continua realizaban a las tribus para desalentarlos.

30 de Diciembre 1558:

Batalla del Fuerte de Arauco: La brillante victoria conseguida en Lincoya gracias a las especiales condiciones de estratega que tenía el toqui Petegolen, digno émulo de Lautaro, lo entusiasmaron para seguir en la lucha levantando un fuerte frente al de los españoles. Mas estos con la trágica experiencia de Lincoya, no hicieron movimiento bélico alguno y aceptaron con resignación la provocación de los indios. Hasta que un dia cansados de ser insultados desafiaron a los aborígenes a una batalla de caballería a muerte. En una planicie situada entre ambas fuerzas se libraría la primera batalla de caballería entre peninsulares y araucanos.

16 de Enero 1563:

Batalla Del Fuerte Lincoya: Un grupo de batidores exploró el terreno y comprobó que la fortificación mapuche adolecía de un grave defecto que facilitaba un ataque de caballería. Además que al ser de madera sería fácil incendiarla. Participó la artillería que con su cañoneo causo un incendio y bajas entre los indios. Tras el ablandamiento que fue brutal entró en acción la caballería al mando de don Pedro de Villagra.

Enero 1563:

Derrota de Catiray o Mareguano: Don Pedro de Villagra al llegar a Catiray fueron interceptados por una numerosa guerrilla araucana, trabándose en un sangrienta lucha donde los españoles perdieron 42 hombres debiendo emprender la retirada en franca derrota hacia el fuerte de Arauco llevando varios heridos.
24 de Enero 1563:
Asalto de Angol: Ese día llegó la primera a la vista de Angol. Avendaño, que mandaba en la Ciudad, dejó en ella a los soldados más heridos para que la defendieran de la más pequeña de las dos columnas que la amagaban.
03 de Febrero 1563:
Asalto a la Plaza de Arauco: Los mapuches se presentaron frente a Arauco. Pedro de Villagrá intentó repetir la defensa de La Imperial en 1554, dando golpes contundentes a los asaltantes. El y sus capitanes los derrotaron repetidas veces, pero al día siguiente amanecían más cerca de las murallas y más numerosos.
15 de Abril 1563:
Segundo Sitio de Arauco: Terminada la recolección de las cosechas, los mapuches se presentaron delante de Arauco en abril de 1563. Esta vez venían preparados para poner en la plaza un sitio en regla.

22 de Enero 1564:

Combate del pucará de Lebotacal: Los mapuches construyeron un pucará en Lebotacala a algunos kilómetros de Concepción. Luego de un breve combate logró desbaratarlo, pero fue informado de una concentración de 3.000 indios comarcanos al mando de un cacique de nombre Loble que estaba casi a las puertas de Concepción.

24 de Enero 1564:

Combate de Angol: Los mapuches, entusiasmados con la alianza de los indios de la zona comprendida entre Itata y el Maule, resolvieron destruir a Angol antes de iniciar el sitio de Concepción.
Febrero 1564:
Cerco de Concepción: Los caciques Millalelmu y Loble establecieron el cerco al fuerte de Concepción, encerrando a Villagra y toda la población en las empalizadas. El sitio duró alrededor de dos meses de continuas escaramuzas.
17 de Febrero 1565:
Segunda Combate de Reinohuelen: En el mismo lugar donde 29 años antes las fuerzas promaucaes (indios que Vivian al norte del Biobio) pero igualmente buenos guerreros que rechazaron la avanzada enviada por don Diego de Almagro al mando de Gómez de Alvarado en 1536 impidiéndole seguir al sur. Tres décadas después a mediados de febrero de 1565 una columna compuesta por 152 hombres de caballería y 700 indios amigos al mando de don Pedro de Villagra y de don Pedro Fernández de Córdova atacaron un fuerte que tenían los indios promaucaes.
19 de Febrero 1565:
Combate de Tolmillan: Dos días después de la batalla de Reinohuelen llegaba a marcha forzada el cacique Loble que venía a socorrer a sus compañeros que combatían en Reinohuelen, ignorando que estos habían sido derrotados y que los españoles le tenían tendida una emboscada en las cercanías del actual pueblo de Tormillan.
Marzo 1567:
Ataque al pucara de Cañete: Los indios habían construido un pucará en los cerros vecinos a Cañete, y el general comprendía que una rebelión se aproximaba. Sin consultar a la Audiencia, resolvió destruirlo antes que la concentración de los indígenas hiciera el asalto más difícil.
07 de Enero 1569:
2da Batalla de Catiray o Mareguano: En esta segunda contienda librada en este punto de la cordillera oriental de Nahuelbuta entre 220 soldados españoles y 600 yanaconas al mando del gobernador Melchor Bravo de Saravia, contra dos mil indios al mando de los caciques Lonconaval y Millalemo que unieron sus fuerzas para enfrentar al invasor.
Septiembre 1570:
Derrota de Purén: A toda prisa se dirigian 200 soldados españoles al mando de don Miguel Avendaño de Velasco a socorrer a los castellanos amenazados por los mapuches de ser arrollados en cualquier momento en Angol. No se habían alejado mucho del río Puren cuando fueron atacados por un batallón al mando del cacique Pailacar, que entró violentamente en batalla, poniendo en serios aprietos a los conquistadores.
08 de Marzo 1577:
Primera Campaña de Quiroga: El plan de pacificación que se iba a poner en práctica era obra del virrey del Perú, y Quiroga lo había aceptado con entusiasmo. Consistía en una enérgica campaña a través de Arauco, llevando el ejército concentrado. Se tomaría prisioneros a los indios más belicosos; se ejecutaría a uno que otro cabecilla, y los demás serían "trasladados a la provincia de Coquimbo, desgobernándolos.
27 de Noviembre 1578:
Segunda Campaña de Quiroga: A pesar de la extraordinaria crudeza del invierno de 1578, las hostilidades de los indígenas no cesaron. Amagaban el campamento en canoas y caían sobre los caballos durante el pastoreo y sobre los grupos que iban al campo a recoger comida.
20 de Diciembre 1584:
Campaña de Sotomayor: Estas fuerzas hicieron algunas campeadas sin importancia, que ni siquiera merecerían mencionarse, a no mediar la trampa en que estuvo a punto de perecer Bernal de! Mercado.
10 de Enero 1597:
Campaña de Oñez de Loyola: El nuevo mandatario se encontró imposibilitado para reabrir la campaña de Arauco. Logró, sin embargo, enviar al sur unos doscientos arcabuceros, al mando de su hermano Luis y dé Lorenzo Bernal del Mercado.

23 de Diciembre 1598:

Batalla de Curalaba: Esta batalla se convirtió en el inicio efectivo de la Rebelión Mapuche de 1598 que terminó finalmente con todas las ciudades al sur del río Biobío, excepto Concepción.
22 de Enero 1599:
Rebelión General del pueblo Mapuche: La sublevación se propagó con la rapidez del fuego que ha hecho por largo tiempo su camino subterráneo. El espíritu de rebeldía asomó casi instantáneamente desde el Maule hasta Osorno. Los españoles se encontraron pronto encerrados en las ciudades y fuertes, sin poder auxiliarse unos a otros.
06 de Abril 1599:
Batalla de Quilacoya: En Quilacoya junto al río Biobio pelentaro fue interceptado por las fuerzas españolas del recién designado gobernador don Pedro de Vizcarra, quien cayó por sorpresa sobre los mapuches, propinándole una contundente derrota.
09 de Octubre 1599:
Ataque a Chillán: Chillán fue atacada resultando muertos 4 españoles y llevándose los indios 30 mujeres y niños. La cifra total de muertos ascendía ya a 200 españoles, siete ciudades arrasadas, sitiadas o despobladas.
26 de Noviembre 1599:
Asalto de Valdivia: La derrota sufrida en Quilacoya no amilanó al cacique Pelantaro y decidió rehabilitarse y vengarse de esa derrota. Para ello cambio su estrategia en noventa grados, decidiendo no atacar Concepción y dirigir su accionar hacia Valdivia que por mucho tiempo vivía en paz. Pelantaro planificó el ataque a esta última ciudad con toda calma, sin dejar pasar un solo detalle, al igual como lo hubiera hecho el mas sagaz estratega moderno.
Noviembre 1601:
Muerte del coronel Francisco del Campo: El coronel resolvió trasladarse a Castro con todos los pobladores. Se dirigió personalmente con 60 soldados a la isla, a disponer los auxilios y las comidas "para llevar tantas mujeres, niños y trastes de casas y haciendas como tenían, y llegando a la primera bahía se alojó y repartió la gente a buscar algunas piraguas en que pasar aquel brazo de mar", quedando él con muy pocos soldados.
07 de Febrero 1602:
Destrucción de la ciudad de Villarrica: Los defensores de Villarrica al mando del capitán Rodrigo de Bastidas decidieron vender cara su existencia, cuando supieron que los indios lanzarían el ataque final antes que llegaran los refuerzos españoles. Los heroicos defensores resistieron los primeros ataques indígenas y lo harían hasta la muerte.
Enero 1603:
Campaña de 1603: En la campaña del verano de 1602: se construyó diversos fuertes en las márgenes del Biobío, en lugares bien escogidos y dispuestos en forma de poderlos socorrer. En la misma temporada procuró afianzar el dominio español, al norte de ese río, con numerosas expediciones; de suerte que al llegar el gobernador a Santiago, en junio de 1602, ya se consideraba definitivamente salvada esta parte del territorio.
Febrero 1603:
Asalto del Fuerte Santa Fe: Cuando llegó el momento de destruir el odiado fuerte de Santa Fe una noche silenciosamente lo indios se aproximaron al fuerte, pero fueron descubierto por un centinela que dio la alarma. Desde ese instante la batalla fue general, los mapuches fueron rechazados, pero volvieron con mas furia emprendiendo un sangriento asalto que resultó estéril. Mas toda la noche pujaron por ingresar y fueron rechazados. Comprendieron entonces que había que someter al fuerte a un durísimo sitio. Así se hizo y una hambruna que tuvo a muy mal traer a los sitiados.
Diciembre 1603:
Batalla Ciénagas De Lumaco: Después de sembrar el terror en las tribus retornó Alonso de Ribera al norte, siendo interceptado en un lugar cenagoso en Lumaco, donde los indios le presentaron un plan estratégico enseñado por Lautaro con excelentes resultados. Este consistía en internarse en el pantano donde la caballería no podía llegar porque se hundía en el barro. Pero olvidaron que el Gobernador Ribera era experto en el arte de la guerra, ordenando entonces que los yanaconas cubrieran con totora el camino y mandó la infantería, que con sus arcabuces dejó la mortandad.

Enero 1604:

Campaña de 1604 y 1605: En su penúltima campaña, la de la primavera de 1603 y verano de 1604, Ribera fundó un nuevo fuerte en el vado de Chepe, a la desembocadura del Biobío, que bautizó con el nombre de San Pedro de la Paz; y el 24 de diciembre fundó otro que denominó Nacimiento.
Diciembre 1605:
Campaña de 1606: García Ramón abrió su primera campaña en la primavera de 1605. Habla partido de Santiago el 6 de diciembre al frente de mil doscientos hombres, enterados con el contingente de España y los militares de los términos de la capital. En el sur le aguardaba otro ejército vecino a mil hombres, distribuidos en los fuertes. En Concepción recibió el socorro remitido por el virrey del Perú, con el cual pagó sus cuentas y atendió a los primeros gastos de la campaña.
Marzo 1606:
Desastre de Angol: Núñez de Pineda tenía orden de sacar de los fuertes hasta trescientos soldados, si los refuerzos de México no llegaban; pero temió debilitar mucho las guarniciones y se limitó a retirar ciento cuarenta y tres, para enterar doscientos.
Septiembre 1606:
Batalla de Boroa o de Palo Seco: La batalla se produjo cuando una guarnición española al mando del capitán Juan Rodulfo Lísperguer fue emboscada al salir del fuerte por entre 3.000 a 6.000 guerreros mapuches ocultos en los bosques ceranos muriendo todos los hispanos.
Febrero 1608:
Campaña de 1608: En las correrías del verano de 1608, García Ramón había contado con el recurso de unas mil lanzas amigas y había devastado los campos de los enemigos hasta reducirlos por la miseria a venir de paz y a establecerse en las inmediaciones de los fuertes, sin traspasar el radio de acción de estos establecimientos.
Diciembre 1610:
La Guerra defensiva de Luis de Valdivia: El padre Valdivia llegó al Callao a mediados de 1611, trayendo los despachos del gobernador para Alonso de Ribera y la real cédula de 8 de diciembre de 1610, que dejaba al criterio del virrey del Perú ensayar por tres a cuatro años la guerra defenslva.
1621:
Campaña Militar de Osores de Ulloa: Osores de Ulloa empezó por restablecer la disciplina en el ejército condenando a muerte a los desertores que logró capturar, y expurgando la oficialidad. Cuando creyó estar preparado, pasando por sobre las órdenes del rey dispuso una expedición, cuyo mando confió al maestre de campo Núñez de Pineda, a las ciénagas de Purén.
24 de Enero 1626:
Cesación de la guerra defensiva: En efecto, el 24 de enero de 1626, recibía Fernández de Córdoba una real cédula expedida en Madrid el 13 de abril de 1625, por la cual Felipe IV ordenaba reanudar la guerra con los mapuches y someter a esclavitud a los prisioneros.
1627:
Contraofensiva mapuche dirigida por Lientur: Como era de esperarlo, la contraofensiva araucana no tardó en de­sencadenarse. La dirigió un indio llamado Lientur, que hasta ese momento habla peleado como amigo en el campo español.
15 de Mayo 1629:
Desastre de Las Cangrejeras: Lientur jefe militar mapuche que luchó en la Guerra de Arauco. Su mayor victoria fue la Batalla de las Cangrejeras. Su actividad bélica concluyó cuando llevó a que los españoles firmaran paces temporales con la nación mapuche en el Parlamento de Quillín.
14 de Mayo 1630:
Sorpresa de Los Robles: Lazo de la Vega logró reclutar unos 150 españoles voluntarios en Santiago que pensaba sumarlos a los ya 1.600 soldados acantonados en el sur. Su idea era internarse en el mismo corazón de Arauco y dar una batalla armagedónica a los mapuches para terminar de una vez por todas con la guerra. El pánico general cundió cuando la población supo de las osadas intenciones del gobernador y el Cabildo le rogó que desisitiese de hacer ese tipo de guerra, pero fue inútil, Lazo de la Vega quería esa batalla decisiva.
13 de Enero 1631:
Batalla de La Albarrada: Lazo de la Vega salió del fuerte y eligiendo cuidadosamente el terreno fue a tender su línea de batalla en Petaco. La acción se inició con una carga de un escuadrón de indígenas que fueron contenidos con fusileros alternados protegidos por lanceros. Una vigorosa carga de caballería fue contenida por los escuadrones mapuches y el combate por unos instantes se tornó indeciso.
1632:
Campañas militares de 1631-1632-1633-1634: A la salida del invierno de 1631 las armas españolas habían tenido algunos éxitos locales de cierta importancia. Los indios auxiliares dieron muerte en el valle de Elicura a Quempuante.
06 de Enero 1641:
Parlamento de Quillin: El gobernador de Chile, Francisco López de Zúñiga, se reúnen en el llano de Quilín con los mapuches para firmar los acuerdos que reconocían la independencia de los indios, la devolución de cautivos españoles, el permiso para evangelizar el territorio indígena y sellar una alianza contra los enemigos del exterior. En favor de los mapuches se pactan la despoblación de Angol y la vuelta de la frontera a la línea del Biobío.
Enero 1651:
Las paces de Boroa: Acuña Y Cabrera, como la mayoría de sus predecesores, no tenia siquiera idea de los problemas que le aguardaban en su gobierno, y, a diferencia de ellos, tampoco era capaz de formársela.
14 de Febrero 1654:
Batalla de Río Bueno: Casi medio siglo de relativa calma vivieron los conquistadores, cuando en 1654 el ambicioso gobernador Antonio de Acuña y Cabrera envió a su cuñado, el maestre de campo don Juan Salazar con una fuerza de 900 españoles y 3.000 yanaconas atacaron al sur del río Bueno donde fueron rechazados por los huilliches, que los obligaron a repasar el citado río donde hicieron un puente de balsas para cruzarlo hacia el norte.
14 de Enero 1656:
Campaña mapuche del mestizo Alejo: Un soldado mestizo, que servía en el ejército español, generalmente conocido con el nombre de "el mestizo Alejo", había manifestado mucha viveza intelectual, valor, iniciativa y deseos de surgir. Solicitó que se le ascendiera a oficial, y como se le contestara con una repulsa, abandonó las filas y se pasó a los indios.
20 de Enero 1656:
Victoria de Conuco: Al sur del Biobío resistían las guarniciones de Valdivia y de Boroa. Los defensores de Valdivia recibieron provisiones por mar, y no sólo lograron rechazar los ataques de los roncos, sino que pudieron alejarlos de los alrededores de la ciudad.
Abril 1664:
Campaña militar de 1664: Tomás Calderón, que sucedió a Carrera como cuartel maestre, hizo una correría por Ilicura y Cayucupil, al llegar la primavera, y regresó con 300 cautivos, que se vendieron como esclavos, sin haber librado verdadero combate.
13 de Diciembre 1680:
Bartolomé Sharp incendia La Serena: En la mañana Sharp desembarcaba con 35 hombres en el puerto de Coquimbo para hacer agua y leña. Hecha la provisión, se encaminó a La Serena al frente de su pelotón.
1692:
Rebelión de Millapán: González de Poveda tenía prohibición real de hacer la guerra militar contra los mapuches a causa de la influencia de los mismos jesuitas ante la corte. Sin embargo, se alzó un cacique de la región de Maquegua, llamado Millapán quien realizó varios asesinatos a españoles. Poveda viendo que la insurrección iba creciendo se dio cuenta que si no actuaba pronto, la situación se desbordaría, así que después de negociar con autoridades eclesiásticas y con el apoyo de la población, sacó hacia el sur, una fuerza expedicionaria de 1.600 hombres, más 2.000 auxiliares. Viendo la determinación española, y la fuerza que se sustentaba, los indios corrieron a dar la paz en el Parlamento de Choque-Choque.
09 de Marzo 1723:
Abandono de los Fuertes al sur del río Bio-Bio: La rebelión se inició el 9 de marzo de 1723 con el asesinato del capitán de amigos Pascual Delgado en Quechereguas. Delgado era considerado uno de los máximos exponentes del sistema monopólico, odiado por su soberbia y los castigos "crueles y arbitrarios" que aplicaba.
Tras este suceso se generalizó el alzamiento, multiplicándose por toda la frontera del Biobío las incursiones de saqueo, el abijeato y el incendio de haciendas. Los fuertes españoles se hallaron de pronto incomunicados unos con otros. La rebelión terminó con el Parlamento de Negrete de 1726, en el que ambas partes firmaron la paces y establecieron un sistema de ferias regladas.
1766:
Levantamiento mapuche de 1766: Se produce una gran rebelión de los mapuche por oposición a la idea de reducirlos como pueblos.
1769:
Batalla de Laja:
1770:
Batalla de Negrete:
Marzo 1793:
Parlamento de Negrete, entre el Gobernador Ambrosio O´Higgins y 161 Toquis Araucanos.
01 de Abril 1811:
Motín de Figueroa: Ese día, las tropas del cuartel de San Pablo se insubordinaron y desconocieron el mando de Juan de Dios Vial y Juan Miguel Benavente. A los gritos de ¡Viva el Rey!, ¡Muera la Junta!, los soldados declararon que solamente obedecerían las órdenes de Figueroa.
01 de Abril 1813:
Toma de Concepción: A las 9 de la mañana del 2 de abril, supo en el camino que Antonio Pareja había desembarcado, y se había apoderado de Concepción. Carrera continuó su marcha. Por donde quiera que pasaba, organizaba tropas, buscaba pertrechos y víveres; y por medio de confinaciones, limpiaba la tierra de sarracenos, como entonces se denominaba a los partidarios de España. A las 8 de la noche del 5, estaba en Talca, y establecía allí su cuartel general.
24 de Abril 1813:
Combate de Linares: Las fuerzas de Pareja son rechazadas por las de Carrera. Elorreaga, cuya inteligente iniciativa se exteriorizó desde sus primeros actos en el servicio, intentó un reconocimiento, trabándose en un combate a distancia con las avanzadas patriotas, a las cuales hizo dos bajas. Atacado por fuerzas muy superiores, se retiró al sur.
26 de Abril 1813:
Batalla o Desastre de Yerbas Buenas: También se le denomina Sorpresa de Yerbas Buenas. En la batalla se enfrentaron las fuerzas chilenas al mando del coronel Juan de Dios Puga y las fuerzas españolas al mando del brigadier Antonio Pareja.
15 de Mayo 1813:
Combate de San Carlos: Tuvo como lugar San Carlos, en las cercanías de Chillán. En el se enfrentaron las tropas patriotas al mando de José Miguel Carrera contra las realistas al mando de Juan Francisco Sánchez. La batalla finalizo con la victoria realista.
28 de Mayo 1813:
Combate de Talcahuano: José Miguel Carrera, general del ejercito patriota, derrota a los realistas.
08 de Junio 1813:
Captura de la fragata española "Thomas": Poco más tarde, el 7 de junio, apareció en la bahía la fragata "Thomas", que venía del Callao, conduciendo algunos jefes y oficiales, pertrechos y dinero para Pareja. Ignorando la caída de la plaza en poder de los patriotas, fondeó en el puerto de Tomé. Al amanecer del día 8, los oficiales Nicolás García y Ramón Freire, con dos lanchas cañoneras y algunos botes, se apoderaron de ella, sin que opusieran la menor resistencia.
Julio - Agosto 1813:
Sitio de Chillán: Los patriotas chilenos iniciaron el sitio de Chillán procurando expulsar a los realistas. No lo consiguieron.
Agosto 1813:
Combate de Huilquilemu: El comandante Elorreaga, al frente de 350 fusileros montados, se apoderó de Los Angeles, de Nacimiento y de toda la Isla del Laja, y desbarató a O'Higgins, quien le salió al encuentro con unos 300 hombres, cerca de Huilquilemu. El propio O'Higgins fue derribado del caballo con su mon­tura. El capitán Agustín López Alcázar, más tarde comandante del batallón número 3 en Maipo, logró rescatarlo, y, montando el caballo que le cedió el soldado Gabino Guardia, prosiguió la fuga.
Agosto 1813:
Combate de Quilacoya: Días más tarde O'Higgins, convenientemente reforzado, derrotó en Quilacoya a las mismas fuerzas de Elorreaga y Quintanilla. Tuvo que replegarse otra vez a Concepción, pero en octubre, el frente de más de 500 hombres, obligó a Elorreaga a evacuar las fronteras y volverse a Chillán.
17 de Agosto 1813:
Combate de Quirihue: Tuvo lugar la villa de Villa de Quirihue, actual Región del Biobío. En el se enfrentaron las tropas patriotas al mando de José Joaquín Prieto contra las realistas al mando de Juan Antonio Olate. El combate finalizo con la victoria patriota.
23 de Agosto 1813:
Combate de Cauquenes: Fue un enfrentamiento llevado a cabo entre las fuerzas realistas del chileno Juan Antonio Olate y las fuerzas patriotas chilenas al mando del coronel Juan de Dios Vial. El combate finalizo con la victoria patriota.
24 de Agosto 1813:
Sublevación de Arauco: Los habitantes de Arauco estaban desesperados con las prorratas y exacciones. Sánchez, desde Chillán, y el franciscano fray Juan Ramón, misionero de la plaza, explotaron el descontento.
17 de Octubre 1813:
Batalla de El Roble. Luego del sitio de Chillán, las tropas patriotas al mando del General en Jefe, José Miguel Carrera y del, por entonces, Coronel Bernardo O'Higgins, se guarecieron en el paso de El Roble, en el río Itata en la tarde del 17 de octubre. En total, eran 800 soldados de las tres armas. Pasaron al reposo en la ribera sur, con la intención de cruzar el obstáculo en la mañana del día siguiente y se extremaron las medidas de seguridad contra una posible sorpresa de los guerrilleros realistas.
29 de Octubre 1813:
Combate de Santa Rosa de Trancoyan: Un pequeño desastre, ocurrido días más tarde, acabó con las ilusiones de los pocos entusiasmados con la victoria del Roble.
23 de Febrero 1814:
Resistencia en Cucha Cucha: El oficial chileno Santiago Bueras, contiene al enemigo con si intrepidez y coraje, hasta que unos 100 efectivos del cuerpo auxiliar de Buenos Aires, al mando de Juan Gregorio Las Heras, cargaron en un ejemplar orden y empuje que despertaron la emulación de las tropas chilenas.
Marzo 1814:
Desastre de Urizar: En un intento por sorprender a un destacamento realista, en un ataque nocturno sorpresa, el coronel Fernando Urizar tuvo una derrota inesperada perdiendo tropa y 2 cañones.
03 de Marzo 1814:
Derrota del Gomero: Fue efectuada por las tropas realistas de Gabino Gaínza al mando de Ildefonso Elorreaga, en contra de los patriotas que sólo en número de 300 deberían defender la ciudad al mando de Carlos Spano.
04 de Marzo 1814:
Toma de Talca: El comandante realista Ildefonso Elorregada se apodera de Talca, la cual estaba bajo el mando del español pasado a las tropas patriotas, Carlos Spano, quien murió en el centro de la plaza abrazado a la bandera chilena diciendo: "Muero por la patria, por la patria que me adoptó entre sus hijos".
19 de Marzo 1814:
Combate de El Quilo: Tuvo como lugar Ránquil, Región del Biobío, cerca de Ñipas, en la ribera sur del río Itata. En el se enfrentaron las tropas patriotas al mando de Bernardo O’Higgins contra las realistas al mando de Manuel Barañao. La batalla finalizo con la victoria patriota.
20 de Marzo 1814:
Combate de Membrillar. Fue librado en la ribera norte del río Itata. En ella se enfrentaron la división del ejército patriota chileno comandada por el coronel de ingenieros jefe de Estado Mayor, Juan Mackenna, y el ejército realista al mando de Gabino Gaínza.
29 de Marzo 1814:
Los realistas triunfan en Cancha Rayada. Durante la guerras de la independencia, Talca fue tres veces ocupada por los ejércitos enfrentados y en sus inmediaciones se libraron importantes batallas. Un destacamento patriota comando por Manuel Blanco Encalada atacó por error al grueso del ejército realista en Yerbas Buenas, arrastrando, en su huida a la capital, al resto de las fuerzas chilenas. Ello fuerza la firma de una tregua en Lircay y permite la retirada de los realistas a Concepción, donde podrán recuperar su poderío.
03 de Abril 1814:
Bernardo O'Higgins efectúa frente a las fuerzas patriotas el llamado "Paso del Maule". y Combate de Tres Montes del 7 de Abril, pequeña victoria patriota dirigida por Enrique Campino.
08 de Abril 1814:
Toma de Quechereguas: Tuvo como lugar el fundo Quechereguas. En el se enfrentaron las tropas patriotas al mando de Bernardo O’Higgins contra las tropas realistas de Gabino Gaínza. La batalla finalizo con la victoria patriota.
26 de Agosto 1814:
Combate de las Tres Acequias. Se enfrentaron los ejércitos de Bernardo O'Higgins Riquelme con los de José Miguel Carrera Verdugo, obteniendo este último el triunfo. O'Higgins derrotado se retiró a buscar más soldados, pero al saber de la llegada el país del realista Mariano Osorio, reconoció a Carrera como general en jefe del ejército.
1 y 2 de Octubre de 1814:
Batalla de Rancagua. Enfrentó a las fuerzas independentistas chilenas, al mando del general Bernardo O`Higgins, y a las tropas realistas españolas, a cargo de Mariano Osorio, a la cabeza de 5 mil soldados, se dirigía a Santiago. Bernardo O'Higgins y José Miguel Carrera lograron reunir más de tres mil hombres, pero no soldados. Con la mitad de ellos O'Higgins se encerró en la plaza de Rancagua.
10 de Octubre de 1814:
Combate de Los Papeles: Enfrentó la retaguardia patriota, que resguardaba en esos momentos a los últimos grupos de civiles que emprendieron el cruce de la cordillera con destino a Mendoza, de la persecución y seguro apresamiento por parte de la caballería realista enviada en su persecución.
Enero 1817:
Manuel Rodríguez sorprende a los españoles que resguardan Melipilla y se apodera de la ciudad, confiscando para la causa patriota, los fondos acumulados por los recaudadores de Marcó del Pont y llevándose las armas de la guarnición.
12 de Enero 1817:
Salas y Silva se apoderan de San Fernando: ciento cincuenta de sus hombres al mando de Francisco Salas asaltan de noche a San Fernando. La guarnición realista resiste el ataque; entonces Inmediatamente los montoneros pusieron en movimiento unas rastras de cueros con piedras que producían un ruido idéntico al rodado de cañones. Los realistas, creyéndose atacados por una gran fuerza militar, huyeron. Así, Salas se apoderó de San Fernando.

22 de Enero 1817:

Primer enfrentamiento de una avanzada patriota con un destacamento de los Talaveras.

25 de Enero 1817:

Un destacamento de Las Heras, se enfrenta a una unidad realista.
04 de Febrero 1817:
Combate de Achupallas: El mayor Arcos, desprendiéndose de la división de So­ler, al frente de otros 200 hombres, dispersaba a la guarnición de Las Achupallas y le hacía 3 prisioneros.
04 de Febrero 1817:
Combate de Guardia Vieja: Al ponerse el sol, el mayor Enrique Martínez atacó el puesto español de Guardia Vieja con 150 fusileros y 30 jinetes. El combate duró una hora y media a sable y bayoneta, los españoles en número de 94, tuvieron 25 muertos y 43 prisioneros.

04 de Febrero 1817:

Combate de Cumpeo: Freire ataca a un destacamento realista de 100 soldados, dirigidos por el coronel Morgado, causándole la baja de 18 hombres y la captura de otros 20.
07 de Febrero 1817:
Combate de Las Coimas: Enfrentamiento entre el realista Atero y un destacamento de Necochea.
12 de Febrero 1817:
Batalla de Chacabuco: Se llevo a cabo en la hacienda Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, donde combatieron el Ejército de los Andes y el Ejército Realista. Finalizo con la victoria patriota y que trajo como consecuencia la recuperación de Chile a manos patriotas, de ese modo finalizo la reconquista y comenzó la Patria Nueva. El capitán San Bruno, odiado jefe de los talaveras, es capturado y fusilado menos de 24 horas después.
12 de Febrero 1817:
Liberación del Norte: Las tropas del comandante Juan Manuel Cabot, toman Copiapo, La Serena y Coquimbo.
26 de Febrero 1817:
Captura del bergantín español "Aguila": Primer barco de nuestra Escuadra. Los patriotas apresaron en Valparaíso al bergantín de comercio español "Aguila", mediante el ardid de mantener izada la bandera española en tierra; fue armado y puesto al mando del oficial irlandés de Artillería, don Raimundo Morris.
04 de Abril 1817:
Combate de Curapalihue: En este combate se enfrentaron las tropas de Juan Gregorio Las Heras por el lado de los patriotas y las tropas de Juan José Campillo por lado de los realistas. El combate finalizo con la victoria patriota.
11 de Mayo 1817:
Asalto y Toma de Nacimiento: Mientras se practicaban los reconocimientos de las fortificaciones de Talcahuano y se acumulaban los elementos para el asalto, O'Higgins dispuso la ocupación del territorio español que quedaba al sur del Biobío y de la plaza de Arauco, a fin de privar de recursos a Ordóñez. El capitán José Cienfuegos, partiendo de la villa de Los Angeles, se dirigió a la plaza de Nacimiento, que era la fortaleza más inexpugnable. El asalto empezó el 12 de mayo, y la plaza tuvo 20 bajas entre muertos y heridos. La guarnición de Nacimiento se retiró a Arauco. San Pedro se rindió sin disparar un tiro.
27 de Mayo 1817:
Toma de la plaza fortificada de Arauco: Los patriotas comandados por Ramón Freire se toman la plaza fortificada de Arauco, en Talcahuano, la cual era el centro de abastecimiento de los realistas ubicados en la zona.
01 de Junio 1817:
Combate del Cerro Gavilán: Se desarrollo en las cercanías de concepción. Por lado de los patriotas liberaban los generales Bernardo O’Higgins y Juan Gregorio Las Heras y por lado de los realistas el comandante José Ordóñez. La batalla finalizo con la victoria patriota.
23 de Julio 1817:
Asalto a Talcahuano: El coronel José M. Ordoñez rechaza el intento del general Juan Gregorio Las Heras.
10 de Septiembre 1817:
Combate de Cerro Manzano: En el cerro Manzano (al Sudeste de Talcahuano), en dos acciones sorpresivas el cuarto escuadrón de granaderos a caballo, aniquiló a una fracción enemiga de 30 hombres, de los cuales se salvó sólo uno, y a otra de 25 hombres le causó 4 muertos y le tomó 3 prisioneros.
06 de Diciembre 1817:
Sitio y Asalto de Talcahuano: Tuvo como lugar Talcahuano. En el se enfrentaron las tropas patriotas al mando de Bernardo O’Higgins contra las realistas alo mando de José Ordóñez. La batalla finalizo con la victoria realista.
15 de Marzo 1818:
Combate de Quechereguas: Tuvo como lugar Quechereguas, cerca de Molina. En el se enfrentaron las tropas patriotas al mando de Ramón Freire contra las realistas al mando de Joaquín Primo de Rivera. El combate termino con la victoria Realista.
19 de Marzo 1818:
Sorpresa de Cancha Rayada: Batalla que pone en peligro la Independencia de Chile. La fuerzas patriotas acampaban en el llano de Cancha Rayada, al norte de Talca, cuando en la noche cayeron sobre ellas los realistas y derrotaron a las fuerzas del general San Martín.
05 de Abril 1818:
Batalla de Maipú. Diecisiete días después de Cancha Rayada, en los llanos del río Maipo, el ejército dirigido por San Martín venció completamente a los realistas. Desde ese momento, la Independencia de Chile quedó definitivamente consolidada. O’Higgins había salido de la capital esa misma mañana y se dirigía hacia Maipú con unos mil milicianos alcanzando a participar en el desenlace final de la batalla. Al llegar al campo de batalla O'Higgins se abraza con San Martín dialogando lo siguiente. "O'Higgins: ¡Gloria al salvador de Chile! - San Martín: General, Chile no olvidará jamás al ilustre inválido que se presenta herido al campo de batalla".
27 de Abril 1818:
Combate Naval de Valparaíso: Entre la fragata chilena "Lautaro" y la fragata española "Esmeralda". En esta acción, por una desinteligencia, muere el comandante contratado por el gobierno de Chile, Jorge O'Brien.
28 de Octubre 1818:
Captura de la fragata "María Isabel": En este combate se enfrentaron las tropas patriotas al mando de Manuel Blanco Encalada contra las realistas, en Talcahuano. La batalla finalizo con la victoria patriota.
14 de Noviembre 1818:
Captura de cinco transportes: El comandante Blanco Encalada captura cinco transportes españoles en Talcahuano.
21 de Febrero 1819:
Inicio de la Guerra a Muerte, Combate de Santa Juana: El montonero realista Vicente Benavides derrota al teniente José A. Rivero. Se inicia la "Guerra a Muerte".
28 de Febrero 1819:
La fragata O´Higgins ataca El Callao: La escuadra chilena al mando de Cochrane, ataca el puerto de El Callao, en Perú.
01 de Marzo 1819:
Asalto de Los Angeles: Intentado por las fuerzas realistas quienes tenían una fuerza auxiliar de 3.000 indios que tomaron parte en este sitio. En la ciudad sólo había el batallón patriota "Coquimbo" sin armamentos suficientes para su defensa. Los sitiadores habían tomado el fuerte, si no hubiese sido por la oportuna intervención del mariscal Andrés Alcázar y Zapata, quien llegó con su caballería. Entró en Los Angeles el 10 de marzo, después de batir a los sitiadores, salvando la situación que ya era desesperada.
11 de Abril 1819:
Sublevación de los Prieto: Entre las turbulencias que logró provocar la propaganda carrerina, la más importante es, sin disputa, la de los hermanos Prieto, en las cordilleras de Talca.
01 de Mayo 1819:
Combate de Curalí: Fue una batalla ocurrida en el marco de la llamada Guerra a Muerte, entre tropas realistas españolas dirigidas por Vicente Benavides y patriotas del gobierno provisorio chileno liderados por el coronel Ramón Freire, desarrollado en los campos de Curalí, cerca de la ribera norte del río Biobío. Fue una sorpresa y derrota total de Benavides, quien terminó escapando hacia La Araucanía.
Marzo a Septiembre 1819:
Diversas acciones de la Guerra a Muerte: Armadas todas aquellas partidas, que rara vez pasaban de un centenar de hombres por cada parte, comenzaron a salir las urnas contra las otras y con tal brío y rapidez que durante los seis primeros meses de la guerra (de marzo a septiembre de 1819) todo el sur de Chile no parecía sino un vasto palenque de matanzas.
19 de Septiembre 1819:
Combate de Quilmo: Al saber Victoriano en Tucapel la inesperada pérdida de Chillan, sin vacilar un instante, corrió al encuentro del enemigo, no tomando acuerdo de su número y seguido del puñado de hombres que tenía a sus órdenes.
01 de Noviembre 1819:
Combate de Tritalco: Irritado Benavides por el descalabro de Quilmo, inexplicable después de las ventajas conseguidas, y por el número de muertos de los suyos, resolvió vengar la derrota de Elizondo enviando a Bocardo con sus indios para atacar a Victoriano en Chillan y quitarle de nuevo a que el pueblo y su comarca.
20 de Noviembre 1819:
Combate de Hualqui: Tuvo como lugar Hualqui, cerca de Concepción. Por lado de los patriotas estaban las tropas de José Tomás Huerta y por lado de los realistas Vicente Benavides. La batalla finalizo con la victoria patriota.
06 de Diciembre 1819:
Combate de Pileo: Fue una batalla ocurrida en el marco de la llamada Guerra a Muerte, entre realistas españoles y patriotas chilenos desarrollado en la subdelegación de Pileo.
09 de Diciembre 1819:
Asalto de Yumbel: Realizado contra la ciudad de Yumbel al atacar las tropas realistas la plaza defendida por los patriotas al mando de Quintana, quién disponía de 100 hombres y los realistas de 658. Hay noticias de que en realidad las fuerzas realistas eran de 300 fusileros y 700 indios. El ataque duró 5 horas y terminó al aparecer una partida de 200 hombres en el cerro de la Parra. En este encuentro estaba Manuel Bulnes, de 19 años de edad, que entonces tenía el grado de subteniente de Cazadores.
10 de Diciembre 1819:
Combate de El Avellano: Fue una batalla ocurrida en el marco de la llamada Guerra a Muerte, entre montoneras realistas españolas y patriotas chilenos comandadas por Pedro Andrés Alcázar en las cercanías de Los Ángeles.
29 de Diciembre 1819:
Combate de San Pedro: Tuvo como lugar el fuerte de San Pedro en las cercanías de Concepción. En el se enfrentaron las tropas patriotas al mando de Pedro Agustín Elizondo contra las realistas al mando de Vicente Benavides. La batalla finalizo con la victoria patriota.
05 de Enero 1820:
Ataque a San Carlos: Los Pincheira ignorantes de que hubiesen llegado tropas de Santiago, descendieron en la noche del 4 enero de su malal del Roble huacho, y atacaron de sorpresa la indefensa villa de San Carlos.
30 de Enero 1820:
Acciones de Palpal y Coihueco: La matanza de Monte Blanco no escarmentó a los salteadores de la montaña. Era preciso que el infatigable Victoriano, seguido como siempre de la muerte, penetrase de nuevo en sus guaridas y les persiguiese hasta en sus últimos asilos.
02 de Febrero 1820:
Toma de los fuertes de la Aguada, San Carlos y el Castillo: Lord Cochrane aparece en Corral con tres buques y se toma los fuertes de la Aguada, San Carlos y el Castillo y, después, toma a Valdivia.
03 de Febrero 1820:
Asalto y Toma de Valdivia: En este combate se enfrentaron las tropas patriotas al mando de Thomas Cochrane contra las realistas al mando de Manuelo Montoya. La batalla finalizo con la victoria patriota lo que conllevo a la recuperación de Valdivia.
18 de Febrero 1820:
Combate de Agüi: El combate de Agüi fue un enfrentamiento bélico, el cual se desarrollo entre fuerzas realistas y patriotas en la isla de Chiloé. En el los patriotas dispusieron sus fuerzas para derrotar a los Españoles que dominaban la isla de Chiloé, ya que su permanencia en la isla fue considerada por los patriotas una amenaza para la independencia de Chile.
06 de Marzo 1820:
Combate de El Toro: Tuvo como lugar la hacienda El Toro, en el se enfrentaron las tropas patriotas contra las tropas realistas al mando de Gaspar Fernández de Bobadilla. La batalla finalizo con la victoria patriota.
22 de Junio 1820:
2do Combate de Quilmo: El 22 junio se presentó en la colina de Quilmo, en el mismo sitio en que Victoriano había escarmentado a Elizondo un año atrás, el jefe de partidas Gervasio Alarcón.
20 de Agosto 1820:
Expedición Libertadora del Perú. Zarpa de Valparaíso la escuadra con 17 transportes, 9 buques de guerra y 11 lanchas cañoneras, comandados por el vicealmirante británico Lord Thomas Cochrane. Una salva de 21 cañonazos anunció la partida de la Escuadra y el director supremo Bernardo O’Higgins Riquelme, la despidió con estas palabras: “De estas cuatro tablas dependen los destinos de América”.
23 de Septiembre 1820:
Combate de El Pangal: Desarrollado en el lugar llamado Pangal, en la rivera norte del Laja, los contendientes eran las tropas de Benavides comandadas por su lugarteniente Juan Manuel Picó con un total aproximado de 1.700 hombres, y las fuerzas patriotas en número de 500 soldados al mando de Benjamín Viel Gomets y Carlos María O´Carroll.
25 de Septiembre 1820:
Combate de Tarpellanca: Tuvo lugar en Tarpellanca, en el río Laja. En el se enfrentaron las tropas patriotas al mando de Pedro Andrés Alcánzar contra las tropas realistas al mando de Vicente Benavides. La batalla finalizo con la victoria realista.
05 de Noviembre 1820:
Captura de la corbeta española "Esmeralda": Recién pasada la medianoche, Lord Cochrane se apoderó de la corbeta española "Esmeralda", en la rada de El Callao. El buque tenía 44 cañones y su conquista fue una hazaña de valor y astucia.
25 de Noviembre 1820:
Combate de Las Vegas de Talcahuano: Tuvo como lugar en las cercanías de Talcahuano. En el se enfrentaron las tropas patriotas al mando de Ramón Freire contra las tropas realistas al mando de Vicente Benavides. Finalizo con la victoria patriota.
27 de Noviembre 1820:
Combate de la Alameda de Concepción: El combate de la Alameda de Concepción fue una batalla entre patriotas y realistas. Ramón Freire se dirigió a la ciudad de concepción donde Benavides presentó batalla en el lugar. La batalla finalizo con la victoria Patriota.
27 de Noviembre 1820:
Combate de Cocharcas: La vanguardia de la Segunda División derrota a las fuerzas del guerrillero José María Zapata.
12 de Enero 1821:
Combate de Lumaco: Los indios de Venancio Coihuepán y las tropas del capitán Salazar derrotan a las montoneras realistas de Carrero y Catrileo.
10 de Octubre 1821:
Combate Vegas de Saldías: Las fuerzas revolucionarias del realista Vicente Benavides Llanos, se enfrentaron al Ejército de Chile al mando de José Joaquín Prieto Vial y comandado por Manuel Bulnes Prieto en la Batalla de Vegas de Saldías en el contexto de la Guerra a Muerte, batalla que finalizó al día siguiente con el triunfo patriota. Sin embargo, esta guerra continuó por dos años más, dirigida por Juan Manuel Picó.

15 de Noviembre 1821:

Motín de Osorno: Unos cuantos sargentos las sublevaron. El mayor Letelíer. los capitanes Baldovinos y Cartes y los tenientes Anguita. Vial, Cavallo y Alfonso que intentaron sofocar el motin, fueron muertos por los soldados.

26 de Noviembre 1821:

Combate de Hualehuaico: Las tropas de Manuel Bulnes vencen a un cuerpo realista apoyado por indigenas.

27 de Noviembre 1821:

Combate de Niblinto: Las tropas de Manuel Bulnes vencen a montoneras realistas apoyadas por indigenas.
12 de Diciembre 1821:
José Joaquín Prieto recupera Chillan: Con la formación de un nuevo regimiento y la dirección de Prieto se logra controlar el sur de Chile.
26 de Diciembre 1821:
Combate de La Imperial: No han quedado demasiados detalles de aquel terrible hecho de armas, lo que demuestra con evidencias que fue un desastre para los patriotas, dirigidos por el capitán Bulnes.
Diciembre 1821:

Nueva fisonomía de la lucha en Arauco: Campañas de Prieto, de Ruines y de Lantaño

09 de Abril 1822:
Combate de Pile: Las tropas de Clemente Lantaño y de Manuel Bulnes vencen a grupos indigenas.
Mayo 1822:

La expedición de Beauchef a Boroa: La guerra del sur hacia 1822 y 1823.

08 de Octubre 1822:
Asedio de Arauco: A las cuatro de la tarde del 8 octubre el recinto de Arauco estaba completamente rodeado por tres divisiones de indios que mandaba Ferrebú en persona.
23 de Octubre 1822:
Acción de Pitrufquén: El teniente coronel Beauchef derrota al guerrillero Palacios.
14 de Diciembre 1822:
Acción de Río Diguillín: El teniente coronel Torres derrota a las montoneras de Bocardo y Zapata.
26 de Marzo 1823:
Acción de Linares: Los Pincheira dan muerte al gobernador Sotomayor en dicha población.
21 de Febrero 1824:
Acción de Tucapel: Las bandas del cacique Venancio Coihuipán dispersan a las fuerzas que en los campos de Tucapel había reunido el cura Ferrebú.
24 de Marzo 1824:
Fracaso del canal de Chacao: La expedición del General Ramón Freire Serrano entra al canal de Chacao en su intento para la liberación de Chiloé. La expedición fracasa.
10 de Abril 1824:
Batalla de Mocopulli: En esta batalla se enfrentaron las tropas patriotas al mando del comandante Jorge Beauchef contra las tropas realistas al mando de José Rodríguez Ballesteros. La batalla finalizo con la victoria realista.
11 de Abril 1824:
Combate de Albarrada: El sargento mayor Gaspar derrota al cura Ferrebú.
20 de Abril 1824:
Acción de Colcura: Una partida proveniente del fuerte de Colcura cae sobre el campamento de una columna realista enviada por el cura Ferrebú y la dispersa.
30 de Agosto 1824:
Acción de Laraquete: Una partida proveniente del fuerte de Colcura, mandada por el comandante Gaspar, cae sobre el rancho donde dormía el cura Ferrebú y lo captura.
28 de Octubre 1824:
Acción de Coronado: Una columna patriota mandada por Lorenzo Coronado y Angel Salazar, cae sobre el rancho donde dormía el comandante Pico.
02 de Septiembre 1824:
Fusilamiento de Ferrebú y muerte de Pico: En la guerra de la frontera del Maule.
30 de Septiembre 1825:
Acción en el río Bureo: Un destacamento enviado desde Yumbel por el coronel Barnechea ataca a la montonera del comandante Senosiaín, causandole numerosas bajas.
27 de Noviembre 1825:
Sorpresa de Parral: Los Pincheira y Senosiaín caen con su montonera unida sobre el pueblo de Parral, donde había un destacamento de soldados bajo el mando del capitán Agustín Casanueva. Dicho destacamento pudo rechazar ese ataque.
27 de Noviembre 1825:
Acción de Longaví: Un destacamento patriota de dragonesal mando del comandante Manuel Jordán, trata de cerrar el paso a la montonera realista que se retiraba de Parral; perecieron el comandante jordano y 51 de sus hombres.
11 de Enero 1826:
Manuel Blanco Encalada en Ancud: Durante la Expedición de Liberación de Chiloé, aún en posesión de la corona española, el Vicealmirante Manuel Blanco Encalada entra al puerto de San Carlos de Ancud, bajo los fuegos de las baterías del Coronel español Antonio de Quintanilla.
13 de Enero 1826:
Batalla de Pudeto: Tuvo logar en Chiloé. En el se enfrentaron las tropas patriotas contra las realistas. El fin de este combate era la expulsión de los Españoles de Chiloé. La batalla finalizo con la victoria patriota.
14 de Enero 1826:
Combate de Poquillihue: Las fuerzas chilenas de Freire obligan a las realistas de Quintanilla a abandonar el fuerte de Poquillihue.
14 de Enero 1826:
Batalla de Bellavista: El Combate tuvo como lugar Chiloé. Se llevo a cabo entre el general Ramón Freire y los españoles. Su propósito fue el de incorporar la provincia de Chiloé al territorio Chileno. La batalla finalizo con la victoria patriota.
19 de Enero 1826:
Liberación de Chiloé: Con el propósito de incorporar la provincia de Chiloé al territorio de la República de Chile. Triunfan los chilenos sobre los españoles, logrando además, abrir el paso para la toma de la ciudad de San Carlos de Ancud. Las tropas chilenas encuentran dura oposición de los lugareños que son, en su mayoría absoluta, partidarios de la monarquía.
25 de Febrero 1826:
Acción de Neuqén: un destacamento mandado por el coronel Barnecheacae sobre el campamento de montoneros e indígenas de Senosiaín y de uno de los hermanos Pincheira, dispersando los y rescatando a numerosas mujeres cautivas.
31 de Agosto 1826:
Acción de Antuco: una montonera realista caer sobre el villorrio de Antuco y ejecuta al oficial Herquíñigo y a su guarnición de siete hombres.
Enero 1827:
Operaciones militares contra los Pincheira y las bandas de Senosiaín.
25 de Enero 1827:
Levantamiento de Enrique Campino: El coronel Enrique Campino ingresó a caballo al Congreso Nacional con intenciones de dar un Golpe Militar.
21 de Julio 1827:
Motín de Talca: Un escuadrón de Cazadores se sublevo, comandado por algunos cabos y sargentos.
31 de Diciembre 1827:
Acciones en San Fernando: El gobernador Silva apresó a algunos individuos afectos a la asamblea. El comandante Francisco Porras se colocó al frente de los partidarios del bando vejado, organizó algunas compañías de milicianos y aventureros y se dirigió a San Fernando.
Enero 1828:
Campaña contra Los Pincheira de 1828: El ministro de la Guerra repitió en el verano de 1828 la expedición que había realizado el año anterior contra los Pincheira, con menos fuerzas. Las pequeñas columnas comandadas por Viel y Bulnes no lograron dar alcance a los bandidos.
18 de Julio 1828:
Sublevación de Colchagua: Revolución federalista-o'higginista de Urriola. Los estanqueros y los pelucones salvan el gobierno.
25 de Agosto 1828:
Motín del Maule: Manuel Bulnes al frente de la guarnición de Parral, somete a los insurgentes al mando de Gregorio Murillo.
06 de Junio 1829:
Motín Militar: Un estrafalario motín, que debe considerarse más como incidente del proceso electoral que como pronunciamiento militar, acabó de exacerbar las pasiones, ya muy enconadas.
06 de Diciembre 1829:
Toma de Valparaíso: Portales y Rodríguez Aldea descubrieron e! plan de Novoa, y a fin de desbaratarlo, resolvieron impedir la salida de! "Aquiles", apoderándose de Valparaíso.
14 de Diciembre 1829:
Batalla de Ochagavía. La Acción de Ochagavía fue el primer choque armado producido entre tropas gubernamentales del bando pipiolo o liberal, y las del bando pelucón o conservador, acaecida durante la Guerra Civil de 1829-1830.
15 de Diciembre 1829:
La Revolución de Coquimbo: Pedro Uriarte y algunos hacendados se alzan contra el gobierno.
03 de Enero 1830:
Contrarrevolución de Sur: El coronel Cruz recupera Concepción.
02 de Marzo 1830:
Toma de Concepción: Viel se apodera de Concepción y pone sitio a Chillan y exige la rendición de Cruz.
17 de Abril 1830:
Batalla de Lircay. Este combate tuvo lugar a orillas del río Lircay, en el marco de la Guerra Civil chilena comenzada un año antes con la denominada revolución de 1829. Dicha revolución corresponde al enfrentamiento definitivo entre los estanqueros, o’higginistas y pelucones ("fuerzas conservadoras"), contra los pipiolos (liberales). Esta etapa, y con ello la denominada "anarquía chilena" (1823-1830), finalizó con la batalla de Lircay.
14 de Enero 1832:
Combate de Coyahuelo-Lagunas de Pulán: Las tropas de Manuel Bulnes caen sobre la montonera de los hermanos Pincheira, derrotando las completamente.
21 de Agosto 1836:
Captura de Buques de la Confederación: El ministro Portales envía a Victorino Garrido a tomar por asalto durante la noche el puerto de el Callao, logrando capturar tres de los seis barcos peruanos. Los botes del bergatín "Aquiles" capturaron la barca "Santa Cruz", el bergatín "Arequipeño" y la goleta "Peruviana" en el puerto peruano de El Callao, movimientos previos a la guerra contra la Confederación peruanaboliviana..Garrido se entrevista con Santa Cruz, acordando la devolución de las naves peruanas después de firmado un tratado de paz.
29 de Agosto 1836:
Sublevación de Freire: Las fuerzas chilenas lograron controlar a las sublevadas en el sur del territorio nacional, comandadas por el general Ramón Freire Serrano, quien tenía intenciones de derrocar el gobierno del presidente José Joaquín Prieto Vial y reconstruir el virreinato del Perú.
03 de Junio 1837:
Motín de Quillota: Es apresado por el Regimiento Maipo, el ministro Diego Portales, mientras pasaba revista a las tropas acantonadas en Quillota. Este hecho es conocido por la historia como el "Motín de Quillota".
06 de Junio 1837:
Combate de Cerro Barón y asesinato del Ministro Diego Portales: El Ministro se dirigió a Quillota, para revistar un cuerpo de ejército acantonado allí. De un instante a otro la oficialidad lo apresó y se amotinó contra el estadista. El coronel José Antonio Vidaurre dirigió el movimiento. Los amotinados se trasladaron a Valparaíso y se llevaron a Portales en un pequeño carruaje. En la madrugada del 6 de junio tras un combate en el cerro Barón, se escucharon los primeros disparos. El oficial Santiago Florín, que custodiaba al Ministro, le ordenó a un subordinado: ¡Baje el Ministro!. Este se arrodilló y de inmediato disparó sobre él.

11 de Septiembre 1837:

Inicio de la primera expedición; Durante la guerra contra la Confederación peruana-boliviana, zarpó la Escuadra Nacional comandada por el almirante Manuel Blanco Encalada.

29 de Septiembre 1837:

Desembarco en Quilca: Se inicia la marcha hacia Arequipa.
07 de Agosto 1838:
Segunda expedición chilena: Al mando del general Manuel Bulnes Prieto, las fuerzas chilenas se apoderaron del puerto de El Callao, durante la guerra contra la Confederación peruana - boliviana. Bulnes impuso a Perú una indemnización de 20 millones de pesos de la época, pero como los peruanos no accedieron a la petición, el general se apoderó de Lima, luego de una sangrienta batalla.
17 de Agosto 1838:
Captura de la corbeta "Socabaya": En el puerto peruano de El Callao, por las naves de la escuadra del capitán de navío Carlos García del Postigo Bulnes, durante la guerra contra la Confederación peruanaboliviana.
21 de Agosto 1838:
Combate de Portada de Guías. Luego de desembarcar la escuadra chilena, a cargo del Almirante Simpson, se llevó a cabo el combate de Portadas de Guía, adueñándose el ejército chileno de la ciudad de Lima el 21 de agosto de 1838. El General Bulnes cita un cabildo abierto, el que proclama un gobierno provisional en Perú a cargo de Agustín de Gamarra.
18 de Septiembre 1838:
Combate de Matucana. Las tropas chilenas avanzan hacia el interior del Perú, enfrentando y venciendo a las tropas de Santa Cruz.
17 de Diciembre 1838:
Combate del puente de Llac Lla: El ejercito confederado ocupó el pueblo de Recuay y a la vez el “chilenoperuano” estaba en Huaraz de donde salió mas al interior llevando centenares de enfermos, en busca de climas benignos. Al llegar al puente LlacLla fueron alcanzados por las tropas Confederadas y mientras Torraco apresuraba el paso de los enfermos, el soldado Lorenzo Colipí con 10 compañeros del batallón Carampangue, lucharon sin descanso permitiendo la evacuación desde Chiquian.
06 de Enero 1839:
Combate de Buin: En la Guerra entre la Confederación Perú-Boliviana y el Ejército Restaurador Chile-Perú. Hacia el norte de la ciudad de Lima, las tropas de la confederación se baten en un combate con el ejército chileno, desarrollándose la batalla de Huaras.
12 de Enero 1839:
Combate Naval de Casma: Ambas armadas se enfrentaron en el Combate Naval de Casma, convirtiéndose en el último con buques a velas. El triunfo chileno nos permitió el dominio del mar.
20 de Enero 1839:
Batalla de Yungay. A orillas del río Santa ocurre la decisiva en la Guerra contra la Guerra entre la Confederación Perú-Boliviana y el Ejército Restaurador Chile-Perú. El presidente Santa Cruz había fortificado el fuerte de Yungay y el cerro Pan de Azúcar, el cual fue asaltado por la infantería chilena, desatándose la Batalla de Yungay. Este día, el 20 de enero de 1839, las tropas chilenas vencen a las de la Confederación, declarándose disuelta. Las tropas del General Bulnes llegaron el 18 de febrero a Lima, dando fin a la guerra.
20 de Abril 1851:
Motín de Urriola: Un motín cívico militar estalla en las calles de Santiago de Chile, por oposición al gobierno de Bulnes y a la candidatura presidencial de Manuel Montt. Urriola y cinco mil revolucionarios se tomaron las principales calles de Santiago, mientras que el gobierno preparó una contraofensiva desde la Alameda y el Cerro Santa Lucía. El combate duró cerca de 5 horas, tras las cuales fue abatido Urriola y hubo más de 200 muertos.
25 de Septiembre 1851:
Operaciones sobre Huasco, Vallenar e Illapel: Con erogaciones forzosas de los vecinos y prorratas de caballos y elementos de transporte, logró Vicuña Mackenna reunir una partida o montonera, que llegó a contar con 150 fusileros y 172 jinetes, que, en su inconsciencia militar, creía capaces de arrollar las fuerzas que el gobierno le opusiera.
28 de Septiembre 1851:
Revolución de La Serena y Captura del "Fire Flay": La necesidad de procurarse armas y municiones, para organizar un ejército eficiente de unas dos mil plazas, se imponía al más elemental sentido común. Carrera concibió el proyecto, de dudoso éxito inmediato, de adquirirlas en Lima. Con este objeto, se apoderó a viva fuerza del pequeño vapor "Fire Flay", de propiedad de Carlos Lambert, que navegaba con bandera inglesa, sin prever las complicaciones que el acto iba a ocasionar.
14 de Octubre 1851:
Batalla de Petorca: Mientras el ejército de Vicuña Mackenna operaba en Illapel. Carrera y Arteaga, informados de que Santiago estaba desguarnecido, después del envío de las tropas al sur, resolvieron operar sobre Aconcagua, reforzarse con los cívicos de San Felipe y proseguir a la capital.
14 de Octubre 1851:
Combate de Peñuelas: En el norte, la revolución seguía prendida. No obstante, la derrota de los liberales en Petorca los hace mantenerse en la provincia de Coquimbo, al tiempo que algunos empresarios mineros proclives al gobierno deciden crear un ejército contrarrevolucionario al mando de Ignacio José Prieto, quien logra derrotarlos en Peñuelas el 14 de octubre.
28 de Octubre 1851:
Sublevaciones de Aconcagua y Valparaíso: Los caudillos de La Serena exigían a los revolucionarios de Aconcagua, Santiago y Valparaiso, que aliviaran la presión de las fuerzas que los amagaban, intentando sublevaciones en el centro mismo de los recursos del gobierno.
07 de Noviembre 1851:
Sitio de La Serena: En el momento de iniciarse el sitio, La Serena contaba con unos 600 soldados: 300 cívicos, 200 mineros, que se organizaron-en un batallón intitulado "Defensores de La Serena", y una brigada de artillería.
19 de Noviembre 1851:
Combate de Monte de Urra: El 13 de septiembre, cinco días antes de la asunción de Montt, se declaró una asonada al mando del ex candidato Cruz, quien no aceptando la derrota electoral, y temiendo que las familias conservadoras de Concepción perdieran protagonismo en la dirección del país, consiguió armar un grupo de cinco mil hombres, entre partidarios y mapuches del cacique Colipí.
24 de Noviembre 1851:
Motín de Cambiaso: Durante la noche estalló en la ciudad de Punta Arenas, XII Región, el "Motín de Cambiaso", como consecuencia de la Guerra Civil de ese año. Luego de una gran masacre, su líder el teniente Miguel José Cambiaso Tapia, organizó su huida, pero fue detenido, condenado a muerte y ajusticiado el 4 de abril de 1852.
08 de Diciembre 1851:
Sublevación de Copiapó: La provincia de Atacama había sido objeto de un largo y activo trabajo de zapa contra el orden y las autoridades, realizado por una verdadera legión de agentes enviados desde el vigoroso foco pipiolo de La Serena.
08 de Diciembre 1851:
Batalla de Loncomilla: La batalla se desarrolló en el llano cercano al río del mismo nombre, cerca de donde después se fundaría San Javier, en la provincia de Linares. El bando leal al gobierno fue dirigido por Manuel Bulnes, mientras que el bando opositor estuvo a cargo de José María de la Cruz.
08 de Enero 1852:
Acción de Linderos de Ramadilla: El teniente coronel Victorino Garrido derrota a los revolucionarios mandados por Bernardo Barahona y ocupa Copiapó el 9 de enero, poniendo fin a las acciones armadas de la revolución.
06 de Enero 1859:
Toma de Copiapó: El militar retirado Pedro Pablo Zapata se presentó, seguido de 20 hombres, a las puertas del cuartel de policía. Urrutia, quien estaba a cargo de él, lo entregó, después de un simulacro de defensa.
19 de Enero 1859:
Toma de Talca: A las doce del día, el teniente retirado Samuel Vargas y el ex sargento Valenzuela, encargados de capturar al comandante de cívicos, sargento mayor José Antonio Bustamante, se acercaron a él, en los momentos en que se dirigía al cuartel.
02 de Febrero 1859:
Asonada de Concepción: El teniente coronel Basilio Urrutia derrota a los montoneros al mando de don Juan José Alemparte.
28 de Febrero 1859:
Sitio y Toma de San Felipe: Las tropas gobiernistas, al mando del teniente coronel Tristán Valdés asaltan y derrotan a los revolucionarios que mantenían en su poder la ciudad de este el 12 de febrero.
28 de Febrero 1859:
Asonada de Valparaíso: El general Juan Vidaurre-Leal somete a los insurrectos que intentaron asaltar la intendencia y los almacenes de la aduana.
14 de Marzo 1859:
Batalla de Los Loros: En el contexto de la Guerra Civil del '59. En este episodio, las fuerzas revolucionarias de Pedro León Gallo vencen a las del gobierno.
12 de Abril 1859:
Combate de Maipón: Nicolás Tirapegui logró sublevar la guarnición de la plaza de Arauco; y con las armas que se procuró en ella, organizo una nueva montonera de 400 hombres, y se reunió con Videla en Santa Juana.
20 de Abril 1859:
Combate de Pichidegua: Las montoneras de Colchagua, Talca y Maule cesaron de constituir un peligro para las ciudades bien guarnecidas, desde que el ministro Rafael Sotomayor organizó fuertes divisiones de milicias cívicas
29 de Abril 1859:
Batalla de Cerro Grande: A 5 Kilómetros al sur de la Serena, entre las fuerzas del Gobierno y las revolucionarías de Gallo, siendo éstas derrotadas.
12 de Mayo 1859:
Recuperación de Copiapó: el teniente coronel José Antonio Villagrán derrota en las últimas fuerzas revolucionarias que mantenían la ciudad en su poder desde el 4 de enero.
04 de Enero 1862:
Captura del "Rey de la Araucanía": El Comandante Cornelio Saavedra capturó a Antoine de Tounens, el "Rey de la Araucanía". A fines de 1861, Orelie Antoine de Tounens, de nacionalidad francesa, se asentó en la Araucanía y se autoproclamó rey de la zona y de la Patagonia. Aprovechando la escasa presencia de chilenos en la zona, que abarcaba entre los ríos Biobío y Toltén, el aventurero logró convencer a algunos caciques que aún resistían la autoridad chilena, y organizó una especie de reino en la zona.

26 de Noviembre 1865:

Combate Naval de Papudo. Durante este episodio de la "guerra con España", el almirante Juan Williams Rebolledo, al mando de la Esmeralda, se apodera de la corbeta española Covadonga, frente a la rada de Valparaíso. Juan Williams Rebolledo, logró capturar a la goleta española Covadonga. Ante esta derrota, el almirante español José Manuel Pareja, líder de las fuerzas hispanas, se suicidó. Fue reemplazado por Casto Méndez Núñez.

07 de Febrero 1866:

Combate Naval de Abtao. Sostenido entre la Escuadra aliada chileno-peruana y la Escuadra Española en el canal de Chayahué, provincia de Chiloé.
02 de Marzo 1866:
Combate Naval de Huito: Los jefes peruanos temían que las fragatas lograran forzar la boca de la ensenada de Huito, y en este evento bastaban los cañones de la "Numancia" para destruir impunemente toda la escuadra aliada.

31 de Marzo 1866:

Bombardeo a Valparaíso. Fue un episodio de la Guerra Hispano-Sudamericana, durante el cual el puerto de Valparaiso fue bombardeado y parcialmente destruido por ordenes del almirante español Casto Méndez Núñez.

11 de Noviembre 1877:

Motín y Destrucción de Punta Arenas: Se ha atribuido a esta rivalidad influencia casi decisiva en el motín de los artilleros. Dublé Almeida murió en el convencimiento de que el padre Matulski fue su principal o uno de sus principales instigadores. Los cronistas, por su lado, dando de mano a esta imputación desmentida por el desarrollo y las finalidades del motín, creen que el fanatismo antirreligioso envolvió al gobernador "en vahos de infierno y olores a Lucifer".

14 de Febrero 1879:

Se inició la Guerra del Pacífico con la toma de Antofagasta -que en ese tiempo era una ciudad boliviana-, por el ejército chileno, se inició la Guerra del Pacífico (1879-1883). Este conflicto bélico, que enfrentó a Chile con Perú y Bolivia, se debió a problemas territoriales y al interés por controlar la producción del salitre -nitrato usado como fertilizante y para la fabricación de pólvora-, que era u muy buen negocio en esa época. Como Bolivia procurara apropiarse de las salitreras de Antofagasta, el Gobierno chileno ordena ocupar esa plaza. Las tropas chilenas ocupan Antofagasta: Desembarcan dos Compañías, 1 de Artillería y 1 de Artillería de marina (198 hombres) las que bajo el mando del Coronel Emilio Sotomayor y ocupan la ciudad. A partir de ese momento Antofagasta queda en poder de Chile.
16 de Febrero 1879:
La Corbeta O'Higgins ocupa Mejillones: Los buques Blanco Encalada y O'Higgins marcharon el primero a Tocopilla y Cobija en protección de los chilenos, y el segundo a Mejillones.
16 de Febrero 1879:
Ocupación de Caracoles. Un destacamento de 70 hombres de la Artillería de Marina, al mando del Capitán Francisco Carvallo, ocupa Caracoles.

20 de Marzo 1879:

Ocupación de Cobija: Las tropas chilenas toman Cobija, al mando de William Rebolledo. Los buques Blanco Encalada y O'Higgins marcharon el primero a Tocopilla y Cobija en protección de los chilenos.

21 de Marzo 1879:

Ocupación de Tocopilla: Las tropas chilenas toman control de Tocopilla. Ese día desembarca en Tocopilla la tripulación del Cochrane al mando de Enrique Simpson.

23 de Marzo 1879:

Combate de Calama Fue el primer hecho de armas de la Guerra del Pacífico. Tropas chilenas al mando del Comandante Eleuterio Ramírez se enfrentaron contra las fuerzas bolivianas comandadas por el Coronel Ladislao Cabrera, obteniendo el triunfo el Ejército chileno...Por lo anterior, se fijó este día como: "El Día de Calama". Las tropas chilenas sufren 12 bajas, 7 muertos y 5 heridos, los Bolivianos 52, 20 muertos y 32 prisioneros (entre estos últimos se encuentra un ciudadano chileno de apellido Alfaro).
25 de Marzo 1879:
Un destacamento chileno llega a Chiu Chiu.
05 de Abril 1879:
Bloqueo de Iquique: El Bloqueo al Puerto de Iquique marca la primera acción ofensiva de Chile sobre territorio peruano.

12 de Abril 1879:

Combate Naval de Chipana: Fue el primer enfrentamiento naval, entre la cañonera chilena "Magallanes" y la corbeta peruana "Unión" y la cañonera "Pilcomayo". Las naves peruanas a raíz del bloqueo y por presión popular, Prado les ordena salir como estén a practicar operaciones "inteligentes y de consecuencia" entre Antofagasta e Iquique.
18 de Abril 1879:
Bombardeo de Pisagua: Este acto más que servir para un objetivo táctico o importante, fue más que nada en represalia por el ataque a sus embarcaciones menores.
01 de Mayo 1879:
Combate de Mejillones: El Cochrane y la O’Higgins combaten con los defensores de tierra, 10 hombres bajo el mando del Teniente Coronel Graduado Luis Reina dos marinos chilenos resultan heridos por un accidente.

21 de Mayo 1879:

Combate Naval en la rada de Iquique. Mueren heroicamente el comandante de la Esmeralda, Arturo Prat, y gran parte de la tripulación. Luego de un épico combate el Huáscar hunde a la Esmeralda, mueren 146 marinos chilenos y otros 57 caen prisioneros, por el lado peruano muere un oficial y salen heridos 7 tripulantes.

21 de Mayo 1879:

Combate Naval de Punta Gruesa. En Punta Gruesa en tanto la habilidad del Comandante Condell y una buena cuota de suerte terminan con la Independencia encallada y perdida totalmente, mueren 3 chilenos y resultan heridos 6, por el lado peruano, mueren 5 y salen heridos 23 tripulantes.
26 de Mayo 1879:
Combate Naval de Antofagasta: Fue el primer bombardeo naval nocturno de la guerra. Este combate se dio durante la primera correría del blindado peruano Huáscar.
28 de Mayo 1879:
El Huáscar recaptura a la goleta "Coqueta": La nave había sido recientemente capturada por los chilenos, la embarcación marchaba rumbo a Antofagasta, son capturados tres marinos chilenos, la goleta es enviada a Arica, con tripulación de presa.
06 de Julio 1879:
La Unión en Tocopilla hunde a la barca "Matilde": Después es perseguida por el Blanco Encalada.
09 de Julio 1879:
Segundo Combate Naval frente a Iquique: No pudiendo encontrar al Abtao (que ya había solucionado sus problemas de maquinaria y cambiado su fondeadero por seguridad) intenta hundir al Matías Cousiño, pero los disparos dirigidos contra este transporte atrajeron a la cañonera "Magallanes", la que se midió valientemente contra el Huáscar a pesar de su inferioridad, la llegada del Blanco determinó que Grau emprendiera la huida. Resultan heridos 3 marinos chilenos.
18 de Julio 1879:
Incursiones del Huáscar: El Huáscar inicia una serie de incursiones contra puertos y caletas chilenos del norte (Chañaral, Carrizal, Pan de Azúcar y Huasco).
23 de Julio 1879:
El Huáscar y la Unión capturan al transporte Rimac: En el buque estaba el Regimiento Carabineros de Yungay que estaba embarcado en la nave chilena, constaba de 250 jinetes, armados y municionados; todos ellos pertenecientes a las mejores familias de Santiago.
28 de Agosto 1879:
Segundo Combate de Antofagasta: El Huáscar se acerco al puerto de Antofagasta con la intención de cortar el cable submarino para evitar la comunicación del centro de operaciones enemigas con el resto de Chile sin darse cuenta que el Abtao se encontraba entre los buques neutrales.
10 de Septiembre 1879:
Combate de Río Grande: Un destacamento del Regimiento de Caballería Chilenos "Cazadores" destroza una montonera boliviana en las cercanías de San Pedro de Atacama, muere una docena de bolivianos, y salen heridos 5 chilenos.

08 de Octubre 1879:

Combate Naval de Punta Angamos. Se enfrentaron el blindado chileno "Almirante Cochrane" al mando de Juan José Latorre Benavente, y el monitor peruano "Huáscar", comandado por el contraalmirante Miguel Grau Serrano. Fue capturado el "Huáscar", la embarcación enemiga más poderosa. Sin embargo, falleció Grau, llamado el "caballero de los mares". Perú sufre 33 muertos y 26 heridos en un épico combate.
10 de Octubre 1879:
Combate de Quillagua.
02 de Noviembre 1879:
Tropas chilenas asaltaron y se apoderaron de Pisagua. Nuestros soldados se dividieron en dos grupos, uno por la playa y otro por los cerros, así tomaron entre dos fuegos a las tropas peruanas y bolivianas. Luego de un sangriento combate, los chilenos se apoderaron de la ciudad. El Estado Mayor evalúa en un centenar los muertos aliados y 56 prisioneros.
06 de Noviembre 1879:
Combate de Agua Santa o Pampa Germanía. Después de un corto tiroteo los chilenos quedaron dueños del campo y de la línea del ferrocarril de Pisagua a Agua Santa. Los "Cazadores" despedazan el destacamento de retaguardia aliado en Pampa Germanía, los aliados pierden unos 60 hombres muertos, entre ellos el Teniente Coronel Sepúlveda, los chilenos 3 muertos y 6 heridos.
18 de Noviembre 1879:
El "Blanco Encalada" captura al barco peruano "Pilcomayo"
19 de Noviembre 1879:
Batalla de Dolores o San Francisco. Luego de diversos vaivenes el Coronel Emilio Sotomayor concentra y atrinchera sus 6.500 soldados en el Cerro San Francisco, donde es atacado por Buendia con 11 mil peruanos, venciendo los chilenos en la Batalla de Dolores o San Francisco, las tropas peruanas se retiran hacía Tarapacá.
22 de Noviembre 1879:
Las tropas chilenas ocuparon Iquique, mientras que las autoridades peruanas abandonaban la plaza, sin quemar ningún cartucho.
27 de Noviembre 1879:
Batalla de Tarapacá. La Campaña de Tarapacá, fue una de las fases de la Guerra del Pacífico, finalizó con la Batalla de Tarapacá, la que se desarrolló en la quebrada del mismo nombre. Esta campaña tenía como objetivo la posesión de la Provincia de Tarapacá. La hazaña de los soldados chilenos, permitió una victoria impensada. Chile se adueñó de la región, y la gesta tuvo un hondo efecto en la población. La valentía demostrada por Eleuterio Ramírez en el combate, lo llevó a ser elevado a héroe nacional. En el centro de San Lorenzo de Tarapacá, un monumento conmemora la contienda del 27 de noviembre de 1879; en una cripta están enterrados los soldados chilenos y un busto recuerda a Eleuterio Ramírez.
06 de Diciembre 1879:
Combate de Tambillo (San Pedro de Atacama): Un destacamento de 25 Granaderos es atacado, mueren 8 y otros 11 son tomados prisioneros, los bolivianos del "Francotiradores" sufren 2 muertos y 1 herido.
01 de Enero 1880:
Combate de Camarones: Muere un granadero y es capturado otro.
27 de Febrero 1880:
Combate Naval de Arica: Lo cierto es que más que un combate, se trata de tres acciones que ocurrieron el mismo día. En el muere el comandante del Huáscar Manuel Thompson.
09 de Marzo 1880:
El Blanco Encalada y el Loa en las islas Lobos: Hunden seis lanchas y capturan 29 animales, llevándose además prisioneros al Capitán de Corbeta Rosas y al Coronel Alaiza.
14 de Marzo 1880:
Fuerte escaramuza entre Chilenos y Peruanos en el frente de Moquegua, resultan heridos 2 soldados del regimiento "Buin" 1º de Línea y muerto 1 Gendarme de Moquegua.
21 de Marzo 1880:
Durante la noche un destacamento de 20 soldados de la Compañía de Cazadores del batallón peruano Grau incursiona sobre el campamento del regimiento de caballería chileno "Cazadores" dando muerte a 3 soldados, mientras tanto las tropas chilenas ya se han puesto en marcha para asaltar la excelente posición peruana.
22 de Marzo 1880:
Batalla de Los Angeles: Las tropas chilenas atacan y se apoderan del cerro de Los Angeles, considerado como inexpugnable. Las fuerzas peruanas estaban bajo las órdenes de Coronel Agustín Gamarra. Antes del medio día, gracias especialmente a una espectacular ascensión por senderos inaccesibles del batallón "Atacama" Nº1 las tropas chilenas derrotan completamente a las peruanas, las que sufren no menos de 28 muertos y 64 prisioneros.
01 de Abril 1880:
Ocupación de Locumba: La Patrulla de Duble Almeida ocupa el pueblo de Locumba, donde son atacados por las tropas del Coronel Albarracin, quienes matan a 3 chilenos y capturan 10, a cambio muere 1 soldado peruano y otro resulta herido.
18 de Abril 1880: